DIBUJANDO PUENTES

| 18 febrero, 2013

Hay una hermosa poesía de una autora para niños llamada Elsa Bornemann
Que comienza diciendo “Yo dibujo puentes para que me encuentres”…
Reflexionando en todos los puentes que aquellos que somos educadores debemos cruzar para llegar al alma humana, recordé uno de los puentes más difíciles que tuve que cruzar en mi carrera como docente: el puente de la muerte. 

Cuando a finales de este último diciembre encontré a Matías sonriente junto a su madre en la vereda de la escuela, supe que tenía que escribir sobre él.

Y como dice el pedagogo ítalo-americano Leo Buscaglia, “la felicidad se obtiene cuando ampliamos nuestra mente y nuestro corazón hasta alcanzar los sitios mas lejanos a los que podamos llegar”. Nunca imaginé el lugar tan lejano al que me conduciría Matías.

Recuerdo esa fría mañana de un húmedo sábado, cuando recibo un mensaje de texto en el que me preguntaban “Mimi ¿dónde velan a Matías Morales?”. El impacto, los latidos de mi corazón, las lágrimas, y esa sensación de que el mundo se terminaba en un segundo, hicieron que salte como un resorte y exclamara: “¡Matías no debe morir!”.

Conozco a Matías desde que tenía tres años cuando entró a la salita de jardín. Esa cara pecosa, la nariz respingada y ese flequillo lacio que casi le cubrían los ojos me habían impactado francamente desde el primer momento en que lo vi. La picardía de su mirada, sus inventivas y sus cómicas intervenciones lo acompañaron en toda la etapa de crecimiento. Cuando tenía diez años su rostro comenzó a cambiar a tal punto que no lo reconocíamos. Le habían detectado una rara enfermedad: progeria o síndrome de Hutchinson-Gilford, una patología en la cual un niño asume el aspecto de una persona anciana, mostrando además las degeneraciones físicas y las enfermedades que afectan a los ancianos. La vejez prematura acompañaría a Matías y con esta enfermedad el deterioro progresivo en el que, año a año, lo deformaba como un azote constante.

También, conjuntamente a las deformaciones físicas iban el componente emocional y psicológico que acompañan al anciano: la irritabilidad, los arrebatos, la alteración, los olvidos y los enfados. Con toda esa componenda, Matías había finalizado el noveno año de la antigua modalidad de Educación General Básica.

Los augurios no eran los mejores para mi alumno. La expectativa de vida era extremadamente reducida.

Pero ¿por qué yo como su docente no me atrevía a aceptar la muerte en esa fría mañana? Por qué me repetía mil veces “Matías no puede morir, Matías no debe morir”.

Si en realidad todos esperábamos un desenlace que concluyera como una liberación a ese cuerpo sinceramente deteriorado.

Corrí acongojada hasta la casa donde vivía mi alumno. Salió una señora quien me informó que estaban haciendo los trámites porque en cualquier momento la vida de Matías se cortaba y como era fin de semana las cuestiones de trámites se complicarían. “Y en este momento el chico está internado en Casa Cuna debatiéndose entre la vida y la muerte por encefalitis aguda que en el caso de un síndrome Hutchinson-Gilford es irreversible”, afirmó. “Quédese tranquila que cuando muera avisamos a todos”, concluyó.

Esa última afirmación hizo que mi desesperación creciera en forma directamente proporcional a mi rebelión a aceptar la muerte de un jovencito de 15 años. Conociéndome a mi misma supe que iba a pelear.

A la media hora había reunido en un salón de la escuela a unas cuantas maestras, algunas habían sido maestras de Matías, otras no. Les dije: “Chicas, ¿quién es la muerte para que nos arrebate nuestro trabajo, nuestros tesoros, nuestros retoños? “¡OREMOS!”, exclamé. “¡Peleemos por lo nuestro!”. Ellas asintieron como soldados que se dirigían directamente al campo enemigo. Fue en ese momento en el que supe que íbamos a tener victoria.

