PAN Y BIBLIA | Parte 1 ¿Por qué debemos trabajar en lo social?

Tengo el privilegio de conocer al Señor desde mi niñez y apreciar por más de cincuenta años el avance del evangelio en todo el continente latinoamericano. En el transcurso de ese tiempo he sido testigo de cómo las buenas nuevas de salvación han ido cobrando vida dentro de nuestros pueblos, transformando no sólo el área espiritual de las personas sino también su realidad social, económica, educativa y, en fin, todo aquello que se traduzca en mejorar la calidad de vida. Existen, sin embargo, espacios por conquistar en materia del alcance integral del evangelio en la vida de las personas y los pueblos; me quiero referir específicamente en este artículo a la necesidad de alinear la evangelización con un trabajo social responsable y trascendente.

El por qué trabajar en lo social y cómo hacerlo son las preguntas sobre las cuales quiero basar mi reflexión. Agradezco de antemano a teólogos y ministros que han buscado posicionar el tema en las últimas décadas, exhortándonos a recordar la misión integral de la Iglesia. Varios de sus postulados y experiencias los encontrará usted aquí junto con mi cosecha particular.

POR QUÉ LA IGLESIA DEBE TRABAJAR EN LO SOCIAL
“Aprended a hacer el bien, buscad la justicia, reprended al opresor, defended al huérfano, abogad por la viuda.” Isaías 1:17.

1. Porque es un tema prioritario en la Biblia.

Brigitta Deistler, una de las maestras de nuestra escuela bíblica Generación de Conquista, nos ha hecho pensar que entre los grandes temas que se entrelazan para formar la narración bíblica, la preocupación por el socialmente más débil es un distintivo bien marcado. Pero aun más que esto, la atención dirigida a grupos de personas desvalidas, son elemento esencial de la revelación que Dios hace de sí mismo, de sus propósitos y de su voluntad para con el hombre. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento desbordan sobre recomendaciones para atender la viuda, el huérfano, el extranjero, el pobre, el esclavo… es decir, todo aquel que está incapacitado para sostenerse y defenderse.

En la ley, la pobreza y esclavitud de algunos miembros de la sociedad, se contempla como un estado escandaloso que debe ser evitado por la misma sociedad aplicando las provisiones de la misma ley (Ex. 21:2-3; 22:21-27; Lev. 19:19-20; 25:24-41…). También la literatura sapiencial destaca la necesidad de contribuir a los pobres como uno de los elementos de ser justo y de agradar a Dios (Pr 11:25; 19:17;  21:13).  El muy interesante Salmo 82, exhorta a los que fueron puestos en posición de hacerlo: “Defiendan la causa del huérfano y del desvalido; al pobre y al oprimido háganles justicia. Salven al menesteroso y al necesitado; líbrenlos de la mano de los impíos”. Cuando los profetas denuncian que la riqueza se volvió un suelo fértil para el orgullo y la soberbia, apuntan al mismo blanco: que Israel perdía de vista lo que era tan importante para Dios y que la explotación de las clases bajas tomó formas desvergonzadas que le merecieron el juicio (Is. 3:14-15; 5:8-9; 10:1-2;  Ez 22:12-13;  Am 5:11-12;  Zac 7:8-11).

