LEGITIMIDAD CARISMÁTICA

| 10 junio, 2013

La reciente tragedia provocada por las inundaciones que afectó principalmente a las ciudades de La Plata y Buenos Aires, puede ser un excelente estudio de caso para analizar de manera fáctica la relación entre iglesia y sociedad. Las aristas que esta relación tiene, en función de lo ocurrido son innumerables. En el presente artículo me propongo desarrollar solo un aspecto que tiene que ver con el liderazgo de una nación y la iglesia.

Hay un pasaje bíblico que de manera sorprendente liga el fenómeno de una inundación con el fracaso del liderazgo de una sociedad.

Con Dios está la sabiduría y el poder; suyo es el consejo y la inteligencia. Si él derriba, no hay quien edifique; encerrará al hombre, y no habrá quien le abra. Si él detiene las aguas, todo se seca; si las envía, destruyen la tierra. Con él está el poder y la sabiduría; suyo es el que yerra, y el que hace errar. Él hace andar despojados de consejo a los consejeros, y entontece a los jueces. Él rompe las cadenas de los tiranos, y les ata una soga a sus lomos. Él lleva despojados a los príncipes, y trastorna a los poderosos. Priva del habla a los que dicen verdad, y quita a los ancianos el consejo. Él derrama menosprecio sobre los príncipes, y desata el cinto de los fuertes. Él descubre las profundidades de las tinieblas, y saca a luz la sombra de muerte. Él multiplica las naciones, y él las destruye; esparce a las naciones, y las vuelve a reunir. Él quita el entendimiento a los jefes del pueblo de la tierra, y los hace vagar como por un yermo sin camino. Van a tientas, como en tinieblas y sin luz, y los hace errar como borrachos. (Job 12.13-25)

 

Tiempo de decepción en la sociedad

Este ha sido un tiempo de mucha tristeza. Esa tristeza está primeramente originada, obviamente, por el dolor de tantas muertes.

Es un tiempo de dolor también por las pérdidas materiales que han sufrido tantas familias. Que no es solamente la cuestión económica. Sino que en un sentido, de desolación, es la pérdida de años de esfuerzos. Para muchos es la pérdida de todo. Es decir, la gente cuando sufre algo así, un trauma de este tipo, tiene un sentido de desprotección, de abandono y de orfandad tremendos.

Frente a estas realidades, la Iglesia, nosotros como pastores, estamos acompañando en medio del dolor a los que están de duelo impartiendo el consuelo del Espíritu Santo. Y con nuestro servicio y entrega, expresando nuestra solidaridad con los que han sufrido las pérdidas.

Pero quiero enfocarme en esta reflexión, en que esa tristeza, además de ser provocada por estas causas, es una tristeza generalizada también porque se ha producido una nueva y profunda decepción en la gente en cuanto a su liderazgo.

El primer día, el epicentro de las noticias fue la ciudad de Buenos Aires, capital de la Argentina, y el jefe de gobierno y candidato a la presidencia de la nación,  fue bombardeado por críticas aun de los canales de televisión que normalmente promueven su figura. El segundo día la tragedia golpeó a la capital de la Provincia de Buenos Aires y todas las críticas fueron hacia el gobernador, que es otro de los candidatos principales a la conducción de nuestro país en el futuro. Y la señora presidente de nuestra nación fue al barrio donde ella se crió, a Tolosa, un sector muy humilde, donde también recibió críticas, gritos, insultos. Es decir, las tres figuras políticas y los tres gobernantes más destacados de nuestro país, la Presidente de la Nación, el Gobernador de la provincia más importante a nivel de población y de recursos de la Argentina y el Jefe de Gobierno de la Capital Federal, estuvieron en la mira de todas las críticas. Porque hay una nueva y profunda decepción en la gente en cuanto a  su liderazgo.

¿Por qué tanta decepción? A lo que nosotros llamamos “gobierno”, en países como los Estados Unidos de América, y otras naciones, se lo llama “administración”. Y así por ejemplo no se habla del gobierno del presidente Obama, sino de la “administración Obama”, ó de la “administración Clinton”. Pero nosotros lo llamamos “gobierno”.

