¿PUEDE UN CRISTIANO EVANGÉLICO DIVORCIARSE?

| 20 abril, 2015

 ¿Cuándo Dios le dio a Moisés la Ley, que reglamenta la carta de divorcio o repudio, se la dio al pueblo de Dios, o era esta Ley para los vecinos idolatras que no lo conocían?

Como lo mencioné en mi nota anterior titulada “¿Hay lugar para los divorciados en la iglesia de Dios?” Como ministros del evangelio de Jesucristo procuramos, de todas las maneras posibles, restaurar a todo matrimonio y damos gracias a Dios, por las preciosas parejas que El formó, las cuales son un testimonio maravilloso de lo bueno y hermoso que es estar bajo la plena dirección de Espíritu Santo cuando permitimos que El conduzca al cien por ciento nuestras vidas.

Hemos visto, a través de los años, muchos matrimonios en crisis que por la amorosa intervención divina fueron sanados totalmente y algunos de ellos llegaron a un nivel de plenitud, que antes nunca habían alcanzado. ¡Por estos matrimonios damos gloria a Dios!

Pero no todo es así en la viña del Señor. Encontramos evangélicos que por distintas circunstancias, formaron un mal matrimonio, ya sea que casaron por capricho, por necesidad, por lástima, por estupidez o vaya a saber por qué causa ajena a la voluntad de Dios para sus vidas. Tal vez hasta por amor no correspondido por el otro cónyuge. O fingido por conveniencia de uno de los dos.

Pero lo importante es que llegaron al extremo de tener que romper su matrimonio y no solamente asistir a esta pérdida dolorosa, semejante a la muerte física, por el dolor inmenso que acarrea está situación a la persona de buen corazón.

Hablando de ministros del evangelio, recuerdo el caso de un predicador que salía de su hogar con lágrimas en sus ojos, por el dolor de su relación matrimonial y, en esa crisis, salía a servir al Señor, el cual en su misericordia lo fortalecía, y llenaba su corazón de gozo; pero no deseaba regresar a su casa, por el maltrato y desconsideración que recibía.

Transcurridos veinte años, de los cuales dieciséis transcurrieron sin tener relaciones maritales, un día dijo con gran temor de Dios: voy a dejar de ser hipócrita, no voy a seguir fingiendo frente a la iglesia, que tengo una vida matrimonial buena, cuando la mía es un verdadero infierno, y optó por divorciarse.

Otro ministro celebraba los quince años de su hija, al finalizar la fiesta su esposa le dice que precisaban hablar. El pensó que sería algo relacionado con la conducta de sus hijos, pero ella, que servía a Dios junto a su esposo, le dice: no te amo más, tengo otra pareja” y se fue a vivir con él; abandonando tanto a su esposo como a sus hijos.

Otro hermano que hoy es ministro, escuchaba a su esposa atea decir que, en este país, para llegar a ser algo, hay que ser ladrón o político; uno de sus hijos escuchó la voz de la madre y, precisamente no se dedicó a la política, por lo cual estuvo preso en varias oportunidades.

¿Qué es lo que se debe hacer en estos casos? ¿Qué es lo que Dios quiere? ¿Se debe mantener la apariencia de una buena relación a cualquier costo? ¿Hay que restaurar a un ministro que fue infiel a su cónyuge y condenar al que fracaso en su matrimonio? ¿Acepta la iglesia a estos creyentes? ¿Pueden ser restaurados? ¿O deben ser condenados sin piedad al fuego eterno?

En diversas instituciones hay programas para restaurar a ministros que fueron infieles a sus cónyuges, algunos muy serios, que además de fundamentarse en una correcta consejería, acompañan al mismo durante el prolongado proceso de una plena restauración. Pero de la misma manera, en algunas de ellas se avala a cualquier costo la hipocresía, el fingimiento, cualquier cosa, menos el divorcio, ya que eso es para el mundo, y no para los creyentes.

Esto trae a mi mente las siguientes reflexiones: ¿Cuándo Dios le dio a Moisés la Ley, que reglamenta la carta de divorcio o repudio, se la dio al pueblo de Dios, o era esta Ley para los vecinos idolatras que no lo conocían? ¿Cuándo Dios le dio carta de repudio a Israel, pertenecía Israel al pueblo de Dios o era un pueblo totalmente ajeno a Él? ¿Cuándo Jesús sentenciaba que se podían divorciar por causa de fornicación se refería a los extranjeros o al pueblo de Dios?

Vemos que estas o tantas otras preguntas similares que pueden formularse, la respuesta es que el divorcio fue algo preparado, no para el mundo, sino para el pueblo de Dios.

¡Qué bueno sería que la iglesia contemple estos casos!, deje la hipocresía y que tanto un creyente, como un ministro, llegado el caso extremo como los mencionados, pueda divorciarse y ser restaurado plenamente, dándole la oportunidad de formar una nueva pareja en el Señor y servirlo en plenitud.

 

Juan Carlos Santucci

Juan Carlos Santucci
Lleva 30 años de ministerio pastoral en las siguientes Instituciones:
“Congregación Evangélica Pentecostal”,
“Asociación Evangelística Cristo Vive”,
“Iglesia de Dios”,
“Centro Cristiano Las Buenas Noticias de Dios”
“Ministerio Misionero Maranatha”
Actualmente pastorea “la Iglesia de Jesús” de Claypole.

 

 

 

Cordialmente es la expresión de PASTORESxlaGENTE que fiel a sus principios no procura fijar conceptos únicos, sino que busca expresar la diversidad en la pluralidad que caracteriza al movimiento evangélico.

Las notas publicadas en esta edición digital reflejan la opinión particular de los autores.

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Categoria: Edición 14 | Ser Iglesia aquí, hoy, entrega 8, PASTORAL, Vida Pastoral

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