MEJOR NO HABLAR DE CIERTAS COSAS…

| 2 junio, 2014

Tal vez muchas personas pensaban que la irrupción de este hombre en medio de la historia era el anuncio del “final de los tiempos”. Juan desafía a hablar de la realidad, a hablar de la vida, a enfrentar la realidad con todas sus contradicciones, sus luchas, sus muchas sombras pero también sus luces.

Hubo una época de nuestra historia en la que esta frase, popularizada por un grupo musical, era muy común: “mejor no hablar de ciertas cosas…”. Tal vez alguna vez la pronunciaste. Quizás yo mismo la pronuncié en algún momento. Porque hablar podía ser peligroso. Hablar podía comprometer. Hablar podía tener consecuencias. Hablar podía costar la vida. Era preferible el silencio, cómplice, permisivo. O, en todo caso, era mejor decir con indiferencia: “Por algo será…”.

Vivíamos en la época del “sálvese quien pueda” y, mientras no me pasara nada a mí, todo estaba bien, incluso que nos robaran la democracia, la libertad, los sueños, los seres queridos.

Tal vez por eso nuestro país es hoy conocido en el mundo por sus 30.000 desaparecidos.

Ese fue el precio que pagamos por “no hablar de ciertas cosas”.

“Mejor no hablar de ciertas cosas” decían algunos en los tiempos de Juan, el Bautista (ver Lucas 3:3-20).

Era una época en la que la gente no veía señales de Dios. Muchos judíos repetían, casi con resigna­ción, las palabras del salmista: “ya no vemos signos de ti, ni hay entre nosotros un profeta que nos diga hasta cuándo va a durar esto” (Salmo 74:9). Era realmente una época de cansada resignación. Y una persona resignada permite que todo suceda. A una persona resignada ya no le importa nada. Una persona que se resigna y baja los brazos termina siendo una caña que ondula con el viento, un títere, un muñeco.

En este tiempo en que se ubican nuestra historia bíblica, un personaje como Juan debe haber sido una sensación. Sin duda su actividad fue todo un acontecimiento. Gente de todas partes acudía a ver a este hombre extraño que hablaba con tanta dureza, que no tenía pelos en la lengua y que no ahorraba palabras para llamar a la gente a convertirse a Dios. Tal vez muchas personas pensaban que la irrupción de este hombre en medio de la historia era el anuncio del “final de los tiempos”. Separar la paja del trigo suena a juicio, ¿o no? Y cuando hablamos de juicio en nuestros espacios eclesiales, no pocas veces colocamos la idea de la justicia divina en un incierto espacio futuro. Como si la justicia de Dios no fuera una promesa para esta vida, para nuestro aquí y ahora.

En un tiempo de valores en decadencia y de ausencia de esperanza, Juan se levantó como la voz de la conciencia que invitaba a definir el rumbo de la vida, a tomar una opción, a elegir un camino, a hablar de las cosas que no se hablaban, a ver las cosas que no se querían ver y a escuchar las palabras que no se querían escuchar.

Juan predica sobre la transformación de la vida, sobre el juicio, habla de cortar, de quemar… Pero también habla de esperar, de preparar, de la salvación de Dios que viene y que todos podrán ver. Habla de algo nuevo que puede empezar si se empieza a compartir, si las personas están dispuestas a ser solidarias.

Juan, en aquella época, se animó a decir: “¡hay que hablar de ciertas cosas!”, porque sólo hablando de ellas podremos darnos cuenta de lo que Dios espera de nosotros y cuál es el camino por el que hay que seguirlo. ¿Cómo cambiar si nadie se anima a preguntar: “¿qué debemos hacer? ¿Cómo creer que algo nuevo es posible si la realidad se asume en estúpido silencio? Juan desafía a sus contemporáneos a hablar de la realidad, a hablar de la vida, a enfrentar la realidad con todas sus contradicciones, sus luchas, sus muchas sombras, pero también sus luces.

Y con ese mensaje, Juan preparó la venida de Jesús.

Cuando algunos lo esperaban seguros, resguardados en su honrosa reputación de hijos de Abraham, hijos legítimos de la mejor tradición religiosa (el mayor mérito de aquellos judíos), creyéndose así suficientemente buenos, sin necesidad de cambiar ni de pedir perdón, Juan dice que detrás de las apariencias pueden esconderse las peores cosas (“raza de víboras”), y que era necesario darle un vuelco a esa vida arrastrada que muchos vivían.