En los evangelios conocemos al Jesús compasivo, no sólo frente a individuos sino también a multitudes, sea cual sea el motivo: el abandono espiritual (Mr. 6:34) o el estómago vacío (Mr. 8:2). Mateo contiene un pasaje largo y detallado que define la identidad cristiana bajo una luz insólita: El juicio entre ovejas y cabras (25:31-46). Insólito porque traza la pertenencia al Reino no bajo el criterio de la santidad, ni de la comunión espiritual con Dios, sino a través de la actitud y acción frente al necesitado. Éste es la personificación de Cristo mismo; negarle la atención equivale a desconocer a Jesús. “Entonces dirá el Rey a los que estén a su derecha: ‘Vengan ustedes, a quienes mi Padre ha bendecido; reciban su herencia, el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; fui forastero, y me dieron alojamiento; necesité ropa, y me vistieron; estuve enfermo, y me atendieron; estuve en la cárcel, y me visitaron. ‘Y le contestarán los justos: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, o sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos como forastero y te dimos alojamiento, o necesitado de ropa y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y te visitamos?’ El Rey les responderá: ‘Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de mis hermanos, aun por el más pequeño, lo hicieron por mí.’ Luego dirá a los que estén a su izquierda: Apártense de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y ustedes no me dieron nada de comer; tuve sed, y no me dieron nada de beber; fui forastero, y no me dieron alojamiento; necesité ropa, y no me vistieron; estuve enfermo y en la cárcel, y no me atendieron.’ Ellos también le contestarán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, o como forastero, o necesitado de ropa, o enfermo, o en la cárcel, y no te ayudamos?’ Él les responderá: ‘Les aseguro que todo lo que no hicieron por el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron por mí.’ Aquéllos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna”.

El anuncio más prolífico de la venida del Salvador se encuentra en Lucas, el evangelio que identifica a Jesús plenamente con la humanidad. A lo largo de sus múltiples narraciones y parábolas percibimos la intención del autor de hacernos comprender la calidad integral de las buenas nuevas y su extensión a todos los estratos sociales. Jesús retoma la promesa del Antiguo Testamento -libertad y restauración-, y nos muestra que sólo ahora, por medio de Él y de la presencia del Espíritu Santo, alcanzará su plenitud: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres. Me ha enviado para proclamar libertad a los presos y dar vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos, para proclamar el año del favor del Señor” Lucas 4:16-21.

Si un tiempo histórico ha sido tan complicado como el nuestro, ciertamente lo fue el siglo I con su proliferación de cosmovisiones y sincretismos, como lo percibimos dentro del ámbito judeo-grecorromano-cristiano en el cual se desarrolla la iglesia primitiva. Este trasfondo turbulento nos facilita reconocer en ella la influencia y dirección del Espíritu Santo, que caracteriza muchos de los rasgos singulares de las primeras comunidades cristianas (Hechos 4:32-35), mientras sus contemporáneos se quedaron sin respuesta para explicar el fenómeno solidario entre los adherentes de la nueva secta. La solidaridad terminó siendo un factor decisivo para garantizar la supervivencia y expansión de los cristianos. Comenzó con la distribución de alimentos a las viudas (Hechos 6:1-6); ofrenda para la comunidad de Jerusalén en situación de hambre (2da Corintios 8:1-4); apoyo a misioneros (Filipenses 4:14-15); hospitalidad (Tito 1:8). Por medio de actos como estos, los creyentes que por causa del evangelio habían perdido posiciones y posesiones, vivieron en primera mano la “fe hecha acción” descrita por Santiago (1:27; 2:14-18).

2. Porque es una manera de manifestar la presencia del Reino de Dios en medio nuestro

Existe una discusión teológica en cuanto a la presencia del reino de los cielos entre los hombres, algunos piensan que sólo se hizo manifiesto mientras Jesús caminó entre nosotros y otros aseguran que llegará con el regreso del Mesías en toda su gloria. Yo prefiero unirme al pensamiento de mi amigo Eduardo Villaverde (Argentina) quien tomando las parábolas de la semilla de mostaza (Mateo 13:31) y la levadura (Mateo 13:33), asegura que el Reino de los Cielos está en medio de nosotros creciendo como un sistema de valores y principios diseñados por Dios para administrar lo creado y hacer feliz al hombre.

Desde esta perspectiva es muy importante enfatizar que la proclamación del evangelio debe estar íntimamente ligada con la satisfacción de las necesidades del hombre. El mismo Jesús, cuando nos enseñó la oración modelo, liga la petición de que el reino de Dios se establezca en la tierra y haya el pan material cotidiano. Por otra parte, la misión siempre estuvo acompañada con actos de sanidad y liberación como muestra de que el Reino de Dios se había acercado.

