¿QUÉ SIGNIFICA SER IGLESIA DE CRISTO AQUÍ, HOY | 3

| 16 marzo, 2015

NUEVO ESTILO DE SER DE CRISTO EN EL MUNDO | Comunidad dedicada y gozosa.

Llamados a ser una comunidad de hombres y no de sombras, una comunidad de verdad y de entrega a la que es posible pertenecer con todo el ser, sin reservas y sin restos.

Colosenses 3:1-17 (1)

Luego de un análisis agudo e irritante del hombre argentino, José Ortega y Gasset comenta:

“(El Observador) se impacientará de que en el pueblo con más vigorosos resortes históricos que existe hoy, haya faltado una minoría más enérgica que suscite una nueva moral en la sociedad, llame al argentino a sí mismo, a su efectiva intimidad y sinceridad, temple con rigor su narcisismo, se muestre implacable para cuanto es mera forma o papel y lo fuerce a vivir verdaderamente, a manar, a brotar de su riqueza interior en vez de mantenerse en perpetua deserción de sí mismo.” (2)

Tal vez este sólo párrafo, leído luego del pasaje de Colosenses, debería ser suficiente mensaje y exhortación para la Conferencia Anual y para los ministros de Jesucristo que recibirán esta mañana su ordenación. Hay aquí una respuesta muy concreta y precisa a la pregunta que nos hicimos al comienzo de nuestras meditaciones matutinas: “¿qué significa ser iglesia de Jesucristo aquí, hoy?”. Hay aquí una respuesta a muchas de las preguntas que nos hacemos sobre evangelización, estructura, culto, acción social. Me permitirán que ceda a la tentación de sugerir algunas cosas que este pasaje de Pablo y las palabras de Ortega y Gasset me dicen.

La exhortación de Ortega es, en otro nivel, la del Apóstol Pablo. Este confronta el mundo antiguo del comienzo de la decadencia del Imperio: un mundo cansado, fatigado, sin poder, fragmentado. Los colosenses especulan acerca de una vida superior, que les permita escapar a las condiciones depresivas de su época. ¿Cómo alcanzar la “vida superior”? se preguntan. Y todas sus respuestas giran en torno a la idea de huida del mundo material, humano, a una esfera celestial. Pablo les responde inesperadamente: no se trata de “huir” de este mundo, se trata de vivir del mundo de Dios en medio de éste. El pueblo cristiano constituye en este mundo una comunidad que manifiesta una nueva vida: la vida en Cristo. Esta es la vida superior que ellos buscan, Io que hoy nuestros filósofos y escritores llamarían “la vida auténtica”.

No se trata, sin embargo, de una mera exhortación. Las palabras de Pablo presuponen un acontecimiento que ha ocurrido ya y sobre el cual puede construirse una vida nueva: “si habéis pues resucitado con Cristo.” Sobre este mundo de decadencia y de muerte ha irrumpido un mundo nuevo: el de la resurrección y la vida. Ahora ya hay otra realidad… y estamos en ella: la realidad definida y realizada por el nombre de Jesucristo.

Imaginemos –y ya no es una aventura fantástica de la imaginación como en otras épocas– que somos trasladados a otro planeta: hay allí otras fuentes y otros colores y otras intensidades de luz, la atmósfera tiene otra densidad y la gravedad otra fuerza, hay otros aromas y otros sabores; las estaciones, los días y los años tienen otra duración y otro sentido. Poco a poco la totalidad de nuestro cuerpo y de nuestra vida van adquiriendo una modalidad distinta. Todos nuestros sentidos son transformados, las sensaciones son diferentes, y hasta la estructura de nuestros pensamientos varía. La vida en un mundo distinto poco a poco irá creando un hombre distinto.

Algo semejante es Io que Pablo describe. El creyente ha sido trasladado a otra realidad: vive “en Cristo”. El ambiente que respiramos, la forma de vida en que hemos sido ubicados como creyentes es la esfera de acción y poder de Jesucristo. Con la resurrección se ha liberado una nueva energía, ha nacido una nueva realidad. La muerte ha quedado atrás. Hemos recibido un futuro. Hemos sido justificados. La culpa ha sido borrada. Ya no somos más cautivos de nuestro pasado. La esfera de Jesucristo es el mundo de la libertad, del gozo, de la gratitud. Allí estamos: ése es el acontecimiento que da signo y realidad a nuestra vida.

