LA VIDA DEL PASTOR

| 22 julio, 2013

Un día miraba un programa de TV donde un gaucho, “Don Renar”, demostraba sus habilidades de payador, y ante algunas preguntas del conductor, muy escuetamente y con pocas palabras, contestaba el gaucho (ya lo había dicho todo con su cántico), seguidamente el conductor empieza a hablar con una persona que vino a disertar sobre la alimentación, enfatizando rigurosa y exageradamente los peligros sobre algunos alimentos. A medida que la persona hablaba era llamativo ver los gestos de asombro de Don Renar…

En un momento el conductor le pregunta: “¿y Don Renar? ¿A usted que le parece todo esto?”, y él contesto: “y… la verdad que si no me puedo comer un asado, tomarme un vino y tirarme un p… ¿para que vivo?”.

Que interesante la sabiduría popular de nuestra raza. Hay personas que han reducido la virtud a la capacidad de no cometer errores, mientras que otras se lanzan con valor, aún con riesgo, a equivocarse, creyendo que la vida tiene mucho más para ofrecer.

El mensaje del evangelio de nuestro Señor Jesucristo va mucho mas allá que la virtud de no pecar o no cometer errores, el móvil del intenso amor a Dios y a nuestros hermanos, va mucho más allá de eliminar los riesgos del error. “Quien busca una vida sin error, todo él es un error”. Como dijo nuestro querido hermano Carlos Annacondia “el que trabaja se equivoca”.

El mismo Señor Jesucristo, quien constituyó los ministerios personales (Apóstol, Profeta, Evangelista, Pastor y Maestro) no se distinguía de los demás por su vestimenta, posturas exteriores o ciertos ritualismos religiosos. Tanto es así que Judas tuvo que besarlo para distinguirlo de los demás y poder capturarlo.

Si somos verdaderos cristianos y Jesús es nuestro modelo, no entiendo por qué todavía algunos pastores pretenden distinguirse de la gente con ciertas vestimentas, formas de hablar o rituales y, tampoco entiendo, por qué las personas de las congregaciones proyectan sus ideales de santidad sobre sus líderes, colocándoles un marco litúrgico que los separa, lo peor de todo es que no les permite gozar de la vida en la libertad gloriosa de los hijos de Dios a la cual el Señor nos ha llamado.

Pastor: A veces la gente es como el cuarto poder del cual hablaba Minguito Tinguitela: “tanto te pueden levantar un manolito (monolito) como te pueden colocar una lápida”.

La Iglesia original que edificó el Señor Jesucristo era una Iglesia viva, intensa, llena de pasión, alegría y el Señor y sus ángeles se movían en medio de ella, así como los apóstoles, pastores, ancianos y líderes trabajaban entre la gente con alegría y sencillez de corazón, disfrutando de la maravillosa vida del Reino y el pueblo los admiraba grandemente.

En el año 300 dC el emperador Constantino unifica el Cristianismo con el Estado, y entre otras cosas establece la diferenciación entre Clero y Laicos, arrancándonos a nosotros, los pastores, de esa maravillosa vida en medio de la gente, en las casas, en las calles, en las plazas y en todo lugar donde había expresión de vida humana y recluyéndonos a los templos detrás de los púlpitos y detrás de ciertas vestimentas que nos diferencias para cumplir así con la liturgia religiosa. Aún en la iglesia de hoy se ven grandes vestigios de estos condicionamientos ritualistas.

¡Por favor sáquenme estos hábitos y estas túnicas que no me dejan moverme libremente, y no me pongan en el lugar del Señor, porque hay un solo Señor y yo soy uno más de ustedes que tiene un llamado a cuidarlos, velar por sus vidas y servirlos! Tenemos un solo modelo a seguir y este es el Señor Jesús y todos nosotros con gran amor a El y temor reverente bien coyuntados y unidos vamos creciendo en El hasta llegar a la estatura de un varón perfecto. Mientras tanto, no necesitamos vivir de apariencia ocultando nuestros errores, sino confiando en el Señor, orando unos por otros y sabiendo que el Espíritu Santo es el único que tiene poder para transformarnos y llevarnos a una vida en santidad que agrade a Dios.

Una vez tuve el privilegio de ayudar a la restauración de un pastor amigo que había cometido un error por el cual fue disciplinado y apartado del ministerio por tres años. A los cuarenta años de edad, con su esposa e hijo, tuvo que abandonar la casa pastoral y salir a conseguir trabajo y casa donde vivir. Pasaron los tres años y llego el día de la restauración y el reintegro del ministerio con sus correspondientes credenciales. Al preguntarle a su esposa cual era la opinión que tenía de su marido y su restauración, ella dijo: “mi marido es una perla que se cayó en el barro, a quien ninguno de ustedes ayudó por no ensuciarse y Dios tuvo que usar un hermano de otra fraternidad para restaurarlo. Hoy hemos cumplido con la disciplina y ustedes nos reintegran al ministerio, pero nosotros presentamos nuestra renuncia. No queremos vivir en una comunidad que solo nos ama cuando hacemos las cosas bien y cuando nos equivocamos nos desecha”.

Es nuestro deseo como pastores que podamos vivir libres de apariencias, amándonos como somos y ayudándonos mutuamente a crecer y avanzar disfrutando la vida virtuosa que el Señor preparó para nosotros. “Si Dios me llamó como soy y ustedes pueden amarme como soy, entonces yo puedo pastorearlos como son”.

¿No será mucho?, da un poco de miedo… ¿no? ¿No estaremos habilitando el pecado?… No! No! No!, rápido, recuperemos el control.

 

Ricardo Dening
Licenciado en Psicología Clínica
Pastor principal del Centro Cristiano Rey de Gloria
Iglesia Internacional del Evangelio Cuadrangular

 

 

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Categoria: Edición 5 | LA CREACIÓN ANHELA, entrega 2, Teología Pastoral

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