Cuando Jesús envió a sus discípulos en sus misiones, las cuales son prototipos de la misión de la Iglesia, sus instrucciones fueron: “Sanad a los enfermos… y decidles: Se ha acercado a vosotros el Reino de Dios” (Lucas 9:2, 10:9; Mateo 10:7-8). Esta combinación era también característica de la propia misión de Jesús (Mateo 9:35), sus obras reales de compasión por el sufrimiento físico son la evidencia de que es el agente del Reino de Dios: “… Si expulso a los demonios por medio del Espíritu de Dios, eso significa que el reino de Dios ha llegado a ustedes” (Mateo 12:28), y cuando Juan Bautista preguntó sobre su identidad como Mesías sus respuestas fueron actos de sanidad (Lucas 7:21-22).

Que el Reino de los Cielos, capaz de satisfacer las más profundas necesidades y cambiar vidas está entre nosotros, es la buena nueva que la Iglesia debe anunciar. “A mí el evangelio me ha hecho gente” aseguraba el abuelo del pastor Villaverde y lo que él quería decir era que el evangelio no sólo le dio el pasaporte al Cielo sino que le dio una casa, un ingreso, una familia bien constituida y relaciones para crecer en todas las áreas. El evangelio devuelve a la persona la dignidad con la que fue creada y borra las diferencias entre los seres humanos; tenemos incontables casos de personas que siendo desechados por la sociedad se convirtieron en hombres y mujeres respetables y aun ministros de la palabra. Afortunadamente el viejo concepto de que el evangelio era sinónimo de pobreza ha sido revaluado.

Aunque Dios hace gran parte del trabajo en esta transformación, no podemos delegar en Él lo que nos corresponde. ¿Y qué nos corresponde? Unir a la proclamación del evangelio, la voz que se levanta para defender al débil, la mano extendida al que sufre, los pies que van para socorrer al necesitado… en fin, la plena disposición para dar la vida cada día para que otros lleguen a ser ciudadanos del Reino de los Cielos.

Una explicación más, al respecto de cómo se materializa la realidad del Reino, la encontramos en Lucas. El escriba en la Parábola del buen samaritano (10:25-37), confrontado por el Señor, tiene que admitir que su amor a Dios y al prójimo se encuentran estancados en la esfera intelectual, pero se excusa detrás de la pregunta: “¿Quién es mi prójimo”? (vs. 27-29). Pero Jesús le quita el piso de auto-justificación y auto-absolución: “¿Cuál de los tres demostró ser el prójimo?” Y de pronto ya no es la necesidad del otro que está en cuestión sino la necesidad nuestra de mostrar compasión que nos define como prójimo: “Anda entonces y haz tú lo mismo -concluyó Jesús-” (vs. 37).

Tal vez no somos lo suficientemente conscientes de la gran oportunidad que tiene la Iglesia actualmente en este servicio social pues, después de probarlo todo, nuestro continente se encuentra a la deriva, buscando dónde aferrarse para salvarse del naufragio. Y aquí cabe como anillo al dedo un refrán acuñado por nuestro amigo Valverde: “en río revuelto, ganancia de pecadores”; es decir, tenemos la ocasión precisa para sembrar y cultivar los valores del Reino de los Cielos en estos desesperados náufragos. Ya hemos tenido algunas experiencias en este sentido, entidades privadas y estatales empiezan a reconocer que la Iglesia tiene respuesta de restauración en situaciones en las cuales ellos claudicaron y recomiendan los servicios eclesiales.

Algunos califican el Reino de Dios como religión y otros quieren dilatarlo para el futuro, pero a la Iglesia de Jesucristo le corresponde demostrar con su proclamación y trabajo, que está aquí y ahora, es práctico, utilizable y se manifiesta en calidad de vida no sólo individual sino en la sociedad, de tal manera que cada vida transformada sea un modelo de lo que Dios quiere hacer en toda la sociedad.

