PARA EL SEÑOR QUE AMAMOS. Parte IX

| 6 abril, 2015

El compromiso de Ciudad del Cabo. Movimiento Lausana.

Continuamos con la entrega del material publicado por el Movimiento de Lausana.

  1. AMAMOS AL PUEBLO DE DIOS

El pueblo de Dios son todas las personas de todas las edades y todas las naciones a quienes Dios, en Cristo, ha amado, escogido, llamado, salvado y santificado como un pueblo para su propia posesión, para compartir la gloria de Cristo como ciudadanos de la nueva creación.

En consecuencia, como aquellas personas que Dios ha amado de eternidad a eternidad y a lo largo de toda nuestra historia turbulenta y rebelde, se nos ordena amarnos unos a otros. Porque “si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros” y, por lo tanto: “Sed, pues, imitadores de Dios […] y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros”. El amor de unos por otros en la familia de Dios no es meramente una opción deseable, sino un mandamiento ineludible.

Este amor es la primera evidencia de la obediencia al evangelio, la expresión necesaria de nuestra sumisión al señorío de Cristo, y un potente motor para la misión mundial.49

a. El amor exige unidad.

El mandamiento de Jesús, de que sus discípulos se amen unos a otros, está vinculado con su oración para que sean uno. Tanto el mandamiento como la oración son misionales: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos” y “para que el mundo crea que tú [el Padre] me enviaste”.50

Un signo sumamente convincente de la verdad del evangelio es cuando los creyentes cristianos están unidos en amor a través de las arraigadas divisiones del mundo: barreras de raza, color, género, clase social, privilegio económico o alineación política. Hay pocas cosas que destruyen tanto nuestro testimonio como cuando los cristianos reflejan y amplifican las mismas divisiones entre ellos. Buscamos urgentemente una nueva asociación global dentro del cuerpo de Cristo a través de todos los continentes, arraigada en un profundo amor mutuo, la sumisión mutua y un intenso compartir de recursos económicos sin paternalismo ni dependencia malsana.

Y buscamos esto no sólo como una demostración de nuestra unidad en el evangelio, sino por el bien del nombre de Cristo y la misión de Dios en todo el mundo.

b. El amor exige sinceridad.

El amor habla la verdad con gracia. Nadie amaba más al pueblo de Dios que los profetas de Israel y Jesús mismo. Sin embargo, nadie los confrontó más sinceramente con la verdad de su fracaso, idolatría y rebelión contra su Señor del pacto. Y, al hacerlo, llamaron al pueblo de Dios a arrepentirse, para que pudieran ser perdonados y restaurados al servicio de la misión de Dios.

La misma voz de amor profético debe oírse hoy, por la misma razón. Nuestro amor por la Iglesia de Dios sufre de dolor por la fealdad que hay entre nosotros y que tanto desfigura el rostro de nuestro querido Señor Jesús y oculta su belleza del mundo, ese mundo que necesita tan desesperadamente ser atraído hacia él.

c. El amor exige solidaridad.

Amarnos unos a otros incluye especialmente cuidar de los que son perseguidos y los que están presos por su fe y su testimonio. Si una parte del cuerpo sufre, todas las partes sufren con ella.

Somos todos, como Juan, “copartícipes […] en la tribulación, en el reino y en la paciencia de Jesucristo”.51

Nos comprometemos a compartir el sufrimiento de los miembros del cuerpo de Cristo en todo el mundo, a través de información, oración, defensoría y otros medios de apoyo.

Sin embargo, vemos este compartir no sólo como un ejercicio de conmiseración, sino también como un anhelo de aprender lo que puede enseñar y dar la Iglesia sufriente a aquellas partes del Cuerpo que no están sufriendo de la misma manera.

Se nos advierte que la iglesia que se siente cómoda en su bienestar económico y su autosuficiencia puede, como la de Laodicea, ser la iglesia que Jesús ve como la más ciega a su propia pobreza y aquella con respecto a la cual él mismo se siente como un extraño fuera de la puerta.52

Jesús convoca a todos sus discípulos a ser una familia entre las naciones, una comunidad reconciliada en la que todas las barreras pecaminosas han sido derribadas por medio de su gracia reconciliadora.

Esta Iglesia es una comunidad de gracia, obediencia y amor en la comunión del Espíritu Santo, en la cual se reflejan los gloriosos atributos de Dios y las características de la gracia de Cristo, y se exhibe la multicolor sabiduría de Dios. Como la expresión actual más vívida del reino de Dios, la Iglesia es la comunidad de los reconciliados que ya no viven para sí mismos, sino para el Salvador que los amó y se entregó por ellos.

49 2º Tesalonicenses 2:13-14; 1 Juan 4:11; Efesios 5:2; 1º Tesalonicenses 1:3; 4:9-10; Juan 13:35
50 Juan 13:34-35; 17:21
51 Hebreos 13:1-3; 1 Corintios 12:26; Apocalipsis 1:9
52 Apocalipsis 3:17-20

 

lausana cape town

MOVIMIENTO LAUSANA
Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo
1era de Corintios 5.19
www.lausanne.org/es/

 

 

 

 

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Categoria: Edición 14 | Ser Iglesia aquí, hoy, entrega 6, Evangelismo

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