Pero es también una exhortación: “vivid esa vida”. La realidad de Jesucristo no es un mero “ambiente” impersonal que respiramos, no es una substancia que mágicamente nos anima: es una relación personal que exige una respuesta y se realiza en ella. La nueva vida no se manifiesta si no hay una respuesta en acción, una respuesta en que comprometemos todo nuestro ser.

Por eso la vida en Cristo es una disciplina, un ejercicio -en otros pasajes se habla de un “adiestramiento” y se Io compara al del atleta, el soldado, el labrador. El cristiano es llamado bajo bandera.

Pablo pone en acción aquí esa libertad de “identificación” de la que hablábamos antes de ayer. En el mundo gentil, había listas de “virtudes” y “vicios”. Se les enseñaban a los niños desde la primera infancia, se componían con ellas “tablas” o “listas” para colocarlas en el hogar. Los filósofos estoicos solían repetirlas y comentarlas. Resumían Io que se esperaba del hombre sabio y bueno, el ideal de vida. Es significativo que cuando Pablo emprende la tarea de describir a los colosenses la nueva vida Cristo no crea una nueva lista de virtudes y vicios. Simplemente toma las listas corrientes y las coloca bajo la señal de Cristo. (Colosenses 3:5, 8, 12).

Aquí, en Cristo, todas esas listas de virtudes y vicios, no son eliminadas sino que por fin llegan a tener significado, realidad, posibilidad. ¡Salen de los libros para entrar en la vida! ¡El hombre buscado aparece! Lo que ha advenido con Jesucristo no es una nueva lista de valores y defectos, un código más, un estilo distinto, una nueva cultura, sino una comunidad de hombres nuevos. La vida vieja y cautiva ha quedado inexplicablemente eliminada. El condicionamiento social y psicológico que tapona los accesos a una nueva vida ha saltado en pedazos: y he aquí un conjunto de hombres que –precaria e imperfecta pero realmente– pueden vivir en medio del mundo viejo una nueva vida, una vida verdaderamente superior que no lo es porque esté llena de extraños elementos sino porque se ha dado un nuevo significado y una nueva dimensión a los viejos elementos.

Aquí hay una isla de salud, un centro de nueva vida, un núcleo de esperanza, un nudo de contagio regenerador. No es necesario decir hoy –a veinte siglos de distancia– Io que esa comunidad significó para el mundo mediterráneo viejo de la época. Más bien se trata de preguntarnos hoy cómo resuena esta palabra en nuestra Argentina.

¿Podemos intentar precisar el llamado y la exhortación del apóstol en razón de nuestra realidad concreta e inmediata? Creo que sí y ése es el maravilloso realismo de la Palabra de Dios. Sería interesante mirar las “listas” de virtudes y vicios de nuestros filósofos y pensadores cuando analizan nuestra situación nacional, y reflexionar sobre la nueva vida en Cristo en relación con esos análisis.

Permítanme señalar tres cosas, sólo a modo de ilustración.

La nueva comunidad en Cristo es una comunidad de aceptación. Los argentinos vivimos –se nos dice– angustiados por la necesidad de “ser algo” para ser aceptados en nuestra sociedad. Ésta reconoce al hombre por el “papel” que juega, por el “puesto” que ha alcanzado, por la “clase” que demuestra o por la “respetabilidad” que aparenta. Por consiguiente, los argentinos vivimos angustiados por fijar nuestro papel, nuestro puesto, nuestra clase, nuestra respetabilidad y no cometer errores que pongan en duda la legitimidad de nuestras pretensiones; una labor cansadora, amarga, vacía y frustradora. De la misma manera puede analizarse nuestro “moralismo”. Blasonamos nuestras virtudes, las que creemos que debemos tener; juzgamos severamente a quien se deja tomar en falta, a quien deja ver “Io que es” tras el telón de lo que “debe ser”.

¿Hay algún lugar donde el hombre argentino cansado de vivir su irrealidad, de posar, de representar, pueda ser Io que es, simple, libre, abiertamente, de cara al sol? ¿Pero no es ése el significado de la justificación por la fe? Hay una comunidad donde el hombre no es aceptado por lo que tiene, por Io que muestra, por lo que sabe, por Io que vale, por su bondad o por su rectitud.