La palabra “administración” es una palabra latina que está compuesta por dos vocablos: “ad” que significa: hacia, dirección. Y la palabra “minister” que significa:  sirviente, subordinado. Y entonces el significado de la palabra hace referencia a la función que se desarrolla bajo el mando de otro. Los funcionarios de  la administración son servidores que cumplen sus funciones públicas bajo el mando del pueblo. Es decir, en aquellas naciones las personas delegan en sus representantes la administración de la cosa pública, pero nosotros, los argentinos, los latinoamericanos, le entregamos a quienes nos lideran, el gobierno. Y en la mentalidad argentina y latinoamericana depositamos sobre quienes nos lideran nuestras expectativas y esperanzas. No son sólo administradores, son  quienes nos gobiernan. Y la mentalidad del argentino promedio es absolutamente dependiente de sus gobernantes. Cree que de ellos depende su futuro, su economía, su vida. La gente espera que los gobernantes afecten significativamente sus vidas y futuros.

Y cuando se produce el fracaso del liderazgo en alguna situación de la gravedad de lo ocurrido, esto conduce a una tremenda frustración en la vida de la gente. Y, entonces, la gente busca un cambio de esperanza, busca depositar sus expectativas en alguien diferente, de manera tal que junto con las expectativas le puedan entregar también el gobierno de sus vidas.

Se produce entonces, en el imaginario popular, un traslado de expectativas y normalmente lo que sucede, es que ese traslado se orienta hacia lo espiritual. Es lo que desde el campo de la sociología Max Weber llamaba “legitimidad carismática”. Aquí el carisma es entendido como el reconocimiento que la gente le otorga a un determinado líder, a quién le atribuyen ciertas capacidades especiales, como para depositar en él, su confianza, su esperanza, sus expectativas, es decir, darle el gobierno sobre sus vidas. Ese reconocimiento popular del carisma del líder, se debe renovar continuamente. Y el líder, en los momentos claves, legitima o no su carisma, justifica o no que la gente lo haga depositario de sus esperanzas y le entregue el gobierno de sus vidas.

Y cuando el gobernante de turno no puede renovar esa legitimación se produce un traslado de expectativas de la gente hacia otro tipo de liderazgo. Cuando esas expectativas se ven frustradas, se produce una profunda decepción y hay un cambio en las esperanzas de la gente, que busca una sustitución carismática. Un nuevo tipo de liderazgo en el que confiar.

 

Tiempo de cambios

Tengo la convicción de que estamos frente a un tiempo de cambios. Y para fundamentar esta creencia, te animo a hacer una doble lectura de la relación iglesia y sociedad en este aspecto relacionado con la legitimidad carismática.

La primera de ellas es una lectura diacrónica, es decir, a través del tiempo. Al hacerla, se puede ver que en varios momentos de la historia en los cuales se produce esta pérdida de legitimación carismática, esta pérdida de prestigio de los que nos gobiernan, junto con la profunda decepción de la gente ocurren dos cosas. La primera es una fuerte movilización popular. Estoy  tremendamente admirado de cómo la gente respondió con una solidaridad extraordinaria ante esta tragedia vivida. Es como si la gente hubiera dicho: “le entregamos a la dirigencia las expectativas y el gobierno sobre nuestras vidas, pero nos decepcionaron, así que en la emergencia tenemos que hacernos cargo nosotros, ponernos al gobierno de la situación, porque nuestros líderes nos defraudaron. Podrán seguir con sus cargos, pero ya no tienen el gobierno de nuestras expectativas y vidas.”

Pero esas movilizaciones por lo general son de corto plazo. Sirven para la emergencia y no pueden perdurar en el tiempo. Entonces la segunda cosa que se produce, además de la movilización popular, es  una tremenda apertura en el mundo espiritual. Hay una sustitución carismática, un traslado de las expectativas al mundo espiritual. 

Permítanme hacer esta lectura diacrónica, a través del tiempo, con solo tres momentos, tres hitos.

En 1954 se produce una declinación, un ocaso en el gobierno del presidente Juan Domingo Perón y, de manera inédita, inesperada se produce una movilización masiva que absolutamente nadie podía siquiera imaginar que ocurriera. Los medios seculares señalan que 6.000.000 de personas pasaron por las reuniones en  la cancha de Atlanta y en la cancha de Huracán de la cruzadas del evangelista Tommy Hicks.

