POTENCIAL Y ENERGIA

| 14 julio, 2014

¿Qué impulsó a David a desafiar a Goliat?

Todos estaremos de acuerdo en responder: la FE. Pero pienso luego y pregunto: ¿qué inspiró su ACCIÓN? e infiero el AMOR. Sí, era ese amor a su Dios viviente el que lo llevó al escenario de la batalla.

“La fe sin obras es muerta” dice Santiago y Costeau asevera “no existe el amor sino acciones de amor”. El amor sin acción es pura entelequia; una simple cáscara vacía y así la FE sin AMOR, se convierte en un “cuerpo sin alma” o en un “fuego sin calor”.

La FE dice “PUEDO” y el amor responde “QUIERO”. La fe exclama “ES POSIBLE” y el amor contesta “HAY QUE HACERLO”.

Solo cuando el amor es superior a la fe, es posible que ocurran milagros. El poder es la posibilidad latente pero, el amor es la energía vital.

“¿Quién es este Filisteo incircunciso para desafiar a los escuadrones del Dios viviente?” gritó David, cuando se paró frente a Goliat. Otra vez entonces surge la pregunta: ¿qué empujó a David a pararse frente a un gigante que aterrorizaba a todo un ejército?

No, no fueron sus ambiciones de gloria, el valor de las dotes ofrecidas ni el inminente prestigio militar. Su real motivación era el amor hacia los escuadrones y al Dios viviente a quien servían. De no ser por eso, David hubiera “recibido su jubilación” como pastor de ovejas, en medio de hermosas notas del arpa y con todo su potencial adormecido en los campos de Israel.

No podré olvidar jamás al niño aquel que, en medio de una plaza céntrica y rodeado por cientos de personas que disfrutaban un día primaveral, inhalaba “Poxiram” en una bolsita de plástico, tranquilamente, ignorado por todos. La gente sentada en la verde alfombra sabía y podía enfrentar aquel drama de un pequeño de 12 años pero… no sentía.

No estaba para ellos visible el gigante de la agonía precoz. No había en aquella plaza, plagada de flores y monumentos, una amenaza que movilizara a la acción.

Si bien existía un niño acorralado por la muerte y también, como Israel frente a los filisteos, había un escenario de lucha por la subsistencia y la espada se blandiera implacable sobre la cabeza de un inocente, la trama de una batalla no era posible. Si no hay amor, no existen razones para la lucha porque no existe nadie a quien defender, no veremos a nadie por quien pelear.

Aunque la muerte y la agonía de los otros nos circunde. Aún si el grito o el clamor del dolor ajeno nos estallan en los oídos, si no “ocupamos la escena” y nos ponemos en la piel de los que sufren, jamás un hálito de energía moverá nuestros miembros adormecidos.

Necesitamos un Goliat que nos desafíe. Dependemos de un “gigante” que se anime a amenazar aquello que amamos para así salir a escena y liberar nuestros dones y nuestras fuerzas.

Es necesario que nos alejemos de nuestra vida rutinaria y responsabilidades cotidianas para asumir nuevos compromisos y salvar a aquellos que más queremos. Solo hace falta desperezarnos, erguirnos e ir al campo de batalla donde se define la suerte de los que más amamos. Allí sí, se librará nuestro real destino y sólo en ese lugar, podremos saborear la gloria de una vida triunfante.

 

Alfonso González
Lic. en Comunicación Social, Universidad Nacional de La Plata.
Profesor de Postgrado en Universidad CAECE de Capital Federal.
Instructor Gubernamental de la Provincia de Buenos Aires.
Especialización postuniversitaria en “Gestión Pública” de la Universidad Nacional de Tres de Febrero.

 

 

 

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