LA MANO DE DIOS

| 23 septiembre, 2013

Cuando en el mundial del `86 Diego Armando Maradona concretó el polémico gol que definió el campeonato, esa mano sospechosa recibió el nombre de “La mano de Dios”, aludiendo al toque “mágico” que convertía el tanto.

Desde ese momento, cada argentino que viajaba al exterior tenía, para bien o para mal, un emblema llamado Maradona. En aquel entonces no nos disgustaba que nos identificaran con el ídolo y la cholulería brotaba por nuestros poros. En la actualidad, casi quisiéramos olvidar aquella “mano de Dios”, por la historia que la acompañó en los sucesivos años. Pero nadie nos quita el orgullo de aquel tiempo.

Hoy podríamos decir que nos ocurre lo mismo con Messi, Ginóbili o la Reina Máxima. Pero que el Papa, el líder mundial del catolicismo fuera argentino, superó nuestro narcisismo. Los buenos antecedentes del Cardenal Bergoglio, su honestidad y humildad potenciaron la sensación. Los periódicos dedican cotidianamente alguna nota al prelado en la que las virtudes del electo se resaltan.

Pero ante cierta pregunta que nos hacemos se produce un caleidoscopio de preguntas: ¿Es positivo lo ocurrido? ¿Beneficia o perjudica a la iglesia evangélica este tipo de resultados? ¿Influye sobre el Reino de los Cielos de una manera adecuada?

Nos encantaría tener una respuesta única y coherente pero los pronósticos que arrojemos no diferirán en precisión de los vaticinios políticos, económicos o meteorológicos. Todo tiene una fragancia de alquimia subjetiva en contraste con la omnisciencia de Dios. Pero al menos podemos ensayar respuestas con la seguridad que nada de lo que ocurra es absolutamente malo o bueno. Nos encanta la postura de los niños en la que sólo hay blanco o negro, bueno o malo, positivo o negativo. Pero, a pesar nuestro, el análisis del fenómeno Francisco se asemeja a un poliedro irregular de muchas caras, donde algunas se ven, otras no, algunas son agradables y otras no tanto. Enfocarnos en una sola de esas caras y, de acuerdo a ella, arriesgar un veredicto carece de toda equidad. Analicemos, entonces algunas de ellas.

La figura de Jorge Bergoglio inspira una imagen positiva en humildad, austeridad y honestidad. Tanto es así que en una encuesta reciente ocupó el primer lugar en la lista de los diez más honestos del país. Más allá de todo cuestionamiento a la veracidad de estas afirmaciones, no podemos negar que un líder así se transforma en modelo y, como tal, marcará una tendencia. Argentina necesita buenos modelos. No es que no los haya, pero que los modelos relevantes o expuestos sean buenos, suena a rareza.

Otra cara que brilla ha sido su acercamiento a líderes evangélicos. Durante su oficio nacional, eran comunes sus encuentros con pastores y las largas mateadas interrumpidas por el “último subte” que Bergoglio debía tomar. ¿Qué se hablaba en ellas? Imaginamos que Dios, la fe, la humanidad, la política, la economía serían los temas. No sabemos cuánto habrán influido los pastores en el cardenal, tampoco cuánto influyó él en el pensamiento de ellos. Tal relación cordial nos hace suponer que el ascenso de jerarquía no cambia las cosas ni el pensamiento. En sus homilías vaticanas se desprenden algunas frases muy evangélicas, o mejor dicho, muy de evangélicos. Pero no nos creamos tener la exclusividad de la simpatía papal. También relata la prensa que bien conocida fue su amistad con rabinos de Buenos Aires.

Mientras revisamos el poliedro hallamos, arista de por medio, que el mensaje papal adquirió un énfasis más evangélico. No falta quien vislumbra un avivamiento en el seno de la iglesia católica. En uno de sus discursos Francisco instaba a los jóvenes a revolucionar las diócesis. En otro les hacía repetir y gritar: “¡Jesús, Jesús, Jesús!”. Personas que con anterioridad sentían decepción de su religión, hoy ven aumentadas sus expectativas. La migración de quienes por el hastío de un conjunto de ceremonias a las que no les encontraban sentido, a la espontaneidad evangélica se verá desacelerada en lo sucesivo.

Pareciera, entonces que, como antiguamente hubo una contra-reforma, nos encontramos frente a un contra-avivamiento. Sin embargo, los que se hicieron evangélicos por una decepción religiosa, simplemente realizaron un cambio religioso. La conversión a Cristo es más que un cambio de religión o creencias. Nadie se va al infierno por ser católico así como nadie se va al cielo por ser evangélico.

Definitivamente la decreciente ofensiva de la iglesia evangélica, respecto a la Gran Comisión, cedió un terreno que la iglesia romana podría conquistar. Mientras la predicación de algunos grupos se concentra más en el bienestar, la prosperidad, la autoayuda y el activismo social, los mensajes del romanismo manifiestan mayor énfasis espiritual. No será de extrañar que centenares de jóvenes en nuestro país experimenten un “avivamiento espiritual” dentro de la iglesia católica.

Pero no nos engañemos, muchos moribundos experimentan mejoría, aunque su condición crítica no ha cambiado y terminan muriendo. Aunque el péndulo del romanismo pareciera acercarse más al centro, sigue lejos de lo ideal. Aunque Jorge Bergoglio sea un verdadero caballero y ejemplo de ética y devoción, es el líder de una gigantesca institución que tiene una doctrina inamovible y discrepante con la verdad que predicamos. Así como en un clásico de fútbol, el jugador de un equipo deja de lado la amistad con el del contrincante y a la hora de llegar al área chica no le perdonará el gol, Francisco “tiene la camiseta” de la iglesia Católica y legítimamente defenderá su fe, dejando cualquier amistad y simpatía de lado.

