SI NO SOPLARA EL VIENTO

| 25 marzo, 2015

Profundo diagnóstico de la realidad de la Iglesia Protestante.
Un llamado a buscar los vientos del Espíritu Santo sobre nuestras barcas.

La vida es un proceso de constante renovación. La forma de vestir cambia, los hábitos alimentarios se modifican, el lenguaje se transforma, la forma de enseñar evoluciona, la tecnología nos sorprende cotidianamente con sus innovaciones, la cultura se recrea. Y eso es parte de la maravillosa experiencia del vivir. Somos parte de un universo que, desde que la fuerza creativa y creadora de Dios le sopló vida, está en constante metamorfosis.

Sin embargo, esto que nos resulta tan evidente en nuestra vida cotidiana, cuando se transporta a la experiencia de fe, no resulta tan sencillo. La vida cristiana, como cualquier otro aspecto de la vida, también debería estar en constante evolución, crecimiento y maduración. Pero, si hacemos un recorrido por nuestras comunidades protestantes (no me animo a ser más amplio que esto, que es lo que conozco “desde adentro”), más que encontrarnos con vida, transformación, nuevas experiencias, revoluciones, nos encontramos con diferentes modelos de museos celebrativos. El órgano imponente, los himnarios, el púlpito alejado, una antigua versión bíblica, un lenguaje reservado a una cierta elite de iniciados e iniciadas, gestos no siempre comprensibles, un clima que poco y nada tiene que ver con la fiesta de la vida y la alegría contagiosa del evangelio liberador de Jesucristo.

Este diagnóstico de la realidad celebrativa de nuestras iglesias puede tener algunos matices y alguna honrosa excepción, pero no se puede negar. Y frente a esto, no sorprende que personas fieles y activas de nuestras comunidades se lamenten ante “el barco que se hunde”.

Y claro, ¿cómo no se va a hundir? Lo extraño sería que, ante este panorama de inacción insensible al mover del Espíritu, el barco no se hundiera. La realidad es contundente: el barco hace agua, tiene agujeros por todos lados. Y no hay gente que reme con fuerzas hacia alguna orilla, ni tampoco brazos que alcancen para desagotar la barca.

Ahora bien, frente a esta realidad triste hay dos opciones. Una opción fácil: no hacer nada y mirar como la barca querida se va a pique. Es una opción que muchas personas han tomado y seguirán tomando. Yo mismo he escuchado a más de un miembro “de años de iglesia” decir: “que el último apague la luz”. Y lo dicen con resignación, con auténtico dolor, pero sin asumir la necesidad de salir de ese espíritu de apatía. Y aclaro, por las dudas, que ya llevo casi 25 años en el andar pastoral.

La otra opción es más comprometida: ¡hay que hacer algo para cambiar! Esta última actitud, mi querido hermano y mi querida hermana, es la actitud evangélica correcta. Tiene que ver con la herencia de una fe que no se resigna ante la prueba sino que se potencia en la adversidad y se abre en a la búsqueda de alternativas. ¿No fue eso lo que hizo, por ejemplo, Lutero en su tiempo? ¿No estaba él mismo parado ante una iglesia que se caía a pedazos, esclavizada a viejos y perversos esquemas de pensamiento y a prácticas que nada construían? ¿No estaba parado también ante esas dos opciones: resignarse o rebelarse? Y a su modo, ¿no hicieron lo mismo Calvino en Ginebra, Zwinglio en Zurich y Wycliff antes que ellos en Inglaterra y tantos otros?

Ellos, cada quien frente a los desafíos propios de su tiempo y contexto, apostaron a la renovación y hasta a la revolución, con el objeto de devolverle a una institución muerta la nueva vida que necesitaba. Lutero se metió en las tabernas, caminó las calles, escuchó el lenguaje de la gente y sus anhelos y preguntas. Y su traducción de la Biblia y sus himnos son un reflejo contundente de sus propuestas innovadoras. Antes de Lutero, la música era usada solamente por los sacerdotes de las iglesias o por coros selectos, siempre en latín. Pero Lutero “inventó” la himnología congregacional. El primer himnario protestante, publicado en Wittenberg en 1524 tenía 8 himnos, 4 de ellos escritos por el gran reformador alemán.

Y Calvino al traducir los Salmos al francés, dándoles una poesía fresca y radiante, no busca sino que el pueblo pueda volver a beber del agua preciosa de la Palabra de Vida. Calvino quería que el pueblo reunido cantara, que las voces se unieran en una sola expresión de alabanza a Dios. El canto era del pueblo y no de unas pocas voces privilegiadas.

Muchas de estas primeras canciones “populares”, acompañaron a los mártires de la reforma mientras eran torturados o quemados en las hogueras de los que deseaban que nada cambiara.