Pensemos por un instante en lo que ocurrió. Los evangélicos en ese entonces éramos una pequeñísima minoría, discriminada, perseguida, prohibida. Los pentecostales eran desestimados por el resto del cuerpo evangélico. El predicador era un desconocido absoluto, no solo para la gente en general, sino también para los evangélicos. Un grupo de pastores pentecostales había invitado a T.L. Osborn  que era un evangelista famoso de aquella época. Osborn les dijo que no podía, pero que había un evangelista que podía venir. Un tal Tommy Hicks, un desconocido por completo, alguien que no había tenido ni siquiera una gran ó una super cruzada. Y se produce una cosa absolutamente inexplicable, inédita. En la primera noche en la cancha de Atlanta, llegaron a juntar, y yo creo que  ya era un milagro, apenas 1000 personas. Pero en solo 58 días llegaron a afectar 6.000.000 de personas. 

Es más que obvio, que la explicación es que este fenómeno fue el resultado de un obrar poderoso del Espíritu Santo que quería hacer algo en esta nación. Pero sigamos la reflexión no sólo desde la óptica espiritual, sino desde el análisis de los hechos, para ver en qué contexto se dio ese mover del Espíritu. 

Decía que estamos entendiendo aquí el carisma del líder, como el depósito de las esperanzas que la gente pone en un gobernante para que no sólo administre la cosa pública sino que gobierne la vida de las personas. Con la declinación del carisma del presidente Perón, se producen las dos cosas que caracterizan estas crisis. Primero una gran movilización. En este caso, inexplicablemente 6.000.000 en menos de dos meses. Y la segunda cosa, es que trasladan esas expectativas sobre el mundo espiritual. Es decir hay una sustitución carismática. Hay una tesis del pastor Norberto Saracco, en la que analiza el fenómeno del mover de Dios durante la cruzada de Tommy Hicks,  en la que él precisamente habla de esa sustitución del carisma de Perón trasladado a Tommy Hicks y su cruzada. No por la persona de Tommy Hicks, porque era un desconocido. Pero hay un depósito de esperanza que se traslada a lo espiritual. 

El segundo hito que quiero destacar en esta lectura diacrónica, ocurre en el año 1966, con el golpe de estado al entonces presidente Arturo Illia, por el dictador Juan Carlos Onganía. El gobierno del hoy reivindicado presidente Illia, en su momento no logró esta legitimidad carismática ante el pueblo, y eso fue aprovechado por los militares para una nueva interrupción ilegal de la democracia. Eso ocurrió a mediados del año 1966, y pocos meses después emerge el segundo hito espiritual de escala significativa en la historia de nuestro país que es el Movimiento de Renovación Carismática. Primero que afecta a algunas iglesias y luego que se expande afectando no sólo a los evangélicos sino a la Iglesia Católica, a las llamadas Iglesias Protestantes históricas y a la Iglesia Ortodoxa.

Saltamos en el tiempo, al año 1982.  El 14 de junio se produce la rendición del ejército argentino en las Islas Malvinas ante el ejército británico. Esa derrota fue mucho más que la pérdida de una guerra. Se produce una tremenda decepción popular. Una multitud que unos días antes se agolpó en la Plaza de Mayo vivando al general Galtieri, estaba manifestando con esa movilización un depósito de  expectativas en el proyecto militar. La derrota militar produjo otra profunda decepción. Como el gobierno de facto no pudo sostener esa legitimidad carismática, mediante la victoria militar, se produce otra vez esa sustitución carismática. Y otra vez el traslado de esperanza hacia lo espiritual y en ese mismo momento aparece en el escenario  Carlos Annacondia, y sus cruzadas y se produce un fenómeno de movilización popular  extraordinario. Los que vivieron en esa época, saben que habían campañas con más de 60.000 personas por noche.  Los evangélicos que en ese momento éramos el 1 al 2% de la población, en esos años pasamos a ser, entre el 8% y el 10% de la población. 

Hoy otra vez nos encontramos ante una gran decepción popular y una búsqueda de un liderazgo espiritual en el cual  depositar esperanzas para otorgar el gobierno de expectativas y de vidas.

