SER O NO SER | Esa es la cuestión

| 6 mayo, 2013

Cuando vamos a las Escrituras, en el Antiguo Testamento, y leemos los mandamientos dados por Dios a Moisés, nos llama la atención, a primera vista, que todos están conjugados en futuro (no matarás, no hurtarás, no codiciarás, etc.). Ello denota que la ley no se podía cumplir en ese momento, y esto es correcto, pues el propósito por el cual Dios envió la ley a los hombres no era para que la cumplieran sino para que reconocieran la condición en la que estaban a causa del pecado, condición que los incapacitaba para cumplirla, y de esta manera prepararlos para la ayuda necesaria que vendría con la llegada del Mesías, nuestro Redentor. Por eso dice el apóstol Pablo en Gálatas 3:24: “De manera que la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe.”

Tras la obra redentora del Mesías vendría la llenura del Espíritu Santo y ahora si podríamos vivir en el cumplimiento de la ley de Dios. Ezequiel 11:19: “Y les daré un corazón, y un espíritu nuevo pondré dentro de ellos; y quitaré el corazón de piedra de en medio de su carne, y les daré un corazón de carne.”

Sabiendo que esto es así, nos llama poderosamente la atención que en este tiempo, a más de 2000 años de la llegada del Mesías y en el maravilloso tiempo de la dispensación de la gracia, todavía tengamos tantas congregaciones cristianas de corte legalistas que siguen predicando en futuro un mensaje de “deber ser” tan alejado de la buena nueva del Evangelio de la gracia.

Estos mensajes de santificación (debes ser un buen cristiano, debes ser un buen padre, debes ser un cristiano de oración, debes ser un buen siervo de Jesucristo) produce en nosotros un sentimiento de melancolía y nos hace andar como el burro detrás de la zanahoria, pensando que algún día, si cumplimos todo lo que se nos requiere, vamos a “llegar a ser” todo lo que Dios quiere que “seamos”.

Este mensaje del deber ser produce un gran deterioro de la autoestima y nos convierte en cristiano insatisfechos que siempre están esperando el día de la bendición, mientras se nos escapa la vida día a día, minuto a minuto.

Lo significativamente patológico de este mensaje legalista, del deber ser, es que es un doble mensaje. Porque cuando nosotros le decimos a un hermano tenes que ser un buen cristiano también le estamos diciendo que si tiene que lograrlo es porque todavía no lo es, o sea le decimos vos todavía no sos un buen cristiano.

Que diferente el mensaje de la gracia de nuestro señor Jesucristo quien nos dijo: “Ustedes SON la sal de la tierra, y ustedes SON la luz de este mundo”

O sea que no se trata de lo que nosotros alcancemos a hacer para Dios, sino de lo que él ya ha conseguido para nosotros Juan 15:16 “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, él os lo dé.”

En reacción a esta situación del estado legalista de gran número de nuestras congregaciones cristianas, se han levantado últimamente nuevas congregaciones de corte psicológico y humanista que utilizan muy eficazmente la proclamación de las promesas bíblicas a modo de “declaración positiva”, lo cual a muy corto plazo produce un aumento considerable de la autoestima y por ende cristianos más contentos y conformes consigo mismo. Con mayor satisfacción personal. Pero a veces ante algunas situaciones conflictivas serias le faltan elementos para avanzar. Lo que no debemos olvidar es que solo la declaración de la palabra no es suficiente, se necesita la comunión intima con el Espíritu Santo, que produce en nosotros la fe necesaria y da vida a la letra.

Si bastara con la escritura en la proclamación, Jesús hubiese dicho: les conviene que yo me vaya porque si me voy les enviaré una Biblia y todos podrán proclamar mis promesas para que todo les vaya bien. Pero el Señor habló de la llegada del maravilloso Espíritu Santo, Dios en nosotros y con nosotros y sobre nosotros, quien hará real en nuestras vidas la palabra escrita. Juan 16:14: “El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber”.

El Espíritu Santo es quien nos trae esta vida maravillosa que Jesucristo ha conseguido para nosotros en la cruz del calvario. Juan 10:10: “El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.”

Cada día se nos presenta la posibilidad de elegir y siempre será el rendimiento amoroso a nuestro guía y Señor, el Espíritu Santo, la mejor posibilidad de realización de nuestras capacidades, aún muriendo a nuestro propio yo y autoestima sabiendo que la valoración que Él tiene de nosotros es mayor que la nuestra propia. Jeremías 29:11: “Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis.” Que bueno es saber y experimentar cada día con el Espíritu Santo que somos el especial tesoro de Dios, sus hijos amados y Él da testimonio personalmente en nuestro corazón y no necesitamos de la adulación humana, para sentirnos valiosos, pero si del amor genuino y desinteresado del Señor Jesucristo que se vive en su cuerpo que es la Iglesia en medio de la familia de Dios.

Ahora si, teniendo esto claro, dejemos que nuestras Iglesias sean los centros de vida, estímulo, consuelo y salud que el Señor ha conquistado para nosotros y no organicemos más instituciones que se dedican a controlar el pecado y los errores, pretendiendo saber el bien y el mal, aplicando leyes que lo que único que hacen es aumentar la fuerza del pecado y estos miles de años de historia han demostrado que no funciona (1 Corintios 15:56: “ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley”.)

Prediquemos la buena noticia del evangelio de la gracia, amemos a la gente y dejemos que sea el Espíritu Santo que convenza de juicio de pecado y de justicia.

Quisiera decirle finalmente mi hermano, mi amigo: “el éxito no es no pecar, el éxito es amarnos como Jesús nos ama” Así que vos que SOS LUZ, salí a alumbrar ya que hay mucha oscuridad y tiniebla en este mundo. Y vos que SOS SAL, salí a ponerle sentido a la vida… échale sazón. Porque la vida que Jesucristo nos ha dado es maravillosa y abundante y no se gasta, al contrario cuanto más la compartimos más fuerte y firme se hace.

Ser o no ser: esa es la cuestión.

Si vos crees que debés ser santo, pasarás la vida intentándolo, si vos crees que sos santo, por la obra de Jesús en la cruz, vivirás como tal. Mateo 7:18: “No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos”. Proverbios 23:7: “Porque tal es el pensamiento en el corazón del hombre, tal es él”. Y si siendo santo te equivocás, cometés errores o algún pecado (abogado tenemos para con el Padre) te ARREPENTÍS, le pedís perdón y Él te perdona y seguís hacia el premio del supremo llamamiento.

Sí, leíste bien, te arrepentís, lo cual no ha pasado de moda y el arrepentimiento no es culparnos y sentirnos fracasados sino echar mano a la virtud maravillosa de la misericordia de Dios, quién nos llamó a vivir en libertad.

Y uno de los mayores ejercicios de la libertad, es la libertad de las apariencias y del ego, y la confianza absoluta en el amor incondicional de nuestro Padre que nos moldea a su imagen y semejanza.

Que maravilloso sería que echemos mano a la misericordia y edifiquemos de una vez por todas entre los cristianos el ministerio de la restauración amorosa de nuestros hermanos, tal como nos enseñó el Señor Jesucristo y dejemos de lastimarnos con disciplinas sin compasión, que solo apuntan a diferenciarnos de aquellos que han cometido errores o han pecado y no queremos que se nos asocie con ellos.

Juan 13:34-35: “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.”


Ricardo Dening
Licenciado en Psicología Clinica
Pastor principal del Centro Cristiano Rey de Gloria
Iglesia Internacional del Evangelio Cuadrangular

 

 

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Categoria: Edición 4 | Iglesia y Sociedad, entrega 1, Sicología

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