¿QUÉ SIGNIFICA SER IGLESIA DE CRISTO AQUÍ, HOY | 2

| 9 marzo, 2015

IDENTIFICACIÓN Y BAALIZACIÓN | El filo cortante del amor.

La verdadera distancia se halla entre Jesucristo y el mundo. La línea divisoria es el juicio de Jesucristo y esa línea pasa por dentro de la Iglesia y de cada uno de nosotros los creyentes.

1 Samuel 9:1-3 (1), 15-16; 8:4-9 (2)

Se ha dicho, no sin bastante justificación, que la mejor descripción de los evangélicos latinoamericanos es la que Jueces (17:6) da de los israelitas en el tiempo de los jueces: “En aquellos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que bien le parecía.”

La descripción corresponde a Io que los sociólogos llaman –con mayor complicación– una situación de “anomia”: las leyes e instituciones existentes ya no sirven, no pueden funcionar, y por Io tanto no se las obedece más. Como no hay otras aceptadas, sobreviene una crisis de orden. Faltando normas comúnmente aceptadas, nadie está seguro de qué debe de hacer o qué puede esperar de los demás. Finalmente sobreviene el caos. Si la situación no se corrige, la sociedad puede desintegrarse.

Esa es la situación de Israel en la época que describe el pasaje de 1ª de Samuel que hemos leído, en los primeros años de la instalación en Palestina, la época llamada de los jueces. El gobierno de éstos caudillos que se imponen por su vigor y atracción personal, por sus hazañas y poder magnético corresponde a una época nómade como la del desierto, pero no a la vida sedentaria de Israel, ya instalado en un territorio y en medio de pueblos más organizados. El “caudillaje” de los jueces degenera (el Antiguo Testamento ilustra esta degeneración en la historia de los hijos de Elí y la de los de Samuel). El sistema ya no funciona. Sobreviene la “anomia” y amenaza el caos.

Es en esta situación que algunos comprenden la naturaleza de lo que ocurre y piden un rey. Ahora son un pueblo, como los demás; tienen un territorio más o menos estable, como los demás: necesitan una institución de gobierno y legislación adecuada. Miran a su alrededor y descubren esa institución: la monarquía. En los pueblos del cercano oriente antiguo –y particularmente en Canaán– la monarquía no es sólo una forma de gobierno sino una forma total de vida. El rey cumple una función civil, religiosa, judicial, militar. El prestigio de un rey es el de su pueblo. Toda la vida se integra en torno a las funciones reales: el rey es como la presencia del dios en medio de su pueblo. No se puede funcionar eficazmente en ese medio cultural con los caudillos-jueces. Israel necesita y demanda un rey.

Y Dios –nos dice el relato– les da un rey. Es la respuesta a una necesidad. De esa manera, Dios salva a Israel del caos y le permite funcionar eficazmente en su medio: tendrán un rey como los demás pueblos. Los estudiosos del Antiguo Testamento han señalado la semejanza entre la monarquía en Israel y la de los demás pueblos de Canaán y el Antiguo Cercano Oriente. Hay festivales de entronización y celebración anual (la fiesta de Año Nuevo) del gobierno del Rey. Muchos de los salmos (2, 110, etc.) constituyen himnos de entronización. Los títulos reales (“ungido”, “señor”, “pastor”) corresponden a los de pueblos vecinos. El pueblo de Dios es como los demás pueblos.

