EL SEPTIMO SELLO: SILENCIO EN EL CIELO II

| 19 mayo, 2014

En la primera parte de su nota que publicamos la semana anterior, Juan Stam trazó un pormenorizado relevamiento del silencio producido en el Cielo según Apocalipsis 8:1-5. En esta segunda y última entrega de su material, el autor habla, a la luz de los sucesos descriptos en el Apocalipsis, la importancia fundamental de la oración en la vida del creyente.

Busquemos a Dios
en los silencios
y los descansos de la vida

El Apocalipsis es un libro sumamente activo, explosivo de energía, y muy ruidoso. Sin embargo, mantiene un ritmo de tensión creciente y descansos periódicos, estruendos y silencios, acción y pausas, alternándose continuamente.[1] De hecho esa tensión caracteriza, y debe caracterizar, nuestra vida. Sin descansos para orar y reflexionar, el activisimo se vuelve irreflexivo e ineficaz; sin la práctica de la fe, la meditación se queda estéril y el descanso termina en letargo y entropía. En los silencios la voluntad de Dios se nos hace clara,[2] y en la acción la llevamos al plano de la obediencia.
El tema bíblico del descanso comienza con el primer relato de la creación: Dios trabajó seis días y el séptimo día descansó (Gen 2:1-4a).[3] Por eso, según Ruiz de la Peña (1986:45), “el descanso pertenece a la constitución misma de la realidad creada”. El séptimo día no fue un apéndice o un adorno sino un elemento esencial y climáctico de la obra divina. Dios culminó su acción creadora en el séptimo día, y al bendecirlo, bendijo a toda la creación de los siete días. Como el descanso divino bendijo y santificó los seis días de obra creadora, nuestro descanso sabático debe bendecir y santificar también toda la labor nuestra (Kittel VII:4).

Esteban Voth (1992:62) resume muy bien el significado de este descanso divino:

Esta proclamación primeramente declara que Dios puede descansar, puede hacer una pausa. Dios no llega al final de su incomparable obra tensionado, fatigado y agotado. A diferencia de los dioses babilónicos, Dios concluye en paz y con serenidad. El está seguro de lo que ha logrado, y con tranquilidad detiene su actividad creadora. La conducta de Dios es entonces una invitación a que adquiramos la perspectiva de Dios y dejemos de pensar que la vida depende de nuestra actividad frenética. El mundo está seguro en manos de Dios, y no se desintegrará simplemente porque hagamos una pausa.

Según Ex 20:8-11, el pueblo de Dios debía unirse al descanso de Dios cada séptimo día de la semana. Era el ShaBBâT, el día de cesación, de descanso. Para Israel, el séptimo día debía liberarlos de la rutina laboral para transformar el trabajo en creatividad, a la imagen y semejanza del Dios Creador. Abría un espacio festivo para celebrar la creación de Dios juntos con el Creador mismo. Por eso el séptimo día es un tiempo de gozo y descanso para el pueblo, para todos los animales y para la tierra misma (Ex 20:10; 23:12; 34:21; Is 58:13; Os 2:11).

El descanso sabatino se proyectó, a partir de la creación, en otros septenarios festivos de descanso, especialmente el Pentecostés, el año sabático y el jubileo. Al día cincuenta después de la pascua (el día que seguía al séptimo sábado), se celebraba la fiesta de semanas, el Pentecostés. Con gran gozo daban gracias a Dios por la cosecha, presentaban ofrendas, y cesaban de todo trabajo pesado (Lv 23:21; Nm 28:26). Después, cada séptimo año había de ser el “descanso de la tierra”, dejando la tierra en barbecho y cesando de toda labor agrícola durante el año entero (Ex 23:10-11; Lv 25:2-7; Neh 10:32).[4] Era un verdadero “sabático” no sólo para la gente sino también para la tierra y los animales. Y finalmente, después de siete años sabáticos (49 años), el año siguiente debía ser el “Jubileo del Señor” (Lv 25:8-10). Nuevamente, por segundo año consecutivo, se descansa de la labor agrícola y se deja a la tierra descansar (Lv 25:11,20-22).[5] En general, llama poderosamente la atención el alto número de fiestas y días asuetos en la vida del pueblo de Israel.

