CON ABRAM SALIMOS TODOS

| 17 diciembre, 2012

Babel es más que una torre. Es la manifestación visible de un espíritu que opera, en forma sutil, en el corazón de cada uno de nosotros.
Abraham nos comparte algunas pistas acerca del camino que debemos recorrer para no quedar atrapados en Babel.

 Así como se afirma en la Carta a los Hebreos que cuando Abraham pagó los diezmos a Melquisedec, Leví, que era su bisnieto también los pagó, porque “estaba en los lomos de su padre”, no sería una exageración inferir que cuando Abraham salió de Ur de los caldeos, todos salimos con él.  Una decisión que nos afecta a todos, por hijos de Abraham y por pueblo en tránsito.

Pensamos entonces acercarnos al padre Abraham y buscar que nos responda algunas preguntas que se nos amontonaron por el camino.  Porque así como él salió y con él todos nosotros, muchas de sus opciones se volvieron nuestras, y con ellas el peso de llevarlas mientras andamos.

Al momento de nuestro reportaje de ficción encontramos a Abraham cerca de Hebrón.  Se lo ve viejo pero no acabado. No hace mucho que ha sepultado a su esposa Sara en una cueva que era parte de esta finca arbolada ubicada frente del bosque de Mambré, donde habitó luego de volver de Egipto.  Estamos frente a un hombre grande que todavía vive en carpas y sigue tomando decisiones, y pese a la pena lo vemos dispuesto al diálogo.

 Reportero: Abraham, a usted todo el mundo lo conoce, algunos lo reconocen y otros no, pero sin presentarlo demasiado vamos a ir directo al grano con algunas preguntas que se nos amontonan en el pecho.
¿Por qué salimos de Ur de los caldeos? ¿Qué fue lo determinante para provocar un cambio tan drástico que incluyó un modo nuevo de vida, la pérdida de algún lugar social, algunos negocios y mucha incertidumbre? Visto desde acá  ¿hicimos bien en irnos? ¿era para tanto?      

Abraham: Mirá querido, eran épocas peligrosas y entendimos que era el fin de una etapa. No podíamos más.  Tenés razón cuando decís que era una opción dificilísima que ponía todo en riesgo, pero ¿vos te pensás que  quedarse era un riesgo menor o era menos difícil?  Babel y todas sus hermanas, que habían sido fundadas por el poderoso Nimrod en esa zona se erguían amenazantes, con una maldad sin límites,  y el llamado de Dios para nosotros fue claro: había que salir.  

Reportero: Pero ¿no es peligroso huir de esa manera? Me refiero a los peligros de la soledad, la pérdida de otros que nos ayuden a pensar y nos hagan de equilibrio.

Abraham: Cuando salimos, no éramos nadie y casi no podíamos contarlo.  Dábamos lástima contando que no sabíamos a dónde íbamos.  Nos escuchaban como si estuviésemos borrachos, perdidos.  Parecía poco serio lo que estábamos haciendo.Y, contestando a tu pregunta, ¡claro que es peligroso!. Lo único que te puede salvar es que sigas siendo Abraham, ni Nimrod, ni Faraón, ni ningún otro.  Es peligroso porque te ves tentado a empezar tu ciudad, tu propia Babel,… y ahí no te salva nadie. De tu Babel es mucho más difícil huir.

 Reportero: ¿Pero cualquiera puede construir una Babel? No parece tan sencillo.

Abraham: Claro que no, los peligros de soledad y de locura son para los que pueden hacerla.  Algunos sencillamente no tienen la fuerza, ni el empuje ni la inteligencia. Esos, a veces sin saberlo,  construyen por orden y cuenta de otros babeles que no los perdonarán ni a ellos ni a sus hijos. Pero la tentación es para los que son capaces y sabrían cómo hacerla.  El asunto es dónde poner esa energía y esas ideas. A mi me tocó de parte de Dios algo muy diferente: generar una gran nación.  Grande, imposible de contar,  pero sin construir ciudades. 

 Reportero: Los que saben cómo hacerla ¿cómo aprendieron?

Abraham: Te cité a Nimrod, él era un gran cazador. Coincidió en su época que descubrimos el ladrillo cocido en el fuego. Bueno, me dirás, los cazadores cazan y los constructores usan ladrillos. Si, tienes razón, pero cuando un cazador se vuelve constructor, construye trampas para cazar, murallas para defender, torres para vigilar y puertas para controlar. El descubrimiento del ladrillo cocido resultó en el apoyo que hacía falta  para la concentración de recursos. Ya no era necesario ir a las canteras a traer las piedras, ni cortarlas trabajosamente para que encajen unas con otras. ¡Tenemos ladrillos! (teatraliza irónicamente) y eso nos ofrece posibilidades antes jamás pensadas, por ejemplo, ahora se podría construir una torre que llegue al cielo, se obtendría  la fama que de ello provenga y no nos dispersaría nadie.

 Reportero: Díganos por favor, ¿Usted odia la ciudad y está a favor de la vida rural?

Abraham: No querido, no.¿Nunca te enteraste cómo estuve orando por Sodoma y Gomorra? Uno no sabe cuanta gente buena puede ser parte de una ciudad mala, y vaya uno a saber si no se trata de los propios queridos de uno ¿no?

Reportero: Sí, claro, pero dan ganas a veces de pedir la intervención del cielo y que se termine todo.

