LA UNIDAD EN CRISTO I

| 23 septiembre, 2013

El domingo 7 de enero de 1866, el Príncipe de los predicadores, como se lo llamó a Spurgeon, predicó sobre el tema de la unidad en la diversidad. Durante varios lunes iremos transcribiendo parte de ese sermón que se condice con el tema de la presente edición de Cordialmente.

El pasaje base de su sermón fue: “Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste.” Juan 17: 20 y 21

Hace ya varios años que, con agradecimiento, he recibido de un venerable clérigo de una parroquia ubicada en los suburbios de nuestra ciudad, el texto para mi sermón del primer domingo del año. Suministrados por una misericordiosa Providencia, mi buen hermano me ha enviado con sus salutaciones cristianas, estos dos versículos para que nos sirvan de tema. Puesto que hemos gozado juntos durante varios años de una verdadera comunión de espíritu en las cosas de Dios, yo sólo espero que hasta que uno de los dos sea llamado para morar arriba, ambos podamos caminar juntos en el santo servicio, amándonos el uno al otro, fervientemente, con un corazón puro.

La oración más tierna y conmovedora del Maestro, contenida en este capítulo, nos descubre lo más íntimo de Su corazón. Él se encontraba en Getsemaní, y Su pasión apenas estaba comenzando; estaba como una víctima en el altar, donde la madera ya había sido colocada en orden, y el fuego había sido encendido para que consumiera el sacrificio: alzando Sus ojos al cielo, mirando al trono de Su Padre con un verdadero amor filial, y descansando en humilde confianza en la fortaleza del Cielo, por un momento apartó la mirada del combate y de la resistencia hasta la sangre que estaba ocurriendo abajo. Pedía aquello en lo que Su corazón estaba puesto de lleno. Abrió ampliamente Su boca para que Dios la llenara.

Esta oración, entiendo, no fue sólo la expresión casual del deseo del Salvador en el momento final, sino que es una suerte de modelo de la oración que presenta incesantemente ante el eterno trono. Hay una diferencia en el modo de su ofrecimiento; aquí abajo, Él ofreció Su súplica con suspiros y lágrimas; pero ahora, entronizado en la gloria, intercede con autoridad. Pero la súplica es la misma. Lo que deseaba cuando todavía estaba aquí, es lo que Su alma anhela con ansia ahora que ha ascendido y ha sido glorificado en lo alto.

Amados, es significativo que en Sus últimos momentos, el Salvador no solamente desee la salvación de todo Su pueblo, sino que interceda por la unidad de los que son salvos, para que siendo salvos, puedan estar unidos. No basta con que cada oveja sea arrebatada de las fauces del lobo; Él quiere que todas las ovejas estén reunidas en un rebaño bajo Su propio cuidado. No está satisfecho con que cada uno de los miembros de Su cuerpo sean salvados como el resultado de Su muerte; Él necesita que esos miembros sean conformados en un cuerpo glorioso.

Puesto que la unidad permanecía tan cercana al corazón del Salvador incluso en momentos de tan abrumadora tribulación, debía ser considerada por Él como algo inestimable e inapreciable. Es de esta unidad que hablaremos esta mañana, en este sentido: primeramente, tendremos algo que decir sobre la unidad deseada; luego, sobre la obra requerida, es decir, que los elegidos sean reunidos; en tercer lugar, sobre la oración ofrecida; en cuarto lugar, sobre el resultado anticipado; y, en quinto lugar, sobre la pregunta sugerida.

 

I. Primero, entonces, SOBRE LA UNIDAD DESEADA.

Estas palabras del Salvador han sido pervertidas al punto de llegar a generar un mundo de perjuicio. Los eclesiásticos se han quedado dormidos, lo que, por lo demás, es su condición ordinaria; y mientras duermen, han soñado un sueño, un sueño fundamentado en la letra de las palabras del Salvador, sin llegar a discernir su sentido espiritual. Ellos han demostrado en su propio caso, -y ha sido demostrado en miles de otros casos- que la letra mata, y que únicamente el espíritu vivifica. Digo que habiéndose quedado dormidos, estos eclesiásticos han soñado acerca de una gran confederación que es presidida por un número de ministros, quienes a su vez son gobernados por oficiales superiores, y estos, a su vez, por otros que finalmente son regidos por una suprema cabeza visible que tiene que ser ya sea una persona o un sínodo: esta gran confederación abarca reinos y naciones, y se ha vuelto tan poderosa como para imponer su voluntad a los estados, influenciar en la política, guiar concilios, e incluso reunir y movilizar ejércitos.

Ciertamente la sombra de la enseñanza del Salvador: “Mi reino no es de este mundo”, debe haber provocado alguna ocasional pesadilla en mitad de su sueño, pero continuaron soñando; y lo que es peor, convirtieron el sueño en realidad, y hubo un tiempo cuando los declarados seguidores de Cristo eran todos uno, cuando mirando al norte, al sur, al este y al oeste, desde el Vaticano que era el centro, un cuerpo unido cubría a toda Europa.

¿Y cuál fue el resultado? ¿Creyó el mundo que Dios había enviado a Cristo? No, el mundo creyó precisamente lo contrario. El mundo estaba persuadido de que Dios no tenía nada que ver con ese gran ente estrujante, tiránico, supersticioso e ignorante que se designaba a sí mismo: cristianismo; y los hombres pensantes se volvieron infieles, y fue algo extremadamente difícil encontrar a un genuino creyente inteligente al norte, al sur, al este o al oeste. Todos los que profesaban eran uno, pero el mundo no creía; sin embargo, Jesús no pensó nunca en este tipo de unidad: nunca fue Su intención establecer un gran cuerpo unido llamado Iglesia, que dominara y se enseñoreara sobre las almas de los hombres, y que incluyera en sus rangos a reyes, príncipes y estadistas que podían ser mundanos, impíos, malignos, sensuales y diabólicos.

El designio de Cristo nunca fue montar una máquina de uniformidad que estrujara la conciencia; y así, esa gran máquina diseñada por el hombre, habiendo sido perfeccionada y puesta en marcha con el mayor vigor posible, en vez de dedicarse a que el mundo creyera que el Padre envió a Cristo, obró justamente esto: que el mundo no creyera absolutamente nada, sino que se volviera infiel, licencioso y podrido en su esencia, y el sistema tenía que ser abolido como un estorbo público, y algo mejor debía ser introducido en el mundo para restaurar la moralidad. Sin embargo, la gente sueña todavía ese sueño: incluso algunas buenas gentes lo hacen.

(Continuaremos con la entrega)

 

  

Charles Haddon Spurgeon
Pastor de la Iglesia Bautista Metropolitan Tabernacule, Londres, durante 38 años
Reconocido como el Príncipe de los Predicadores
Solía predicar en hasta 10 lugares por semana

 

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Categoria: Edición 6 | Iglesia unida y diversa, entrega 4, Notas de fondo

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