Una segunda lectura que podemos hacer, no es diacrónica o a través del tiempo, sino una lectura sincrónica. Es decir, tratar de leer los diferentes acontecimientos que están ocurriendo en el mismo momento, en la misma época. Como dije con mi reflexión sólo pretendo introducir estas lecturas. Así que sólo quiero mencionar dos acontecimientos que han ocurrido en este mismo tiempo.  El primero es la muerte de otro líder carismático, en el sentido no solo de su personalidad sino del depósito de expectativas de la gente, como lo fue el presidente Hugo Chávez. No estoy hablando aquí de cuestiones políticas o ideológicas, sino Hugo Chávez visto como alguien que concentró en un gran sector de la población latinoamericana, no sólo venezolana, grandes expectativas. Y con su muerte, la realidad está esperando otra sustitución de carismas.

Y el segundo dato de nuestro tiempo, es que esto sucede en un tiempo de una nueva apertura espiritual. Hay una apertura en el mundo espiritual que hace tres meses atrás no existía. Hasta hace pocas semanas atrás estábamos envueltos en un proceso de desacralización de la sociedad argentina de la cual era muy difícil que imagináramos que íbamos a poder salir, en el corto o en el mediano plazo. Un proceso de tratar de sacar todo lo sagrado de la sociedad, de ningunear lo espiritual, de eliminar todo lo religioso de la realidad cotidiana. Donde si alguien llegaba a querer dar una opinión sobre un tema y lo decía desde su perspectiva religiosa espiritual, ya directamente era desestimado, no importara lo que dijera. Proceso de desacralización que no era simplemente un signo de los tiempos posmodernos, sino que era un proyecto escrito, que se estaba llevando sistemáticamente a la práctica ya desde hacía algunos años en nuestro país. No eran situaciones aisladas, sino un proyecto concreto, un plan concreto de borrar de la realidad, lo espiritual, lo sagrado y de manera especial lo cristiano.

Pero el nombramiento del nuevo Papa trajo una cancelación, al menos temporaria, de ese proyecto, y un vuelco en la gente hacia lo espiritual, otra vez inesperado. Y de manera inusitada hoy en día en cualquier canal de televisión, en cualquier medio de comunicación el tema del que más se habla es algo relacionado con lo espiritual, con lo religioso. De pronto, también de manera insólita, tanto el gobierno nacional como el de la ciudad de Buenos Aires, rápidos de reflejos, se tuvieron que sumar a la atmósfera espiritual de la gente. Y nuestra presidenta terminó algunos de sus discursos diciendo: “Dios los bendiga”. Y permitiendo la compra de dólares a quienes viajen a ver al Papa a Brasil. Y el jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires, lo mismo. Y fue a la Plaza San Pedro, para que aunque no fuera un invitado oficial, lo recibiera el Papa. Y el gobernador de la provincia de Buenos Aires ha estado intentando hacer del llamado del Papa por la tragedia, un elemento que le resulte favorable a su imagen tan golpeada, como la del resto de los gobernantes, en estos días.

Aún aquellos ideólogos que conducían ese proyecto de  desacralización tuvieron que archivar sus planes, otros políticos como el senador Aníbal Fernández, dijo abiertamente en estos días, que hoy a nadie se le ocurriría tratar el tema del aborto, después de la asunción del nuevo Papa.

Como dije en mi mensaje Habemus Ecclesiam, creo que la Iglesia Católica Argentina no está preparada para sostener el fenómeno de apertura espiritual de la gente, con contenidos salvíficos para la gente, ni transformacionales a nivel social. Sí con crecimiento de la religiosidad y del fervor popular. Pero no con lo que nosotros, desde nuestra óptica evangélica,  entendemos que resulta indispensable para dar la respuesta de fondo a la gente, que es que tengan una experiencia transformadora de sus vidas por medio de Jesucristo y que sean discipulados en los principios de vida según la Biblia, tanto en lo personal como en lo social.

Oro para que cuando el Papa dice en algunas de sus homilías que hay que predicar a Cristo y a éste crucificado, eso pueda bajar al liderazgo pastoral de sacerdotes y laicos. Y aunque Dios lo puede hacer en un instante, al menos humanamente hablando, creo que todavía la Iglesia Católica Argentina no está suficientemente preparada para eso, porque sólo se puede dar lo que primero se ha vivenciado. Así que esto nos lleva al tercer comentario que les quiero hacer.