Abraham: Ah, sí, pero yo soy pastor, no juez. En lugar de destruirla, yo me voy. A mi no me agarran.  Son de temer.  Sean las ciudades de Egipto, Babilonia o Sodoma y Gomorra, son todas iguales, insaciables  devoradoras de gente. Una fuerza de pudrición de la humanidad.

Te confieso, yo creo que no hay modo de construirla sin maldad, mucha maldad.  Sólo Dios, verdadero arquitecto y constructor, puede construir una ciudad para el bien, que haga bien. Por eso no acepto ninguna ni quiero construírmela a mi medida.

 Reportero: No estoy seguro de compartir su punto de vista.  Yo he visto muchas ciudades, grandes y chicas,  y me parece que muestran lo mejor de la humanidad: la ciencia, las artes, el trabajo, las diversiones…

 Abraham: …Muestran lo mejor y lo peor.  Son un gran mercado, y justamente, concentran los poderes del bien y del mal para sí mismas, y nunca sabrás cuando los usan.  La fuerza de Babel está escondida pero bien presente en cada construcción. Vemos una oportunidad, nos juntamos con otros que quieren hacer lo mismo, nos trazamos planes … y allí está ella.  Siempre quiere más y más.  Concentrar más a la gente, ir más arriba, tener más nombre y más fama, ejercer duramente su poder  y no permitir la distribución. ¡Nooo! (casi grita), dispersar la gente y distribuir los recursos, permitir salir, son pensamientos ajenos a Babel.  Sólo le suenan bien las palabras comerciales, productivas, rentables, eso la eleva, la hace grande, fuerte e insensible. Eso sí, un día se cae porque ya no encontraron palabras para entenderse.  La codicia y la fama llega un momento en que se vuelven imposibles de compartir.

 Reportero: Cuéntenos de su experiencia personal, dos momentos, digamos: el mejor y el peor.

Abraham: Te voy a contar dos muy importantes y me voy a reservar otros que hoy no me siento en condiciones de comentar. El primero fue cuando, por el hambre, tuvimos que ir hacia Egipto.  Ah, ¡qué locura! Egipto nos hacía sentir raro, con mucho miedo. La pobre Sara y yo elegimos ir de todos modos, porque la necesidad te aprieta,  pero no éramos nosotros mismos.

 Reportero: Perdón…

 Abraham: Quiero decir que nos íbamos desfigurando, inventábamos tretas que no tienen que ver con nuestra manera de ser. Bah! Resultó un desastre.  Nos echaron a patadas, para mí fue una vergüenza enorme.  Yo, que iba a ser una bendición para todos los pueblos de la tierra, termino echado a patadas.  El pobre Faraón …

Reportero: ¿pobre Faraón?

Abraham: Sí, todavía tengo sus palabras en mis oídos: “¿Qué te hice yo para que me engañes así? ¿Por qué no me dijiste que era tu mujer?”  Era por el miedo. Nosotros no éramos así, pero dentro de esas sociedades nos volvíamos irreconocibles y hacíamos esas locuras. Otra vez también, con Abimelec, rey de Gerar.  Otro desastre.  Y yo estaba sordo a la voz de Dios.  Es más, Dios les hablaba a ellos y no a nosotros. Así andábamos, desfigurados, irreconocibles. 

Reportero: Ahora la buena, cuéntenos una experiencia de lo mejor.

Abraham: Bueno, para equilibrar un poco las cosas te cuento del final del rescate de Lot. Seguramente conocés algo de esa historia. Eran cinco reyes contra cuatro. Yo rey no era, pero estaba metido en el asunto por la vida de mi sobrino. Cuando terminó ese entrevero,  vino el rey de Sodoma para repartir el botín, es decir los despojos de los perdedores, pero ahí sí tuve claridad. ¡Ah sí!, yo no podía recibirle ni un hilo ni una correa del calzado, nada. No, querido, hay gente a la que no tenés que recibirle nada, con la que no te podés asociar en nada.  Son peligrosos con lo que hacen y dicen, y esa vez salí libre  y bien plantado de esa situación. Volvía con mi gente feliz, traía a mi sobrino y eso era todo lo que yo quería. ¡ No!, vaya uno a saber qué macanas hubiera dic o el tipo  por ahí “que yo enriquecí a Abraham, que gracias a mi es lo que es y tiene lo que tiene”. No, nada de eso. Ellos son los reyes de sus ciudades, yo a mi carpa.

Reportero: ¿En esa misma ocasión se encontró con Melquisedec?

Abraham: Sí, sí, algo hermoso, pero eso es otra historia. ¿Vamos a encontrarnos alguna otra vez no es cierto? Bueno, entonces la seguimos. 

¿Comemos algo juntos?

Reportero: Uy bueno, muchas gracias… a propósito, ¿conoce algo de las viñas de En Gadi?

Julio Cesar López
Pastor en Belgrano
Iglesia Presbiteriana San Andrés

 

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Categoria: Edición 1 | LA ORACIÓN, entrega 7, Reportajes históricos, TESTIMONIOS E HISTORIA

Comments (3)

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  1. mimi says:

    Muy esclarecedor este reportaje histórico! fundamental para entender que Babel, Babilonia es espíritu y sistema y que nuestra humanidad ( individual y colectiva)debe salir de allí. No sólo con Moisés sino con Abraham hicimos éxodo. Brillante!!!

  2. Kevin says:

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