LA VERSION ORIGINAL

| 29 septiembre, 2014

Hace algún tiempo, Mario Chaves, un integrante de nuestra congregación, predicó en el culto y lo hizo basándose en el Salmo 23, el del buen pastor. Como es característico de Mario cuando le toca exponer la Palabra, más allá de la preparación del sermón, siempre termina reflejando su alma, algo que es una bendición adicional.

Por otro lado, ¿quién no se siente con la necesidad de exponer su alma frente al Salmo 23? Si hay un pasaje en La Biblia que nos lleva a abrir el corazón, es ese.

Muchísimos cristianos de todas las edades lo han aprendido de memoria y no dudo en aconsejarle que aprenda un versículo por día, de lunes a sábado, y el domingo usted lo podrá recitar de memoria.

De tanto en tanto, cuando esté viajando, o en un momento de espera en algún lugar, podrá recitar en su cabeza este Salmo y volver a ser bendecido. Conozco personas que lo aprendieron y, por ejemplo, antes de operarse, mientras estaban en la antesala del quirófano con el temor que siempre se experimenta en esos casos, se fortalecieron recitando en voz alta o, sólo para sus adentros, el Salmo 23.

Hace relativamente poco tiempo fue llamada a la gloria una hermana, esposa de un diácono cuando yo era joven y estaba en la Iglesia del barrio de Coghlan. Con los años y, ya viuda, ella se congregó con nosotros por varias décadas en la iglesia que me toca pastorear. Estaba absolutamente sola y durante su internación fui a visitarla diariamente. El día anterior a su partida a las mansiones celestiales, ya no hablaba, solo miraba. Me acerqué y le dije: “Olga, ¿te acordás del Salmo 23?”, me hizo una seña afirmativa con la cabeza, “bueno” -le dije- “antes de irme, lo voy a recitar y vos seguilo en tu cabeza y corazón”, su rostro denotaba la satisfacción mientras lo iba diciendo y allá en su intimidad ella lo seguía. Fue su último contacto humano, antes de ser llevada por los ángeles a la presencia del Señor.

Son muchas más las vivencias de gente de todos los tiempos que tuvieron experiencias maravillosas al abrir este cántico.

Creo que toda la Escritura es de inspiración divina. Así lo dice por otro lado la misma Biblia. Pero es evidente que hay pasajes que más allá de estar en el mismo nivel de inspiración que los demás, son descollantes, de un valor incalculable, y no tengo la menor duda que el Salmo 23 es uno de ellos, de muy gran predilección en el pueblo de Dios.

Su muestra del cuidado del Señor sobre nosotros, y la tierna comparación de esta realidad con la que tenía un pastor cuidando las ovejas, un animal totalmente indefenso que depende de la protección completa, nos hacen sentir la seguridad que Dios nos otorga. Una seguridad que no sólo atañe al cuidado personal, sino que trasciende hasta depositar nuestra vida en su misma presencia en las moradas eternas.

Mientras Mario predicaba se me ocurrió algo, que por habérseme ocurrido a mí, usted lo puede aceptar o desechar ya que no es algo que esté escrito en La Biblia. Es una opinión personal con la que se puede estar de acuerdo a no. Y esa idea que me sobrevino es que en el Cielo, en algunos de los tantos momentos de adoración que tendremos al Señor de gloria, escucharemos alguna vez la versión original del Salmo 23.

Quizás en la llegada al Cielo tras el arrebatamiento, o en la cena por las Bodas del Cordero, o cuando sea. Habrá una eternidad para ello.

Por un momento se me ocurrió que el rey David, descripto en 2da Samuel 23:1 como el «dulce cantor de Israel» se ponga de pie, y con la misma unción con que compuso y cantó a solas en las montañas de la Tierra Santa el Salmo que se registró luego en el Canon Sagrado con el número 23, lo entone para todos los redimidos. Acompañado por su arpa, y seguramente por el fervor y devoción de todos, ante la mirada tierna y complaciente del Redentor.

La música no me la imagino, ya que durante mi vida escuché tantas versiones como estilos musicales existen, pero lo que sí sé es que la letra dirá:

Jehová es mi pastor; nada me faltará.
En lugares de delicados pastos me hará descansar;
Junto a aguas de reposo me pastoreará.
Confortará mi alma;
Me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre.
Aunque ande en valle de sombra de muerte,
No temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo;
Tu vara y tu cayado me infundirán aliento.
Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores;
Unges mi cabeza con aceite; mi copa está rebosando.
Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida,
Y en la casa de Jehová moraré por largos días.
 


 
  

Rodolfo Polignano
Pastor en el barrio de Colegiales de la Ciudad de Buenos Aires
Unión de las Asambleas de Dios
Profesor del Instituto Bíblico Río de la Plata durante 30 años
Escritor y maestro se especializa en Homilética
Bajo su ministerio pastoral se levantaron 12 nuevas congregaciones
Sirvió muchos años como presidente de Evangelismo de la Unión de las Asambleas de Dios

 

 

 

 

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Categoria: Arte, CULTURA, Edición 12 | Iglesia y Política, entrega 5

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