FORMACIÓN DE NUEVOS PASTORES

| 18 marzo, 2013

A los efectos del mejor entendimiento del tema que nos ocupa, llamaremos pastoral al conjunto de los pensamientos, sentimientos y acciones que brotan o se ejecutan desde el ministerio de la iglesia a favor de la gente.  Así, cuando hablemos de una mirada pastoral, nos permitiremos dejar de lado las consideraciones de si conviene o no conviene al proyecto o a la visión, para preferir el bien de la gente por encima de posibles ganancias o pérdidas que pudiera sufrir algún plan, alguna institución, algún bolsillo o la urgencia de alguna agenda. Las personas más que cualquier cosa que pudieran dar,  serán entonces prioritarias a la hora de mirarlas pastoralmente.  Sus necesidades serán priorizadas pastoralmente sobre las posibilidades que ofrecen.  Su valor como persona sobre las dificultades a las que nos hacen enfrentar.

 

Condicionantes previos a la formación pastoral

Los estilos pastorales no aparecen espontáneamente, sino que son resultado de una determinada estrategia, de una visión. Estas pueden ser conscientes o inconscientes, tanto en el individuo como en el grupo que las adopta, pero sin duda, en su instrumentación reflejan los valores sobre los que están fundadas. Hay estilos pastorales más dominantes o más participativos.  Unos más conductistas, que dicen a la gente cada cosa que debe hacer o no hacer, y otros estilos en los que se espera que las personas puedan discernir qué hacer con sus vidas bajo la guía del Espíritu.

En ciertos estilos pastorales, se busca trabajar con gente que no tenga entre sí muchas diferencias, pues esto facilita el acercamiento y la formación de grupos. Otros entienden que la variedad será una riqueza que una iglesia puede tomar como ventaja para su apertura a distintos tipos de personas,  y también para facilitar su inserción en cualquier emprendimiento misionero.   Pero cada uno de estos y otros casos nacen en los valores iniciales que están en la mente y el corazón de los pastores y los consejos que gobiernan las congregaciones.   El entendimiento de la iglesia como una comunidad débil,  siempre torpe, siempre frágil, fácil de ser engañada, hará que la figura de sus dirigentes sea necesariamente conductista.   Los pastores deben en ese caso decidir sobre cada situación, intervenir en cada caso entre los hermanos, pronunciarse bendiciendo o desechando cada libro, cada cantante, cada nuevo predicador, cada película.

En cambio, percibir a la iglesia como gente que puede escuchar la voz de Dios en medio de la vida, implica otro tipo de cuidado pastoral: que estimule la madurez y el desarrollo de buen criterio de parte de todos.  Seguramente implicará más consuelo frente a decisiones equivocadas, se tardará más tiempo en lograr algunos acuerdos, y los pastores deberán luchar más contra su tentación de pronunciarse definitivamente acerca de todos los temas del cosmos.   Pero estas diferencias nacen de un valor, de un entendimiento de la iglesia, que a la hora de la preparación de pastores para las iglesias se tiene en cuenta.

 

El llamamiento, vocación

Más allá de las distintas escuelas y modelos pastorales, es necesario decir que el llamamiento es lo único que sostiene a una persona que entrega su vida a la obra de Dios. Y al fin, el modo en que responda a las circunstancias por las que atraviese, y el uso que haga de los dones que Dios le dio, podrán se utilizados para evaluar en qué medida,  en respuesta a ese llamamiento, su ministerio resulta en una expresión fiel de los que siguen a Jesús.  Más que verlo como exitoso o fracasado, se buscará entonces que carácter, dichos y obras traigan la presencia de Jesús y provoquen entre la gente gratitudes y gloria a Dios.

