LA ECLESIOLOGÍA EN LA IGLESIA PERSEGUIDA | SIGLOS I al III

| 23 febrero, 2015

En las primeras décadas de cristianismo, hasta el año 50 d. C., la Iglesia estuvo muy vinculada al Judaísmo; de hecho fue percibida por los romanos como una secta derivada de ésta.

Sin embargo, había en el nuevo grupo formas distintas, tales como el bautismo o la fracción del pan. Otros gestos, como la circuncisión, ya no eran tan exigidos a los nuevos miembros. La organización jerárquica también va teniendo matices distintos; se consideraban, aunque basados en las doce tribus, un Israel renovado, con distintos jefes, muy contrarios a las autoridades del Sanedrín. En el libro de los Hechos de los Apóstoles se comprueba bien la existencia temprana de una comunidad mixta formada por judíos y gentiles, todos creyentes en el Jesús resucitado. Incluso parece existir una doble jerarquía, los apóstoles organizaban a los nuevos creyentes de raza judíos y los diáconos a los conversos helenistas.

El grupo cristiano de origen judío seguía practicando la Ley de Moisés, al menos en algunos aspectos, se circuncidaban y cumplían con los preceptos básicos del judaísmo. Mantenían la continuidad, y en éste sentido podemos considerarlos como un grupo interno del judaísmo, un judaísmo renovador. Pero el otro grupo no siguen los preceptos de la Ley hebrea, les basta el bautismo para recibir el Espíritu Santo y ser del grupo de los salvados.

El grupo griego se expandió por la diáspora judía, alejándose de Jerusalén, mientras que el cristianismo judío se quedó preferentemente en Palestina, desplazándose menos. Las dos comunidades convivieron sin aparentes problemas en la distancia, pero ante la cercanía, la comunión de los grupos y el deseo de comer la misma comunión, la tensión creció. Fruto de este enfrentamiento, e intentando buscar una solución a las diferencias culturales, se celebró el Concilio de Jerusalén, que recoge Lucas en Hechos 15. En Jerusalén parece que llegaron a un acuerdo, un pacto de no agresión. Por los datos y las menciones que hace Pablo, la convivencia no fue fácil. En Gálatas los cristianos que llegan a las comunidades fundadas por Pablo son judaizantes y éste les advierte de sus intenciones legalistas. El enfrentamiento entre dos formas de entender la nueva fe parece fuera de duda, aunque también es verdad que no se llegó a la ruptura. La verdadera solución al conflicto lo da la historia, la comunidad cristiana de origen hebreo es apartada de la sinagoga, enfrentada al judaísmo, y ante la guerra contra los romanos, en la que Jerusalén es arrasada, estas comunidades desaparecen. No sabemos bien lo que les sucedió, lo cierto es que quedaron sólo cristianos de origen gentil, cuyos herederos somos nosotros.

Lo más notable de este primer siglo es la expansión tan sorprendente de la Iglesia. En apenas medio siglo llegaron a las principales ciudades del Imperio Romano en Oriente y algunas importantes de Occidente. En 150 años podemos decir que está en casi todas las regiones del Imperio, con más presencia en Asia Menor. Se han dado algunas razones para explicar este fuerte crecimiento; sin duda, lo más interesante para nosotros es que la Iglesia estaba enfocada en la misión. Estamos hablando de una Iglesia dedicada casi exclusivamente a la predicación y expansión. Su misma organización, apóstoles itinerantes y misioneros ambulantes, permite y facilita su expansión. También podemos destacar otros factores extrínsecos: la situación cultural favorable, con un idioma común como era el griego de la koiné, la libertad de movimiento y las buenas comunicaciones.

Hay razones religiosas, la debilidad de las creencias romanas, con un politeísmo ajeno al hombre, una gran tolerancia religiosa, que sólo obligaba a adorar al Emperador y una tendencia a nuevos cultos orientales. En el fondo, es una sociedad en crisis, con una necesidad religiosa fuerte que Roma era incapaz de satisfacer. El mensaje religioso de la Iglesia no sólo se dirigió a las clases dirigentes, sino que fue escuchado y aceptado por grupos marginales, clases media y baja, y éstos eran la mayoría de la población del Imperio.