3. Porque el Crecimiento Diaconal es igual de importante que las demás dimensiones del crecimiento de la Iglesia

Teniendo en cuenta el modelo de Iglesia que nos presenta Hechos, encontramos que el crecimiento en la Iglesia se puede observar en cuatro dimensiones: Crecimiento Orgánico, Diaconal, Conceptual y Numérico (Hechos 1-8). Si la Iglesia refuerza una de estas dimensiones en detrimento de las otras comenzará a desintegrarse. Infortunadamente algunos sectores no han comprendido este principio y subvaloran dimensiones como el Crecimiento Diaconal, es decir el servicio que la iglesia presta a sus miembros y al mundo, como prueba concreta del amor redentor de Dios. El evangelio se ve menoscabado cuando esta acción social está ausente.

La experiencia nos ha demostrado que este Crecimiento Diaconal incide directamente en la dimensión del Crecimiento Numérico. La Iglesia de Hechos es un ejemplo de ello pues, es una comunidad que se propaga extraordinariamente gracias a la predicación del evangelio, pero también a su preocupación por atender las necesidades de los nuevos convertidos: la gente era sanada, liberada, y las viudas y los pobres eran atendidos porque tenían un capital solidario para ello (Lucas 2:43-47). “Se mantenían firmes en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en el partimiento del pan y en la oración. Todos estaban asombrados por los muchos prodigios y señales que realizaban los apóstoles. Todos los creyentes estaban juntos y tenían todo en común: vendían sus propiedades y posesiones, y compartían sus bienes entre sí según la necesidad de cada uno. No dejaban de reunirse en el templo ni un solo día. De casa en casa partían el pan y compartían la comida con alegría y generosidad, alabando a Dios y disfrutando de la estimación general del pueblo. Y cada día el Señor añadía al grupo los que iban siendo salvos.”

La extensión de la iglesia saltó luego a Judea y a Samaria (Hechos 8:13) y vino la conversión de Saulo y el llamado de Bernabé para ir a Antioquía, ciudad que se convirtió en epicentro misionero no sólo para levantar misioneros, sino para enviarlos y sustentarlos. Pero hay algo interesante aquí como lo resalta Raymond Bakke en su libro “Misión Integral en la Ciudad”, esta iglesia entendió su dimensión global pues no sólo se preocupó por el sostenimiento del ministerio sino que su primera ofrenda fue para los pobres de Jerusalén (Hechos 11:27-30).

Es necesario entonces resaltar que el ministerio social y el testimonio evangélico existen lado a lado en las Escrituras sin ningún conflicto de subordinación como lo afirma Stephen Charles Mott en su libro “Ética Bíblica y Cambio Social”, quien citando a Pablo asegura que debido a la contribución de la iglesia, los santos pobres de Jerusalén: “glorifican a Dios por la obediencia que profesáis al evangelio de Cristo, y por la liberalidad de vuestra contribución para ellos y para todos” (2da Corintios 9:13). El interés por las necesidades materiales de otros conduce a la alabanza a Dios: “Hagan brillar su luz delante de todos, para que ellos puedan ver las buenas obras de ustedes y alaben al Padre que está en el cielos” (Mateo 5:16). La gente siempre nos mira y cuestiona, pero si la Iglesia está cumpliendo con sus miembros la atención necesaria y aún sirve a los de afuera cuando vienen en busca de auxilio, todos tendrán que reconocer la autenticidad del mensaje de salvación, de plenitud, que proclamamos.

Para nadie es ya una noticia el vertiginoso crecimiento que experimenta la familia evangélica en todo el continente, existen amplios estudios al respecto y debemos reconocer que el fenómeno se debe en parte a que el mensaje cristiano se ha contextualizado a las necesidades de las personas. Sin embargo, también hay una pregunta en el ambiente ¿Por qué ese crecimiento no se evidencia en la transformación de nuestros pueblos donde predominan la corrupción, la miseria, la violencia y el abuso a los débiles? Personas como el evangelista Alberto Mottesi y el pastor René Peñalba (Honduras), conocedores del tema, lo explican como una tendencia de la iglesia a encerrarse en las paredes eclesiales, en el confort de los movimientos de alabanza y la adoración, y de eventos que se han centrado más en el bienestar personal que en la transformación social.