Entramos en una batalla espiritual, en regiones donde todo se debate y todo se consume. Existen lugares donde todo parece sin salida, así como el lugar estrecho donde se encontró Moisés absolutamente sin salida llamado pihahirot donde el faraón diría al pueblo de Israel “encerrado estáis en la tierra y el desierto os ha cercado”. Moisés confiaba en Dios pero no sería desde una posición pasiva. Y Moisés dijo al pueblo: No temáis; estad firmes, y ved la salvación que Jehová hará hoy con vosotros; porque los egipcios que hoy habéis visto, nunca más para siempre los veréis. Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos.Entonces Jehová dijo a Moisés: ¿Por qué clamas a mí? Di a los hijos de Israel que marchen.” Éxodo 14.13-15

Es decir, hay un momento para elevar oración, pero hay momento para ejecutar acción. Fue en ese momento crucial que estábamos librando sobre la vida y la muerte en que una de las maestras recibió esta palabra: “La misma potencia de la palabra que hicieron que se formaran los cielos y la tierra es la que le devuelve a Matías la vida”. Fue a partir de ese instante en que todo se transformó en ejecución para mí. Supe que tenía que estar en el hospital y llevar esa palabra. Eran cerca de las diez de la noche cuando llegué al hospital. Se encontraba solamente el padre quien no era “creyente”; su mamá, que sí lo era, había ido a la casa a preparar todo el servicio para el velatorio.

Cuando hablé con el padre, sus ojos se iluminaron de fe y me dijo: “Señorita, quédese tranquila que esa palabra se la voy a decir yo porque yo soy el padre” -diría Jesús: ni en Israel he hallado tanta fe.-  Dejé el hospital siendo aproximadamente las doce de la noche. Pero mi fe aumentaba, su padre había creído y estaba haciendo un acto de afirmación absoluta.                                                                                         Al otro día volví al hospital y ¿con qué panorama me encontré? ¡¡¡A Matías comiendo!!! ¡¡¡La vida le había sido devuelta!!!

Pasaron los días, Matías estaba festejando su cumpleaños número 16, mientras soplaba las velas las lágrimas le caían por rostro, cuello, otras caían directamente sobre la mesa. Yo estaba frente a él. Después de celebrar, me llevó aparte y me narró todo el episodio de aquella noche: “Mimi, yo estaba caminando hacia un sendero oscuro y una sombra me quería llevar, y de repente, vino hacia mí un ser que tenía el rostro como el color del bronce y tenía una ´J` grabada en su mano. Él me dijo ´vení Matías, este es el sendero que te conduce a la vida, seguime, sos mi siervo´”.

Hoy Matías tiene 20 años, su enfermedad está absolutamente controlada. Recibió ayuda del Gobierno para viajar a los Estados Unidos donde recibe un tratamiento médico específico en el área de investigaciones y donde los médicos lo llaman “el milagrito argentino”.

Puentes que tenemos cruzar: puentes de peligros, puentes de dudas, puentes de inseguridades,  puentes de enfermedades, puentes de sombras, puentes de muerte.

“¿Por qué clamas a mí? Di a los hijos de Israel que marchen.”                                                                                    

¡OH, SÍ!: ¡DÍ LA PALABRA UNA VEZ MÁS!

 

Mimi Agostino
Educadora en la Región 5
Distrito de Alte. Brown
Directora y Representante Legal del Instituto Educativo Vida Cristiana del mismo distrito

 

 

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Comentarios

comentarios

Categoria: Edición 2 | Evangelismo, entrega 7, PASTORAL, Pedagogía

Comments (2)

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  1. buy steroids says:

    Nice! How can I sign up for RSS to your blog? Thanks!

  2. jorge says:

    Que bueno Mimi,Dios es fiél!!!!a seguir dando vida!! fuerte abrazo y siempre adelante!!!

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