Esta es la línea de la identificación que señalábamos ayer. Dios da a su pueblo la respuesta a sus necesidades, no en términos de alguna institución “divina” desconocida en el mundo de entonces, sino en términos de las instituciones y leyes humanas conocidas y respetadas. Tienen un rey como los demás pueblos. Las leyes de Israel se asemejan –como más de una vez se ha demostrado– a las de Babilonia. Sus festividades, edificios y costumbres tienen raíces en el medio. Hasta las costumbres religiosas tienen paralelos. En la plenitud de los tiempos, cuando Dios mismo decidió visitar y salvar a su pueblo, no tuvo a menos tomar sobre sí la existencia humana, “plantar su tienda entre nosotros”, nacer de mujer, sujeto a la ley, tentado como nosotros, hombre entre los hombres. Cuando la Iglesia primitiva buscó nombres para sus incipientes autoridades y tareas no exhumó títulos extraños ni siquiera de funciones sacerdotales misteriosas; dio a sus dirigentes las designaciones corrientes del mundo secular: apóstol (mensajero autorizado), diácono (servidor, sirviente), presbítero (anciano, consejero), ecónomo (administrador). Hoy hablaríamos de apoderado, empleado, gerente o miembro del directorio. El pueblo naciente se llamó simplemente “ekklesia”, asamblea. Dios lanza a su pueblo a la arena de la historia humana, sin amuletos ni halos mágicos.

Pero el libro de 1ª de Samuel conoce también otra actitud hacia la monarquía: 1ª de Samuel 8 contiene una grave advertencia. Tras la búsqueda de la monarquía se esconde el deseo de tener una seguridad humana, “de este mundo”. Y ese deseo brota de la desconfianza en la protección de Jahvé. Han rechazado a Jahvé como rey. Por eso buscan una seguridad en la protección que “un rey como los de los otros pueblos” puede darles. Un rey los hará triunfar en la guerra, les asegurará cosechas abundantes (idea muy difundida en la época), les deparará prosperidad, todas aquellas cosas para las cuales antes dependían de Jahvé. Ahora estarán asegurados.

La cosa es más profunda aún. Los pueblos vecinos tenían sus dioses: los baales (lit. ”señores” o “amos”). A ellos ofrecían sus sacrificios (incluso el sacrificio cruento de sus hijos), en ellos confiaban y de ellos –mediante el rey– esperaban protección. Eran dioses de la naturaleza, del sol, la luna y la tormenta. Sobre todo, eran dioses de la fecundidad, estrechamente relacionados con las fuerzas sexuales de las que esperaban el incremento del ganado, la abundancia de la cosecha, la prosperidad del pueblo. Tales dioses eran honrados con una exaltación de las fuerzas e instintos elementales: con embriaguez o abstinencia ritual, con orgías o ascetismo sexual, según el caso y la finalidad. A tales dioses correspondía un orden social, basado en la autoridad omnipotente del rey, considerado divino, con poder sobre vidas y haciendas, cuya voluntad no tenía ley superior a sí misma. Una nobleza sin control y un pueblo sometido era la consecuencia. Los valores de una tal cultura eran los de una religión que dependía del ritual y de la magia y que muy poco tenía que ver con la justicia y la misericordia, con el derecho del débil y del huérfano, con el peso justo y la medida exacta.

Todo este conjunto de valores, costumbres, instituciones, constituía una unidad con “un rey como los de los demás pueblos” e Israel no esquivó el peligro de aceptarlos y asimilarlos, de “baalizarse” en su contacto con los pueblos vecinos. Al hacerlo traicionaban el sentido de su existencia y de su misión, corrompían la totalidad de su vida, dejaban de ser como pueblo de Dios. Ante tal apostasía, un grupo de israelitas, deseosos de preservar la mejor tradición “del desierto” preconizan una vuelta a la vida nómada: a los alimentos magros, las tiendas primitivas, la vida dura del desierto. La mayor parte de los grandes profetas no escogen ese camino. No se trata para ellos de “retornar” a la vida anterior sino de vivir la fidelidad a Jahvé en las nuevas condiciones.

Confrontamos aquí otro aspecto básico de nuestro problema. La Iglesia, el pueblo de Dios, está siempre amenazado por la tentación de “conformarse” a este mundo. Y conformarse a este mundo –este mundo que ha vuelto la espalda a Dios– es “enemistad para con Dios”.