En algunos pasajes, la esperanza escatológica se expresa también como fiesta sabática (sábado, año sabático, Jubileo). Durante el exilio, las visiones del retorno a la tierra tendían a tomar dimensiones escatológicas (Is 35; 43:19-20; 51:3,6-8; Stam 1995:32-37). Isaías 35 describe el júbilo festivo del retorno (35:1-2,10; cf. 51:11) e incorpora lenguaje del Jubileo: Dios fortalecerá a los débiles y cansados, los ciegos verán, los sordos oirán, los cojos saltarán, los mudos gritarán (35:32-6; cf. Is 42:7,16; 61:1-2; Lc 4:18-19; 7:22; Mt 11:5). También en la descripción de la nueva creación se destaca la celebración fiel del sábado y la nueva luna por todas las naciones (Is 66:23; cf. Ez 45:16-17; 46:1-4,12). En términos más amplios, la esperanza escatológica se describe como un pacto de paz (Is 54:10; Ez 34:25; 37:26) y una promesa de descanso y quietud (Is 32:17; 14:3-7; 35:15-18; 33:20-21). Según McCann “varios escritos apocalípticos judíos y cristianos y del judaísmo rabínico describen la edad venidera como un sábado perpetuo” (ISBE IV:252).

La interpretación escatológica del sábado aparece también en Hebreos 3:7 – 4.11. En una relectura del Salmo 95:7-11, el autor exhorta seriamente a los lectores a no endurecer sus corazones y perder entrar en el descanso de Dios, como pasó con la generación de Moisés (3:11,18). Tampoco la generación de Josué entró en el verdadero reposo de Dios cuando ocuparon la tierra de Canaán (4:6,8). La exhortación de David en el Salmo 95 demuestra que la oferta sigue abierta (4:1). Los que responden a la Palabra de Dios en Cristo entran en el mismo reposo del Creador y, como Dios mismo, descansan de sus obras (4:3,10); es el idéntico “reposo especial” (sabatismos 4:9) con que Dios “descansó y fue refrescado” el séptimo día (Ex 31:17; Lohse KITTEL VII:5).

El descanso y el silencio deben ser integrales a los ritmos de nuestra vida cristiana. Tenemos que aprender a callarnos ante el Señor (Hab 2:20; Sof 1:7; Zac 2:17); sólo entonces podremos escuchar, como Elías, el “silbo apacible y delicado” del susurro divino (1 R 19:12).[6] En esto Jesús es nuestro ejemplo. De los evangelios queda claro que vivía sumamente ocupado y atareado (Mr 3:20-21; 6:31); su agenda de actividades no le dejaba mucho tiempo libre ni mucha soledad. Por eso él programaba conscientemente tiempos de descanso y silencio para estar a solas con Dios, para orar, y para buscar la voluntad del Padre (Mr 1:35; 6:46-47; 14:32-42; Mt 14:22-25; 26:36-46; Lc 4:42; 6:12-13; 11:1-2; 22:39-46).

Los grandes místicos han insistido en la importancia indispensable de quietud espiritual para la vida contemplativa (Santa Teresa, San Juan de la Cruz y muchos/as más). Thomas Merton (1961:108,117), el místico trapense, afirma que “la verdad surge del silencio del ser a la tremenda presencia quieta de la Palabra. Después, hundiéndose de nuevo en el silencio, la verdad de palabras nos hunde de nuevo en el silencio de Dios…Entonces mi vida entera se vuelve oración, mi silencio entero se llena de oración” (¡un eco muy interesante de Apocalipsis 8:1-5!).

Hoy más que nunca, cuando la gente tiene más tiempo libre pero menos descanso y tranquilidad, nos llega la exhortación de Dios: “Quédense quietos, reconozcan que yo soy Dios” (Sal 46:10); “estense quietos y verán cómo el Señor los librará” (2 Cr 20:17 DHH). En la serenidad y la confianza está su fuerza” (Is 30:15). Tenemos que aprender a guardar silencio ante Dios y esperar en él (Sal 37:7; Dt 27:9)

El silencio tiene que ser un elemento central también en la adoración. En años recientes nuestros cultos se han vuelto cada vez más bulliciosos, lo cual puede ser el fervor de auténtica adoración pero también puede ser nuestro equivalente evangélico de los gritos y saltos de los profetas de Baal (1 R 18:27).[7] En cualquier caso, lo que es muy preocupante es la casi total ausencia de silencio en muchas celebraciones de “adoración”. Dios nos habla especialmente en el silencio. Muchas veces es nuestra propia “bulla sagrada” que no nos permite escucharle; la voz divina se ahoga en el mucho ruido de nuestros intentos de obligar su presencia por la fuerza de nuestro propio clamar.