La Iglesia supo mantener la unidad y la comunión en las primeras décadas. Esta unidad estaba asentada en vínculos eclesiales, no jurídicos ni organizativos. Las Iglesias se intercambiaban cartas y textos. Se escribían unos a otros, se acogía a los misioneros, y se iba formando un mismo canon para las Escrituras. Es verdad que también hay grupos gnósticos muy desviados de la gran Iglesia, que posiblemente inquietaron, pero da la impresión que ante la verdad de la fe, la comunidad cristiana se mantiene en la tradición apostólica. Esta unidad fue un objetivo inicial que pronto tuvo la Iglesia, mantener y expresar la comunión frente al enemigo.

Si entramos en los textos de la patrología apostólica encontramos una mínima teología, pero significativa, que quiere responder a los interrogantes y a los problemas concretos de las comunidades nacientes. La carta de Clemente indica que la Iglesia no debe ser entendida como una comunidad humana sin más, sino que debe ser distinta y estar basada en una autoridad sacramental, signo de la autoridad de Cristo. Ignacio de Antioquía concibe la Iglesia como unidad, una comunión de fe, y ésta se manifiesta en un episcopado monárquico, un consejo presbiteral y en los diáconos. Estos son los representantes y el testimonio de autoridad.

En la apologética comprobamos que se va elaborando una idea de tradición. Son significativos dos autores. En primer lugar Ireneo de Lyon afirmará que, ante el problema y los enfrentamientos con los gnósticos para la fijación del canon de los libros sagrados, es necesario interpretar correctamente los conceptos de la Iglesia, y ésta sólo tendrá esa garantía si se apoya en la tradición, lo predicado por los apóstoles. Por eso es importante la sucesión apostólica, que es una sucesión de autoridad. La garantía de la unidad en Ireneo es esta sucesión apostólica.

Nuestro segundo autor, interesante, es Cipriano, también del siglo III. El problema de la Iglesia en este momento es que ante las persecuciones, intermitentes y con períodos de cierta paz, algunos cristianos ya bautizados habían apostatado, es decir, habían renegado su fe tras haber sido bautizados. Habrá dos líneas, una rigorista cuyo representante principal es Novaciano, que afirmaba que algunos pecados eran imperdonables para el cristiano bautizado, entre éstos estaba el pecado de apostasía, que los excomulgaba realmente de la comunidad eclesial, siendo imposible su readmisión. Frente a estas corrientes, la Iglesia admitía y perdonaba los pecados, no haciendo un nuevo bautismo, sino por la autoridad que le había sido conferida, perdonaba los pecados tras una penitencia pública y gravosa. Cipriano indica la bondad de ésta actitud, recordando que “fuera de la iglesia no hay salvación”. Es decir que para los que se han separado de la Iglesia debe haber un camino para salvarse, y éste es volver a la comunidad eclesial. El concepto de unidad lo mantiene y reafirma en el Obispo, representante de la Iglesia local. Para Cipriano cada Obispo debe saberse unido a otros Obispos que representan la unidad de la Iglesia universal.

La frase “fuera de la iglesia no hay salvación” escrita por Cipriano en un contexto pastoral concreto, luego ha sido entendida como doctrina dogmática, y se ha utilizado como justificante de la necesidad de expansión de la Iglesia a cualquier precio, incluso por encima de la libertad del evangelizado. Esta frase aparentemente condena para todos aquellos que no están en la Iglesia, negando toda posibilidad a los no creyentes, fieles de otras religiones, o personas que desconocen quien es Cristo. El Concilio Vaticano II resolvió en parte este dilema. Fuera de la Iglesia sí es posible la salvación, Dios es bueno y misericordioso con los hombres, para Él nada hay imposible.

 

Matias Suarez

Matías Alarcón Suárez
Graduado del Instituto Bíblico Rio de la Plata.
Se está preparando para ir de misionero a China, a donde irá a radicarse en unos pocos meses más.
Ya ha estado predicando en China.

 

 

 

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Categoria: Edición 13 | Eclesiología, entrega 15, Notas de fondo

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