No, ni siquiera es aceptado por Io que es. Es simplemente aceptado, sin preguntarle nada, sin exigirle nada, aceptado por amor de Jesucristo.

La nueva comunidad en Cristo es una comunidad de veracidad, donde no sólo somos aceptados tal como somos sino donde se honra la verdad. Creo que nos hallamos aquí ante un elemento fundamental que hace a la salud de nuestro pueblo, y aún, previamente, a la salud de nuestra propia Iglesia de Cristo. ¿Me equivoco en pensar que el equívoco, la media palabra, la interpretación, el “me dijeron”, el “pero yo entendí…” constituyen una maldición que amenaza destruir enteramente nuestra comunidad? ¿No lo hemos experimentado aún en los días que corren de esta Conferencia Anual? ¿Cuántas veces nos hemos encontrado ya con esa “palabra fantasma”, una palabra, una afirmación, un incidente que es lanzado, pero tras los cuales no hay nadie? Cuando comenzamos a buscar la persona tras la palabra pronunciada comienza la caza de sombras, la telaraña que cede y envuelve, la serie interminable de equívocos: “Yo no quise decir”, “yo no lo entendí así”, “yo pensé que quería decir…” “a mí me dio a entender”. ¿Cómo puede existir una comunidad sobre esa base? La comunicación humana desaparece y la comunidad se transforma en un mundo de sombras sin entidad, sin peso, sin vida.

La Iglesia de Cristo no es el pueblo del equívoco y de la media palabra. No es el pueblo del sí y no al mismo tiempo; sino del “Sí”, el “Amén”, el “Verdadero”, el “Testigo fiel”. Es el pueblo que ha sido llamado a hablar con verdad: “Vuestro sí sea sí y vuestro no, no, porque Io que se añade a esto, del diablo procede”. Decir la verdad no significa simplemente decir cosas que correspondan a la realidad, o que al menos se acerquen a la realidad Io suficiente como para que podamos justificarlas más o menos hábilmente cuando nos piden cuentas de ellas. Decir la verdad es estar todo entero tras la palabra pronunciada, es responder de la palabra con el ser. ¡Una verdad es una palabra tras la cual está una persona! ¿No es éste el comienzo de la salud en nuestra enferma comunidad argentina? ¡Que haya al menos sobre estas tierras una comunidad de hombres y no de sombras, un grupo de personas que dan razón con todo Io que son de Io que dicen!

La nueva comunidad en Cristo es una comunidad de responsabilidad y de entrega. En el mismo ensayo que mencionábamos al comienzo, Ortega y Gasset señala que, el argentino es un ser que nunca se entrega del todo, que nunca se identifica totalmente con lo que abraza, que en todo se reserva a sí mismo, porque en último término sólo se entrega a sí mismo, a su propio yo. Es Io que llama el “narcisismo” argentino. La acusación es grave y dolorosa tanto más grave y dolorosa porque la percibimos exacta. ¿No percibimos acaso eso mismo en la vida de nuestra Iglesia? Hablamos de nuestro país con cinismo, como diciendo: “Miren que yo no soy el país, aunque éste se hunda yo puedo aún sobrevivir: mi suerte no está ligada a la suya”. Y hablamos con cinismo de nuestra Iglesia y con liviandad de nuestro mensaje. Parece que quisiéramos mantener una distancia entre ellos y nosotros, entre las causas que decimos abrazar y nuestro yo más íntimo. Nos falta entregarnos de tal manera que sepamos y mostremos que, si cayera la causa que hemos abrazado, caeríamos nosotros con ella, que no queremos vivir si Io que amamos no vive con nosotros y nosotros con ello.

El creyente en Jesucristo no tiene ya ilusiones acerca de sí: no tiene imagen de sí mismo que defender, no tiene apariencia que guardar. ¡Es de Cristo, y con Cristo de los hombres! No tiene otro ser –ni quiere tenerlo– que el que tiene en Cristo, en la comunidad de los creyentes, al servicio del Evangelio. Su vida no tiene otra realidad que la de su Señor. Ha sido liberado de todo narcisismo, para darse a sí mismo, para envolver su vida sin resto y sin reserva con la suerte de su Señor y de todos los hombres y no le queda vida para salvar aparte de Jesucristo y de sus hermanos.

