EL SISTEMA ECONÓMICO ESTABLECIDO POR DIOS PARA SU PUEBLO

| 31 marzo, 2014

El objetivo del presente artículo es describir y analizar las maneras de producir y distribuir bienes y servicios que, por un lado, caracterizan a nuestros tiempos (modos de producción capitalista y socialista) y, por otro lado, aquella que Dios estableció para el pueblo de Israel desde la época de los Patriarcas y hasta décadas posteriores a la vida terrenal de Jesús.

El término “Economía” proviene de las voces griegas “oikos” (“hogar”) y “nomos” (“leyes”); podría significar “el que administra el hogar” o “leyes para la administración del hogar”. En la actualidad refiere tanto a una disciplina académica, como a un conjunto de personas y organizaciones (empresas y gobiernos) que, en un ámbito geográfico delimitado, interactúan en mercados de bienes y servicios cumpliendo roles de productores y de consumidores. Es en esta última acepción que quiero centrarme; este texto girará en torno a:

a) la descripción de las maneras en las que la Humanidad ha organizado en los tiempos contemporáneos la producción y la distribución de aquellas cosas que satisfacen sus necesidades;

b) la descripción de la manera que Dios estableció para que los Patriarcas y los israelitas produjeran y distribuyeran los bienes y los servicios.

Dicho de otro modo, describiremos las formas contemporáneas de organización de la Economía (capitalismo y socialismo) y la forma que Dios mandó a Su Pueblo.

Parte I: Descripción de los modos de producción capitalista y socialista.

La descripción de los modos contemporáneos de organización de la producción y de la distribución de los bienes y servicios que satisfacen las necesidades de las personas girará en torno a tres conceptos elaborados por Karl Marx (1818 – 1883). En el “Prólogo a la Contribución a la Crítica a la Economía Política”, él afirmó que: “(…) en la producción social de su vida los hombres establecen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a una fase determinada de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales”. Las “relaciones de producción” son el vínculo que se da entre las personas cuando producen y cuando consumen; incluye las relaciones entre quienes poseen los medios de producción de bienes/servicios (que son todos los factores utilizados para producir; estructuras, maquinaria, tierras, insumos, etc) y quienes no los poseen. Las “fuerzas productivas materiales” están dadas por la fuerza de trabajo de los trabajadores empleados y por los conocimientos tecnológicos disponibles de los medios de producción. La forma que adquieren estos dos elementos (“relaciones de producción” y “fuerzas productivas materiales”) y su combinación determinan el “modo de producción”, la manera en la que los hombres producen y distribuyen bienes y servicios para satisfacer sus necesidades.

El modo de producción capitalista es aquel que rige en la mayor parte del mundo en la actualidad. Su característica principal está dada por el hecho de que los dueños de los medios de producción (“capitalistas” o “burgueses”) no son las mismas personas que detentan solamente su fuerza de trabajo (“trabajadores” o “proletarios”); es esta distinción la que marca a la relación social propia del capitalismo. Este modo de producción tiene por pilar a la consideración de que los millones de personas, hogares y empresas que conforman la economía, al buscar su propio bienestar, promueven el bienestar general de la sociedad en su conjunto; ésto se debe a que hay (como dijo el economista inglés Adam Smith) una “mano invisible”, algo inmaterial, que los lleva a este fin: ese “algo” se manifiesta a través de los precios de los bienes y servicios, los cuales se ajustan, varían, para ayudar a consumidores y oferentes a obtener el mayor bienestar de la sociedad posible. En este esquema, el Estado debe complementar el accionar de la “mano invisible” que guía a los participantes de la economía de tres maneras:

a. haciendo respetar los derechos de propiedad;
b. promoviendo la eficiencia, el aprovechamiento óptimo de los recursos;
c. promoviendo la equidad, la utilización equitativa de los recursos.

Durante gran parte del siglo XX, un modo de producción alternativo tuvo lugar en muchos lugares del mundo: me refiero al socialismo. Este último buscó que no hubiera separación entre los trabajadores o proletarios con respecto a los medios de producción; es decir, procuró que quienes detentaban la fuerza de trabajo también poseyeran los medios para emplearla. Esto daría lugar a la abolición del sistema de clases, ya que solamente existirían trabajadores. El Estado cumplía un rol fundamental ya que la planificación de la producción de los bienes y de los servicios, y su posterior distribución, eran parte de sus responsabilidades; este rasgo se denomina “planificación central”. El fin principal que este actor procuraba era la equidad en la utilización de los recursos.

Muchas personas afirman que la libertad ecónomica que presentan los individuos bajo el modo de producción capitalista se condice con el libre albedrío otorgado por Dios al hombre, por lo que este sistema sería deseable.

Muchos otros afirman que Jesús fue el “primer socialista”, debido a su búsqueda de la igualdad y la equidad.

Sin embargo, ambas maneras de organizar la producción y la distribución de aquellas cosas que satisfacen las necesidades de los hombres están marcados por grandes falencias que lo distinguen frente a la organización que Dios propuso para Su Pueblo; a esta última procederemos a describir a continuación.

Parte II: Descripción del sistema económico establecido por Dios para Israel.

Los dos rasgos distintivos del modo de organización de la producción y distribución de bienes y servicios que Dios estableció son los siguientes:

– Las personas que eran emprendedoras, capaces y esforzadas obtenían una recompensa acorde, una retribución para ellos y sus familias.

– Las personas en situación de pobreza (más allá de la condición concreta que generara su pobreza; como una discapacidad, o la falta de previsión, de capacidad o de esfuerzo) eran ayudadas y sus necesidades básicas eran satisfechas y cubiertas.

