ORACIONES DE SIERVOS DE DIOS IV. JOB, Dios grita en nuestros dolores.

| 29 septiembre, 2014

Los silencios de Dios no siempre deben ser considerados como negativos y sus pensamientos acerca de nuestra identidad muchas veces difieren de la visión que otras personas puedan tener de nosotros.

Job respondió entonces al SEÑOR. Le dijo: «Yo sé bien que tú lo puedes todo, que no es posible frustrar ninguno de tus planes. “¿Quién es éste —has preguntado—, que sin conocimiento oscurece mi consejo?”

Reconozco que he hablado de cosas que no alcanzo a comprender, de cosas demasiado maravillosas que me son desconocidas. Ahora escúchame, que voy a hablar —dijiste—; yo te cuestionaré, y tú me responderás.

De oídas había oído hablar de ti, pero ahora te veo con mis propios ojos. Por tanto, me retracto de lo que he dicho, y me arrepiento en polvo y ceniza.» Job 42:1-6 (Nueva Versión Internacional)

Entendemos que la oración es un momento de comunión con nuestro Señor, en el cual podemos mantener una conversación con Él, agradecerle, pedirle alguna cosa en particular, etc. Pero en el libro de Job encontramos un tipo peculiar de oración, podemos ver en Job a un hombre exponiendo su caso delante de Dios.

En los versículos citados se refleja la resolución del conflicto de Job, el momento en el cual “sus ojos fueron abiertos” a la condición en la que se encontraba, pero debemos tener en cuenta que para llegar a esta etapa debió pasar algunas situaciones en las cuales fue expresando y exponiendo su problemática ante Dios.

Job vio su integridad cuestionada por las tragedias sobrevenidas en su vida de manera repentina: la pérdida de sus bienes, la muerte de sus hijos y su propia enfermedad.

El período donde se ubica este personaje está regido por un tipo de pensamiento “retribucionista”, en el cual la justicia de un hombre se medía por las bendiciones en las que vivía y, de lo contrario, se lo veía culturalmente como un hombre injusto que merecidamente sufría su condición.

La reacción de Job ante el inesperado escenario en el que se encontraba se ve manifestada en una serie de discursos en los cuales expresa su dolor ante el infortunio, responde a las acusaciones sobre su persona y de manera indirecta cuestiona a Dios acerca del motivo de su desdicha.

Para nuestro asombro, la actitud visible de Dios ante los reclamos de Job fue mantenerse en total silencio mientras se sucedían las acusaciones de sus tres amigos; pero no debemos olvidar que el primero en afirmar la solidez de la integridad de Job fue Dios mismo ante las acusaciones de Satanás en el capítulo primero. Esto nos demuestra que los silencios de Dios no siempre deben ser considerados como negativos y que sus pensamientos acerca de nuestra identidad muchas veces difieren de la visión que otras personas puedan tener de nosotros.

En el punto cúlmine de su lamento, luego de la aparición de Eliú, el cuarto personaje que surge en escena, quien pretende “defender” a Dios con argumentos veraces pero inoportunos, se presenta la respuesta de Dios: respuesta que enuncia a través de preguntas que dejan perplejo a Job. Dios se revela confrontando a nuestro personaje con su soberanía en contraste con la condición ínfima de Job. Ante esto, la oración que tiene Job es la citada al principio, en la cual reconoce la supremacía de Dios y el escaso conocimiento que tenía acerca de Él.

Podemos observar cómo Job conoce a Dios, a través de su sufrimiento, como un Dios soberano, abogado e intercesor y, aunque por algún momento pareció no estar allí, comprobamos que Dios gritaba en el dolor de Job dándose a conocer desde su soberanía.

En este conocimiento que Job logra acerca de Dios, encuentra que no hay nada comparable a la relación que pueda tener con Él y, al haberla logrado, Job es rico aunque no posea nada.

Nuestro personaje halla tal seguridad en Dios que no encuentra la necesidad ni el deseo de volver a cuestionarlo.

Luego de haber vivido la experiencia de perderlo todo sin razón aparente y de ser juzgado, incluso por sus más allegados, sin motivo alguno, el protagonista de este relato nos enseña finalmente que la verdadera respuesta a la oración no siempre se manifiesta en la forma y el momento en el que esperamos, sino que Dios está más interesado en darse a conocer que en contestar nuestras peticiones.

De esta forma, tal y como lo expresaría más adelante nuestro Maestro, nuestra mirada y nuestra oración deben estar dirigidas hacia el lugar correcto, hacia la única meta realmente verdadera, hacia el conocimiento de la Verdad.

“Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas.” (Mateo 6:33)

 

Florencia Mendez
Graduada del Instituto Bíblico Río de la Plata
Estudiante de Psicología, Universidad de Buenos Aires.
Colabora actualmente en la Iglesia Cristiana Resplandecer, en la localidad de Temperley, provincia de Buenos Aires.

 

 

 

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Categoria: BIBLIA, Edición 12 | Iglesia y Política, entrega 5, Teología

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