Cuando nosotros oramos Dios se complace,
todos los ángeles se callan,
y el Cielo entero huele a perfume

El análisis de este pasaje, y sobre todo la visualización de su pequeño y sencillo drama, deja muy clara la razón de la media hora de silencio en el cielo: nuestra oración es tan importante que hasta los arcángeles tienen que callarse.[8] Cuando oramos, todo el cielo se concentra totalmente en nuestra oración. No podría haber una forma más enfática de impresionar a los fieles con el valor incalculable de sus oraciones y la necesidad de perseverar en la intercesión. Este episodio nos enseña que vale la pena seguir orando sin cesar.

Cuando los mártires en el cielo clamaban ante Dios, recibieron una pronta respuesta (6:10-11). Pero cuando los fieles oraban desde la tierra, la respuesta divina no se dejaba ver. Más bien, la situación parecía empeorarse. Fácilmente podrían pensar que al orar estaban perdiendo el tiempo. A esa inquietud de ellos y su probable frustración en la oración– y la nuestra – Dios da la más convincente respuesta imaginable. Es como si Dios nos enviara un “clip” de “video” y nos dijera: “cuando ustedes oran, les parece que no pasa nada… ¡pero miren lo que pasa en el Cielo cuando llegan sus oraciones!”

Este callar del cielo cuando el pueblo de Dios ora y adora aparece también en la literatura rabínica. Según Génesis Rabbah 65.21 “la voz de Jacob [i.e. de todo el pueblo de Israel] es la voz que silencia a todos los seres celestiales y terrestres”[9] Un texto Hekhalot* también describe a los ángeles deseando decir su liturgia (su Trishagion, cf. Ap 4:8) pero silenciados por Dios porque quiere escuchar primero las oraciones de su pueblo:

Felices son Israel, porque son amados ante el Omnipresente más que los ángeles ministrantes. Pues éstos, cuando buscan cantar y alabar arriba rodean el trono de gloria como montaña sobre montaña de fuego…pero el Santo, bendito sea, les dice: “Cállense todos los ángeles, todos los serafines, todo ser viviente, y toda rueda que yo he creado, hasta que yo oiga y escuche primero a todos los cánticos, alabanzas y dulces salmos de Israel”.[10]

Es común en las escrituras que la oración se asocia con el incienso (ver 5:8; Sal 141:2; Lc 1:9-10; cf. Sab 18:21). Se comparaba al incienso porque complace a Dios; nuestras oraciones “llenas de aroma” (Ap 5:8 NBE) son del supremo agrado del Señor quien olfatea con deleite su fragancia.[11] La comparación con el incienso parece aplicarse también porque la oración se veía como una ofrenda o un sacrificio (Sal 141:2: Os 14:2 BJ, NBE; Heb 13:15/Sal 69:30-31; 1 P 2:5,9. Ofrenda de incienso y oración se asocian en Lc 1:9-10).

El asenso del incienso como olor grato ante Dios es señal segura de la aceptación de la oración por el Señor (Gn 9:21; Kiddle 1940:146; Swete 1951:108; Ladd 1974A:111). El olor grato indica que el sacrificio de oración complace a Dios (Lv 16:12-13; Prv 15:8;  1Cr 29:17; Ps 17:1).No queda lugar para ninguna duda sobre la favorable recepción divina de nuestras plegarias. Es el equivalente simbólico de las palabras del ángel a Cornelio: “Tus oraciones y tus limosnas han subido como memorial ante la presencia de Dios” (Hch 10:4 BJ). Así el séptimo sello nos enseña tanto la inmensa importancia de la oración como también su segura eficacia. 

La historia pertenece
a los intercesores[12] 

Ya hemos señalado que el séptimo sello consiste precisamente en las siete trompetas, repartidas durante la media hora de silencio (8:2) pero tocadas sólo después de haber sido recibidas las oraciones de los santos (8:6). Por eso, como hemos observado, la séptima trompeta constituye también el final del séptimo sello. Significa también que todos los contenidos de las siete trompetas son específicamente respuesta a la oración de los santos (8:3-5).

Llama poderosamente la atención que el Apocalipsis introduzca, precisamente en el punto climáctico del séptimo sello, no el fin dramático del mundo sino un silencio lleno de intercesión. Hasta este momento la participación humana en el drama había sido mínima, para no decir nula.[13] Pero es como si Dios parara todo ahora y dijera: “No quiero seguir sólo en todo esto. Tienen que participar también mis hijas e hijos en la tierra”.[14] En palabras de Ronald Goetz, “Dios gobierna al mundo en constante consulta con los que oran” (Christian Century, enero 29, 1997, p.98). La oración es la forma en que los creyentes colaboramos con Dios y participamos en el desenlace de la historia. ¡Nuestra oración hace historia!