Israel, el pueblo de Dios, la Iglesia no puede aceptar las mismas normas, los mismos patrones, las mismas ideas de “los demás pueblos”. Constituyen un pueblo distinguido, cuya existencia es un constante desafío y un juicio permanente de todas las tradiciones, todos los valores, todas las costumbres y todas las instituciones humanas, no sólo de las peores, sino también de las mejores y las más valiosas.

Por consiguiente, el pueblo de Dios vive en constante combate con este mundo, un combate que se manifiesta en la burla, la enemistad, la persecución y la muerte. Es ésta una línea un tanto impopular hoy, pero de profunda raíz bíblica. Tal vez nadie la hace tan precisa y marcada como el Evangelio de Juan, el mismo que habla con la mayor claridad del amor de Dios al mundo. El mundo rechaza a los que son de Cristo: eso es lo normal. Los rechazan como Io rechazaron a El primeramente. La cruz en todas sus formas y manifestaciones es la señal y el símbolo de ese rechazo. El Evangelio produce necesariamente, dondequiera es proclamado, una división entre los hombres: la Palabra es aceptada y rechazada y la Palabra se transforma en juicio. El mensaje de paz crea oposiciones y tensiones; perturba e incomoda. Pero sólo así pone a los hombres en marcha. Sólo una Iglesia que sabe manifestar su “disconformidad con el mundo” puede servirlo de veras. Sólo una Iglesia que puede reaccionar proféticamente en cualquier situación es verdaderamente revolucionaria, con esa revolución divina que no se estanca ni se satisface… porque busca una patria distinta, “a saber, la celestial”.

¿Se trata solamente de una contradicción, de un juego de palabras, de una fácil paradoja? De ninguna manera. Identificación y oposición no son simplemente dos términos útiles para la construcción de un juego estético .Una es condición de la otra. Sin verdadera solidaridad no hay la oposición verdadera, la oposición que refleja la ira de Dios ante el pecado, la oposición que brota del amor. Sin distinción, sin una cierta distancia entre el pueblo de Dios y el mundo, la Iglesia carece de perspectiva para hacer eficaz su amor. Sólo sirve para confirmar al mundo en su error -y hasta justificarlo con su presencia!

Esa distancia entre la Iglesia y el mundo sólo es legítima y útil cuando percibimos que nosotros, los cristianos con nuestras instituciones eclesiásticas, no nos hallamos “limpiamente” de un lado de la línea divisoria, sino de ambos.

La verdadera distancia se halla entre Jesucristo y el mundo. La línea divisoria es el juicio de Jesucristo y esa línea pasa por dentro de la Iglesia y de cada uno de nosotros los creyentes. La Iglesia sólo puede anunciar el juicio de Dios sobre el mundo cuando se somete ella misma a ese juicio, cuando confiesa el pecado del mundo como su propio pecado y cuando pide la misericordia de Dios con y por los demás. Por eso los profetas no critican tanto al mundo –a las naciones– como al propio Israel. No combaten tanto a los pueblos paganos como la paganización del pueblo de Dios.

El obispo Leslie Newbigin ha resumido con precisión el problema recordando que los creyentes son llamados a “estar en el mundo sin ser de él”. A menudo, comenta Newbigin, por nuestra mundanalización y nuestra falta de amor, hacemos exactamente Io contrario: “somos del mundo pero no estamos en él.”

Nuevamente, este pasaje de la Escritura nos previene muy concretamente sobre nuestra propia baalización aquí, hoy. Nosotros también tenemos conciencia de nuestra necesidad de identificarnos con nuestro pueblo argentino.

Sabemos que esa identificación debe manifestarse en formas concretas, que debe reflejar la realidad del país. Sabemos que debemos darnos instituciones que “correspondan” a nuestra situación y nos permitan funcionar eficazmente en esta realidad. Todo eso es cierto. Pero justamente la conciencia de esta necesidad nos coloca frente a ciertos peligros, muy semejantes a los de Israel.

