UNOS Y OTROS II. PERDONANDOOS UNOS A OTROS

| 21 julio, 2014

Efesios 4:32: “Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo”.

Perdonar: Carizomai (gr) Otorgar un favor en forma incondicional, se utiliza del perdón divino o humano, conceder, dar.

El apóstol Pablo le contó a los Efesios en su carta todas las bendiciones que tenían a su favor de parte de Dios: que eran santos, dichosos, elegidos, aceptos, limpios, sellados, salvos, que eran el cuerpo de Cristo y miembros los unos de los otros; que tenían una función útil e importante cada uno de ellos, y que la diversidad era para realizar mejor el trabajo.

Que había en ellos un hombre nuevo, que era totalmente diferente al primero que llevaban antes en su interior, porque aquel viejo hombre estaba muerto en delitos y pecados, pero por amor, Jesús le dio vida creando un nuevo ser con su naturaleza, para que vivan como Él lo hizo en la tierra.

Cristo otorgó ese favor incondicional cuando ni ellos ni nosotros merecíamos recibirlo, no lo hizo por obligación, sino por elección, y pasó por alto nuestras ofensas, abolió las enemistades y nos dio el ejemplo: ofreció todo para mostrar su gloria a este mundo a través de Él y de sus hijos.

Pero en ocasiones parece ser que aquel cuerpo muerto que arrastramos, como en una película de suspenso y terror, quiere volver a nuestra vida, y el comportamiento comienza a ser distinto: De pronto nos encontramos alegres porque aquella persona que nos lastimó la está pasando mal, nos da enojo porque tal persona prospera y no podemos “perdonarle el éxito”, descubrimos que en vez de tener compasión por las miserias del otro más bien nos sentimos animados, porque en contraste con él, nos sentimos mejores.

Otro día revisando nuestra memoria encontramos a alguien que hace años encerramos en el cofre de nuestro corazón con un título que dice: “no me olvido de lo que me hiciste” y por eso ahí te vas a quedar.

En otra oportunidad contando anécdotas cierto nombre pasa por nuestra boca y se nos queda hecho un nudo en la garganta, entonces decidimos que ni siquiera es digno de ser apresado al lado del anterior, a este es mejor ignorarlo como si estuviera muerto. Es que estamos enojados, porque a nuestro criterio no era un novato, que no sabía lo que hacía cuando nos rompió el corazón, él o ella eran conscientes y por eso “tenemos derecho” a expresarle una mirada que lo corte en pedazos, a saludarle despectivamente, a cruzarnos de vereda simulando no verle cuando se dirige a nosotros, a dejarlo fuera del círculo de amigos.

Ello aunque internamente sabemos que es nuestro hermano, que vamos a pasar la eternidad juntos, pero “quizás” para entonces ya seamos semejantes al maestro allá en el cielo, y no nos pese tanto tenerlo/a en la misma mesa.

Es que ese viejo hombre es un tirano, aunque a veces pensamos que tiene razones para comportarse como tal, porque lo han despertado de su sueño, alguno lo ha provocado a ira, y ahora tendrá que asumir las consecuencias. Y mientras los días van pasando, una mañana cualquiera nos presentamos delante del maestro con la oración modelo, hágase tu voluntad aquí en la tierra como se hace en el cielo, en esta tierra que soy yo señor, porque soy barro en tus manos… y proseguimos reflexionando a corazón abierto, perdona mis deudas, así como yo perdono a los que me ofenden, pero de golpe nuestros oídos son abiertos y una dulce voz susurra claramente: “Porque si no perdonas a los hombres sus ofensas, tampoco tu padre te perdonará las tuyas”.

Entonces aquel nuevo hombre está de rodillas ante Dios y de pie ante “el viejo intruso”, con el arma más poderosa que puede tener, la decisión, y él puede elegir el ejemplo de Jesús y perdonar en la cruz a quien le ha ofendido, dejando morir por fin a aquel fantasma. O puede bajarse de la cruz donde ha sido llevado y salir caminando independiente de la voluntad de Dios y seguir respirando en este mundo, pero con destino peligroso.

El apóstol Pablo dijo, inspirado por el Señor: “Sean bondadosos, compadézcanse de las miserias ajenas, perdónense los unos a los otros, de la misma manera que Dios los perdonó a ustedes a través de Jesús, quién dijo también: Perdonen y serán perdonados”.

Mientras se diga hoy, estamos a tiempo de otorgar aquel favor incondicional, conceder el perdón dejando libres a los presos de nuestro corazón, y de estar en paz con Dios y con los hombres. Después de todo nosotros tampoco merecíamos ser salvos y, sin embargo, acá estamos gozosos de serlo.

 

Edit Alvarez
Graduada del Instituto Bíblico Rio de la Plata
Fundadora Iglesia “Sueño de Dios”
Fundadora del movimiento “Buscarte” (Evangelismo dentro de las escuelas)
Apertura del Anexo Centro Cristiano Maranata El Jagüel
Profesora de vocalización

 

 

 

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Categoria: BIBLIA, Edición 11 | Distracciones Riesgosas, entrega 2, Teología

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