LA PALABRA SE HIZO SER HUMANO

| 23 diciembre, 2013

“Cristo es sólo apariencia humana, en realidad es Dios caminando entre los hombres, como se paseaban los dioses del Olimpo”. O si lo queremos actualizar, al modo de la ciencia ficción, es un ser de la galaxias que vino cruzando el espacio interplanetario.

Esto no es nada novedoso en los tiempos de Jesús, su cultura estaba llena de relatos y leyendas de dioses, semidioses y héroes mezclados con los seres humanos. Lo escandaloso era afirmar que tales seres eran realmente humanos, pues los dioses reflejaban para ellos el ideal del ser humano. La divinidad era la plenitud de las perfecciones humanas. No podía por lo tanto ella misma ser limitada por las imperfecciones de la humanidad.

Lo distintivo de los primeros cristianos, pues, era la insistencia en la humanidad de Cristo. Por esta afirmación se reconocían, según las cartas de Juan, los verdaderos cristianos: “el que reconoce que Jesucristo vino como verdaderamente humano tiene el espíritu de Dios, pero el que no, al contrario, tiene el espíritu que está en contra de Cristo” (1 Juan 4.2-3).

El testimonio bíblico no nos dice que Jesús anuncia la palabra, sino que Él mismo es la Palabra. Esta palabra se convirtió en ser humano y vino al mundo, “levantando su carpa” en medio de nuestro campamento (Juan 1.14). Así, la fe y las creencias de la primitiva comunidad cristiana se fundaron en el testimonio de una persona que nació, vivió y sufrió en este mundo. La cual habló a los seres humanos en su propio idioma. De lo cual, otras personas mediante la palabra humana, dieron testimonio.

Esto hace del cristianismo una religión histórica y personal. No es descolgada del cielo por apariciones fantasmagóricas o comunicaciones mágicas o libros escritos por ángeles que caen a la tierra y vuelven a volar al cielo. Dios, para el cristiano, se hizo presente entre los seres humanos, en la persona de un ser humano. Confesar a Jesucristo es confesar que “la Palabra de Dios se hizo carne”, es decir “ser humano”.

Por esta razón no es posible encontrar a Dios, en Jesucristo, huyendo de la propia humanidad, ni convirtiendo la fe en mera esperanza de ultratumba o en respuesta tan sólo para ciertas cuestiones periféricas de la vida. Dios, en Jesucristo, es encontrado en medio de su humanidad, en la plenitud de la vida. Este es el camino que Dios eligió para dar sentido a nuestro ser-humano y a nuestro estar-en-el-mundo. No es huyendo de la propia vida, negando nuestra humanidad, que podemos encontrarnos con Jesucristo, sino todo lo contrario. Jesucristo se hizo ser humano para revelar el verdadero sentido de la vida y redimirla. Al reconciliarnos con la vida, nos reconciliamos con nuestra vida y con la vida de las otras personas. ¡Qué lejos que está esto del desprecio por la vida humana que caracteriza a muchas supuestas “religiones espirituales”!

Parecería que así la fe en Jesucristo se reduce a un mero humanismo. Sin embargo, la fe en Jesucristo nos lleva a algo que está más allá. El sentido de la vida del ser humano no está en él mismo. Jesucristo pone al ser humano en contacto con el propósito de su vida, con el fundamento de su ser, con la razón última de su existencia, que lo trasciende y supera. Jesucristo pone al ser humano en contacto con lo eterno, con el poder creador que estructura y da sentido al universo. No basta “el conocerse a sí mismo”, puesto que el conocimiento de la vida y de la razón de la existencia del mundo está más allá de la comprensión humana.

El relato de la Navidad no tiene la forma mítica o legendaria de los relatos de los nacimientos de semidioses y héroes. Por el contrario, insiste en afirmar su carácter histórico. Su nacimiento se consigna en un registro secular: el censo ordenado por Augusto César, un rey pagano, cuando Cirenio era gobernador de Siria (Lucas 2.1); su venida está fechada históricamente (los investigadores, considerando estos datos, estiman que esto ocurrió entre los años 5 a 7 de nuestra era). En fin, Jesús está empadronado con los ciudadanos de este mundo.

Las genealogías colocan a Jesús en medio de una cruda humanidad. ¡Miren qué genealogía!; guerreros, asesinos, burladores, reyes intrigantes, extranjeros adoradores de dioses paganos, incestuosos, prostitutas, adúlteras. ¡Y ésta es la ascendencia de Jesús! Es la prueba de la elección de Dios y de su gracia. No hay nada en todos estos que los haga más dignos que otros para ser elegidos. Todo reside en su gracia y en su amor, no en los méritos humanos.

Y finalmente, nació en un pesebre, lo cual no tiene nada de extraordinario, porque los hombres le dan siempre a Dios lo que les sobra. Lo extraordinario es que Dios lo acepta para hacerlo medio de la salvación. Así comienza Jesús el camino de la humillación y la renuncia que lo llevará hasta la cruz, tomando lo poco que el ser humano le da, para transformarlo. Si no fuera así, ¿quién tendría alguna oportunidad?

En el camino de su humanidad la persona se halla de pronto frente a Jesucristo, que no es la continuidad lógica de su búsqueda, sino un “salto de fe” en el que la persona es puesta en relación con lo eterno, como “por una ventana abierta hacia Dios”. En Jesucristo, la palabra hecha carne, donde lo eterno se hizo espacio y tiempo, donde lo incomprensible se hizo comprensible.

Es por esto que la Navidad llegó a ser una de las festividades más importantes del calendario cristiano. El relato del nacimiento de Jesús no formaba parte de la predicación primordial de la Iglesia. Por lo mismo, que llegara a ser tan importante, es una prueba del lugar central que ocupa en la fe cristiana la afirmación de que: “La Palabra se hizo carne y levantó su carpa en nuestro campamento”.

 

Emilio Monti
Pastor metodista.
Licenciado en Teología.
Profesor de Filosofía y Pedagogía.
Doctorando en Ciencias Humanas y Arte.
Profesor Emérito del Instituto Universitario ISEDET
Ex Decano y Profesor de Teología Práctica del Instituto Universitario ISEDET
Ex Profesor de Ciencias de la Educación en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora Capellán y Vicerrector de la Universidad del Centro Educativo Latinoamericano de Rosario (UCEL).
Trabajó activamente en ayuda a Refugiados (CAREF) y en defensa de los Derechos Humanos (MEDH) y en la acción ecuménica (FAIE)
Integró a nombre de las iglesias evangélicas el Consejo Nacional de Políticas Sociales del Gobierno de la Nación.

 

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Categoria: BIBLIA, Edición 7 | El Credo, entrega 8, Teología

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