Permítaseme mencionar tres de ellos. Fácilmente olvidamos que Satanás opera siempre disfrazado, caricaturizando la obra de Dios. Lo que creemos que Dios nos da –y realmente nos Io da– puede transformarse fácilmente, en manos de Satanás, en una tentación, en una forma de “baalización”. Es bueno que recordemos esto, cuando somos reclamados hoy por tantas fuerzas y llamados a la renovación.

No toda preocupación revolucionaria es justicia de Dios y no todo orden y prosperidad son la paz de Dios, no toda valorización del laico y desclericalización de la Iglesia es sacerdocio universal de los creyentes, no todo cambio de estructuras es renovación, no todo ecumenismo es la unidad en el Cuerpo de Cristo, no toda preocupación teológica es obediencia a la Palabra de Dios, no toda “indigenización” es “plantío de Dios” en nuestra tierra, no todo crecimiento es “añadido por el Señor” y no toda profundización es “en el amor de Dios que excede a todo conocimiento”.

La “identificación” pone en movimiento un proceso de integración que, a la vez que crea diálogo, apertura y comunicación, engendra un clima de aceptación que se traduce en respetabilidad. Para el Israel de la monarquía, eso significó entrar a “pertenecer” a la vida internacional del Cercano Oriente con sus alianzas, pactos, tensiones, conflictos y sistema comercial internacionales. Los reinados de Salomón, Achab y sobre todo Jeroboam II ilustran esa integración. Pero eso fue también el proceso por el cual la fe de Israel fue “domesticada”. ¿No es ésta acaso una de las tentaciones más inmediatas que nos acechan, particularmente en esta hora en que los evangélicos somos aceptados, agasajados, reconocidos en nuestra sociedad? ¿Cómo “desentonar” insistiendo en Io que nos distingue? ¿Cómo ser “agresivos” y exigir decisión cuando se nos invita a deslizarnos mansamente y sin tropiezos en la vida nacional? El precio de la respetabilidad es ser hechos inofensivos.

Íntimamente vinculado con los anteriores está el riesgo de aceptar los criterios y valores de “Baal”. Así el mundo se transforma para nosotros en lugar de éxito más bien que de fidelidad y servicio. Los criterios de éxito, eficiencia y grandeza del mundo llegan a ser los nuestros. Curiosamente, una de las primeras manifestaciones de la “canaanización” de Israel es el censo que David levanta del pueblo; nos extraña la violenta condenación del mismo por el profeta de Dios. Es que el censo representa la aceptación del criterio “canaanita” de grandeza. Un pueblo es grande por el número de soldados que puede sacar a batalla, o de labriegos que proveen sus graneros o de mujeres que engendran las nuevas generaciones. Israel, en cambio, sólo es grande por la grandeza del Señor que no Io abandona. Más tarde, Salomón enumera la grandeza por el tamaño de sus caballerizas y de sus palacios, por el volumen de su comercio y la amplitud de sus alianzas. Es interesante señalar esta misma mentalidad en la controversia de Jesús –¿quién tiene el templo de su lado?, ¿cuántas espadas podemos reunir?– y en la exclamación de Pablo: “mirad que no hay muchos poderosos, no muchos ricos, no muchos sabios entre vosotros.”

No es necesario abundar en ejemplos de esta aceptación de los criterios ‘canaanitas” en nuestra vida eclesiástica actual. Nuestra obsesiva preocupación por el éxito, la grandeza, la estadística, la superficie geográfica que cubrimos, el número de instituciones que hemos creado y de personas que beneficiamos, los edificios que construimos, los evangélicos que ocupan lugares destacados en la enseñanza, en la política o en la economía. Iniciamos y descontinuamos programas en una nerviosa búsqueda de resultados y buscamos desesperadamente el “secreto”, la “fórmula” del “éxito”. Sin percibir que nos hemos dejado dominar por un concepto tal del éxito que en el momento en que lo logremos –como el Israel de Salomón y de Jeroboam II– habremos iniciado la pendiente que nos conduce a la ruina como pueblo de Dios, todo en su nombre.