 

Modelos

Fui pastor muy joven, y gracias a Dios la juventud no fue un obstáculo para cumplir mi función. Aunque, casi risueñamente, debo decir que muchas veces ocurrió que cuando la gente esperaba encontrarse con un pastor y se encontraba conmigo, algo hacía ruido.  Para la gente de la congregación no representaba una dificultad que yo fuera muy joven, flaquito y con cara de niño, pues ya nos conocíamos y la buena comunicación y el mutuo aprecio salvaban esas posibles barreras.  Pero cuando un extraño venía preguntando por el pastor, sufría algún desencanto cuando yo me presentaba como tal.  Esperaban un señor que tuviera aspecto de pastor, y parece que yo no coincido con esa expectativa. ¡Qué se le va a hacer!  Pero vale entonces la pregunta: ¿Cómo se espera que sea un pastor?

Es bastante evidente que la imagen de modelo pastoral ha variado, como ha variado la imagen de muchos otros modelos en cualquier categoría. A través del tiempo, siempre tratamos de reconstruirla como la imagen más fiel posible al modelo bíblico, pero resulta que no es tan sencillo captar sin prejuicios cuál era el modelo bíblico.  Por tanto, en cada época los modelos pastorales se ven influidos por aquello que la época valora y también por lo que desprecia.

La reforma protestante del siglo XVI nos dejó el modelo del pastor sabio. Nos enamoramos entonces del ministro que conoce muy bien las Escrituras, es docto en otras artes, se lo respeta como representante de una institución, se lo consulta. Luego,  desde el siglo XVIII, paulatinamente fue cambiando el ideal del pastor sabio al de un hombre mas tangencial a la vida social, así,  los movimientos de avivamiento espiritual nos entregaron el modelo del pastor santo.  Su santidad lo proponía con un toque mínimo de los asuntos mundanos.  Los requisitos académicos fueron cada vez menores, y la espiritualidad y su capacidad para transferir algo de esa espiritualidad a los otros era lo que lo calificaba.   Ese modelo cede luego progresivamente su lugar al del pastor exitoso.   Las multitudinarias campañas desde fines del siglo XIX hasta la fecha, y luego los medios masivos de comunicación influyeron para que la imagen del pastor exitoso se imponga. No es su sabiduría, grado académico ni su respaldo institucional lo que importa.   Tampoco seduce tanto su papel del pastor santo, tan alejado de los códigos mundanos, tan condenador de todo lo que nos gusta. Ahora lo que se valora será su poder para convocar, su imagen de prosperidad y poder,  y su eficacia para hacer surgir y dirigir la empresa eclesiástica.

Como contraparte, también durante el siglo XX ,se extendió en todo el mundo un modelo de pastor social que, mucho más consciente de lo enorme de las injusticias que sus antecesores, dispuesto a luchar contra ellas, y preocupado por ser voz de los que no tienen voz, llega casi a la desesperanza.  A riesgo de su vida, cuestiona sistemáticamente todo, erosionando incluso los perfiles recibidos de certeza de la fe y piedad personal. Hábil para leer la realidad, ácido para interpretarla, necesita también logros concretos para sostener una fidelidad que aparece cada vez más despojada de llamamientos celestiales que son muy difíciles de proponer frente al dolor cotidiano.

Y ahora ¿qué hacemos?

Claro que no hemos cubierto todos los modelos, ni existen  así en estado puro, aunque en alguna medida todos subsisten.   Sólo escogimos un modo de tipificar, tal vez caricaturizar,  lo más sobresaliente en cada caso. Me temo que muy pocos pueden decirnos cómo sigue esto.  Cuál es el modelo próximo. Sí podemos decir que vemos algunas tendencias que nos indican un conflictivo porvenir.

 

Escuelas

En el estudio de los movimientos de renovación que afectan a la iglesia a lo largo del último siglo, no es difícil advertir repetidas veces que parte de la preocupación estratégica es cómo continuar aquello que sus fundadores estiman como un momento nuevo en la iglesia, renovado y espiritualmente floreciente.  Tampoco es difícil notar que generalmente los iniciadores de estos movimientos son personas carismáticas y llenas de energía,  instruidas formal y sistemáticamente en las escuelas de sus grupos de origen,  que al momento de diseñar una educación para las  nuevas camadas, optan por reducir sustancialmente todos aquellos conocimientos generales que poseen a un grupo de instrucciones prácticas y útiles, buscando que prolonguen o al menos mantengan el desarrollo del movimiento que ellos encabezan.

