REUNIR LOS FRAGMENTOS

| 21 octubre, 2013

El sueño de Jesús, buscaba que el mundo creyera que más allá de los pedazos, más allá de un mundo que se rompe, más allá del ser humano que sufre y se fragmenta por la injusticia y el dolor, más allá del corazón herido, todavía vale la pena vivir y buscar mundos nuevos, sociedades nuevas e iglesias nuevas.

Hace ya muchos años me encontré con un poema escrito por un pastor metodista del Brasil, Ernesto Barros Cardoso. Se titula “Pedazos” y comienza así:

“Pedazos.
Pedazos.
Un mundo en pedazos.
La vida en pedazos…”

¡Cuánta actualidad tiene aún!

Porque el mundo sigue partido en pedazos. Ricos y pobres. Blancos y negros. Hombres y mujeres. Heterosexuales y homosexuales. Dominadores y dominados. Países donde hay sobreabundancia y países donde las personas mueren sin haber conocido jamás la más elemental dignidad. Izquierdas y derechas. Y podemos seguir…

El poema es actual en nuestra sociedad argentina, donde ciertos medios tratan de fragmentar a la ciudadanía, incentivando odios e intolerancias. Los comentarios descalificadores y ofensivos que se leen en las redes sociales, incluso de muchas personas que se consideran “cristianas” evidencian claramente esto.

Y el poema es aún actual en medio de la “comunidad evangélica” argentina, donde las diferencias parecen acentuarse frente a muchos de los temas que apelan y desafían hoy a las iglesias: ley de fertilización asistida, matrimonio igualitario, programas sociales, enseñanza religiosa en las escuelas, modificación del Código Civil, igualdad religiosa, laicidad del Estado, etc.

Pedazos, por todas partes hay pedazos. Pedazos de un mundo en pedazos, de una sociedad en pedazos, de iglesias en pedazos, del alma en pedazos, de la vida en pedazos.

Vivimos en y somos parte de una humanidad que se está fragmentando, que se está rompiendo, que se está haciendo añicos. Formamos parte de una gran masa de seres humanos que contempla impoten­te y, a veces impasible, la destrucción de un planeta.

Vivimos en una sociedad en la que se resquebrajan las relaciones humanas, que desprecia lo diferente, condenando a muchas personas a formas de vida inaceptables. Somos parte de una sociedad que tolera y hasta promueve la marginación y la segregación de quienes no se ajustan a los patrones establecidos por quienes defienden una supuesta “moral occidental y cristiana”.

Vivimos un tiempo en el que se nos inyecta el miedo a lo distinto. Y ese miedo nos va encerrando y va matando de a poco nuestra sensibilidad y el deseo de luchar por lo que es bueno y por lo que es justo desde el Evangelio de Jesús. Nos vamos encerrando en nosotros mismos y nos hacemos una coraza frente al dolor ajeno, frente al sufrimiento del otro. Lo que pasa a nuestro lado ya no nos conmueve. Y si todavía nos conmueve, no logra motivar una acción concreta para vencer el mal que promueve ese dolor o esa injusticia.

Pedazos. Pedazos. Por doquier hay pedazos…

Y las iglesias hoy nos son ajenas a este fenómeno de fragmentación. Cada quién defiende hoy su propio espacio, su propia “quinta”, sus propios intereses, su “propia doctrina”, sus lugares de privilegio. Y perdemos todos y todas. Pierden las iglesias, pierden las personas. Y pierde Dios.

Pero, no desesperemos. Algo similar sucedía en los tiempos en que el cristianismo surgía como una alternativa de vida para la gente. La sociedad también se hallaba fragmentada, dividida por rígidos esquemas que distinguían al ser humano por su condición económica, por su raza y su color, por su sexo, por su trabajo, por su educación, por sus costumbres, por sus ideas políticas. Y de lo que sucedió entonces podemos aprender algo.

El cristianismo se propagó porque supo crear, en medio de este mundo fragmentado, espacios de encuentro, de fraternidad. Triunfó porque supo unir lo que la vida cotidiana estaba destruyendo y haciendo pedazos, porque revalorizó el lugar y la dignidad de la persona y no ignoró sus problemas. La gran revolución del cristianismo fue permitir que en la comunidad de la fe todos y todas se encontraran como iguales en dignidad ante Dios y, a la vez, se aceptaran en sus diversidades y se respetaran en sus diferencias. Ya no había judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sabio ni ignorante. Todos y todas eran uno en Cristo, todos y todas formaban un cuerpo, una totalidad en la que ninguna persona era ni más ni menos que nadie. Y mientras en la calle unos paseaban su opulencia y otros arrastraban cadenas, mientras algunos eran tenidos por grandes maestros y otros considerados peor que basura, ante Cristo todos se abrazaban como hermanos, porque en su presencia ya no había más barreras, ni separaciones, ni divisiones. Todos y todas eran uno en comunión con Cristo.

