LA REFORMA PROTESTANTE HOY. Parte II

| 17 noviembre, 2014

Una visión más amplia y una contextualización

La Reforma fue un gran encuentro con Dios. A 497 años que Martín Lutero clavara las 95 tesis en el portal de la Catedral de Wittenberg es sano hacer una comparación entre la iglesia actual y los principios protestantes. Continuamos con esta entrega en partes.

  1. Sola gratia

Karl Barth ha repetido muchas veces que las dos palabras más importantes para la teología son “gracia” (jaris) y “gratitud (eujaristia). El Catecismo de Heidelberg comienza formulando las tres cosas más importantes que el niño debe saber: “Cuán grande es mi pecado, cuán grande es la gracia de Dios, y cuán grande debe ser mi gratitud a Dios”. La Reforma transformó la idea tradicional de la gracia de Dios como una fuerza moral impartida en el bautismo (gratia infusa), en un concepto personal, del amor con que Dios nos acepta sin ningún mérito de parte nuestra, y le dieron un lugar central en su teología de la gracia y la fe personal. Pero esa misma gracia era exigente de frutos de justicia (Efesios 2:8-10). No era la gracia barata del “evangelio de ofertas” que se predica hoy.

En muchos círculos evangélicos hoy existe de facto una doctrina de salvación por las obras. Entre los viejos fundamentalistas uno era “salvo” cuando dejaba de fumar, tomar cerveza e ir al cine. En la actualidad, algunas iglesias se especializan en maldiciones y anuncian que si uno no diezma, sus finanzas, y hasta su vida, serán malditas pero si ofrendan bien todo será bendición. Bien se ha observado que los diezmos y los “pactos” son las indulgencias del siglo XXI.

 

III. Sola fide

Casi todos saben que los Reformadores enseñaron la justificación por la gracia mediante la fe, pero pocos se dan cuenta que transformaron el concepto de fe, devolviéndole su sentido bíblico. Recuerdo que cuando estuve aprendiendo el español compré el “Manual de Religión” que los colegios costarricenses empleaban como texto. Ese Manual definía la fe como “tener por cierto lo que dice la santa madre iglesia”. Para los Reformadores, la fe es entrega a Cristo y confianza en Él (fides est fiducia, otra consigna histórica). Para ellos, la fe sin obras es muerta. Según Calvino, “todo conocimiento verdadero de Dios nace de obediencia”. Ahí está la diferencia importante entre la fe y el fideísmo.

Hoy en día muchas iglesias “evangélicas” confunden la fe con la ortodoxia y predican de hecho una salvación por ortodoxia. Para ellos, la fe consiste en decir Amén a lo que dice el pastor, en vez de ser discípulo radical de Jesucristo en todas las esferas de la vida (eclesial, social, económica, política etc). Por eso, en esas congregaciones discrepar de la opinión del pastor es el pecado de murmuración, que trae maldición.

La iglesia hoy debe preguntarse si está formando verdaderos discípulos o si está llenando los templos de gente que dice “Señor, señor” pero que no hace la voluntad del Padre (Mateo 7:21-23)

 

  1. La libertad cristiana

Son muy conocidas las tres consignas que ya hemos analizado, pero las cuatro que quedan son olvidadas las más de las veces. Para comenzar, se olvida que, frente a mucha tradición medieval, los Reformadores eran pioneros de una nueva libertad.

Hace unos años el recordado filósofo costarricense, Roberto Murillo, publicó un artículo muy interesante sobre el aporte de Lutero a las libertades modernas. Para José Martí, héroe cubano, “todo amante de la libertad debe colgar un retrato de Martín Lutero en la pared de su cuarto”.

En el siglo XVI Europa vivía una crisis de autoridad después del fin de la edad media, cuando mandaban a fin de cuentas el Papa y el Sacro emperador romano. En esa coyuntura el programa teológico de la Reforma era una agenda profundamente liberadora. La justificación por la gracia mediante la fe significaba una liberación del legalismo. La sola scriptura liberó a la iglesia del autoritarismo dogmático, el sacerdocio universal del clericalismo, el semper reformanda nos libera del tradicionalismo estático y el soli deo gloria del culto a la personalidad.

Hoy día algunas iglesias se están volviendo más autoritarias que nunca. Aunque el viejo legalismo ha perdido fuerza, el principal legalismo ahora es el diezmo. He sabido de iglesias que amenazan con maldición a los que no diezman. En esa salvación por obras, la salvación se gana o se pierde en la hora de la ofrenda. He sabido de otras iglesias donde el pastor quiere controlar toda la vida de los fieles: ¡no se permite ni enamorarse sin el visto bueno del pastor!

Con el movimiento de “apóstoles” y “profetas” el autoritarismo llega a niveles sin precedente. Aunque San Pablo nos manda examinar y juzgar las profecías (1ª Tesalonicenses 5:19-21; 1ª Corintios 14:29-32), estos profetas pontifican con una cara seria que dice, “que nadie se atreva a cuestionar mi palabra profética”. Por su parte, más de un “apóstol” se permite emitir alguna “declaración apostólica” con la falsa autoridad que presumen tener.

Aquí va también un problema de sola scriptura, de fidelidad bíblica. A menudo han dicho que una “palabra profética” tiene más autoridad que una enseñanza bíblica. Apelan también a la falsa distinción entre logos (palabra bíblica, general) y rhema (palabra profética específica, según ellos), con desprecio de la palabra inspirada como mero logos. De esta manera establecen autoridades paralelas a las escrituras, de forma parecida a los mormones, los Testigos de Jehová y otras sectas.

 

Juan stam nueva

Juan Stam
Misionero en Costa Rica por más de 45 años.
Doctor en Teología por la Universidad de Basilea, Suiza.
Profesor, por muchos años, del Seminario Bíblico Latinoamericano.
Escritor, autor de varios libros y artículos.

 

 

 

 

Cordialmente es la expresión de PASTORESxlaGENTE que, fiel a sus principios, no procura fijar conceptos únicos, sino que busca expresar la diversidad en la pluralidad que caracteriza al movimiento evangélico.

Las notas publicadas en esta edición digital reflejan la opinión particular de los autores.

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Categoria: BIBLIA, Edición 13 | Eclesiología, entrega 2, Teología

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