Pero tampoco es difícil darse cuenta de que las segundas camadas no tienen el brillo de sus predecesores. En parte porque los de la segunda línea han sido instruidos para seguir y obedecer, sin muchos espacios reales  para  la toma de opciones en el modo de ejercer sus papeles.  Los brillantes líderes, los fundadores y directores iniciales rara vez provocan el desarrollo pleno de quienes los siguen, más bien ponen su energía y sus ideas en el perfeccionamiento del sistema que en generar posibilidades para que otros lo mejoren. El pensamiento crítico que hizo de ellos lo que son, podría ser una herramienta peligrosa en otras manos que no sean las suyas. Por tanto, las segundas camadas, las seguidoras, si no se apartan y degeneran, tienden a fosilizarse en el punto en que los líderes se detuvieron. Ese será el punto seguro, el que no hay que traspasar nunca. Revisarlo es un atrevimiento, y los que se atrevan a hacerlo pagarán por ello. Los líderes iniciales, a causa de tener una formación mayor, podían dar algunas respuestas a sus seguidores si estos inquirían más allá del libreto cotidiano, pero ahora, éstos en su instrucción sólo han recibido lo funcional, aquello que no era funcional les ha sido negado, y no pueden exponerse a las preguntas que incomodan o presentan riesgo.  Los preguntones deberán quedar entonces claramente calificados como gente que ha perdido la visión, se han descarriado.

El buscador, el que se halla atrapado por la conciencia y no puede cesar en su trabajo interior, vive la angustia del error.  Percibe el error en la iglesia, en la espiritualidad, en la doctrina, el lenguaje, en la institución, en el orden eclesiástico, y comienza a darse cuenta que no puede callar.  Descubre motivaciones espurias y estrategias miserables.  Conecta historias viles y llega a diagnósticos descorazonadores.  En su afán , debe también discernir impulsos y fantasías propios, descartar caminos y procederes que traen dolor y pesadumbre, pero no puede cesar.  Al fin: la ruptura.  Lo llenará un convencimiento interior de hacer algo nuevo que no tenga que pagar el precio del desastre viejo. Nació un iniciador.

El que sigue la regla, conoce en cambio el pesar de las lealtades a la regla y al superior.  Es otra angustia, en la que la experiencia de los que le preceden se impone y ya no se permite buscar, sino seguir, permanecer en el modelo prefijado.  A aquél lo empuja su propia alma ansiosa del Espíritu. A éste lo ata el voto, la palabra empeñada con la que entrega el alma.

Pero cuando el buscador cesa, cuando con lo logrado logra curar su angustia, cambia a ser sólo administrador de votos ajenos.  Libre ya de su angustia inicial,  se torna leal.  Su lealtad de administrador, será ahora su angustia única:  que se cumpla la regla, que no pasará de su límite. Dado su papel inicial de buscador y su éxito en hallar algo nuevo y transferirlo a sus seguidores, ahora su lealtad de administrador se vuelve  una obsecuencia consigo mismo. Para afirmar lo percibido y conquistado en otro tiempo, acabará por rendir culto a su visión, y, por reflejo, a su persona.

 

Encarnación

La predicación del evangelio de Jesucristo debe ser desde el entendimiento de la encarnación.  Claro que si hablamos de lo pastoral, no nos vamos limitar a pensar en la encarnación únicamente como la doctrina de la encarnación de Jesucristo. Como doctrina es esencial a la fe, pero como práctica de la comunidad de Jesús no lo es menos. Nos referimos entonces a la necesidad de que, como en Jesús, la Palabra de Dios pueda encarnarse: venir en carne y hueso a través de nosotros a nuestra geografía y a nuestro tiempo para anunciar su Reino. Una pastoral de encarnación necesita entonces de personas nacidas en Dios, llenas del Espíritu, seguidoras de Jesucristo que se ofrezcan en su medio social para hacer el bien al estilo de Jesús. Estos serán entonces mensajeros y servidores que lleguen al corazón de la sociedad en la que viven, y podrán entender y ser entendidos.

