CREO EN LA RESURRECCIÓN DE LA CARNE

| 30 diciembre, 2013

Esta esperanza debiera también despertar en los púlpitos, el fervor de una predicación que lleve a la iglesia y al mundo a repensar su presente y futuro a la luz del eco que producen sus acciones en la eternidad, que no todo queda reducido a las riquezas, la fama y el poder que se pudiera tener en el presente sino que también existe un futuro a tener en cuenta.

 

Introducción

La resurrección de los muertos es una de las doctrinas fundamentales del cristianismo que marca un clímax dentro de la acción de Dios en la historia de la humanidad desde un marco escatológico, abordado vez tras vez en las Escrituras. Conforma parte de la bendita esperanza de los redimidos por Cristo.

Lacueva define a la resurrección como “El retorno de un cuerpo exámine a la vida mediante la reunión con el alma, la cual era el principio vital del compuesto humano a nivel físico”. [i]

 

La Resurrección en el Antiguo Testamento

La esperanza de la resurrección del cuerpo apareció gradualmente en el Antiguo Testamento. El hecho de que los hebreos creían que la muerte no era necesariamente el fin de la existencia humana queda demostrado por la traslación corporal de Enoc y Elías. Además, tenemos relatos de resurrecciones obradas por Elías y Eliseo (1 Reyes 17:17-24; 2 Reyes 4:31-37; 13:21). Se trata, sin embargo, de casos excepcionales y no nos permiten llegar a conclusiones sobre la resurrección en general.

En los profetas encontramos varios indicios claros de la esperanza de la resurrección. El primero está en Oseas 6:1-2. Algunos eruditos ven aquí una referencia a la resurrección individual, pero el pasaje se refiere más probablemente a la restauración nacional. La misma idea la hallamos en Ezequiel 37, donde Ezequiel tiene la visión de un valle de huesos secos que se juntaron y se cubrieron de carne. Esto alude claramente a la resurrección de la nación (Ezequiel 37:1-13), y no a las resurrecciones individuales. Sin embargo, el hecho mismo de que la visión permite contemplar la restauración de huesos muertos que vuelven a la vida sugiere que la idea de la resurrección corporal era ya familiar.

La primera referencia sin dudas con relación a la resurrección se encuentra en Isaías 25-26. En Isaías 25:8 leemos: “Destruirá la muerte para siempre; y enjugará el Señor toda lágrima de todos los rostros”. Este versículo aparece en un contexto escatológico del establecimiento del Reino de Dios sobre la tierra y del recogimiento de su pueblo para gozar de las bendiciones de su dominio. Nos ilustra una dimensión completamente nueva en la que ya no hay muerte. No es todavía una promesa de resurrección, sino solamente de abolición de la muerte.

En Isaías 26: 19, sin embargo, se nos expresa ya, más claramente, la esperanza en la resurrección: “Tus muertos vivirán; sus cadáveres resucitarán. ¡Despertad y cantad, moradores del polvo!”.

Esto no parece hacer referencia a una resurrección general, sino sólo del pueblo de Dios. En Daniel 12:2 se afirma claramente una resurrección tanto de justos como de impíos: “Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua”. Esto puede ser una referencia a una resurrección “general”, es decir, una resurrección de todos los hombres.

 

La Resurrección en el Nuevo Testamento

Dada la magnitud de pasajes abordados por el Nuevo Testamento en relación a la resurrección de los muertos, sólo usaremos algunos de los más significativos y que exponen claramente esta doctrina fundamental del cristianismo.

El Apóstol Pablo deja claramente establecido que la base de la resurrección de los muertos es la resurrección de Cristo, estableciendo que el mismo poder que resucitó a Cristo de entre los muertos también resucitará a los redimidos por el mismo poder (2 Corintios 4:14).

El mismo Jesús afirma esta esperanza a los creyentes en Juan 11:25-26 y el apóstol San Pablo lo reafirma en 1 Corintios 15:12-22.

El Nuevo Testamento revela una secuencia de resurrecciones:
1) Cristo, es un hecho indubitable;
2) las Primicias, probablemente los santos que habían dormido (muerto) y salieron de los sepulcros “después de la resurrección de él” (Mateo 27:52-52);
3) los que son de Cristo en su venida, referido a los fieles y santos de todos los tiempos que resucitarán en la 2° venida de Cristo (1 Corintios 15:23).
4) todos los seres humanos, es la resurrección de todos los incrédulos para comparecer ante Dios para ser juzgados según sus obras (Apocalipsis 20:12-13).