¿Cuáles son las diferencias que el catolicismo sostiene? La mayoría de ellas surgen de la principal que es una fe basada en las Escrituras y en la tradición. El catecismo sostiene, en varios de sus artículos, que muchas enseñanzas de Jesús, que no se registraron en los evangelios, se transmitieron a los apóstoles y estos, a su vez, a su sucesión apostólica representada por el papado. Estas enseñanzas, según la iglesia romana, son fundamento de la fe al mismo nivel que las Sagradas Escrituras.

A su vez, la correcta interpretación de la Biblia queda en manos del Magisterio de la Iglesia, que son los obispos, los cardenales y el Papa. Frente a la objeción que ponen las ciencias de la historia, de que las tradiciones, por ir de boca en boca, y de generación en generación, distorsionan la versión original, el catolicismo exhibió la infalibilidad del Papa, que indica que su palabra in cátedra está libre de errores y equivocaciones. La misma historia nos muestra los resultados de semejante creencia.

En contraste con lo anterior, los evangélicos sostenemos que nuestra fe se basa en la Biblia, que es la Palabra de Dios, escrita una vez y para siempre, a la que consideramos única e infalible regla de fe y conducta. Las Escrituras fueron inspiradas por Dios y son la Palabra permanente. Martín Lutero sostenía al separarse de la iglesia vaticana, el principio de “sola fide sola Scriptura”.

En Latinoamérica, los creyentes evangélicos consideraban perdidos y sin Cristo a muchos que se decían católicos, no por su adherencia denominacional, sino porque bajo el rótulo que se atribuían, no conocían al Jesús de la Biblia y mucho menos sabían sus enseñanzas. Si la fe viene por el oír la Palabra de Dios, los que oían la supuesta Palabra de Dios se encontraban con una fe basada en enseñanzas no bíblicas y por lo tanto creían una verdadera distorsión.

En el presente nos encontramos con algunos mensajes preocupantes que acortaron las distancias al punto que muchos que se creen cristianos sin serlo, no conocen otra opción para el evangelio, ni ven la posibilidad de escucharlo debidamente. Por un lado y como dijimos, con un romanismo más fervoroso y con un formato un poco más bíblico. Pero del otro lado, un grupo considerable de pastores que ya no hablan del pecado y la salvación, sino que se enfocan en el bienestar en esta tierra, el triunfalismo, se rozan con el poder político, se desesperan por lo mediático y disfrutan la ostentación y la opulencia.

La brecha se acorta más aún cuando el mensaje presenta poca consistencia bíblica y abundantes pensamientos y filosofías personales, que no difieren mucho de las del columnista de espiritualidad en el diario de la mañana. Tal proporción sitúa nuestra fe sobre dos plataformas: la escritural y las tradiciones apuntaladas por una pretendida infalibilidad, que se impone a fuerza de autoritarismo.

Finalmente, la visita que algunos pastores hicieron a su santidad quedó perpetuada en una fotografía que recorrió el país. Más allá de que el diálogo y la amistad son buenos (mientras no se negocie la fe dada una vez a los santos), el discurso inaudible de esa imagen permite cualquier tipo de suposiciones y, todas ellas, a favor de una insustentable unidad capaz de crear un fatal estado de confusión respecto a los fundamentos evangélicos.

Frente a todas estas caras del poliedro, deberíamos dejar en claro los siguientes puntos.

Primero, nuestra fe debe basarse solamente en la Biblia.

En segundo término, si tenemos en claro nuestros fundamentos, debemos tener la convicción que no basta que alguien se autodenomine cristiano para que lo sea, sino que lo es quien aceptó su condición de pecador y recibió la redención en Cristo. La transformación de su vida será señal de esto.

Tercero, nuestro compromiso con la Gran Comisión debe fortalecerse, entendiendo que sin Cristo, por buenas obras e intenciones que un ser humano exhiba, se irá al infierno.

Cuarto, nuestra propagación no debe basarse en una postura anti-católica, ni mucho menos proselitista, sino en la necesidad en que las personas reciban a Jesús como su Salvador. Nuestra predicación será producto de nuestro amor por los perdidos.

Finalmente, nuestro mensaje, más allá de la amistad que tengamos con personas de otras confesiones no debe variar y debemos cuidar con quienes nos dejamos ver. Esto evitará conclusiones erróneas, que escandalizarían a unos y desviarían a otros.

De esta manera haremos nuestra tarea, conservaremos nuestra identidad y nos mantendremos al margen de cualquier discusión infructuosa. Así, entonces, evitaremos que esa “mano de Dios” nos cause algún dolor de cabeza en el futuro.

 

Edgardo R. Muñoz
Pastor de la Iglesia Avance Cristiano, en Temperley (B)
Vicedirector del Instituto Bíblico Río de la Plata
Presidente del Departamento de Educación Cristiana de la Unión de las Asambleas de Dios

 

Cordialmente es la expresión de PASTORESxlaGENTE que, fiel a sus principios, no procura fijar conceptos únicos, sino que busca expresar la diversidad en la pluralidad que caracteriza al movimiento evangélico.
Las notas publicadas en esta edición digital reflejan la opinión particular de los autores.
La dirección de Cordialmente procura que la expresión bíblica “examinadlo todo, y retened lo bueno” sea el objetivo, por lo cual se invita a los distintos escritores a presentar sus fundamentos dejando el juzgamiento del artículo en cada uno de los lectores.

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Categoria: Edición 6 | Iglesia unida y diversa, entrega 4, Reflexiones

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