Pero la lectura de una determinada sociedad, muy a menudo está  teñida del color de nuestras historias personales y grupales, y naturalmente la entendemos desde nuestras expectativas. Si uno tiene una visión muy corta, el éxito de su pastoral puede limitarse a buscar las oportunidades para la reivindicación del grupo al que representa: su raza, su clase social, su minoría.  O todavía mucho más pobre: su reivindicación personal.

 

Delegación de autoridad

La encarnación hallará su expresión misionera, en la confianza con la que quienes conducen la iglesia son capaces de delegar autoridad en quienes se suman al ministerio. La confianza será en Dios,  que hará que otras personas podrán vivir y andar tan llenos del Espíritu como ellos mismos, o más, para desarrollar una iglesia que excede nuestra visión, nuestra fuerza y nuestro control.

En un excelente artículo que me llegó por correo electrónico titulado “ Estructuras y rasgos psicopatológicos en la comunidad eclesial” del Dr. Jorge A. León, puntualiza: “Hay  una pregunta que se hace indispensable para los grupos de reflexión: ¿Qué deberíamos hacer para lograr una mejor capacitación de nuestros pastores y  nuestras congregaciones a fin de encarar una pastoral adecuada a los tiempos en que vivimos? www.cristianet.com/psicopastoral

La delegación seria de la autoridad.

Entiendo que llenando toda la atmósfera de cualquier programa de preparación pastoral, debe estar instalado el principio de que quienes enseñan y quienes envían a sus estudiantes para a tomar cursos en cualquier institución, están dispuestos seriamente a delegar autoridad. No es lo mismo delegar autoridad que buscar quién nos ayude. No hablo entonces de nombrar colaboradores y crear sistemas educativos para que sean más eficaces, sino dedicarnos a la construcción de pares.

 

Perfil

Por fin, me atrevo a compartir algún listado, imperfecto, en construcción, que sirva para delinear algún perfil de pastores deseable.  Se buscarán personas que demuestren:

 

  • Firmeza en la Fe. Verdaderos  y probados creyentes y seguidores de Jesucristo.
  • Abiertos a la obra del Espíritu Santo.
  • Con un marco teológico amplio que les permita pensar, a la vez que una firmeza irrenunciable respecto a los dogmas esenciales de la fe cristiana.
  • Con formación de carácter. Personas maduras en sus emociones y que no le temen a la vida piadosa y a las virtudes. Amantes de la verdad.
  • Con gran respeto por el ser humano.
  • Amantes de la creación de Dios y dispuestos a trabajar como administradores fieles de la misma.
  • Aptas para aprender y aptas para enseñar. Con instrucción académica. Capacitados para la exégesis bíblica. Con sentido histórico de la iglesia. Que entienden el desarrollo de las líneas mayores de la iglesia. Con elementos de comprensión de los movimientos nuevos.
  • Capaces de discernir en los textos la presencia del pensamiento de las distintas escuelas teológicas y de sus mayores exponentes.
  • Con criterio para tratar con la cultura de su época y su lugar sin renunciar su fidelidad a Cristo.
  • Con raíces profundas en la vida de la iglesia.  Interdependiente con sus pares en la visión y en el ministerio. Que aprecie el sentido grande de la iglesia en todo el mundo.
  • Apto para acompañar generosamente el desarrollo de los distintos ministerios de la iglesia.
  • Capaces, por fin, de delegar seriamente la autoridad.

 

Con plena conciencia de lo limitado de un listado de estas características, no obstante, ofrecerlo, sirve para marcar una línea, una orientación hacia dónde nos parece que deben dirigirse quienes sirvan a la iglesia en los años por venir.  El testimonio de la Iglesia de Jesucristo necesitará de personas como estas.

 

 

Julio Cesar López
Pastor en Belgrano
Iglesia Presbiteriana San Andrés

 

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Categoria: Edición 3 | Educación, entrega 3, PASTORAL, Teología Pastoral

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