CONSUMISMO O EL FIN DE LA FIESTA. Parte II

| 26 mayo, 2014

Quienes se dedican al comercio saben que poquitísimas cosas tienen valor a causa de su antigüedad. Alguna pintura de un pintor famoso, algún buen vino, algún violín de los que hizo Stradivarius tienen valor precisamente porque son buenos de verdad y bien antiguos. 

Pero, en general, hoy todo el mundo busca productos modernos, que estén de moda, todo cero kilómetro y (como nos tiene acostumbrados ahora el lenguaje tecnológico) de última generación.

Las guerras de las marcas comerciales te hacen sentir que si no tenés puesto un vaquero y zapatillas de última marca, sos vos el que está de última. Si no fuiste a ver la última película, no tenés de qué hablar. Si no fuiste a conocer el último shopping, es que vivís encerrado en un termo. Y si no conocés las últimas canciones del grupo que está sonando en el aire es que dormís en una bóveda.

Para estar al día, y no perder el ritmo, entonces tenés que comprarte ese vaquero, ver esa película, comer en ese shopping, tener ese teléfono y bajarte esa música. Si lo lográs, si conseguís la plata y el permiso de tus viejos, y saliste con los chicos y las chicas, y viste y te vieron, ¡bárbaro!… por un ratito, (sólo por un ratito), estás al día. Pero seguí comprando porque todo esto dura muy poco. Ya están produciendo una marca nueva de vaqueros con una publicidad de locos. Ya dieron el avance de una película que va a estar imperdible. Ya están construyendo un shopping monstruoso que tenés que ir a conocer, hay un nuevo grupo de onda que va a llenare el aire con lo suyo y ya cambiaron los juegos en Disney.

Este es el clima general en el que se mueven muchísimos adolescentes que viven arrebatados por el espíritu consumista de una ciudad cualquiera de fin de siglo. Ver lo nuevo, tener lo nuevo y hablar de lo nuevo. Pero si nos referimos a los grupos de jóvenes evangélicos, que también viven en las ciudades de fin de siglo en las que se impone el espíritu de la novedad, además tendríamos que sumarle que: si no fuiste a la última campaña del predicador de moda y si no te sabés las canciones del grupo que suena más y que más se publicita, si te perdiste ese seminario espectacular, si no te dieron la nueva unción (asegúrate que sea la más nueva), si no te compraste la requeteúltima Biblia de estudio, y si en tu iglesia no tienen una consola “de aquellas” y el grupo de músicos te vuela la cabeza y la rompe… entonces no existís, o sos miembro de alguna mezquita, o el Espíritu Santo pasó de largo como alambre caído.

En otro estilo de iglesias, más atraídas por la búsqueda del cambio social, ocurre algo equivalente. Si no fuiste a tal marcha y si no sos parte de aquella agrupación de defensa por derechos humanos, si no fuiste al último recital de protesta o no participaste del congreso de ecología y te perdiste el viaje de asistencia a las tribus wichi, entonces lo tuyo es grave; conéctate, o comprate un diario y después vení a charlar con los que manejan la información. Tal vez con un buen exorcismo te liberen de las fauces del sistema.

Se glorifica lo nuevo, lo último, y la glorificación de lo nuevo se hace generalmente a expensas de la ridiculización de lo anterior o de su olvido. El modo de argumento que más se utiliza para presentar lo nuevo es la reducción al absurdo de todo lo anterior, incluidos sus métodos y sus protagonistas. No se busca la conexión saludable entre lo que viene y lo que fue.

Es difícil escuchar algunas expresiones de gratitud o gestos de admiración hacia los que ya no conducen ni tienen el micrófono en la mano. Lo grandioso de lo nuevo, se contrasta con lo pequeño que fue. Lo excitante de este momento no tiene ninguna relación con lo aburrido de aquellos días. Lo espectacular de hoy no tiene ninguna deuda con lo sencillo de ayer. Las multitudes no conocen a los grupitos de origen. Las destacadas personalidades no tuvieron humildes maestros. Las mariposas de colores, nunca fueron orugas.

Pero dentro del espíritu de consumo, que propone el éxito inmediato, también las glorias son brevísimas. Todo puede ser descartable, y a una velocidad aterradora. Como ocurre con el mundo de la computación, ocurre con la gente. Al principio de la masificación de la computación, tener una Commodore 64 era algo realmente impresionante. Uno se sentía que estaba a la vanguardia del mundo. Hace veinte años un 386 era lo más, hace diez ese embeleso se producía con una notebook. Hoy, cuando vas a comprar lo mejor de lo mejor, y lo último que salió, con miles de millones de bytes disponibles y una velocidad y recursos que ni se podían soñar, ya sabés que en pocos meses vas a sentir que eso es una carretilla, una pieza de museo.

Cuando la iglesia bebe y se llena de ese espíritu, el envejecimiento prematuro se extiende entonces súbitamente al cuerpo y el alma de la iglesia, que envejece de golpe. Ya no se acuerda de todo lo que vivió, de quienes fueron los protagonistas y de que modo Dios, que está presente en toda la historia, actuó en cada momento y le dio a su pueblo su provisión para ese día y una esperanza eterna.

Cada movimiento que surge se presenta a si mismo como algo “completamente nuevo”, que no le debe nada a los demás. Sus líderes parecen nacidos de un repollo y no del desarrollo de comunidades que los recibieron y los ayudaron a crecer. Todo comienza a partir de este momento y durará sólo un momento.

Por el envejecimiento acelerado, las comunidades se disuelven en disputas antes de madurar. Los escándalos florecen antes que el evangelio llegue a echar raíz en los nuevos creyentes. Las nuevas liturgias y los nuevos ritos de los nuevos líderes, de los nuevos grupos, pronto se vuelven rígidas credenciales, antes que las nuevas generaciones de creyentes conozcan la libertad y la guía del Espíritu.

La excitación pasa. El aburrimiento llega. Las personas se agotan, tanto los que montan el espectáculo como los espectadores. Usar y tirar es parte del sistema total del consumismo. El sistema de consumo se preocupa de producir algo nuevo, mostrarlo y venderlo pronto hasta agotar el stock.

El negocio es crear necesidades y satisfacerlas con los productos que tiene para la venta. Pero, una vez que se acaba la fiesta ¿qué hacer con los desperdicios?

 

Julio Cesar López
Pastor en Belgrano
Iglesia Presbiteriana San Andrés

 

 

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Categoria: Edición 10 | Estos tiempos, entrega 4, Reflexiones

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