EL MENSAJE A LOS POBRES: ¿SUBLIMACIÓN DE LA POBREZA, MÉTODO DE SUMISIÓN O VERDADERO EVANGELIO?

| 31 marzo, 2014

El título de nuestro artículo es ya en sí controversial. Hablar de la pobreza en el contexto evangélico actual nos introduce a un tópico que nos da mucho de qué discutir y comentar. El tema de si el mensaje a los pobres es una sublimación de la pobreza o si realmente Dios tiene una preferencia por los pobres, nos lleva a plantearnos un sin número de preguntas teológicas muy importantes.

¿Es el evento Cristo una vindicación de los pobres? ¿Son los pobres, por causa de las constantes injusticias que han sufrido a través de los años, mejores candidatos al Reino de Dios que los otros seres humanos? ¿Es la pobreza una maldición generacional o parte de la realidad humana que a todos nos toca vivir? ¿Somos los evangélicos agentes de transformación social o estamos contentos con un mensaje de corte espiritual que no provoque cambios sociales estructurales profundos?

Frente a tantas preguntas proponemos que la pobreza es parte de la realidad de un mundo que está bajo los efectos del pecado original y que, aunque la iglesia provoque cambios, como en ocasiones lo ha hecho y debe seguir haciéndolo, los factores que causan la pobreza no pueden ser eliminados en su totalidad de este lado de la eternidad. Sin embargo, la iglesia tiene en su misión la proclamación del evangelio transformador que cambia la vida, las condiciones de manejarse en la vida, transforma la cosmovisión del discípulo de Cristo, y puede provocar cambios profundos y sociales que incluyan la miseria humana que causan la pobreza endémica, en muchas de nuestras sociedades latinoamericanas.

El tema de la pobreza tiene como centro la falta de recursos financieros, materiales y sociales de un sector de la población. Esta falta de recursos llega a crear desigualdades muy profundas en la forma en cómo se accede a la educación, a la salud, a la vivienda, a la seguridad pública y a la justicia. Las causas inmediatas a la pobreza son muchas y el objetivo de este artículo no es centrarse en las causas de la pobreza sino en la forma que hacemos teología en respuesta a la pobreza.

En los últimos 45 años hemos visto en América Latina dos acercamientos al tema de la pobreza: teología de la liberación y teología de la prosperidad. En la primera, encontramos una respuesta latinoamericana (mayormente en los círculos católicos) que se centra en interpretar el mensaje del evangelio predicado por Jesucristo como acción redentora de la pobreza. Gustavo Gutiérrez, considerado por muchos como el padre de la teología de la liberación, escribió: “Ser cristiano es ser testigo de la resurrección de Jesús, y significa también superar la pobreza, que es muerte, algo inhumano, contrario a la voluntad de Dios. Si la pobreza es contraria a la voluntad de vida de Dios, luchar contra la pobreza es una forma de decirle sí al reino de Dios.”[i] 

Por otro lado, tenemos la teología de la prosperidad (mayoritariamente protestante evangélica y neopentecostal) que promulga que la pobreza es una maldición de la cual Dios quiere liberar al ser humano por medio del anuncio del evangelio, y que Jesús hizo provisión en su cruz para que los hijos de Dios disfruten de la vida como “hijos del Rey”. Es muy común escuchar de los proponentes de un “evangelio” o “teología” de la prosperidad que Dios tiene en su voluntad que seamos ricos, poseedores de las riquezas de los impíos, etc.

Ambas teologías intentan usar las Escrituras para traer alivio a la pobreza material desde la perspectiva del mensaje de la Biblia. En la teología de la liberación, el uso del éxodo como paradigma es común. Los teólogos de la liberación hacen en parte teología utilizando los mensajes proféticos del Antiguo Testamento como paradigmáticos. Cada denuncia profética contra de la explotación del pobre y el marginado, que encontramos en los profetas menores y la Epístola de Santiago, es visto como parte de la proclamación y experiencia de la Iglesia en el mundo para traer a la realización el Reino de Dios.

Por otro lado, nos encontramos con los teólogos de la prosperidad que utilizan los escritos del libro de Deuteronomio (especialmente caps. 29 y 30) como paradigma para decir que la iglesia tiene derecho a ser bendecida materialmente si es obediente y entra en pacto con Dios. En el mensaje de la prosperidad, la pobreza es vista como una maldición que afecta a los seres humanos y que Dios quiere erradicar de sus hijos fieles. Muchas veces encontramos que el lenguaje de la prosperidad está basado en el texto de Juan 10:10 en cual Jesús dice que Él ha venido para que los suyos tengan vida en abundancia. La interpretación que se hace del pasaje define la vida en abundancia como poseer de todo en abundancia: recursos, salud y fe.

