EL CORAZÓN DE LA POLÍTICA

| 27 octubre, 2014

Si tenemos que caracterizar nuestra época, y distinguirla de otras anteriores, seguramente vamos a encontrar que individualismo y fuga son dos rasgos que van a aparecer casi en cualquier lista seria.

Pareciera que desde el renacimiento hasta hoy, el ser humano, despojado de sus dioses y exaltado sin oposición, queda como una necesidad o un corolario también condenado a su asilamiento. Las comunidades se deshacen por la potencia de una filosofía de vida que hace que el individuo reclame satisfacción y delire omnipotencia y, cada vez, soporte menos a sus congéneres. La debilidad, la pobreza, el fracaso y la enfermedad no tienen lugar dentro de esa filosofía. Pero la omnipotencia no se corresponde a nuestra verdadera condición humana, y la vida se vuelve imposible de sostener.

La fuga, el escapismo, aparece entonces casi irresistible. Mística o química, esa fuga caracteriza nuestros días. Lo insoportable debe cesar por un rato para dar un respiro al agobiado ser humano que no alcanza sus sueños ni tolera sus dolores.

La acción política puede enmarcarse como balanceadora de esta imagen. Podemos decir que también tiene ese rasgo de inconformidad y busca entonces transformar la realidad en lugar de proponer la fuga y, por su misma naturaleza, considera a los individuos dentro de los grupos, es necesariamente solidaria.

La consideración total del ser humano, con sus grandezas y sus debilidades y vilezas, hacen que el individuo no sea devorado por la maquinaria del proyecto, ni que el proyecto sea imposible porque los individuos se volvieron imposibles de aglutinar tras un propósito que valga la pena.

La política esencial tiene una mirada desafiante de la realidad, a la que le va imponiendo utopías que la realidad resiste. Pero la historia de las conquistas sociales es una exhibición de la poderosa capacidad del hombre para la acción común. Cuando se enfrenta la dificultad en lugar de fugarse de ella y cuando se coordinan esfuerzos, en lugar de aislarse, entonces -siempre a un costo enorme- podemos conquistar mejores modos de vida, más justos y dignos de ser vividos.

Hablar de política desde el lugar de la utopía solidaria es el único encuadre posible para cambiar las actitudes de espanto que se siembran respecto a este tema. Casi todo lo que nos hacen oír respecto a la política es lo sucia y corrupta que es. Tal vez logren así desanimar para siempre a los que pueden llenarla del imprescindible idealismo que la sustenta y perpetúen en el poder a los peores. Si ese es el caso, se hace necesaria una rebelión interior que, ni ingenua ni maligna, sirva para callar a los voceros de la desesperanza para animarnos a invertir en política nuestras ideas, nuestros esfuerzos y nuestro buen nombre y fama.

 

Julio César López
Pastor en Belgrano
Iglesia Presbiteriana San Andrés

 

 

 

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Categoria: Edición 12 | Iglesia y Política, entrega 9, Reflexiones

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