CUANDO SÓLO SE DIVIDE POR DOS

| 26 mayo, 2014

El mundo está viviendo un proceso cruel de masificación. Las estructuras religiosas no escapan a este proceso. Una gran parte de la iglesia Evangélica-Protestante quiere volver a Roma. Nos encontramos ante la gran disyuntiva histórica cuando sólo se divide en dos grupos: los que entran y los que quedan afuera. Esta división dialéctica fue siempre la estrategia de los jesuitas. Aquí parte de su historia.

Es difícil para mí escribir este artículo, sobre todo, por haber crecido en un ambiente donde creímos en la unidad de TODOS los cristianos. La década de los ‘70 se mostraba en primavera, los ideales estaban todos en flor, se había estrenado la película “Hermano Sol Hermana Luna” de Franco Zeffirelli, donde tuve la primera cara de un Francisco de Asís cautivante y revolucionario. La renovación carismática había unido a muchos curas y pastores en una hermosa diversidad. Las reuniones se llevaban a cabo en el cine Moreno, las cuales eran gloriosas. El movimiento de los focolares daba lecciones de una verdadera Economía de Comunión. Chiara Lubich, su fundadora, enseñaba como levantarse de los escombros de la guerra a través de la vida evangélica de la Unidad. Juan Carlos Ortiz había ido a hacer un retiro personal al Monasterio Trapense de la ciudad de Azul. Al dejarlos habían sido bautizados por el Espíritu Santo. Recuerdo que las Hermanas Azules estuvieron todo un día de ayuno y una noche de vigilia cuando mi hermano Pablo de tres años tuvo una riesgosa intervención quirúrgica. Luego, al darle el alta, ellas nos regalaron una estadía en una casa de retiro para toda la familia a efectos vencer el stress. Son recuerdos imborrables para la mente de una niña.

Sin embargo, los cambios hacia nuevos caminos de libertad, igualdad y unidad nunca acabaron de llegar. A los ideales se le puso un cerco amurallado y, muy por el contrario, se agudizaron las diferencias, los cismas, las prohibiciones, las imposiciones como si un dictador en las sombras no permitiera nunca llegar a la meta.

Al sentarse Francisco en el trono de Pedro, una rara “unificación” comenzó desde Roma atrayendo hacia sí misma a una cantidad de evangélicos, que ven al papado como si fuera volver al Corazón del Padre, basando este retorno en el libro de Malaquías: “He aquí, yo os envío al profeta Elías antes que venga el día del Señor grande y terrible. El hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, no sea que venga yo y hiera la tierra con maldición” (1).

A diferencia de los años setenta, el contexto mundial es muy diferente: los ideales fueron canjeados por el postmodernismo, una generación que descree en las utopías, las ideologías fueron reemplazadas por el consumo y por la imagen. Y a diferencia de los setenta, los hombres que daban su vida por la paz fueron cambiados por los nuevos premiados Nobeles que se decidieron ir a la guerra y bombardear pueblos. El proceso de globalización ya es un hecho, los estados nacionales pretenden ser modificados por macro-gobiernos que rigen a través de grandes corporaciones económicas.

Dentro de una Europa quebrada económicamente, y descreída de toda religión, se yergue Roma. Y en su estrado se sienta un jesuita.

Haciendo un poco de historia. La orden de los jesuitas surge como una orden militar para aniquilar al protestantismo, consigna explícita en el juramento de la orden. El tal reza la promesa: “Yo declaro y prometo cuando la oportunidad se presente de preparar y hacer implacable guerra contra todos los herejes protestantes, extirparlos de la faz de la tierra. No perdonaré ni edad, ni sexo, ni condición con tal de aniquilar su execrable raza” (…) El juramento es más largo y mucho más violento porque hace referencia a todas las manchas que la orden de la compañía de Jesús ha tenido a lo largo de su historia: la copa del veneno, la daga, la espada. Pero para comprobar y hacer palpable este juramento. En la iglesia de Gesú que está en Roma, la cual es su templo central, donde su fundador Ignacio de Loyola oficiaba misas; podemos encontrar las estatuas que confirman el aniquilamiento. (2) (3) y (4)

Extraña el cruel silencio, nadie pide la remoción de estas imágenes de la feroz persecución. Aún aquellos que quieren volver al corazón del Santo Padre, no se han pronunciado. El respeto a los miles y miles de hermanos nuestros masacrados por el único delito de llevarnos a la verdad de la Palabra en días de prolongadas y sangrientas noches.

La compañía Jesús fue expulsada de casi todos los países de Europa por su actitud conspirativa. Sus vinculaciones con el poder político-económico y principalmente por la desestabilización que produce el pensamiento dialéctico: Afirmar algo como una verdad y luego negarla. Primero aborrecer a los divorciados y luego querer darles la comunión. Primero perseguir a los homosexuales, luego abrirles las puertas para finalmente cerrarlas de golpe. Perseguir a los protestantes pero infiltrarse, conocerlos, penetrar en su doctrina, modificarla, de modo que se autodestruyan. Esa atomización del pensamiento y de las acciones fue la gran estrategia a los largo de su devenir.

