UNOS Y OTROS III. AMOR EN TIEMPOS DE CÓLERA

| 28 julio, 2014

Hemos dicho por mucho tiempo que “la iglesia NO es un club social”, preocupados porque los jóvenes asistan a los templos con la única finalidad de hacer amigos, olvidando así poner atención en la búsqueda de Dios. Sin lugar a dudas Dios debe ser nuestra prioridad, pero eso no deja a un lado la insistencia del apóstol Pablo en comparar a la Iglesia de Jesucristo con un cuerpo de quien Él es la cabeza, enseñándonos así la importancia de la comunión entre los hermanos.

Bien tenemos presente las múltiples enseñanzas en el Nuevo Testamento acerca de amarnos unos a otros, orar unos por otros, exhortarnos unos a otros. No obstante, el planteo que el apóstol Pablo hace en Romanos 12:5[i], añade un desafío aún mayor al decir que, siendo un cuerpo en Jesucristo, somos “miembros los unos de los otros”. Este desafío trasciende de la idea de HACER algo en relación al otro, al ámbito del SER.

Generalmente, la comparación Iglesia/Cuerpo es utilizada para hablar de la función de los miembros en el cuerpo y de cómo cada uno es indispensable con los diversos dones que el Espíritu Santo reparte conforme a la gracia inmerecida de nuestro Señor; pero este pensamiento de ser miembros los unos de los otros no tiene tanto que ver con la idea de nuestro servicio en el cuerpo sino con el ser parte de él.

Al decir de muchos sociólogos, estamos viviendo en la era del Posmodernismo. El individualismo es la característica que predomina. El deseo incontenible de lo inmediato exacerba el egoísmo. La indiferencia es pan de cada día. Así, se potencia la incapacidad de pensar en el otro, a menos que ese otro sea útil para la consecución de los fines personales.

Todas estas características de la sociedad en la que estamos inmersos hoy como Iglesia, están en las antípodas de lo que conlleva la propuesta de Pablo de ser miembros los unos de los otros. El ser miembros unos de otros es, como leemos en 1era Corintios[ii], dolernos cuando otro miembro se duele y gozarnos cuando un miembro recibe honra. La única manera en que podremos dolernos o gozarnos con un hermano es estando tan cerca suyo que nos identifiquemos con él, es decir, empaticemos.

Ser miembro es ser parte. Es relación. Es escuchar, pero involucrándose. Es preguntar a cada hermano que se sienta el domingo a nuestro lado, qué está pasando en su vida y orar por él. Es poder tener una relación con quienes nos acompañan en el ministerio, que vaya más allá de la tarea que realizamos. Y aún más, porque ser miembro de nuestros hermanos, trasciende el encuentro semanal en los diversos servicios, puesto que somos inescindibles los unos de los otros.

En un tiempo en donde la sociedad nos impulsa a ser indiferentes con el otro, tenemos la responsabilidad -como líderes y pastores de la Iglesia de hoy- de guiarla en dirección opuesta. Está en nuestras manos la tarea de recordar a los creyentes -y cuánto más a nosotros mismos- que cada uno es miembro del resto de sus hermanos. No desaprovechemos la oportunidad de enseñar a quienes están bajo nuestro cuidado que los miembros de un cuerpo son tan unidos que dependen los unos de los otros; pues si las arterias no llevaran el oxígeno hasta nuestras extremidades, la mano no tendría vida. Por esto, debemos alentarnos mutuamente a entregarnos unos a otros en amor, pues esta es la deuda que tenemos unos para con otros[iii].

¡Gloria al Padre que da el crecimiento![iv] Y por esto tenemos confianza en que si nos asimos de la Cabeza, que es Cristo, todo el cuerpo nutriéndose y uniéndose en sus coyunturas y ligamentos, crece así con el crecimiento que Dios da[v]. En la medida en que seamos parte los unos de los otros, vamos a poder crecer como miembros pero también como Cuerpo. Si los miembros de la Iglesia son verdaderamente dependientes y arraigados los unos a los otros, la Iglesia como Cuerpo será fuerte y saludable. Como bien dijo Aristóteles en su Metafísica, “el todo es más que la suma de las partes”.

 



[i] Romanos 12:4-5 Porque de la manera que en un cuerpo tenemos muchos miembros, pero no todos los miembros tienen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de los otros.
[ii] 1 Corintios 12:26 De manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan.
[iii] Romanos 13:8 No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros; porque el que ama al prójimo, ha cumplido la ley
[iv] 1 Corintios 3:6 Así que ni el que plante ni el que riega es algo, sino Dios, que da el crecimiento.
[v] Colosenses 2:19 y no asiéndose de la Cabeza, en virtud de quien todo el cuerpo, nutriéndose y uniéndose por las coyunturas y ligamentos, crece con el crecimiento que da Dios.
 
 

Alexa Yanel Singh
Graduada del Instituto Bíblico Río de la Plata
Estudiante de Derecho, Universidad de Buenos Aires.
Actualmente, es parte del ministerio a los adolescentes en la Iglesia Avance Cristiano (UAD).
Anteriormente, ha colaborado en el ministerio de Jóvenes de su Iglesia y disertado en distintos eventos en relación a las Subculturas Juveniles

 

 

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Categoria: BIBLIA, Edición 11 | Distracciones Riesgosas, entrega 3, Teología

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