Y en este punto alguien preguntará ¿y qué tiene que ver esto con el trabajo social? Tiene que ver todo pues, afortunadamente, el concepto asistencial de la ayuda a los más necesitados ha sido superado y todas las organizaciones, tanto seculares como eclesiales, que trabajamos en este campo somos conscientes de que una verdadera ayuda en esta área sólo se podrá dar si se afectan las raíces del problema. De aquí se desprende otra gran oportunidad para el evangelio, pues en la medida que nos involucramos en lo social, tendremos la oportunidad de llevar los valores del reino a todas las instancias. Abordaremos más adelante algunas ideas de cómo lograrlo.

Un llamado más sobre el peligro de dar prioridad a cualquiera de las dimensiones del Crecimiento de la Iglesia lo hace Stephen Charles, quien citando la afirmación del conocido teólogo René Padilla: “si la iglesia ha de ser obediente a su Señor, no debe hacer nada que no sea esencial; consecuentemente nada de lo que la iglesia hace en obediencia a su Señor puede calificarse como no esencial”, reflexiona que los cristianos se esforzarán sólo por lo que consideren esencial y dado que nunca se acaba la obra de la evangelización ni el poner en práctica la justicia; si se le da preferencia a la una, nunca habrá tiempo para la otra, de tal manera, que decir que algo no es primordial para la iglesia, es convertirlo en una excusa a la que sólo se le da atención simbólica.

En este punto espero que estemos de acuerdo en que se le debe prestar igual atención al Crecimiento Diaconal, como a las demás dimensiones del crecimiento de la Iglesia. Pero por si queda alguna duda traigo como colofón la respuesta de Jesús cuando fue interrogado sobre las prioridades en los mandamientos divinos: “Amarás al Señor tu Dios… amarás a tu prójimo… no hay otro mandamiento mayor que éstos” (Marcos 12:28-31; Mateo 22:39).

Sigamos trabajando entonces por un crecimiento integral de la Iglesia. Alegrémonos por las multitudes que llegan cada día a los pies de Jesucristo, no hay problema con la cantidad como piensan algunos, el desafío es crecer con calidad y pasar ahora a la etapa de transformar la sociedad con los valores del reino.

4. Porque es una expresión del amor divino manifestado en el servicio

En nuestro segundo “por qué” mencionábamos el reino de los cielos como el avance de los valores divinos sobre la vida individual y colectiva de los seres humanos. A lo dicho agregaremos que la fuerza de este reino no consiste en un poder militar o intelectual, su secreto está en el amor. Estamos llamados a manifestar el reino en el lenguaje maravilloso del amor. El amor derrite los corazones, desarma las personas; una gota de amor sana, revierte todo problema, cambia toda conducta. Hoy más que nunca este mensaje está vigente porque las estadísticas nos muestran que estamos pastoreando una generación del desamor: hijos abandonados, no deseados y maltratados en todos los aspectos.

Al respecto podemos ver que Jesús se esforzó por cimentar en sus discípulos dos valores: el amor y el servicio, siendo el último inspirado por el primero. Esta misma preocupación se ve en Pablo a quien debemos en gran medida la sistematización de nuestra doctrina. El famoso pasaje de 1ra Corintios 13 deja plasmado un principio: cualquier cosa que hagamos, independientemente de su resonancia humana, si no está inspirada por el amor, carece de todo sentido. Lamentablemente hemos observado que el trabajo social, para algunas comunidades cristianas, no es más que otro programa en su agenda de activismo. Y en ciertos casos lejos de responder al mandato bíblico de amor al prójimo, se convierte en un acto de prepotencia frente al necesitado.

Nuevamente es el ejemplo de Jesús el que nos centra. Un Jesús que siente como sus entrañas se conmueven frente al dolor de la humanidad -término griego splagjnizomai-. Un Jesús que no se siente “manchado” por la cercanía de mujeres pecadoras, funcionarios corruptos, subversivos, enfermos y mendigos, como sí se sienten algunos frente a los pobres y marginados. Por lo contrario el Maestro hace de esta gente su público predilecto, Marcos 12:17 “Al oírlos, Jesús les contestó: –no son los sanos los que necesitan médico sino los enfermos. Y yo no he venido a llamar a justos sino a pecadores”.