En el libro del Apocalipsis se destacan dos cosas nuestras que llegan ante la presencia de Dios. En primero lugar, nuestras oraciones llegan al trono como incienso (5:5; 8:4). Y también, según 19:8 “el lino fino [del vestido de bodas de la esposa del Cordero] son las acciones justas de los santos”. Con nuestras oraciones despachamos incienso al cielo; con nuestra vida santa y nuestra práctica de la justicia enviamos lino fino a las manos del divino Tejedor para el hermoso vestido de su novia. “A Dios orando (incienso), y con el mazo dando (justicia)”.[15] Con oración y justicia vamos también haciendo la historia.

La respuesta específica a la oración de los santos son las siete trompetas. Seis de ellas son terribles juicios; parecen cada vez peores, llegando a la pesadilla de langostas torturadoras (9:1-9) y los feroces caballos dragones (9:15-19). Pero la séptima trompeta (11:15-19) es totalmente distinta. Con ésa se anuncia jubilosamente la llegada del reino de Dios:

El reino del mundo ha pasado a ser de nuestro Señor
 y de su Cristo,
y él reinará por los siglos de los siglos…
Señor Dios poderoso,
que eres y que eras,
te damos gracias porque has tomado tu gran poder
y has comenzado a reinar…[16]

Podemos notar aquí un paralelo invertido con los siete sellos y una simetría muy significativa en la estructura literaria de los sellos y trompetas. Hemos afirmado que el primer jinete, sobre el caballo blanco, se entiende mejor como el evangelio en su marcha triunfante por el mundo. Le siguen cinco sellos tétricos (guerra, hambre, pestilencias, persecución, juicios cósmicos), un paréntesis (cap. 7) y un silencio lleno de oración (8:1-4). El séptimo sello se desenvuelve en siete trompetazos, de los que los seis primeros son también desastrosos (8:7-9:21). Igual que con los sellos, se introduce un doble paréntesis entre las trompetas sexta y séptima (10:1 — 11:14). Y como el primer sello fue de bendición y vida, seguido por sellos de juicio y muerte (6:3-17), la séptima trompeta es también de vida y bendición, ahora antecedida por seis trompetas de horrendo juicio.

Si entendemos así la secuencia de sellos y trompetas, podemos ver dos conclusiones. Todo el proceso es una inclusión que comienza y termina con la victoria del reino de Dios (jinete blanco y séptima trompeta). Aquí también, el Cordero que ha vencido es Alfa y Omega. Y en segundo lugar, en el puro centro de la secuencia está — ¡la oración! En el momento decisivo del séptimo sello, aparece la intercesión de los fieles que por su oración y justicia van haciendo la historia junto con el que está sentado en el trono y el Cordero. La oración es como el pivote central sobre el que gira la historia y se mueve hacia el reino de Dios (11:15-19).

Muy bien comenta el teólogo escocés T. F. Torrance (1959:60):

“Más poderoso que todos los poderes oscuros y fuertes sueltos en el mundo, más poderoso que cualquier otra cosa, es el poder de la oración encendida por el fuego de Dios y echada a la tierra …Las oraciones de los santos y el fuego de Dios mueven todo el curso de la historia..La oración es la fuerza más revolucionaria que el mundo conoce”

O del holandés G. C. Berkouwer (1972:452-453), estas palabras de fe y esperanza:

La oración de los santos en el Apocalipsis activó inmediatamente un poder visible y audible sobre la tierra – “truenos, estruendos, relámpagos y un terremoto”. Así también nuestra oración, “Venga tu reino”, no es ningún monólogo balbuceante sino una oración que espera una respuesta. Cada vez que oramos el Padre Nuestro, debemos ir a pararnos ante la ventana de la esperanza.

