AÑO DE JUBILEO | Parte 2

| 25 noviembre, 2013

En nuestra columna anterior hicimos un resumen de dos aspectos de la ética social y económica de la Biblia. Según el Año Sabático, conocido también como “el sábado de la tierra” y “el año de la remisión”, cada siete años los israelitas tenían que cancelar todas las deudas adquiridas, anular toda servidumbre, y dejar descansar todo el año a la tierra y los animales (Deum. 15). Además, cada año cincuenta era el “Año de Jubileo”.

Con un trompetazo fuerte, Israel había de pregonar libertad a todos los moradores de la tierra, cumplir de nuevo las exigencias del Año Sabático y, además, aplicar una reforma agraria total, para que cada cincuenta años todas las familias comenzaran con parcelas iguales de terreno productivo.

Este modelo es muy radical y muchos quieren neutralizarlo con afirmar que nunca se practicaba, pero la verdad es que en sus períodos de obediencia a Dios, Israel sí cumplía estas leyes. Cuando no las obedecía, sabía que estaba desacatando la ley de Dios. Según Jeremías, cuando Nabucodonosor tenía sitiada a Jerusalén, el profeta ordenó a los ricos proclamar libertad y dejar libres a sus siervos (Jeremías 34:8-9, 13-15), como mandaban la ley del Año Sabático y del Jubileo. Los ricos reconocieron su pecado y liberaron a sus esclavos pero después, cuando Nabucodonosor se retiró, ellos se arrepintieron y volvieron a sujetarlos a servidumbre, contrario a la ley de Dios, profanando así su nombre (34:10-11,16). A eso Dios respondió: “Vosotros no me habéis oído para proclamar libertad cada uno a su hermano… He aquí, yo proclamo libertad, dice Jehová, a la espada y a la pestilencia y al hambre contra vosotros” (34:17). Es claro que ellos entendían que tenían que cumplir el Jubileo y por no hacerlo, Dios les castigó con un “Anti-Jubileo”.

A lo largo, la carne venció a la obediencia y se reconoció que sólo con la venida del Mesías y con el derramamiento del Espíritu se iba a cumplir debidamente estas leyes. Por eso se proclama proféticamente del Mesías, “El Espíritu de Dios está sobre mí, porque me ha enviado a predicar buenas nuevas a los pobres… a publicar libertad a los cautivos… a proclamar el año de la buena voluntad de Jehová” (Isaías 61:1-2; éste último, probablemente equivalente de “Año de Jubileo”). Lo más interesante es que Jesús, para su sermón inaugural en Nazaret, escogió precisamente este pasaje, una clara promesa de Jubileo, como su texto (Luc. 4:16-20). El Espíritu había descendido sobre él (Luc. 3:22), y ahora él proclama libertad y Jubileo. Por eso, todo su ministerio debe entenderse como un proyecto de Jubileo en su total plenitud.

Este tema vuelve a aparecer con el día de Pentecostés. De nuevo el Espíritu es derramado, ahora sobre el cuerpo de Cristo, en el día del nacimiento de la iglesia, y de nuevo se practica el Jubileo. Es muy posible que el mismo nombre “Pentecostés”, como el día 50 después de la Pascua de Israel, se relacionara con el Jubileo, como año 50 dentro del siglo. Algunos aún han afirmado que el Pentecostés ocurrió en un Año de Jubileo, pero de cualquier forma, el Pentecostés cumplió la doble promesa de Isaías 61: el Espíritu fue derramado sobre la iglesia y los fieles repartieron sus bienes.

Cuando se habla del Pentecostés se piensa casi exclusivamente en el don de lenguas; pero fundamental también a esa “pentecostalidad” auténtica es el sermón profundamente bíblico que predicó Pedro (Hechos 2:17-36) y también la práctica radical de la comunidad que ahí nació (2:42-47; 4:32-37). Llevaron el evangelio y el Pentecostés al terreno económico, de modo que “tenían en común todas las cosas, y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno” (2:44-45). Después de otra poderosísima manifestación del Espíritu Santo, leemos que “ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común… Así que no había entre ellos ningún necesitado; porque todos los que poseían heredades o casas, las vendían, y traían el precio de lo vendido y lo ponían a los pies de los apóstoles; y se repartía a cada uno según su necesidad” (Hch. 4:32-35). Básicamente, esos fondos se invirtieron en un proyecto de comedores populares para viudas pobres (Hch. 6:1-7).

Son inconfundibles en estos pasajes los ecos de Deuteronomio 15, Levítico 25 e Isaías 61. No debe sorprendernos que este largo y maravilloso relato del Pentecostés, en sus múltiples aspectos, no es otra cosa que un nuevo Jubileo. Junto con lenguas y un profundo sermón bíblico, estas radicales acciones económicas pertenecen a la esencia de la pentecostalidad. Sin práctica de Jubileo, no hay Pentecostés, hoy tampoco.

 

 

Juan Stam
Misionero en Costa Rica por más de 45 años.
Doctor en Teología por la Universidad de Basilea, Suiza.
Profesor, por muchos años, del Seminario Bíblico Latinoamericano.
Escritor, autor de varios libros y artículos.

 

 

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Categoria: BIBLIA, Edición 7 | El Credo, entrega 4, Teología

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