LA “ECLESIOLOGÍA” DE JESÚS

| 24 noviembre, 2014

Una reflexión sobre Mateo 23:1-12 y Juan 8:32, 36

Jesús nos libera del temor y nos capacita para amar a Dios desde una nueva perspectiva. La del hijo, la hija, que ha sido recibida en el hogar del Padre por puro amor.

En aquel tiempo Jesús dijo a la multitud y a sus discípulos: “Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés; ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo. Todo lo hacen para que los vean: agrandan las filacterias y alargan los flecos de sus mantos; les gusta ocupar los primeros puestos en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, ser saludados en las plazas y oírse llamar ‘mi maestro’ por la gente. En cuanto a ustedes, no se hagan llamar ‘maestro’, porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos y hermanas. A nadie en el mundo llamen ‘padre’, porque no tienen sino uno, el Padre celestial. No se dejen llamar tampoco ‘doctores’, porque sólo tienen un Doctor, que es el Mesías. Que el más grande de entre ustedes se haga servidor de los otros, porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado”.

“Si ustedes permanecen fieles a mi palabra, serán verdaderamente mis discípulos: conocerán la verdad y la verdad los hará libres…si el Hijo los libera, ustedes serán realmente libres”.

En toda la historia del pueblo de Dios, él se manifiesta como el Dios de la libertad. Frente al poder del faraón y los ídolos de Egipto Dios es el Dios que libera a su pueblo en la Pascua del Éxodo. Dios es el que llama a la libertad a través de los profetas y con la proclamación de la Buena Noticia, el Evangelio, Jesús pone en marcha un proceso de liberación que debe conducir a los seres humanos a ser verdaderamente libres, tanto individual como colectivamente.

El apóstol Pablo compara este proceso con el del crecimiento humano y dice que la fe en Jesús nos hace hijos adultos de Dios y como tales nos hace también totalmente libres (1). Esto significa que los que han aceptado la Buena Noticia de Cristo y han abierto su mente a una renovación, a un cambio, son capaces de discernir por sí mismos “lo que es voluntad de Dios, lo bueno, lo conveniente, lo que es completo” (2).

El dominio ejercido por los dirigentes sobre la gente sencilla hacía imposible este crecimiento, esta liberación. Los dirigentes, incluyendo los maestros religiosos, querían mantener al pueblo en una permanente inmadurez para poder tener dominio sobre ellos.

Jesús quiere que los seres humanos seamos libres no sólo de las cadenas externas con las que otros seres humanos nos pueden arrebatar la libertad, sino también de cualquier tipo de dominio interior; quiere que seamos dueños de nuestra vida, inteligencia, voluntad, conciencia. En este proceso que conduce a la verdadera libertad de los hijos e hijas de Dios, se hace necesario desenmascarar todo falso liderazgo espiritual.

Los líderes religiosos del tiempo de Jesús están usurpando un lugar que no les corresponde: “la cátedra de Moisés”. Moisés, por encargo del Señor, se había puesto a la cabeza de un movimiento de liberación, había guiado al pueblo desde la esclavitud a la libertad para servir al Dios vivo y verdadero. Los maestros religiosos del tiempo de Jesús pretendían ser los únicos y verdaderos intérpretes de Moisés y de Dios mismo para someter al pueblo y mantenerlo reducido a una permanente servidumbre. Al mismo tiempo eran la imagen del refrán que dice que “una cosa es decir y otra cosa es hacer” (como decimos en criollo: “haz lo que yo digo y no lo que yo hago”). Imponían lo que ellos estaban lejos de cumplir.

“Hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen.” La frase de Jesús es irónica. No está aprobando la doctrina legalista y fundamentalista de los líderes religiosos; Jesús ya ha criticado muchas otras veces su doctrina y en este mismo discurso volverá a hacerlo y en forma muy dura (3). Lo que Jesús está diciendo es que ni ellos mismos se creen lo que dicen, porque si se lo creyeran, por lo menos intentarían ponerlo en práctica.

Por el contrario, “atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo”. Lo peor de todo, en el terreno de lo religioso, es la manera de mostrar a Dios como el Dios castigador (significativamente castigador de los “pecados morales” de los más empobrecidos y marginalizados, y significativamente condescendiente con las “debilidades” y “obligación de contemporizar” de los poderosos), fomentando en el ser humano la angustia de no llegar al nivel mínimo necesario y el miedo al castigo que les impondrá un Dios implacable. Predicaban, como muchos hoy, una religión alienante que arrebata al ser humano el dominio sobre su conciencia y, por lo tanto, anula su libertad.

Finalmente, la intención de muchos de los dirigentes y los maestros religiosos, de entonces y de ahora, no es otra que alimentar su soberbia: “Todo lo hacen para llamar la atención de la gente: se ponen distintivos y borlas grandes en el manto; les encantan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas, que les hagan reverencias por la calle y que la gente los llame rabí”.