 



[1]) Ya lo hemos visto en cap. 7, y ahora en 8:1-4. Nuevas pausas llegan en 8:13; 10:1-11:14 (despues de seis trompetas); 14:1-5 (después del dragón y las bestias), 15:1-4 (después de anuncios de juicios en 14:6-20, y antes de las copas de juicio), 18:1-19:10 (celebrando la caída de Babilonia), etc. Cf. Ec 3:7, “un tiempo para callar, y un tiempo para hablar” (aunque con un énfasis distinto).
[2]) El silencio era un tema central en la teología de San Ignacio de Antioquía. Dios se reveló por Jesucristo, “su hijo, que es Palabra suya que procedió del silencio” (Ign, Magn 8:2). A los efesios escribió: “Más vale callar y ser que hablar y no ser…El que de verdad posee la palabra de Jesús, puede también escuchar su silencio, a fin de ser perfecto” (Ign, Ef 15:1-2 Gr; cf. 6:1; Fil 1:1).
[3]) Es especialmente apropiado que sea precisamente el séptimo sello que introduzca el descanso en el ritmo de los septenarios. Según algunos escritos apocalípticos el silencio también precedía a la creacion (4 Esd 6:39; 7:30; 2 Bar 3:7; cf. Gn 1:2) y al éxodo (Sab 18:14-15: “cuando un sosegado silencio todo lo envolvía”) y precederá la nueva creación (4 Esd 7:30-31; 2 Bar 3:7). Hay una fuerza creadora y liberadora en el silencio.
[4]) El año sabático debía incluir también la liberación de todo israelita bajo servidumbre (Ex 21:2-11; Dt 15:12-18; Jer 34:8-17) y la condonación de todas las deudas contraídas durante los seis años anteriores (Dt 15:1-11).
[5]) Se discute hasta qué punto se practicaba el Jubileo, pero hay mucha evidencia bíblica de que era más que un ideal utópico (ver Stam 1998:90-95).
[6])  Los escritos de Qumran hablan también de “el sonido tranquilo del silencio” (GarcíaM 1993:444) donde “se oye la voz de un silencio divino” (445). Cuando los querubines se mueven, “hay una voz silenciosa de bendición en el tumulto de su movimiento” (445).
[7]Cf. el brillantemente irónico comentaro musical sobre este versículo en el oratorio “Elías” de Mendelsohn.
[8]) No es necesario pensar, con R.H. Charles y otros, que Dios tiene que callar a todos para que pueda oir nuestras oraciones. El Señor no es sordo ni tiene problemas de oído. Hace callar a todos por la importancia suprema que tienen nuestras oraciones.para Dios.
[9]) Bauckham 1993A:73. Esta tradición apela, con típicos argumentos rabínicos, a Ez 1:24 (los seres vivientes cantaban con sus alas pero las bajaban cuando Israel oraba) y Job 38:7 (“las estrellas del alba” son Israel; los ángeles podían alabar a Dios en el cielo sólo después de alabarle Israel en la tierra).
[10]) Bauckham 1993A:74-75; los mismos textos de Hekhalot señalan que el ángel Shemu’el espera en las ventanas del cielo inferior para recibir las oraciones de Israel y llevarlas a la presencia de Dios en el cielo superior. Según Tg.Cantares (a Jos 10:12, “cállese sol”), cuando Josué recitó el quinto de los diez cánticos de las escrituras, su alabanza paró el sol y la luna por 36 horas (ellos dejaban de “recitar su cántico” ante el cántico de Josué).
[11]) La figura de “olor grato” corrige nuestra tentación de pensar en la oración como puramente verbal. Aquí, más que escuchar  la elocuencia o aparente fervor de nuestras plegarias, Dios las “olfatea” buscando el olor de autenticidad y sinceridad del corazón, esencia indispensable de la verdadera oración. Jenson y Olivier (NIDOTT III:1071) defienden la validez de este antropomorfismo (los sentidos de olfato y gusto o sabor no son más antropomórficos que vista, oído y tacto; cf. Nm 28:2) pues “el culto judío emplea todos los sentidos para construir una experiencia de Dios ricamente multimedia”.
[12]) Esta frase fue el tema de talleres por Walter y June Keeler-Wink en muchas partes de los EUA.
[13]) Significativamente, el único papel humano hasta el momento ha sido la oración de los mártires glorificados que describe el quinto sello (6:9-11).
[14]) Es conocida la expresión: “Sin Dios, nosotros no podemos hacerlo. Sin nosotros, Dios no quiere hacerlo”.
[15]Cf. la conicida canción de protesta, “No basta orar”.
[16]) Estas palabras han inspirado grandes creaciones musicales, sobre todo el “Aleluya” del Mesias de Jorge Federico Haendel.

Juan Stam
Misionero en Costa Rica por más de 45 años
Doctor en Teología por la Universidad de Basilea, Suiza
Profesor, por muchos años, del Seminario Bíblico Latinoamericano
Escritor, autor de varios libros y artículos

 

 

 

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Las notas publicadas en esta edición digital reflejan la opinión particular de los autores.
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Categoria: BIBLIA, Edición 10 | Estos tiempos, entrega 3, Teología

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