IGLESIA Y ECOLOGÍA

| 22 julio, 2013

LA CREACIÓN LEVANTA SU CABEZA PARA CONTEMPLAR EL NUEVO MUNDO

El problema ecológico es un fenómeno en cierto modo reciente en la historia de la humanidad. Surge a partir de la constatación de que los recursos naturales no son renovables ni inagotables. Una de sus causales radica en la industrialización indiscriminada, en la cual no se toman en cuenta sus consecuencias humanas y ambientales o lo que hoy se denomina “daños colaterales”. El ser humano occidental, influido por falsas ideas con aparente fundamentación bíblica, hizo que explotara la naturaleza considerándola un bien manipulable a su antojo.

Decimos “aparente” porque todo se origina en una falsa interpretación del mandato bíblico: “Llenen la tierra y sométanla” (Génesis 1.28 NVI). La lectura que se hizo de ese mandato derivó en que un dominio explotador antes que en una mayordomía responsable.

Una correcta lectura del testimonio bíblico muestra claramente que Dios pone al ser humano en la tierra para que sea administrador de los recursos para el bien de toda la humanidad. La tierra sigue siendo propiedad de Dios (Salmo 24.1) y es dada por Él a los seres humanos para que la administren sabia y responsablemente. El Antiguo Testamento incluye algunas leyes para que el pueblo de Dios cuidara la tierra. En Levítico 25 se establece lo siguiente:

“Durante seis años sembrarás tus campos, podarás tus viñas y cosecharás sus productos; pero llegado el séptimo año la tierra gozará de un año de reposo en honor al Señor. No sembrarás tus campos ni podarás tus viñas; no segarás lo que haya brotado por sí mismo ni vendimiarás las uvas de tus viñas no cultivadas. La tierra gozará de un año completo de reposo.” (vv. 3-5 NVI).

La disposición divina denota claramente que la tierra debe ser cuidada, que necesita reposo, que no es un bien inagotable y mucho menos un objeto a explotar. Hoy por hoy asistimos al problema de una industrialización que no admite límites y a un uso indiscriminado de la tierra, la cual es sometida a monocultivos que traen sus consecuencias a mediano y largo plazo.

Todo esto es preciso que sea analizado desde una óptica teológica en la cual siempre debe privilegiarse la vida en todas sus manifestaciones. Bien dice el teólogo reformado Jürgen Moltmann:

“Hay que examinar detenidamente toda propiedad humana, en especial la gran propiedad industrial y los medios de transporte, en función de su incidencia medioambiental. Todo cuanto dañe o destruya el medio ambiente natural ha de ser restringido o suprimido totalmente […] Es preciso desenmascarar como ‘antinatural’ e ‘insano’ el modo de vida, propio de los países desarrollados, que produce tantos residuos, y reformarlo a favor de un modo de vida más natural.” (La justicia crea futuro, pp. 26-27).

Estas recomendaciones corresponden a la función profética de la Iglesia que debe señalar no sólo las injusticias que se cometen en la relación persona a persona, es decir, intersubjetiva, sino también desde los seres humanos hacia la creación, ya que entre los seres humanos y la creación existe una relación inextricable y vinculante. Con gran agudeza y visión profética, San Pablo escribe:

“La creación aguarda con ansiedad la revelación de los hijos de Dios, porque fue sometida a la frustración. Esto no sucedió por su propia voluntad, sino por la del que así lo dispuso. Pero queda la firme esperanza de que la creación misma ha de ser liberada de la corrupción que la esclaviza, para así alcanzar la gloriosa libertad de los hijos de Dios.” (Romanos 8.19-21 NVI).

Cuando en los años 1980 intenté hacer una tesis a partir de este pasaje paulino, recuerdo que no encontré demasiada bibliografía para el tema. Hoy por hoy, el problema ecológico es una realidad global que ya nadie puede negar y, por supuesto, la bibliografía sobre el tema se ha multiplicado. ¿Qué nos dice el pasaje transcripto? Pablo afirma que el pecado humano no sólo ha afectado al individuo sino a la sociedad en su conjunto y aún a la creación (lo que muchos no creyentes denominan “Naturaleza”). La creación en su conjunto ha sido sometida a frustración y a una corrupción que la esclaviza. Pero esto no es definitivo. Si bien Dios ha determinado que, como consecuencia del pecado humano, la tierra produzca “espinos y cardos”, hay esperanza de un futuro mejor. La creación experimentará un día la libertad gloriosa que corresponde a los hijos de Dios. En otras palabras, una vez que los hijos e hijas de Dios experimenten la redención de sus cuerpos, también la creación que hoy “levanta su cabeza” para contemplar la redención final: el nuevo mundo. No en vano las promesas de Dios incluyen no sólo un cielo nuevo, sino también una tierra nueva (2 P. 3.13; Ap. 21.1).

La Iglesia es responsable ante Dios por el cuidado de la creación. Esa misión consiste, entre otras dimensiones, en hacer oír su voz profética toda vez que se explote la tierra, sin considerar las nefastas consecuencias, la contaminación y la muerte que ello produce. Pero tiene también una función docente y ejemplar, en el sentido de formar ciudadanos y ciudadanas responsables del cuidado del medio ambiente. Debemos confesar que no fueron los cristianos y cristianas que formularon las voces de advertencia sobre el problema ecológico. Más bien, el problema fue señalado desde ámbitos orientalistas. Es hora de que la Iglesia tome conciencia de que su misión no se reduce a “salvar almas y llevarlas al cielo lo antes posible”, sino que incluye la transformación de las personas en todas sus dimensiones y el cuidado de la creación. El propósito de Dios es cósmico e incluye la reconciliación de todas las cosas del cielo y de la tierra, en Cristo (Colosenses 1.20). Mientras aguardamos con anhelo la llegada del nuevo mundo de Dios somos responsables del cuidado de este viejo mundo en el cual Dios nos ha colocado para administrarlo para Su gloria y el bien de toda la humanidad.

 

Dr. Alberto F. Roldán
Doctor en Teología (Instituto Universitario Isedet)
Master en Ciencias Sociales y Humanidades (Universidad Nacional de Quilmes)
Maestría en Educación (Universidad del Salvador en Buenos Aires)
Escritor y conferencista internacional
Pastor de la Iglesia Presbiteriana San Andrés

 

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Categoria: Edición 5 | LA CREACIÓN ANHELA, entrega 2, Notas de fondo

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