CREO EN EL ESPÍRITU SANTO Y EN LA SANTA IGLESIA UNIVERSAL II

| 16 diciembre, 2013

Podríamos decir que en el mundo evangélico y en la posición hegemónica que en las últimas décadas ha tenido la renovación carismática y todo el legado del pueblo Pentecostal, la persona del Espíritu Santo ha pasado a ocupar uno de los lugares privilegiados en cuanto a la búsqueda que los cristianos hacen de la presencia poderosa de Dios en sus vidas.

Esta sentencia del credo es de vital importancia para la fe cristiana. Podemos decir que el credo nos afirma en la fe trinitaria, y esto es claramente evidente cuando nos referimos al Espíritu Santo. Mientras que popularmente “el Padre” es asimilado sin más al imaginario de “Dios” en el monoteísmo, y el Hijo es asimilado a la figura histórica de Jesús de Nazaret, en el caso del Espíritu Santo, y en la afirmación renovada de creer en él, la dimensión trinitaria de la afirmación dogmática pasa a primer plano: los cristianos creemos en un Dios Trino, lo cual implica creer en el Espíritu Santo como una de las personas de la Trinidad.

En el Antiguo Testamento encontramos ya en los primeros versículos del Génesis referencias al “ruaj” de Dios, a su Espíritu que “aletea” sobre la faz de las aguas. El don carismático del Espíritu aparece con fuerza y claridad en los líderes del período de los jueces, así como la inspiración clave de los Salmos y la palabra de esos personajes tan característicos del pueblo de Israel, los profetas.  En el Nuevo Testamento sobresale el rol fortalecedor e inspirador del Espíritu, su aparición como paloma en el bautismo de Jesús y las señales de poder que acompañan el crecimiento de la comunidad mesiánica, la Iglesia, tal como relata el libro de los Hechos y las epístolas, hasta llegar al Apocalipsis y las manifestaciones definitivas de la victoria trinitaria.

La vinculación del Espíritu con la comunidad mesiánica no podría ser mayor, puesto que es el propio Jesús, en el registro del evangelio de Juan, quien declara la necesidad de su partida para que se manifieste con poder ese ayudador, defensor, el “paracleto”, como se lo llama al Espíritu Santo en los capítulos 14 y 16 del Evangelio de Juan.

Podríamos decir que en el mundo evangélico y en la posición hegemónica que en las últimas décadas ha tenido la renovación carismática y todo el legado del pueblo Pentecostal, la persona del Espíritu Santo ha pasado a ocupar uno de los lugares privilegiados en cuanto a la búsqueda que los cristianos hacen de la presencia poderosa de Dios en sus vidas. La presencia del Espíritu Santo habitualmente está vinculada con la manifestación de portentos tan o más impresionantes que los registrados en el libro de los Hechos. Quisiéramos explorar otras dimensiones de la vida espiritual y su vinculación con la comunidad mesiánica: las opciones radicales del Espíritu y el trabajo por la Unidad de la Iglesia.

El Evangelio de Juan está atravesado por la afirmación clave del 1.14 “el Lógos fue hecho carne y habitó entre nosotros”. Ese Lógos, esa Palabra, es el Hijo, y se comprende allí el fenómeno histórico de la Encarnación. El Cristo, como Lógos encarnado, está sujeto a las limitaciones de tiempo y espacio. En parte por ello los capítulos centrados en el “paracleto” implican la necesidad de la venida con poder del Espíritu, que está más allá de dichas barreras. La teología joanina hace mucho énfasis en la Palabra que nos ha sido revelada y en el amor como clave de la relación de los hombres con esa Palabra revelada. ¿En qué consiste esa palabra, más allá de la persona del Hijo? La teología joanina consiste en algo así como “amar a Dios, a quien no vemos, amando al prójimo, a quien sí vemos”.

Ese amor es el fruto del Espíritu Santo, es el amor que se pone de manifiesto en nuestras opciones radicales, como aquellas que Jesús hizo a favor de los excluidos (al elegir como campo de misión la periférica provincia de Galilea, y no la rica ciudad de Jerusalén). Es el mismo Espíritu que vivificó a los primeros cristianos, que se caracterizaron por resistir la opresión del Imperio Romano y su lógica de dominación y muerte. Así se manifestaba el Espíritu, y así se veía la Unidad de la Santa Iglesia Universal. Esa unidad en el Espíritu es la Unidad de quienes son habitados por el Espíritu de Amor, el Espíritu que nos hace ver a los más débiles y excluidos como el lugar por excelencia en el que podemos, efectivamente, amar a Dios.

 

 

Doctor David Roldán
Doctor en Teología
Doctor en Filosofía
Decano del Instituto Teológico FIET
Profesor Adjunto del Instituto Universitario ISEDET
Co-director de la Revista Teología y Cultura

 

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Categoria: BIBLIA, Edición 7 | El Credo, entrega 7, Teología

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