Uno de los seis pilares del carácter del ministro cristiano debe ser la compasión en imitación a su Maestro Jesucristo, asegura el pastor Mizraim Esquilín en nuestra Escuela Bíblica Generación de Conquista: “Jesús siempre sentía compasión de la gente (Mateo 9:36; 4:14; 15:32; Marcos 6:34; 8:2) más no es así por su mismo (Mateo 16:22-23); carácter sin este pilar, no es carácter cristiano”. Una apreciación similar hace el apóstol Juan: “Pero el que tiene bienes en este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo morará el amor de Dios en él? Hijitos míos, no amemos de palabra, ni de lengua, sino de hecho y en verdad” (1ra Juan 3:17).

También en el escenario de Generación de Conquista, el misionero Eliezer Lira nos exhortó en su charla sobre Misiones Urbanas a dolernos por la necesidad de nuestro entorno: “Vivimos en días aparentemente buenos, la tecnología nos ayuda, hay templos confortables, pastores llenos de la gracia de Dios. A veces, esta temperatura espiritual nos ha convertido en irresponsables porque nuestro corazón está colmado de bendición y siempre quiere más, olvidando la necesidad del vecino drogado, la adolescente embarazada, la madre con un hijo preso, la viuda que perdió a su esposo trágicamente. Pocos nos hemos detenido a pensar que éste también es un campo misionero que Dios en su infinito amor quiere conquistar”.

Una pregunta que puede surgir a estas alturas es quiénes merecen nuestra compasión. La merecen todos aquellos que, por motivos de las estructuras sociales, no tienen la posibilidad de superar su condición; pero también la merecen quienes por decisiones equivocadas han caído en un estado de indefensión. Jesús lo hace evidente cuando expresa su misión (Lucas 4:18-19). Pero también amplía la dimensión de la ley, que aunque protegía al débil, era implacable con el que sufría por cuenta de su pecado; para ello utiliza la parábola del hijo pródigo que exalta la actitud del padre amoroso que perdona y restaura, sobre la del hermano mayor que despiadadamente pide justicia; una justicia hipócrita que fue muchas veces recriminada por el Maestro a los líderes religiosos de su época. La “ortocardia” debe estar por encima de la ortodoxia y ortopraxis diría mi amigo Valverde citado anteriormente.

Ahora bien, no basta con hablar de compasión o amor, hay que articularlo con acciones de servicio (Kerigma, Koinonía y Diaconía) como lo expresa René Padilla en su libro “Discipulado y Misión”. Es un hecho que los cristianos del primer siglo entendieron la necesidad de mantener ligada la predicación con el trabajo social, como él lo asegura y como lo explicamos anteriormente. Un ejemplo que se destaca es el de Dorcas, quien no se conformó con sentir lástima por la gente necesitada y darle una limosna, sino que se daba a sí misma con su amor, tiempo y recursos (Hechos 9:36-42) lo cual le valió el aprecio de quienes la rodeaban y la conversión de muchas personas. Si la iglesia no sirve pierde su identidad de ser el cuerpo de Cristo.

Existe el temor de que si nos involucramos demasiado en este tipo de servicio nos distraigamos de la evangelización. A esta inquietud Stephen Charles comenta que una de las grandes barreras para la evangelización ha sido el fracaso de los cristianos en tener relaciones significativas con los no cristianos y aconseja la acción social como un vínculo que facilita la tarea evangelizadora, pues coloca a la Iglesia justo en el lugar donde debe trabajar, es decir en el mundo.

En la próxima entrega hablaremos de la praxis de la labor social de la Iglesia.

 

José Satirio Dos Santos
Misionero de las Asambleas de Dios de Brasil
Pastor Fundador del Centro Cristiano Internacional en Cúcuta, Colombia

 

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Categoria: Edición 4 | Iglesia y Sociedad, entrega 8, Teología del Sur

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