 

Tiempo de gran oportunidad

Viene a mi mente cuando Dios lleva al pueblo de Israel por un camino “tramposo”, allí en la salida de Egipto. Dios decidió no llevarlos por el camino principal, que según los entendidos hubiera demorado la llegada del pueblo a la Tierra Prometida apenas 19 días. En vez de tomar ese camino, los pone en una “emboscada”: el Mar Rojo por delante, y el ejército egipcio por detrás.

Y le dicen a Moisés: ¿para qué nos trajiste aquí, para que muriésemos, no era mejor seguir en Egipto? Y Moisés también es puesto ante la espada y la pared, obligado a revalidar su legitimidad carismática. Pero Dios lo hace  para manifestar su gloria y su poder liberador a favor del pueblo.

Lo mismo quiere hacer Dios hoy. Quiere manifestar en medio de la decepción popular que está esperando dónde volcar sus esperanzas, su gloria y su poder, por medio de un pueblo, su iglesia, y un liderazgo que valide su legitimidad carismática.

Esta tragedia es un juicio muy fuerte contra los líderes. El pasaje que leímos de Job liga la inundación, versículo 15,  con el juicio a los líderes, que se manifiesta duramente en los versículos siguientes. Esta tragedia es un juicio fortísimo contra los líderes. Pero la Biblia dice que el juicio de Dios empieza por el pueblo de Dios, por su iglesia, por nosotros.

¿Seremos nosotros los líderes que Dios quiere y que la gente está esperando? No seremos muchos de nosotros gobernadores, ni presidentes de la nación, ¿verdad? Pero vos y yo tenemos gente sobre la que ejercemos.  ¿Seremos nosotros los líderes que Dios quiere y los que la gente necesita y espera? ¿Podrá haber una legitimidad carismática en la iglesia evangélica, es decir, la gente podrá transferir sobre el pueblo de Dios un depósito genuino de expectativas y de liderazgo?

El liderazgo político decepciona a la gente, porque en lugar de ser servidores, la gente identifica que lo único que les importa es servirse  a sí mismos, a sus fines, a sus objetivos políticos y a sus proyectos. Este liderazgo decepciona a la gente, porque la gente se cansó de que vivan peleándose entre sí y echándose culpas. Cuando el pueblo espera que se unan para lo importante. Ese liderazgo decepciona, cuando entre otras cosas, el 50 % del presupuesto que debían dedicar a hacer infraestructura, lo dedicaron a subsidios, porque la infraestructura no da votos. Por eso hay un juicio sobre el liderazgo. Por eso hay una pérdida de la legitimidad carismática. Por eso hay una búsqueda sustitutiva de carisma, en el cual depositar esperanzas.

Pero el juicio empieza por nosotros. Si aquellos decepcionaron por no ser percibidos como servidores, ¿seremos nosotros líderes siervos? La gente está esperando de los líderes cristianos gente como Cristo. ¿La gente ve en nosotros una actitud de servicio? ¿De disponibilidad? Lo maravilloso de lo ocurrido en estos días ha sido la respuesta solidaria de la gente. Lo limitado de lo ocurrido, de esa respuesta maravillosa, es que esa respuesta aparece únicamente en emergencias. Y después, en la vida de todos los días, volvemos al individualismo a ultranza, típico de nuestra cultura. Por eso además de las respuestas solidarias de todos, se necesita una Iglesia que de manera permanente viva un estilo de vida de servicio.

¿Así que seremos nosotros los depositarios de esta legitimidad carismática? Ante esta pregunta, me sale inmediatamente responder: “Sí, claro, somos el pueblo de Dios”. Pero Max Weber nos diría: “pues bien, ahora tienen la gran oportunidad de renovar la legitimidad de lo que son”.

El liderazgo político decepcionó, porque la gente ve que viven peleándose y con una asombrosa incapacidad para ponerse de acuerdo y unirse en las cosas importantes  que la gente necesita. Pero el juicio comienza por nosotros. Así que haremos bien en preguntarnos: “¿Seremos capaces nosotros de una vez por todas, de unirnos  para lo importante?” Y mi respuesta primera es: en ningún país del mundo vemos la unidad que los pastores tenemos en Argentina. Pero claro, esa unidad todavía no ha llegado al nivel de lo que habla Efesios 4, de poder funcionar como cuerpo en una ciudad. Y entonces, Max Weber nos diría: “ahora tienen la gran oportunidad de renovar la legitimidad carismática, de mostrar su unidad, para que se produzca ese sustituto carismático que la gente necesita depositar”.

