CONSUMISMO O EL FIN DE LA FIESTA. Parte III

| 2 junio, 2014

La inevitable pregunta que viene después de abrir todos los paquetes y de usar todo lo descartable, empieza a sentirse en la iglesia. La verdad es que hay muy pocos que quieren hacerse cargo de esa parte. Todo lo descartable va a parar a la basura, ¿y dónde va a parar la basura?

La humanidad entera ya empieza a tomar conciencia que éste es un problema que no puede ignorar. Sin embargo, parece que la enseñanza acerca del cuidado ecológico del planeta no encuentra todavía muchos simpatizantes entre los cristianos. Se nota, más bien, una tendencia a aprovechar lo nuevo que está de moda sin preocuparse por el efecto que produce en quienes lo producen, ni en quienes lo consumen.

Al fin ellos también son descartables, como el resto de los productos. Predicadores, conferencistas, cantantes y músicos, administradores, organizadores, no es fácil encontrar quien se ocupe luego de los cansados, gastados, heridos, escépticos, ofendidos y abandonados dentro de la iglesia. Un participante cualquiera del movimiento consumista puede decir: “Ya fueron útiles, no me interesa como sigue su historia. No hay historia. Ellos me lo enseñaron así. Yo miro al futuro. Fueron.”

Y de parte de los espectadores ocurre otro tanto. Dejan de ser iglesia, de ser personas, y pasan a ser mercado, público, consumidores. Son los que pagan la fiesta, pero ¿quién se ocupa de ellos? Se los convoca, se los motiva, se les pide, se les vende. ¿Y después, cuando se escandalizan porque se sienten usados o estafados, quién va a curar esa herida? ¿Pasan también a ser descartables?

Dentro del espíritu del consumismo no hay lugar para los únicos, sólo para la masa productora y compradora. No hay planificación de mercado y de consumo para las personas con historia, sólo para los proyectos masivos a futuro. Tampoco hay salas de terapia intensiva para los que sucumbieron bajo el peso del show, que son los que cargaron el sistema sobre sus hombros, lo promovieron, lo vendieron, lo defendieron y hoy están fundidos y sin atención.

Sólo se piensa y se menciona la sala de neonatología, donde se exhiben los recién nacidos como las nuevas conquistas. Se aplauden los éxitos, la cantidad de nuevos convertidos, pero no hay permiso para llorar los fracasos, ni para confesar las confusiones. No hay honestidad suficiente para contabilizar las pérdidas.

La necesidad de mostrar corresponde al espíritu del consumismo. Aparecer, figurar, presentar algo deslumbrante, impactante, parecen ser a la vez objetivo y metodología.

En 1994 un pastor de la India me comentaba que ya hacía años que ellos habían decidido no hacer más campañas multitudinarias. En las últimas campañas que habían hecho, algunos de sus jóvenes habían sido agredidos por grupos opositores al cristianismo, incluso tiroteados, y tuvieron que lamentar algún muerto. Pero lo que más me sorprendió de su relato, fue que esos sucesos fueron de iluminación para los pastores respecto al peligro de mostrar o exhibir las multitudes como tesoros. El deseo de impactar o deslumbrar al mundo exhibiendo multitudes, que el mundo llegaría a codiciar, los hizo detenerse.

Al fin, son tesoros de Cristo, y no hay derecho a exhibirlos como propios. Hizo referencia al texto del profeta Isaías en su capítulo 39, donde cuenta que el rey Ezequías se dedicó a llenarse de orgullo, mostrándole a unos visitantes que venían de parte del rey de Babilonia todos sus tesoros y los tesoros del reino. El profeta lo reprendió por eso, y le dijo que todo lo que había mostrado iría a parar a Babilonia. Trágicamente eso resultó verdad.

Cuando el espíritu del consumismo se derrama sobre la iglesia, sin duda, sus obras no serán como las del Espíritu Santo. El consumismo es una ilusión devoradora y urgente, es capaz de sacrificar todo en el altar de la novedad y del rédito inmediato. Aparecer, dar que hablar, figurar, ése es su libreto.

En cambio el Espíritu es el Espíritu de Gracia (de gratis), que da vida guía y consuelo. No es urgente, es el Espíritu Eterno. No devora, vivifica. No es una ilusión, es poder de Dios para transformación. Creo que ya podríamos anunciar que el Espíritu de Gracia puede transformar las ruinas, que deja el consumismo, en casas para habitar. Él es el único que hace nuevas todas las cosas.

¿Estaremos hablando del reciclado? No, muchas cosas de la naturaleza pueden ser reutilizadas una vez que ya son inútiles para el propósito inicial, pero no los seres humanos. Los papeles pueden hacerse pasta nuevamente, las latas de gaseosa pueden ser aluminio otra vez, el polietileno se puede fundir para tomar otra forma y otro uso, pero las personas tienen su identidad y han formado su personalidad. Tienen historia, relaciones, proyectos, credos, sentimientos y cada uno tiene componentes particulares; ha modelado su carácter y ha sido modelado por su entorno de un modo estrictamente único. No hay reciclado para las personas, por tanto ¡cuidado!

Cuando nos referimos a los seres humanos, no hablamos de reciclado, reconocemos el valor de tu identidad y de tu historia. Nos atrevemos a pensar que para Dios tenés un valor único y que él tiene un papel único para que lo cumplas acabadamente.

Quizás estas consideraciones sirvan para que aprendamos a mirar curiosamente detrás de los telones, para ver cuál es el costo real de todas las novedades que nos ofrecen. Tal vez podemos captar algo de las motivaciones y de los métodos que se usan para que el circo siga funcionando. Seguramente, luego podremos mirar con nueva misericordia a muchos de los seres humanos que ya no son recibidos para actuar en el circo, pero tampoco pueden ser espectadores porque ya conocen todos los trucos y en lugar de divertirlos, el show los hiere. Me parece que las entradas están cada vez más caras y el espectáculo se aparta cada vez más del libreto original.

Vamos a anunciar la Gracia eterna. Proclamemos lo gratis con gran fidelidad al Evangelio de Jesucristo. Hagamos una convocatoria parecida a la de Isaías.

“Todos los que tengan sed, vengan a beber agua, los que no tengan dinero, vengan consigan trigo gratis, consigan vino y leche sin pagar nada. ¿Por qué dar dinero a cambio de lo que no es pan? ¿Por qué dar su salario por algo que no deja satisfecho?”.

 

Julio Cesar López
Pastor en Belgrano
Iglesia Presbiteriana San Andrés

 

 

 

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Categoria: Edición 10 | Estos tiempos, entrega 5, Reflexiones

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