Cuenta Kierkegaard la historia de un castillo inexpugnable, rodeado por un foso infranqueable. Los moradores decidieron salir a conquistar los territorios vecinos. Para ello abrieron una puerta y tendieron un puente sobre el foso, por el cual los enemigos pronto entraron y conquistaron el castillo. La lección de esta parábola bien puede parecer la perfecta oposición de Io que ayer nos enseñó San Pablo. ¿Nuevamente volvemos a los muros? Nuestro castillo, sin embargo, no es la Iglesia. Nuestro castillo –como Io proclamó Lutero– es Jesucristo mismo. Dios por nosotros. La destrucción de la Iglesia comienza cuando, en nuestro afán por acercarnos al mundo, comenzamos a ceder a la tentación de permitir que otro nombre, otra seguridad, otra defensa, inteligencia, número, influencia, sagacidad, ocupen el lugar del único Nombre, la única seguridad, la única defensa.

  1. 1ª de Samuel 9.1-3 y 15-18 (RV1960)
    9:1 Había un varón de Benjamín, hombre valeroso, el cual se llamaba Cis, hijo de Abiel, hijo de Zeror, hijo de Becorat, hijo de Afía, hijo de un benjamita.
    9:2 Y tenía él un hijo que se llamaba Saúl, joven y hermoso. Entre los hijos de Israel no había otro más
    hermoso que él; de hombros arriba sobrepasaba a cualquiera del pueblo.
    9:3 Y se habían perdido las asnas de Cis, padre de Saúl; por lo que dijo Cis a Saúl su hijo: Toma ahora contigo alguno de los criados, y levántate, y ve a buscar las asnas.
    9:15 Y un día antes que Saúl viniese, Jehová había revelado al oído de Samuel, diciendo:
    9:16 Mañana a esta misma hora yo enviaré a ti un varón de la tierra de Benjamín, al cual ungirás por príncipe sobre mi pueblo Israel, y salvará a mi pueblo de mano de los filisteos; porque yo he mirado a mi pueblo, por cuanto su clamor ha llegado hasta mí.  
  2. 1ª de Sanuel 8.4-9 (RV1960)
    8:4 Entonces todos los ancianos de Israel se juntaron, y vinieron a Ramá para ver a Samuel,
    8:5 y le dijeron: He aquí tú has envejecido, y tus hijos no andan en tus caminos; por tanto, constitúyenos ahora un rey que nos juzgue, como tienen todas las naciones.
    8:6 Pero no agradó a Samuel esta palabra que dijeron: Danos un rey que nos juzgue. Y Samuel oró a Jehová.
    8:7 Y dijo Jehová a Samuel: Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan; porque no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos.
    8:8 Conforme a todas las obras que han hecho desde el día que los saqué de Egipto hasta hoy, dejándome a mí y sirviendo a dioses ajenos, así hacen también contigo.
    8:9 Ahora, pues, oye su voz; mas protesta solemnemente contra ellos, y muéstrales cómo les tratará el rey que reinará sobre ellos.

 

José Miguez Bonino

José Míguez Bonino
Pastor Metodista
Teólogo
Doctor en Teología
Graduado en la Facultad Evangélica de Teología, Candler School of Theology de Atlanta
y en el Union Theological Seminary de Nueva York
Profesor de Teología sistemática
Director de la Facultad Evangélica de Teología (hoy ISEDET)
Único observador protestante latinoamericano en el Concilio Vaticano II
Miembro del Jurado Internacional del Premio Nuremberg por la Paz y los Derechos Humanos
Miembro del Movimiento Ecuménico de la Comisión de Fe y Doctrina del CMI
Presidente del Concilio Mundial de Iglesias
Secretario ejecutivo de la Asociación Sudamericana de Instituciones Teológicas
Constituyente (sin filiación partidaria) para la Reforma Constitucional Argentina, 1994

 

 

 

 

 

 

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Categoria: Edición 14 | Ser Iglesia aquí, hoy, Editorial, entrega 2, Notas de fondo

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