Pero esta entrega requiere señales concretas- señales que deben darse hoy, aquí, en el contexto de las necesidades y de los problemas de esta tierra. Una señal de la entrega es una vida disciplinada: una vida administrada sin sentimentalismo, sin afán de halagar, firme y sobriamente prendida a la realidad, capaz de decir sí y no, capaz de renunciar sin llanto al camino del éxito fácil. Otra señal de la entrega es el trabajo real, la huida de la actividad ficticia que llena las horas de burbujas, sin tomar jamás contacto con los hombres y las cosas como son, nuestra actividad vana compuesta de tareas adjetivas que se suponen referirse a algún sustantivo real que entretanto ha desaparecido.

Una señal de entrega es la renuncia al verbalismo con el que cubrimos nuestra superficialidad. Sofistas de peor cuño que los de antaño, discutimos interminablemente porque no queremos comprometernos en la acción, demoramos la decisión y cubrimos nuestra cobardía con palabras llenas de falsa sabiduría y de engañosa prudencia. ¡Con qué urgencia hace falta en nuestro país un puñado de hombres cansados de todo este juego: hombres que sepan callar lo que no es necesario decir; hombres que hablen para decidir y decidan para obrar; hombres que se equivoquen o acierten, pero en todo caso vivan de verdad.

Podríamos continuar, sin duda. Pero la afirmación y la exhortación del apóstol son suficientemente claras. En nuestra sociedad argentina desganada, cínica, fragmentada, inconsistente, Jesucristo ha llamado por el poder de su Resurrección a los hombres y mujeres que deben constituir una comunidad de seres liberados de sí mismos para amarse y servirse mutuamente, para amar y servir a todos y constituir así un núcleo de sociedad real en medio de un pueblo dividido y aislado. Esto somos llamados a ser: una comunidad de hombres y no de sombras, una comunidad de verdad y de entrega a la que es posible pertenecer con todo el ser, sin reservas y sin restos.

Me atreveré a decir que éste es el mensaje del Señor a quienes ingresan hoy al ministerio ordenado de la Iglesia de Cristo. Como pastores somos llamados, antes que otra cosa, a ser “dechados de la grey”, no de algún modo abstracto y artificial, por una larga serie de de virtudes, sino simplemente en la realidad de nuestra vida de creyentes en Jesucristo. Como pastores no somos enviados a “cumplir un papel”, a demostrar vuestra competencia y habilidad, a lograr ciertos resultados preestablecidos (de nuevo o viejo cuño, conservadores o progresistas). No vamos a renovar la Iglesia de ésta o aquella manera. ¡Vamos a vivir simple y honestamente, en Cristo, donde os manden! Así tal vez irá naciendo esa realidad que Jesucristo quiere como su Iglesia, hoy, aquí. Así sea. Amén!

Mensaje pronunciado en la ceremonia de ordenación de diáconos y presbíteros metodistas, 1966.

1.  Colosenses 3.1-17 (RV1960)
3:1 Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios.
3:2 Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra.
3:3 Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios.
3:4 Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria.
3:5 Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría;
3:6 cosas por las cuales la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia,
3:7 en las cuales vosotros también anduvisteis en otro tiempo cuando vivíais en ellas.
3:8 Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca.
3:9 No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos,
3:10 y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno,
3:11 donde no hay griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro ni escita, siervo ni libre, sino que Cristo es el todo, y en todos.
3:12 Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia;
3:13 soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros.
3:14 Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto.
3:15 Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed agradecidos.
3:16 La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales.
3:17 Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.
2. ”El hombre a la defensiva”, en OBRAS, p. 679

 

José Miguez Bonino

José Míguez Bonino
Pastor Metodista
Teólogo
Doctor en Teología
Graduado en la Facultad Evangélica de Teología, Candler School of Theology de Atlanta
y en el Union Theological Seminary de Nueva York
Profesor de Teología sistemática
Director de la Facultad Evangélica de Teología (hoy ISEDET)
Único observador protestante latinoamericano en el Concilio Vaticano II
Miembro del Jurado Internacional del Premio Nuremberg por la Paz y los Derechos Humanos
Miembro del Movimiento Ecuménico de la Comisión de Fe y Doctrina del CMI
Presidente del Concilio Mundial de Iglesias
Secretario ejecutivo de la Asociación Sudamericana de Instituciones Teológicas
Constituyente (sin filiación partidaria) para la Reforma Constitucional Argentina, 1994

 

 

 

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