¿EL EVANGELIO COMO “CAMBIO CULTURAL”?

| 15 diciembre, 2014

Creo, humildemente, que los evangélicos hemos descuidado esa estratégica “pata” del Evangelio. ¡Sí! Y a no asustarse, el Evangelio es, eminentemente; CULTURA.

TEXTOS LEMAS:

“Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres…” 1° de Pedro 1:18

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y…con toda tu mente” (Mateo 22:37)

“No me siento obligado a creer, que el mismo Dios que nos ha dotado con sentido común, razón e intelecto, desea que renunciemos al uso de los mismos” (Galileo Galilei)

Es muy poco frecuente, en la dialéctica cristiana, oír hablar del Evangelio como cambio o revolución cultural. Jesús, sin embargo, se mostró como un gran batallador por la instauración de una nueva cultura. Quienes lo acusaron e instigaron su crucifixión, fueron aquellos que se oponían a que el “maestro de Galilea” osara modificar el milenario legado cultural que catapultaba a aquellos religiosos como “guardianes” de la moral, la ética y religión judía. La ley de cualquier sociedad está hecha sobre preceptos y códigos culturales. El pueblo judío no era la excepción.

Una definición muy breve de cultura es: “Una manera de ver y juzgar el mundo”.
La cultura es el lazo de pertenencia a una sociedad; quien más conoce sobre aquello que es “bueno” y que es “malo” dentro de una comunidad determinada, más posibilidades tiene de encarnar el poder o legitimar un potencial liderazgo.
Quien está en condiciones de “discernir” las malas y las buenas conductas, automáticamente, se erige como juez y ostenta el poder que surge del sistema de premios y castigos que regula la convivencia en toda comunidad organizada.
Creo, humildemente, que los evangélicos hemos descuidado esa estratégica “pata” del Evangelio. ¡Sí! Y a no asustarse, el Evangelio es, eminentemente; CULTURA.

Debemos tener en cuenta que, cultura significa aquel legado, ético, moral, de tradiciones, mitos, leyendas, miedos, creencias que hemos heredado. En ese sentido, no debe confundirse “cultura” con educación o instrucción. Dicen que cuando alguien olvidó todos los conocimientos aprehendidos, ese rezago que queda en un recóndito lugar de la mente, es la cultura. Es decir, la cultura representa un reducto inexpugnable de la conciencia humana; aquello que hemos internalizado, eso que “no sabemos que sabemos”.

En definitiva, cultura es, nada más y nada menos, que una determinada percepción del mundo.

SI esto es así, si la conversión de un hombre no modifica su cultura, “su manera de ver y juzgar el mundo”, es señal de que la obra espiritual no se ha consumado.

El punto de inflexión en la cultura del mundo, fueron unas simples y revolucionarias palabras de Jesús: “Amad a vuestros enemigos”. Allí, en esa pequeña frase, hizo cimbrar la lógica y premisa cultural vigente.

Si los códigos culturales que, entre otros principios, regulan nuestra conducta, se ven inalterables, quiere decir entonces que nuestra conducta NO CAMBIO y…si nuestra conducta no cambió, aquellos indicadores incontrastables de los que hablaba Jesús al decir: “Por sus frutos los conoceréis”, no se verán reflejados en la vida del nuevo creyente.
Quizás ore admirablemente; asimile enseñanzas bíblicas de un modo casi asombroso; muestre una devoción para el aplauso pero…en su rutina diaria, en su trato con aquella gente que integra su cotidianeidad y, además, su actitud como ciudadano, trabajador o vecino no ha variado; es señal entonces que está naufragando en la misma inerte espiritualización que aletargaba la conciencia de los escribas y fariseos. Esa paradójica conducta que muestra buenos discursos, pero expone a la vez, acciones que los contradicen.

Es que, cambia la cultura cuando Dios llega a transformar la matriz de pensamiento del hombre. Un ejemplo es la “violencia de género” que hoy tanto preocupa a nuestra sociedad. Aunque se despliegue un gran accionar policial, aunque reformulemos leyes hasta asegurar un justo castigo a los violentos si, no sucede un cimbronazo cultural, la “violencia de genero”, jamás será desterrada de nuestro bendito país.

¿Por qué es esto? Intentaré explicarlo: Mientras no comencemos a cuestionar, falsear y resistir el acendrado machismo que regula las relaciones sociales, no será posible vencer a la “violencia de género”; no veremos resultados en el largo plazo que asegure la integridad de nuestras mujeres. Si el hombre percibe a la mujer cómo un mero objeto sexual, un ser inferior, cuyo destino es ser sometida para servirle, la violencia de género, hallará siempre legitimación en las conciencias. Es imposible, en el corto o mediano plazo, tratar dignamente a quien, en la intimidad del pensamiento, se desprecia o desvaloriza.

Si alguien “cambió”, ese cambió aflorará, primeramente, en sus relaciones interpersonales y, principalmente, entre sus acciones respecto a sus seres más cercanos. Por eso, con algo de atrevimiento sostengo que, quizás, sería coherente hablar de moral y ética antes de santidad. Cuando remitimos a la moral y a la ética, lo hacemos en sentido cultural; no hablamos restringidamente de aquella que impera en el micro hábitat de los claustros de una iglesia. Es que, paradójicamente, alguien puede eximirse con un DIEZ en un examen sobre “pautas de santidad” en una iglesia, pero reprobar en las más elementales pruebas sobre principios éticos y morales que constituyen nuestra cotidianeidad extraiglesia.

¿Será a esto que se refería Jesús cuando exclamó: “Escribas y Fariseos hipócritas que colais el mosquito y tragáis el camello”?

 

Alfonso González

Alfonso González
Lic. en Comunicación Social, Universidad Nacional de La Plata.
Profesor de Postgrado en Universidad CAECE de Capital Federal.
Instructor Gubernamental de la Provincia de Buenos Aires.
Especialización postuniversitaria en “Gestión Pública” de la Universidad Nacional de Tres de Febrero.

 

 

 

 

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Categoria: Edición 13 | Eclesiología, entrega 5, SOCIEDAD, Sociología

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