 

Purkaiser expresa lo siguiente:

“Hay una drástica distinción entre la resurrección de los justos y de los que no se han arrepentido. Esto se indica en algunas de las referencias que hablan acerca de la resurrección general, como Daniel 12:2, “algunos resucitan para la vida eterna” y otros para “eterna vergüenza y desprecio”; y Juan 5:29, que habla de “la resurrección de vida” y “la resurrección de condenación”. Una expresión neotestamentaria frecuente para referirse tanto a la resurrección de Jesús como a la de los creyentes es “la resurrección de entre los muertos”. Jesús habla de la primera resurrección como una resurrección de particular bienaventuranza (Apocalipsis 20:5-6); y Pablo estima que la resurrección “de entre los muertos” es una meta digna de que aspiremos a ella particularmente (Filipense 3:11-14)”.[ii]

 

¿Cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué cuerpo vendrán?

Esta es la pregunta que el apóstol Pablo realiza en 1 Corintios 15:35. Este capítulo es posiblemente el más claro con relación a este tema. Aquí Pablo quiere afirmar que el cuerpo resucitado es radicalmente diferente del cuerpo mortal tanto como lo es la planta que brota de la semilla sembrada. El cuerpo sepultado no es igual al cuerpo resucitado porque experimenta una transformación. Para demostrar esta diferencia entre el cuerpo mortal y el de la resurrección, Pablo recurre a cuatro contrastes. El primero es que el cuerpo que muere es susceptible a la descomposición, ya que forma parte de un mundo de corrupción (Romanos 8:21). En cambio, el cuerpo resucitado es imperecedero y no sufre los efectos de la desintegración. El segundo contraste afirma que el cuerpo que se sepulta está caracterizado por la deshonra o la humillación. Este cuerpo sufre la desgracia. El cuerpo resucitado, sin embargo, goza de brillantez de luz o gloria (Romanos 6:4; Romanos 8:17; Filipenses 3:21). En tercer lugar recalca la absoluta diferencia entre la debilidad y la fuerza. El cuerpo mortal está plagado de lo débil, lo enfermizo, lo endeble. No es así con el cuerpo resucitado; este se caracteriza por la fuerza, la potencia, el poder. Esta característica en la resurrección no se atribuye al ser humano sino al poder del Dios resucitador. El último contraste tiene que ver con la diferencia entre el cuerpo físico y el cuerpo espiritual. El cuerpo físico o natural (gr. psukikon),sufre todas las limitaciones de lo mortal. La palabra griega da la idea de un cuerpo humano animado por el “alma” o principio vital, la vitalidad, la vida. Pero esta vitalidad es pasajera y limitada. De forma contraria, el cuerpo espiritual (gr. pneumatikon), es infundido por el Espíritu Santo, hecho apto para estar en la presencia de Dios en la eternidad. El cuerpo físico, natural, sirve para esta era; hace falta un nuevo cuerpo creado por el Espíritu que sirva en la presencia de Dios en el futuro. Es claro que para Pablo el cuerpo natural pertenece a todos los hombres; el cuerpo espiritual ha de pertenecer sólo a los redimidos en Cristo.

 

Conclusión

Que gloriosa doctrina la de la resurrección de los muertos. Nos sitúa frente a la realidad que no todo acaba en esta vida, ni que la muerte física es el final de todo. Los que hemos creído en Cristo y tratamos de vivir una vida agradable a él, conforme a su Palabra, tenemos en ella, la seguridad que no todo termina en una tumba y que la vida que tenemos en el presente es una preparación de lo glorioso que Dios tiene planeado para cada uno de los que han sido redimidos por la sangre de Cristo.

Ojalá que a partir de esta doctrina bíblica los creyentes contemporáneos tomemos cada más conciencia de la dimensión eterna y escatológica del evangelio, que no todo debe estar centrado en lo temporal, especialmente en lo material, de este mundo. La conciencia que Dios, en su palabra, ha depositado el tesoro de una esperanza magnífica que debemos albergar los creyentes al mirar hacia el futuro, esperanza que, dicho sea de paso, nos sustentará en las horas más oscuras que podamos pasar en la vida aquí.

Esta esperanza debiera también despertar en los púlpitos, el fervor de una predicación que lleve a la iglesia y al mundo a repensar su presente y futuro a la luz del eco que producen sus acciones en la eternidad, que no todo queda reducido a las riquezas, la fama y el poder que se pudiera tener en el presente sino que también existe un futuro a tener en cuenta.



[i] Francisco Lacueva. Curso de Formación Teológica Evangélica: Escatología II. CLIE. Pág. 137
[ii] W.T. Purkaiser. Explorando Nuestra Fe Cristiana. Casa Nazarena de Publicaciones. Pág. 509

 

Eduardo Velázquez
Pastor  de la Iglesia del Nazareno en Argentina.
Presbítero con 20 años en el ministerio pastoral.
Licenciado en Teología
Profesor de Biblia y Pastoral
Vicerrector académico del Seminario Teológico Nazareno del Cono Sur, Pilar, Buenos Aires
 

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Categoria: Edición 7 | El Credo, entrega 9

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