COSA DE IDIOTAS

| 3 febrero, 2014

Recuerdo la época en que en las congregaciones se cantaba: “Somos un pequeño muy feliz”. Fueron los días cuando conocí al Señor. Con pasión, devoré los Evangelios y el libro de los Hechos de los Apóstoles, sintiendo que era posible vivir aquello en nuestro tiempo, y así, ver a la iglesia creciendo feliz, desarrollándose con milagros. Duro fue contraponer esa sensación vivida con la realidad hostil que enfrentábamos en las calles al evangelizar. Sin embargo, vencimos.

Vengo de un ambiente libre de toda institucionalidad religiosa. Eso me permitió conocer al Jesús de la Biblia y vivir la iglesia de los Hechos, en días donde la apatía de la gente hacía que el Evangelio fuera rechazado permanentemente, ya por ser católicos –aunque tuviesen un excelente concepto de las iglesias evangélico-protestantes–, o por considerarnos los locos de la Biblia. Fe, pasión y amor hicieron que, paso a paso, lágrima a lágrima, pudiéramos revertir aquel sequedal.

Corrían los días del “no te metás” y el “algo habrán hecho”, donde la gente vivía bajo temor y esquivaba todo lo desconocido. En aquel 1977, el amor por la gente que se instaló en mi corazón –y en el de muchos– cuando tuve mi encuentro con el Jesús de las playas y calles de Galilea.

Esa pasión por las almas me llevó pronto a las calles a evangelizar y luego a pastorear con su amor, pues Él es el único capaz de transferirlo en forma pura a nuestros corazones.

Para comienzos de los ‘80, cuando la dictadura cívico-militar-religiosa caía, el evangelismo comenzó a fluir y vimos los miles, los diez miles, y luego los cien miles llegar a Jesús. El país se convirtió en una gran campaña, desde Mendoza a Buenos Aires y desde la Quiaca a Ushuaia. Las guirnaldas de focos transparentes, las carpas y el grito de “¡A su nombre!”, que era contestado con un “¡Gloria!” atronador, cubrieron campitos, descampados y plazas. La Iglesia en la calle y las calles llenas de milagros… Galilea llegaba a Sudamérica.

Fue entonces cuando los expertos en avivamientos llegaron y nos “explicaron todo”, incitándonos a adoptar sus métodos. Todos ellos, muy racionales, no dudaron en adjudicarse las medallas y exhibirlas fronteras afuera. Pulularon los “seminarios” y “conferencias” matrizadoras con un dramático efecto colateral: muchos de los que trabajaban a destajo levantando la cosecha comenzaron a explicar cómo se hacía o debería hacerse.

Así, todo se enfrió: los bomberos internacionales de la razón apagaron el fuego.

En la vida cristiana y ministerial no todo debe pasar por la razón, muchas veces, el corazón debe ser el motor que impulsa nuestras acciones, sobre todo, en nuestros complicados tiempos, tal como nos advirtiera el Señor Jesús: Dios ama a las personas que él ha elegido, y por eso el tiempo de sufrimiento no será muy largo. Si no fuera así, todos morirían. Si en esos días alguien les dice: “Miren, aquí está el Mesías”, o “allí está el Mesías”, no le crean. Porque vendrán falsos mesías y falsos profetas, y harán cosas tan maravillosas que engañarán a la gente. Si pueden, engañarán también a los que Dios ha llamado a seguirlo. ¡Tengan cuidado! Ya les he advertido de todo esto antes de que pase.” Marcos 13.20-21 (TLA)

Soy auto-referencial y creo que, a la manera paulina, la iglesia debe serlo. De otra forma, todo se vuelve impersonal. Los defectos y fallas pasan a ser propiedad de un ente indeterminado, sin cara, domicilio, ni responsabilidad, al cual llaman impunemente “la iglesia”. Cierta vez, en una charla con amigos que fueron mis líderes espirituales a fines de los 70, repetí acentuando varias veces el concepto “mi iglesia”, hasta que uno de ellos, me corrigió diciéndome: “Guillermito, la iglesia del Señor que Él te permite pastorear”, lo cual me dio lugar para poder decir lo que explotaba en mi alma: “Esa es la diferencia entre la generación de ustedes y la mía, para mí, es ‘mi’ iglesia, porque cuando Jesús me dio el privilegio de ponerla en mis manos, no me dio propiedad sino responsabilidad; soy responsable de ella. Ustedes no consideraron la responsabilidad que tenían, y por ello, los daños que se le infringieron no los sintieron como propios”.

En aquellos días, al ver el movimiento que se generaba y se esparcía por el mundo hablando del “avivamiento argentino”, Dios me habló claramente: “Salite del jet set evangélico”. Lo hice en forma veloz y rechacé todas las invitaciones que llegaban por decenas y decenas año a año, para ser el argentino que avalaba las “inexactitudes” de números, ciudades transformadas y paternidades/maternidades del mentado “mover”.

Entre tanto, comenzamos a colaborar –como ya lo hacíamos– con iglesias de la ciudad, del país y luego de cuatro continentes, en forma constante y articulada. La visión no era abrir iglesias sino apoyar a las existentes. Conocedores de las batallas que libramos, nos pusimos hombro con hombro con los hombres y mujeres de Dios en los diferentes lugares para ayudarlos, sabedores de que ellos tenían una visión y llamado claro, que no necesitaban un método sino un descanso. Reponerse en tanto que otro subía a la barca para remar, mientras ellos recuperaban fuerzas.