Tal fue el poder que adquirió esta orden que, en el 1773, el Papa Clemente XIV prohibió La Compañía de Jesús siendo asesinado por envenenamiento poco tiempo después. El mismo advirtió que esta decisión podría costarle la vida.

Una vez en el exilio, por medio del General Superior Jesuita Lorenzo Ricci, el 1 de mayo de 1776 se crea la Orden de los Iluminattis en Baviera, llevando como cabeza visible al catedrático de la Universidad Jesuita en Ingolstad Baviera, Adam Weishaupt. Es a partir de ese momento que se convierten en una secta secreta organizada.

En 1798 el papa Pio VI fue hecho prisionero por el ejército francés y el poder papal recibió su golpe mortal. Weishaupt y sus compañeros jesuitas recortaron las entradas económicas del Vaticano, suscitando y dirigiendo la Revolución francesa y a Napoleón hacia la conquista de la Europa católica. Utilizaron a Napoleón para encarcelar al papa en Avignon, hasta que recibió como pago de su liberación reestablecer la orden. Esta guerra entre el Vaticano contra los jesuitas terminó con el congreso de Viena y el tratado secreto de Verona. Napoleón al verse manipulado por ellos deja escrito: “Los Jesuitas son una organización militar, no una orden religiosa. Su jefe es el general de un ejército, no el mero abad de un monasterio. Y el objetivo de esta organización es poder –poder en su más despótico ejercicio– poder absoluto, universal, poder para controlar al mundo bajo la voluntad de un sólo hombre, el Papa Negro, Superior General de los Jesuitas. El Jesuitismo es el más absoluto de los despotismo y, a la vez, es el más grandioso y enorme de los abusos…” Napoleon I (i.e., Napoleon Bonaparte; 1769-1821; emperador frances).

Finalmente, el papa Pio VI es liberado de la prisión a cambio de reestablecer la orden de los jesuitas con todos sus derechos y privilegios.

Teniendo a los Papas bajo su poder, fue reestablecida la Orden por León XIII, SIN RESTRICCIÓN ALGUNA DE AUTORIDAD HUMANA Y PAPAL, con presencia permanente en el Vaticano del General Superior Jesuita. Al que a partir de ese entonces se lo denominará con el nombre de “Papa Negro”.

Los jesuitas son los responsables de los siguientes dogmas:
La santa concepción de María, en 1554, por el papa Pío IX.
La infalibilidad papal en 1870.
La asunción de la virgen por medio del papa Pio XII en 1950.

Esta es una breve historia de la compañía que elevó a calidad de papa al cardenal Bergoglio, compatriota nuestro.

Hay una hermosa canción de Violeta Parra que dice:
“Volver a los diecisiete después de vivir un siglo,
es como descifrar signos sin ser sabio competente.
Volver a ser de repente tan frágil como un segundo,
es volver a sentir profundo como un niño frente a Dios.
Es lo que siento yo en este instante fecundo”.

Parafraseando a Violeta “Volver a mirar el mundo desde mis nueve años”: mirar para atrás y recordar esos días felices cuando en el mundo había ideales y la iglesia amaba la diversidad, la multiplicidad, la heterogeneidad y cantaba “Unidos, unidos por este mundo paz y amor tenemos”. Quizá fue la vista corta de las ovejas, el silencio de los corderos, o por la candidez de los idealistas. Pero No pudimos hacer frente común y resistir.

La unidad no es firmar un acuerdo político de finalización de la Protesta Luterana. Eso es masificación, unificación.

La unidad nunca la puede dar un hombre por más que lo llamen infalible. La unidad la da el Espíritu Santo de Dios que siempre nos conducirá a toda verdad y a TODA DIVERSIDAD.

Volviendo a la canción de Violeta Parra “Es como descifrar signos sin ser sabio competente”. Son días tan difíciles en los que hay que hacer una doble lectura de todos los códigos que saturan las informaciones, enseñanzas y declaraciones. Sabemos implícitamente que somos ovejas, pero la astucia de la serpiente no nos debe faltar. Ese fue el sabio consejo Jesús antes de dejarnos. Quién no permitirá que seamos ni confundidos ni avergonzados.

 

(1)    Malaquías 4.5-6 (RV1960)
(2)    Ignacio de Loyola aplastando al Protestantismo.
(3)    Pisoteando a una mujer. De acuerdo a su juramento:
No perdonaré edad, sexo, ni condición a fin de exterminar a los protestantes.
(4)    El doble mansaje jesuita: Aureola en la cabeza y muerte en sus pies.

 

 

Mimi Agostino.
Educadora en la Región 5
Distrito de Alte. Brown
Directora y Representante Legal del Instituo Educativo Vida Cristiana del mismo distrito

 

 

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