Claro que no fue fácil para la iglesia mantenerse fiel a las exigencias del Evangelio. Muchas veces los judíos seguían mirando con mala cara a los griegos, muchas veces los ricos seguían creyéndose con más derechos que los pobres, los hombres más importantes que las mujeres, los estudiosos con más derechos que las personas sin formación. Muchas veces quienes se creían “importantes” en la vida de la iglesia eran los promotores de la injusticia y de actitudes vergonzosas durante la semana. Pablo menciona en muchas de sus cartas que perduraban las divisiones, los egoísmos, la envidia, los odios, los chismes, la crítica, el orgullo. Actitudes, todas, que atentaban contra la unidad del cuerpo de Cristo.

A los filipenses Pablo les rogaba: “llénenme de alegría viviendo todos en armonía, unidos por un mismo amor, por un mismo espíritu y por un mismo propósito” (2:2). Y en su carta a los cristianos de Corinto Pablo escribe, casi con furia: “no pueden sentarse a la mesa del Señor y, a la vez, a la mesa de los demonios” (1º Corintios 10:21b).

La gran tarea pendiente de las iglesias en este tiempo de tantos “pedazos” de mundo roto, de sociedades divididas, de iglesias fragmentadas y de vidas quebradas, es construir un espacio común donde juntar los pedazos de nuestra esperanza rota, los pedazos de nuestra fe débil, los pedazos de nuestro amor no siempre generoso. Un lugar donde, diferentes y diversos, pero juntos y juntas bajo la gracia de Dios en Jesucristo, podamos una y otra vez desafiarnos a la UNIDAD. Esa unidad que, en el sueño de Jesús, buscaba que el mundo creyera que más allá de los pedazos, más allá de un mundo que se rompe, más allá del ser humano que sufre y se fragmenta por la injusticia y el dolor, más allá del corazón herido, todavía vale la pena vivir y buscar mundos nuevos, sociedades nuevas e iglesias nuevas.

Termino con el poema completo de Ernesto y te invito a que lo conviertas en tu propia oración:

“Pedazos.
Pedazos.
Un mundo en pedazos.
La vida en pedazos…

Queremos vivir un nuevo tiempo, Señor Dios.
Queremos ver brotar señales de esperanza,
Creer que es posible juntar los fragmentos
y reconstruir la unidad en este mundo.

Clamamos por tu Espíritu de Unidad,
para que venga de los cuatro rincones de la Tierra
y sople vida sobre todo el ser.

Ven, Espíritu de Dios,
sobre naciones en conflicto en … (mencionar los que tengas en tu corazón)
sobre grupos y facciones en … (¿dónde sientes que hace falta?)
sobre la vida de  … (¿nombres concretos de personas, de iglesias?)
Sopla un viento fresco y renovador,
que pueda infundir ánimo y vigor,
para que los trozos se conviertan en un cuerpo,
cuerpo del mundo,
cuerpo del pueblo,
porque así nos has creado, y así deseas que seamos.”

 

Te dejo un texto bíblico para considerar, meditar en su enseñanza para reunir los fragmentos desiguales que somos:
Sólo les pido que vivan dignamente, como lo enseña la buena noticia de Cristo. Porque, sea que yo vaya o no a verlos, quiero estar seguro de que todos ustedes viven muy unidos y que se ponen de acuerdo en todo, y que luchan unidos por anunciar la buena noticia.
No tengan miedo de sus enemigos. Si ustedes se comportan con valentía, verán que ellos serán destruidos y ustedes serán salvados, porque Dios les dará el triunfo.

Dios les ha dado a ustedes el privilegio de confiar en Cristo, y también de sufrir por él. Así que tendrán los mismos problemas que yo he tenido, y ya saben muy bien lo que he sufrido y estoy sufriendo.

Si Cristo les ha dado a ustedes poder para animar a los demás, y si el amor que ustedes tienen los lleva a consolar a otros, y si todos ustedes tienen el mismo Espíritu y son compasivos, les pido que vivan en armonía y que se amen unos a otros. Así me harán muy feliz. Pónganse de acuerdo en lo que piensan, deseen las mismas cosas y no hagan nada por orgullo o sólo por pelear. Al contrario, hagan todo con humildad, y vean a los demás como mejores a ustedes mismos. Nadie busque el bien sólo para sí mismo, sino para todos. Tengan la misma manera de pensar que tuvo Jesucristo…”

Filipenses 1.27 al 2.5 (TLA)

 

 

Gerardo Oberman
Pastor de las Iglesias Reformadas en Argentina

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Categoria: Biblia, BIBLIA, Edición 6 | Iglesia unida y diversa, entrega 8

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