La bendición se hizo presente y las iglesias comenzaron a crecer cada una con su identidad.

Ninguna de ellas quedó ligada a nosotros con lazo institucional alguno, ya que nuestra labor solo fue y sigue siendo por amor.

Cientos de iglesias multiplicadas. Otras nacieron y se desarrollaron en lugares que se los consideraba “cementerios” de misioneros, evangelistas y pastores.

Alguien quiso corroborar nuestro hacer y lo sintetizó así: “Ustedes llegan cuando no hay nada, ponen los obreros, un esfuerzo económico fortísimo, y cuando los frutos llegan, se van sin dejar ningún lazo con esas congregaciones”. Al escucharlo respondí: “Sí, pero les imponemos una única condición y es que ellos hagan lo mismo con otros”. Fue entonces, cuando mi interlocutor sentenció: “Ustedes son unos idiotas”. Lo miré y encogiendo mis hombros suspiré: “Si Dios nos llamó a ser idiotas, entonces, felices de serlo”.

Pasó el tiempo y algunos de nuestros mejores obreros, aquellos en los que habíamos depositado todo y habían respondido de una manera maravillosa, orgullo santo de nuestra alma, comenzaron a sentir llamados misioneros para establecer iglesias en diferentes lugares de Argentina y el mundo. Comenzó una nueva etapa, la de establecerlos y ayudarlos, pero dotándolos de todas las herramientas institucionales para que no dependieran de nosotros, de modo que si conservaban la unidad, bien, y si no deseaban caminar con nosotros, nada nos debían, pero tenían el camino ya preparado. Así ocurrió, habiendo quienes están más unidos que nunca y otros que prefirieron trazar su camino por separado.

La libertad del amor que da sin esperar nada a cambio.

Claro que entiendo las disputas del primer siglo, cuando algunos en Jerusalén no entendían la universalidad de la iglesia. Tampoco ignoro que en los ´80 hubo quienes, con el discurso de la unidad, provocaron desastres y destruyeron congregaciones enteras o se apoderaron de las mismas. Cuatreros evangélicos, pescadores de peceras que existen hasta hoy. Adornada filosofía del sapo que, aun tapada de versículos bíblicos, sigue diciéndole a la mosca “si te trago, somos uno”.

Sin embargo, en estos tiempos mercantiles de marketing teológico pastoral, creo que la mejor manera de mantener viva a la iglesia que amo y anhelo es edificándola desde el lugar que nos toca a cada uno. Anónimas gotas de agua que se funden en el mar, sin reconocimientos terrenos. Siervos inútiles, hijos amados, hermanos amantes.

Sigo creyendo, como en aquellos primeros días, que la iglesia de los Hechos es posible.

Como en los ‘70, enfrentamos hostilidad, ya no solo externa, sino que debemos vernos las caras con la ramera que intenta impostar a la novia del Cordero.

Venceremos nuevamente, porque nuestro poder es el mayor de la creación: Su amor.

He viajado mucho. He cruzado ríos arriesgando mi vida, he estado a punto de ser asaltado, me he visto en peligro entre la gente de mi pueblo y entre los extranjeros, en la ciudad y en el campo, en el mar y entre falsos hermanos de la iglesia. 
He trabajado mucho, y he tenido dificultades. Muchas noches las he pasado sin dormir.
He sufrido hambre y sed, y por falta de ropa he pasado frío.
Por si esto fuera poco, nunca dejo de preocuparme por todas las iglesias. Me enferma ver que alguien se enferme, y me avergüenza y me enoja ver que se haga pecar a otros.
Si de algo puedo estar orgulloso, es de lo débil que soy.”
2ª Corintios 11.26-30 (TLA).

 

 

Tal como dijera Pablo, vivamos por y para ella sin medrar esfuerzo, sin escatimar entrega, hasta la sangre y la vida, sin egoísmos, solo por amor.

En la cruz, Jesús demostró que ella lo vale todo.

“¡Mujeres de Jerusalén!
Yo soy morena, sí, como las tiendas de Quedar.
Y soy también hermosa, como las cortinas de Salomón.
No se fijen en mi piel morena, pues el sol la requemó.
Mis hermanos se enojaron contra mí, me obligaron a cuidar sus viñas,
¡y así mi propia viña descuidé!
Cuéntame, amor de mi vida, ¿a dónde llevas tus rebaños?
A la hora de la siesta, ¿dónde los haces descansar?
No tengo por qué andar como una vagabunda;
¡no tengo por qué buscarte entre los rebaños de tus amigos!”
Cantar de los Cantares 1.5-7 (TLA)

 

 

 

Guillermo Prein
Pastor fundador del
Centro Cristiano Nueva Vida

 

Cordialmente es la expresión de PASTORESxlaGENTE que, fiel a sus principios, no procura fijar conceptos únicos, sino que busca expresar la diversidad en la pluralidad que caracteriza al movimiento evangélico.
Las notas publicadas en esta edición digital reflejan la opinión particular de los autores.
La dirección de Cordialmente procura que la expresión bíblica “examinadlo todo, y retened lo bueno” sea el objetivo, por lo cual se invita a los distintos escritores a presentar sus fundamentos dejando el juzgamiento del artículo en cada uno de los lectores.

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Categoria: Edición 8 | Iglecrecimiento, entrega 5, Reflexiones

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