En una primera etapa de este modelo organizativo, Dios dio a los Patriarcas grandes extensiones de tierras. Ellos generaron allí importantes emprendimientos agrarios, en los cuales había grandes superficies cultivadas, se criaba ganado y una gran cantidad de personas trabajaban para ellos. Tales fueron los casos de Job, Abraham, Isaac, Jacob, Esaú.

Se puede considerar como final de esta primera etapa al momento en que Jacob migró junto a su familia a Egipto, movido por el hambre que había en la Tierra, por la disponibilidad de alimentos en el país nombrado y por el hecho de que su hijo José era el segundo después de Faraón.

Una segunda etapa de la forma que Dios estableció para la producción y distribución de bienes comienza tras la salida de Egipto y la permanencia por cuarenta años en el desierto, y con la llegada y ocupación de Canaán, la Tierra Prometida.

Dios legisló que a cada uno de los israelitas le correspondería una parte de la tierra. Se preveía desde allí que habría ricos y pobres como resultado de, por un lado, las propias iniciativas y capacidades y, por el otro, de la desidia y de los errores cometidos.

Ante esta previsión, Dios estableció normas para un completo cuidado de las personas pobres a través de las siguientes medidas:

1. Año del jubileo: “Y santificaréis el año cincuenta, y pregonaréis libertad en la tierra a todos sus moradores; ese año os será de jubileo, y volveréis cada uno a vuestra posesión, y cada cual volverá a su familia” (Levítico 25: 10).

En el año del jubileo, volverá la tierra a aquél de quien él la compró, cuya es la herencia de la tierra” (Levítico 27: 24).

Las casas dentro de las ciudades amuralladas tenían una legislación particular y no eran de devolución automática: “El varón que vendiere casa de habitación en ciudad amurallada, tendrá facultad de redimirla hasta el término de un año desde la venta; un año será el término de poderse redimir. Y si no fuere rescatada dentro de un año entero, la casa que estuviere en la ciudad amurallada quedará para siempre en poder de aquel que la compró, y para sus descendientes; no saldrá en el jubileo” (Levítico 25: 29-30).

2. Año de reposo a la tierra: “Seis años sembrarás tu tierra, y seis años podarás tu viña y recogerás sus frutos. Pero el séptimo año la tierra tendrá descanso, reposo para Jehová; no sembrarás tu tierra, ni podarás tu viña. Lo que de suyo naciere en tu tierra segada, no lo segarás, y las uvas de tu viñedo no vendimiarás; año de reposo será para la tierra” (Levítico 25: 3-5).

3. Comida para el pobre: Dios preveía para el pobre, para el extranjero, para el huérfano y para la viuda.

A. Había que dejar parte de la cosecha para el pobre: “Cuando segareis la mies de vuestra tierra, no segaréis hasta el último rincón de ella, ni espigarás tu siega; para el pobre y para el extranjero la dejarás. Yo Jehová vuestro Dios” (Levítico 23: 22).

Cuando siegues tu mies en tu campo, y olvides alguna gavilla en el campo, no volverás para recogerla; será para el extranjero, para el huérfano y para la viuda; para que te bendiga Jehová tu Dios en toda obra de tus manos. Cuando sacudas tus olivos, no recorrerás las ramas que hayas dejado tras de ti; serán para el extranjero, para el huérfano y para la viuda. Cuando vendimies tu viña, no rebuscarás tras de ti; será para el extranjero, para el huérfano y para la viuda” (Deuteronomio 24:19-21).

B. En el séptimo año, que no había cosechas: “Mas el descanso de la tierra te dará para comer a ti, a tu siervo, a tu sierva, a tu criado, y a tu extranjero que morare contigo” (Levítico 25: 6).

4. Cuestiones financieras: “No exigirás de tu hermano interés de dinero, ni interés de comestibles, ni de cosa alguna de que se suele exigir interés, del extraño podrás exigir interés, mas de tu hermano no lo exigirás, para que te bendiga Jehová tu Dios en toda obra de tus manos en la tierra a dónde vas para tomar posesión de ella” (Deuteronomio 23:19-20).

5. El séptimo día se debía descansar: “Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; mas el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas” (Éxodo 20:9-10).

También había en la ciudad tirios que traían pescado y toda mercadería, y vendían en día de reposo a los hijos de Judá en Jerusalén. Y reprendí a los señores de Judá y les dije: ¿Qué mala cosa es esta que vosotros hacéis, profanando así el día de reposo?” (Nehemías 13: 16-17).

Las normas enunciadas se enmarcaban y cobraban sentido dentro de una forma de gobierno llamada Teocracia (de los términos griegos “Theós” = Dios y “krátos” = gobierno; “gobierno de Dios”); la legitimidad de las autoridades (jueces, profetas, sacerdotes y reyes) provenía del haber sido instaurados por Dios. La aplicación de esta normativa fue establecida por el Señor para Israel en la etapa de acontecimientos que darían lugar a la llegada del Mesías Salvador.

Probablemente estas leyes sean inaplicables hoy, tal y como fueron formuladas en el Antiguo Testamento. Sin embargo, en el corazón de Dios sigue habiendo un reclamo para que el que puede crecer por su esfuerzo y sacrificio no olvide al que está en una situación menos favorecida.

 

Guido Parissenti
Licenciado en Ciencia Política (Universidad de Buenos Aires)
Curso de Posgrado en Finanzas (Universidad Argentina de la Empresa)
Experto en Mercado de Capitales (Instituto Argentino de Mercado de Capitales)
Licenciatura en Economía (Universidad del Salvador) – en curso
Miembro de la Iglesia Dios Restaurará, en la Ciudad de Buenos Aires

 

 

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Categoria: Economía, Edición 9 | Teología de la prosperidad, pobreza y Evangelio, entrega 3, SOCIEDAD

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