Cuando otros muchos lo esperaban por el lado del oportunismo, de la transa con el poder político de turno, callando a cambio de alguna prebenda, o cuando otros lo esperaban por el lado de una religión de cartón que no es más que un formalismo, Juan anuncia que el Mesías viene por el lado de los corazones dispuestos y que sólo allí se sentirá a gusto.

Cuando algunos pensaban que era posible matizar la espera viviendo una vida en la que todo era posible, en la que todo valía, Juan señala la necesidad de “transformarse”[i], de volverse a determinadas formas de vivir, a caminar en la luz de una esperanza diferente.

Cuando muchos, resignados y cansados, aburridos o desesperados, ya no lo esperaban más, él anuncia que el Mesías viene y que hay que preparar el camino para recibirlo.

Cuando algunos ya no creían en nada ni en nadie, cansados de sufrir, de luchar en vano, de esperar y ser defraudados, Juan les dice que es posible seguir creyendo y vivir con un sentido y ser coherentes aún en medio de las incoherencias. Juan les dice que Dios está llegando y que hay que estar listos…

Cuando algunos sostenían que la historia se terminaba, que el mundo estaba dando sus últimos suspiros, Juan dice que lo nuevo viene llegando.

Muchas personas en las comunidades de fe que acompaño pastoralmente, o a las que suelo visitar, afirman, como en tiempos de Juan, que ya no hay esperanzas, que los anuncios del “fin del mundo” se están cumpliendo, que las señales son indiscutibles. Y mientras las escucho, pienso y me pregunto: “¿no será que debemos empezar a hablar de ciertas cosas? ¿No será que no nos animamos a hablar de los temas con los que la realidad nos desafía? Cambio climático, agrotóxicos y transgénicos, injusticia económica del sistema capitalista neoliberal globalizado, trata de personas, modernas esclavitudes.” Claro que hablar nos compromete y nos pone en la situación de tener que hacer algo para que este mundo, que Dios ha creado con amor y que no quiere que termine, sea el mundo justo, bueno, solidario, inclusivo que Él nos sigue invitando a construir a partir de las enseñanzas del maestro nazareno.

Las palabras de Juan nos invitan a asumir una actitud comprometida y solidaria para con nuestra realidad. No podemos ni queremos ser como “caña que ondula al viento” (Mateo 11:7), cristianos y cristianas que viven vidas grises, opacas, nunca definidas, que se resisten a asumir los desafíos que los nuevos tiempos traen a la iglesia. Este tiempo convulsionado nos invita a honrar el amor inmenso que Dios nos tiene en Jesús “hablando de ciertas cosas”, hablando de la realidad dura que nos toca vivir, hablando de nuestras penas, del futuro que nos quieren hipotecar, de nuestras luchas por seguir creyendo, de nuestras cargas, de nuestras esperanzas, de nuestros sueños…

Una iglesia que quiera celebrar de verdad la existencia que nos ha sido regalada, debe poner sus ojos en la vida y debe animarse a denunciar la vida que no es vida y a anunciar que el milagro de Belén vino a transformar al mundo, poniendo justicia donde hay injusticia, perdón donde hay rencores, amor donde hay odio, paz donde hay guerras y violencia, vida donde hay muerte, luz donde hay oscuridad…

Tal vez, entonces, podamos celebrar en serio y cantar:

“En medio de la maraña del sinsentido,
en medio de la tristeza y del dolor,
cuando la noche parecía eterna
y la vida se nos quería morir,
se abrazaron el cielo y la tierra
y nació la Luz.”
(De la Cantata Navideña Latinoamericana “Nació la Luz”)
 

 


[i] Prefiero el uso del término “transformación” que el uso del término tan evangélico de “conversión”, ya que el mismo ha sido utilizado demasiadas veces para hacerle creer a las personas que deben abandonar absolutamente todo al conocer a Jesús y al hacerlo parte de su vida. De ese modo se han destruido culturas, historias, raíces… y se han incorporado valores propios de las culturas que traían al “evangelio” como excusa para sostener sus conquistas imperialistas.

 

 

Gerardo Oberman
Pastor de las Iglesias Reformadas en Argentina
 

 

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Categoria: Edición 10 | Estos tiempos, entrega 5, Teología del Sur

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