SABIAMENTE PRÓSPEROS

| 28 abril, 2014

Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negarán al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí mismos destrucción repentina. Y muchos seguirán sus disoluciones, por causa de los cuales el camino de la verdad será blasfemado, y por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas. Sobre los tales ya de largo tiempo la condenación no se tarda, y su perdición no se duerme” (2da. de Pedro 2:1-3).

Desde los más antiguos tiempos bíblicos existieron personas que se atribuyeron condición de profetas, dañando a quienes prestaron oído a sus mentiras.

Hoy la iglesia atraviesa tiempos difíciles, desde el punto de vista interno, y esto se debe en gran medida a la falta de integridad tanto de líderes como de los que simplemente asisten a nuestras congregaciones.

Pareciera ser que hoy las predicaciones se enfocan en lo que la gente pide, como los chimentos televisivos, ¿vió?; esos que parecieran no ser creación del chimentero sino una respuesta a lo que la gente demanda.

Vivimos tiempos en que se confunde (malintencionada o ignorantemente) prosperidad con santidad. Así, tener que atravesar dificultades económicas y ser miembro de algunos sectores de la comunidad evangélica, conlleva la carga de tener que sobrellevar la sospecha en algunos casos y la condena en otros, de ser infiel a Dios. La teología de la prosperidad ha direccionado los ánimos de los creyentes hacia motivaciones económicas sumamente peligrosas.

Dicha teología presenta al pobre como una persona sin fe, de dudosa santidad e ignorante en términos de conocimiento bíblico. Bajo esa lógica, ¿qué deberíamos pensar de la viuda pobre que llevó su ofrenda al arca de las ofrendas ante los ojos del Señor Jesús (Lc. 21:1-4) o del propio apóstol Pablo en oportunidad de reconocer épocas de escasez (Fil. 4:11-12)?

La iglesia tiene una misión dada por nuestro Señor y es la de “ir por todo el mundo y predicar el evangelio”. Ese resulta ser el rol profético de la Iglesia: trasmitir el mensaje de salvación que se obtiene a partir del reconocer a Cristo como Salvador, el arrepentimiento de llevar una vida de pecado y la consecuente búsqueda de santidad que no es otra cosa que apartarse del pecado. La calidad espiritual no se mide en relación a la cuenta bancaria, el modelo de vehículo o los metros cuadrados de las propiedades que pueda tener una persona.

La Biblia es clara en calificar a quienes adulteran el mensaje profético como herejes, destructores y mercaderes. Tales personas serán responsables ante Dios por cada mentira, por tratar como mercancía a las personas, por contribuir a disolver al cuerpo de Cristo y a que muchos insulten el camino de la verdad, pero ello no eximirá de responsabilidad a quienes los escucharon, les creyeron y obedecieron el mensaje.

Hoy la Palabra de Dios está al alcance de todos, nadie puede desconocerla. Prestar oído a herejías contemporáneas -y hacerlas parte de la vida individual poniéndolas en práctica- coloca a la persona a las puertas de la pérdida de la salvación.

Nuestra tarea como Iglesia es trasmitir la Palabra de Dios y ésta está escrita, no hay ninguna revelación nueva por encontrar. Es el Espíritu Santo quien nos conduce a interpretar reverentemente Su Palabra, no torciéndola para aliviar el “comezón” auditivo de nadie, sino presentándola como Palabra de vida, de esperanza, de contención, de gozo, pero también de compromiso, de transformación, de confrontación. El Señor ha inspirado a santos hombres para que llenos de Su Espíritu registraran por escrito lo que Él quiso decirnos, lo que Él considera que debemos conocer. Cualquier alteración a Su Palabra trae condenación al falso profeta y a quienes atiendan sus consejos.

No es casualidad que en estos tiempos el eje sobre el que muchos centran sus predicas sea la prosperidad. La iglesia no se encuentra abstraída del mundo y, si bien desde el punto de vista espiritual no es parte de él, se encuentra enclavada en una comunidad global que no solo tiene motivaciones diferentes a las que debe tener la iglesia sino que, en general, rechaza los consejos bíblicos.

En ese contexto, el mundo de hoy fomenta la competencia económica y considera la economía de acumulación como la más clara evidencia del éxito individual. Hoy no se persigue el bienestar entendido como la satisfacción de las necesidades. Existe un principio en economía que consiste en que las necesidades son ilimitadas mientras que los recursos son limitados. Si a ello agregamos que en un mundo altamente industrializado las necesidades cada vez son mayores porque muchas de ellas son necesidades creadas, nos encontramos con una sociedad que sostiene el culto a los bienes materiales.

Claro que el acceso a éstos no es libre y ello dependerá de la capacidad individual para adquirir esos “beneficios”.

El mundo cuenta con más de 1.000 millones de seres humanos que viven con menos de un dólar por día (cifra oficial dada por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo). Solo a modo de ejemplo, en el África subsahariana la mitad de la población no tiene acceso al agua potable, ¿podremos predicarle a esa gente un evangelio en el que la riqueza es evidencia de una vida de fe y santidad? Más aun, quienes predican ese mensaje, ¿lo hacen en esos lugares?, seguramente no, ya que muy probablemente la realidad por la que atraviesan las víctimas de la desigualdad generaría un rechazo inmediato.

La cultura occidental se encuentra íntimamente ligada con un sistema económico que ve el éxito en la riqueza pero las oportunidades para el acceso a los bienes materiales son reservadas a un sector social. Esto produce grandes desigualdades respecto de las cuales las personas que asisten a las iglesias evangélicas no son ajenas.

La desesperada carrera por prosperar económicamente ha sido advertida por algunos predicadores que intentan darle un sentido bíblico y que no hacen otra cosa que desenfocar a la gente, llevándola a centrar su atención en hacer tesoros en la tierra en lugar de buscar primeramente el reino de Dios y su justicia para que todo lo que necesitamos sea añadido (Mateo 6:19-21; 33).

Es sumamente triste advertir como tantos hermanos han caído en las redes de una pseudo prosperidad, cuando en realidad son funcionales a un mero consumismo del cual miles salen endeudados a niveles preocupantes. Tras un aparente acto de fe se producen no sólo desequilibrios económicos en las finanzas que no serán asumidos por el predicador que lo fomentó sino también el riesgo de alejarse del camino del Señor por la desilusión sobrevenida. Mucha gente cree que al cumplir con “el pacto” propuesto, Dios derramará riquezas incalculables sobre su cabeza y debemos decir que ese mensaje desenfoca a la gente que lo cree y al mismo tiempo produce una gran responsabilidad en cabeza del predicador.

Es tiempo de despojarnos de motivaciones materiales. Los bienes llegarán a nuestra mano como consecuencia de una búsqueda permanente en hacer la voluntad del Señor. Dios nunca dejará a sus hijos pasar necesidad. La verdadera prosperidad debe concebirse como bendiciones que vienen de Dios para ser utilizadas en el cumplimiento de Su propósito en nuestra vida, son recursos que deben ser administrados con sabiduría.

 

Alejandro E. Gravanago
Ministro Coadjutor de la Iglesia Cristo Luz del Mundo, Ciudad de Santa Fe.
Graduado del Instituto Bíblico Río de la Plata (IBRP).
Graduado de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Rosario (UNR).
Asesor Letrado del Instituto Provincial de Salud de Salta (IPS).
Actualmente junto a su esposa se encuentra radicado en la Ciudad de Salta, con el objetivo de iniciar una obra pastoral.

 

 

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Categoria: Edición 9 | Teología de la prosperidad, pobreza y Evangelio, entrega 7, Reflexiones

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