El liderazgo político decepcionó, porque en lugar de haber hecho las obras de infraestructura, no sólo los actuales, sino los gobernantes que lideran desde que tenemos uso de memoria, prefirieron poner esas partidas asignadas en el presupuesto, a lo que les podía traer más votos.

Pero el juicio empieza por el liderazgo cristiano. ¿Estamos haciendo “obra de infraestructura” o solamente maquillaje espiritual? ¿Estamos buscando sólo el crecimiento numérico de mi congregación local, de manera de tener una iglesia grande o estamos trabajando para tener una Iglesia que sea alternativa para la sociedad? Las obras que “van por debajo de la tierra” no dan votos. ¿Estamos nosotros haciendo las “obras que no se ven”? ¿Estamos discipulando a nuestra gente para que sean sólidos? ¿Estamos sirviendo a los necesitados, aunque eso no nos dé crecimiento? ¿Estamos pastoreando a los que no vendrán al culto, pero necesitan de Cristo?

En el cierre del año 2001 se produjo otra gran decepción popular. El gobierno del presidente De la Rúa no pudo renovar la legitimidad carismática que la gente le había otorgado al gobierno de la Alianza. Y la decepción fue hacia todo el liderazgo político. Y la movilización se hizo grito popular: “¡Que se vayan todos!” La gente una vez más buscó dónde depositar sus expectativas. Pero en aquella ocasión la Iglesia Evangélica, no pudo ser objeto de esa sustitución. No estuvimos preparados para hacerlo. Los mismos males que se veían en la sociedad estaban entre nosotros. No pudimos ser destinatarios de aquellas expectativas y, por ende, a diferencia de lo ocurrido en los tres hitos que antes mencioné, no se produjo ni un avivamiento, ni un crecimiento significativo, ni un impacto en la sociedad. Tuvimos la oportunidad, pero no estábamos preparados para lo que la gente necesitaba.

Hoy Dios nos pone otra vez en una “emboscada”. Pero no es una “trampa”, sino una gran oportunidad. Otra vez, una decepción popular. Otra vez, una búsqueda de sustitución carismática. Otra vez, la gran oportunidad de un avivamiento en nuestra nación. Es la hora de revalidar nuestra legitimidad carismática. “¿Seré yo, Señor, un líder conforme a tu corazón?”

La autoridad del líder no es por el nombramiento que tiene. La autoridad del líder no es porque impone mando sobre la gente sino, la autoridad del líder es reconocida por la gente, es otorgada por la gente. Y si la gente percibe que vos los servís, los amás, entonces, te dan autoridad. Tiempos como éstos son tiempos para legitimar el liderazgo, por medio de la autoridad otorgada por la gente.

Este es el tiempo de legitimar nuestro carisma de líderes. No lo hacemos sacando el papel del nombramiento. No lo hacemos diciendo cuál es nuestro cargo, nuestra posición. No lo hacemos predicando sobre la sujeción. La única manera de legitimarlo  es que la gente te lo reconozca.

Seamos Iglesia de Jesús redimiendo en amor y servicio a la sociedad. Este es tiempo de oportunidad. Demos el evangelio de manera completa, ese evangelio que salva, ese evangelio que libera, que sana, que sirve, de manera tal que finalmente las esperanzas de las personas sean puestas únicamente en Aquel que jamás los decepcionará, esto es en: Jesucristo, nuestro Señor.

 

Carlos Mraida
Pastor de la Iglesia del Centro desde hace 28 años.
Es uno de los coordinadores del Consejo de Pastores de CABA
Miembro de la Mesa de CRECES
Ha escrito 14 libros.

 

Cordialmente es la expresión de PASTORESxlaGENTE que fiel a sus principios no procura fijar conceptos únicos, sino que busca expresar la diversidad en la pluralidad que caracteriza al movimiento evangélico.
Las notas publicadas en esta edición digital reflejan la opinión particular de los autores.
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Categoria: Edición 4 | Iglesia y Sociedad, entrega 6, SOCIEDAD, Sociología

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