Estos ejemplos y tantos otros, que podríamos mencionar de una clara tradición reformadora, deberían darnos hoy el impulso suficiente para iniciar la urgente reforma de la experiencia celebrativa de nuestras comunidades. Una reforma del lenguaje, de los espacios, de los ritmos, de la dictadura unidireccional del monólogo frente a la riqueza inexplorada de los gestos, los símbolos, las imágenes, los colores, los aromas… Una reforma que se abra a mayor participación, tanto en la proyección y elaboración de la experiencia celebrativa (léase grupos de liturgia y de música) como en el mismo desarrollo de cultos, espacios devocionales, encuentros de oración, etc., fomentando el surgimiento y la continua formación de animadores y animadoras. Una reforma que se anime a cuestionar los pre-supuestos (doctrinales, tradicionales, costumbristas) sobe lo litúrgico-musical a partir de la Escritura, mirando el contexto, dejándose desafiar por el llamado a compartir la buena noticia liberadora de Jesús de manera vívida y comprensible. Una reforma que busque hacer pie en nuevos métodos de comunicación, que tenga apertura para considerar otros estilos, otras herramientas, otro vocabulario, otro ritmo.

Nada hay más solemne y sagrado a los ojos de Dios que una alabanza que nace auténtica, sin fingimiento, de un corazón sincero y agradecido que busca, como parte de un pueblo (comunidad) que busca acercarse a la santidad de Dios. La solemnidad no está ni en la música que se canta, ni en la vestimenta (ni la de la membresía ni la de quien presida), ni en los instrumentos que se ejecutan, ni en la versión de la Biblia que se privilegie, ni en la disposición del salón que se use, ni en sus “adornos”… ¿De qué herencia reformada podríamos hablar si nos mantuviéramos en esa estrechez mental y espiritual?

Para que la pequeña barca de nuestra comunidad no se hunda, debe dejarse conducir hacia otras aguas por el viento generoso del Espíritu. Lo digo con absoluta convicción: el viento del Espíritu está soplando y, como todo viento, quiere renovar el aire y sacudir las velas del barco y empujar hacia adelante. Pero, si las velas siguen bajas, si la mente y el corazón se rebelan a lo nuevo, si seguimos escudados en viejos esquemas y si nos atan los dogmas obsoletos, la vida se seguirá apagando, la barca se seguirá hundiendo. El desafío es dejarse seducir y conducir por ese viento. Ah, y no menos importante, también hay que levantar el ancla. Y el ancla, en mi visión personal, es la institucionalización de la fe. Cuando la vivencia de la fe, en todos sus aspectos: kerigmáticos, diacónicos, litúrgicos, didácticos y koinónicos, no adquieren la dinámica que la vida cotidiana reclama; cuando se condicionan a una cierta estructura y se anquilosan; cuando dejan de respetar al Viento… se convierten en ancla.

Tal vez muchos de ustedes se pregunten, con cierto temor o con algo de escepticismo: ¿Hacia dónde nos llevará ese viento? La respuesta es: hacia una manera más auténtica, más nuestra, más actual, más viva, más fresca y más apelativa de celebrar la Palabra de Dios en la comunidad. Otros tal vez digan: por ese camino se pierde nuestra identidad. ¿Y qué es lo que nos define? ¿Qué nos hace evangélicos reformados o luteranos o lo que sea? ¿Un himnario, la querida pero ya incomprensible Reina-Valera, una toga negra, el saco y la corbata o el vestido y el sombrero, un sermón de 30 minutos, los bancos perfectamente ordenados (aunque vacíos, ¡no importa!), el mismo orden de siempre? ¿No nos define más bien la fidelidad a la propuesta de Jesús, el Mesías liberador, que revolucionó para siempre lo establecido al dejar vacía la tumba? ¿No nos define mejor el ejemplo valiente de hombres y mujeres que a lo largo de la historia supieron hacerles frente a los guardianes de cualquier statu quo que aliena y que mata?

Si no soplara el viento, seguramente el presagio de quienes sienten que la barca se hunde, indefectiblemente se cumpliría. Pero el viento sopla y quiere mover la barca de su sitio.

Las experiencias dicen que los resultados son sorprendentes y que, aunque la comunidad no crezca en número de manera milagrosa, crece en ánimo, en alegría, en entusiasmo, en ganas de trabajar y servir y comprometerse con el proyecto de Dios en la tierra. E ir al culto o, como sea que llamemos a los espacios de encuentro y celebración, va a ser una aventura nueva cada vez, porque habrá novedad… Y en la novedad se asentará la esperanza.

Te animo a que te dejes sorprender por el viento del Espíritu. Para que se renueve tu vida de fe y para que, junto a otras vidas transformadas, transites el sendero de la renovación de la experiencia celebrativa de tu comunidad. Dejándonos impulsar por ese viento, la barca no se va a hundir jamás.

 

Gerardo Oberman
Gerardo Oberman
Pastor de las Iglesias Reformadas en Argentina
Coordinador continental de la Red Crearte

 

 

 

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Categoria: Edición 14 | Ser Iglesia aquí, hoy, Editorial, entrega 4, Reflexiones

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