Ustedes, en cambio… El objetivo último que Jesús persigue con esta polémica se ve ahora totalmente claro: lo que él pretende es que su comunidad sea completamente distinta. Es posible que cuando Mateo escribe su evangelio, en el grupo al que él se dirige algunos pretendieran transformarse en los rectores y maestros de la comunidad. Si el espíritu de los dirigentes religiosos judíos se apodera de la iglesia hará con el mensaje de Jesús lo mismo que hicieron con la religión de Moisés: lo dejarán reducido a un conjunto de leyes y de normas que impedirán la relación de amor de los seres humanos con Dios y arruinarán la posibilidad de libertad y felicidad para los seres humanos mismos.

Lo primero que dice Jesús al dirigirse a sus discípulos es que entre ellos no deben existir dignidades y castas que los separen: “En cuanto a ustedes, no se hagan llamar ‘maestro’, porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos y hermanas. A nadie en el mundo llamen ‘padre’, porque no tienen sino uno, el Padre celestial. No se dejen llamar tampoco ‘doctores’, porque sólo tienen un Doctor, que es el Mesías”.

Jesús está enseñando claramente que en la comunidad cristiana hay un solo maestro – o rabí (título que se daba a los maestros importantes y que tiene el significado de “señor mío” – muy semejante a monseñor o su excelencia – o reverendo), un solo padre (título que se atribuían los maestros y los miembros del Gran Consejo) y un solo doctor (guía espiritual). El Padre es el del cielo. El único Maestro y Doctor es Jesús el Cristo. Los demás somos todos hermanos y hermanas.

Eso no quiere decir que la comunidad de Jesús deba ser una desorganización total. Desde el principio, en las comunidades cristianas hubo un reconocimiento de la diversidad de dones. Entre los muchos y variados dones y ministerios están las funciones de cuidado y supervisión. No se está contradiciendo la voluntad de Dios cuando cada uno, con lo mejor de las capacidades que la naturaleza le haya dado, potenciados con la fuerza del Espíritu Santo, contribuye al crecimiento y fortalecimiento de la comunidad transformándose así en un don o regalo de Dios para sus hermanos y hermanas. Pero eso jamás debería dar lugar a diferencias de estado, castas, dignidades o categorías. La diversidad de dones no concede a nadie “poder” o dominio sobre los demás, ni derecho a imponerse sobre las conciencias de los/as demás, porque el más grande de entre ustedes debe hacerse servidor de los otros.

La perícopa del El evangelio sobre la que venimos reflexionando termina con una frase mediante la que Jesús indica cómo entiende Dios el asunto: el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado.

Al llamarnos a renunciar a las ambiciones de poder y dominio Jesús nos enseña el camino que conduce a ser libres, porque esta es la voluntad del Padre: que vivamos en la verdadera libertad de hijos e hijas de Dios.

Para esto Jesús nos libera del temor y nos capacita para amar a Dios desde una nueva perspectiva. La del hijo, la hija, que ha sido recibida en el hogar del padre por puro amor.

Nos libera del dios falso que gobierna el mundo y que también llevamos adentro y que nos dice que lo único importante somos nosotros mismos y el poder que podemos ejercer sobre otros para satisfacer nuestros deseos y ambición.

Nos libera para servir a nuestro prójimo. Sólo alguien que sabe que es libre no tiene miedo de ser esclavo, siervo de los otros. Sólo el que es verdaderamente libre es capaz de servir humildemente estando dispuesto a asumir el servicio más humilde. Sólo el que es verdaderamente libre es capaz de darse, de ofrendarse a otros.

Nos libera como iglesia (4) para ser una iglesia equitativa-igualitaria. Una iglesia que sigue los pasos de Jesús e invita y recibe a los que la sociedad y muchos religiosos llaman pecadores/as, a los marginados, a los que han sido excluidos del sistema social y religioso. Una iglesia que hace una opción por los pobres frente a los poderosos y que rechaza y combate la tiranía de los poderes económico financieros que quieren gobernar el mundo. Una iglesia capaz de creer en el poder de la semilla de mostaza. En el poder del grano de trigo que cae en la tierra y muere y que sólo así (y no hay otro camino) trae a la realidad otro mundo posible.

En resumen, el Evangelio nos llama a la libertad de ver otros valores, de hacer otra opciones, de asumir otros riesgos, de vivir de otra manera, de jugarnos, de seguir el camino que nos señaló Jesús no porque somos mejores o más santos que las demás personas, sino porque lo hemos conocido a Él, la Verdad que nos hace verdaderamente libres.

1. Gálatas 3:23-4:7

2. Romanos 12:1-2

3. Mateo 15:6-9; 16:5-12; 23:16-20

4. Es notable que Jesús se refiera una sola vez a la comunidad cristiana con el nombre de “iglesia” (Mateo 16:18).

Una reflexión sobre el uso de la palabra “iglesia” puede ser algo muy interesante.

 

 

 

Angel Furlan

Ángel F. Furlan
Pastor de la Iglesia Luterana Unida en Argentina y Uruguay

 

 

 

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Las notas publicadas en esta edición digital reflejan la opinión particular de los autores.
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Categoria: Edición 13 | Eclesiología, entrega 3, Teología Pastoral

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