El Nuevo Testamento nos enseña algunas cosas sobre la pobreza que nos deberían permitir a nosotros sacar nuestras propias conclusiones al respecto. Primero, el Nuevo Testamento presenta a los pobres como herederos del Reino de Dios (Lucas 6.20). La pregunta es si la condición de pobreza es requisito para el Reino o hay algo más que mirar en el texto. Para Jesús los pobres tienen la posibilidad de escoger el Reino porque su apego al mundo y a su sistema, posiblemente, es menor que una persona que tiene todo lo necesario para vida sin aparentemente necesidad de Dios y Su provisión. Las palabras de Jesús como consecuencia del rechazo que el joven rico hizo de la invitación de seguirlo después que se hubiese despojado de sus riquezas y dado a los pobres, son muy importantes en este punto: “Entonces Jesús dijo a sus discípulos: De cierto os digo, que el rico difícilmente entrará en el Reino de los cielos. Pero os digo, que más liviano trabajo es pasar un cable por el ojo de una aguja, que el rico entrar en el Reino de Dios” (Mateo 19.23, 24).

El argumento de Jesús es que la lucha por desprenderse de los recursos materiales para una persona rica es más complicada que para una persona que no tiene nada en la vida. Por otro lado, muchos de los rechazaron el mensaje de Jesús eran personas pobres que no tenían nada material que perder y no creyeron al evangelio.

Segundo, el Nuevo Testamento nos enseña que aunque es difícil que una persona con muchas riquezas que para él/ella pueden ser un dios, acepte el llamado a negarse a sí mismo/misma y seguir a Cristo, igualmente todo aquel que cree es salvo, y no importa su condición económica o social. Podemos añadir a nuestro argumento las palabras de Jesús en Lucas 12:15: “Guardaos de toda avaricia, porque la vida de un hombre no consiste en la abundancia de bienes que posee”. La avaricia y el amor al dinero como objeto de seguridad y lujo son rechazados por Jesús. Muchos de los seguidores de Jesús poseían riquezas y en su momento las pusieron a su servicio (Nicodemo, José de Arimatea, algunas de las mujeres, etc.). Los que creyeron en el Pentecostés se despojaron de sus recursos para cubrir las necesidades de todos los miembros de la comunidad de la iglesia de Jerusalén (Hechos 4.32-36).

Tercero, el Nuevo Testamento rechaza la opresión y discriminación al pobre como una afrenta a Dios que es Padre de todos los que han creído en el evangelio (Santiago 4.1-13; 5.1-6). El mensaje a los pobre es redentor espiritualmente, al tiempo que lo vindica como heredero de Dios, y le presenta una nueva forma de ver la vida y de disfrutarla en medio de las carencias que podamos tener (Hebreos 4.5). Por otro lado, el evangelio tiene un efecto empoderador sobre el que cree. Le provee de dignidad de vida y, con ello, le permite acercarse al trabajo, a la educación y a la libertad de una manera distinta. El concepto de trabajo honesto, el valorar la educación como una forma de salir de la condición de la pobreza, la libertad de ataduras tales como la inmoralidad, los vicios y adicciones, ser parte de una comunidad que nos apoya, etc., tienen efectos transformadores en las vidas de los seguidores de Jesucristo.

Concluimos que en muchos sectores el mensaje a los pobres ha sido sublimado, olvidando que la pobreza extrema es parte de la injusticia que el pecado ha traído sobre el mundo y que debemos ser agentes de transformación social.

Por otro lado, el mensaje a los pobres como favoritos al Reino de Dios es una interpretación muy estrecha de las enseñanzas de Jesús, aunque los pobres suelen ser más receptivos al mensaje por contexto de carencia material.

Por último, debemos recordar que el mensaje de Cristo nos otorga dignidad humana, y nos permite ver la vida desde la perspectiva de la eternidad con Dios y de una vida en la tierra que puede ser mejor porque Dios nos permite avanzar mientras esperamos el día final cuando viviremos en una existencia libre de las injusticias, desigualdades y violencias de sistema actual que responde a los intereses egoístas de los seres humanos caídos.


[i] www.frasesypensamientos.com.ar

 

 Ernesto Alers Martir
Nació en Puerto Rico.
Cursó estudios teológicos en el Seminario Adventista Latinoamericano de Teología/Instituto Adventista
del Plata (actualmente Universidad Adventista del Plata en Entre Ríos,
Licenciatura en Teología Gordon-Conwell Theological Seminary, USA
Masters of Arts en Historia Eclesiástica: Facultad de Estudios Religiosos de la Universidad McGill,
Canada
Se ha especializado en el estudio del protestantismo guatemalteco en el periodo comprendido entre 1882
a 1940.
Fue pastor en Nueva York, Montreal y actualmente en San Justo, Buenos Aires con la Alianza Cristiana y
Misionera Argentina.
Ha ejercido la docencia teológica en varias instituciones en Estados Unidos (Instituto Bíblico Laico
Ministerial, Nueva York), Canadá (Seminario Teológico Hispano Canadiense, Montreal; McGill University,
Montreal) y Argentina (Instituto Bíblico Buenos Aires).

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Categoria: Edición 9 | Teología de la prosperidad, pobreza y Evangelio, entrega 3, Teología del Sur

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