QUÉ ES SER IGLESIA DE CRISTO HOY, AQUÍ | Parte 2

| 20 abril, 2015

NUESTRA REALIDAD Y NUEVAS FORMAS.

Beneficios y perjuicios de la fragmentación en las actividades de la comunidad.
La Iglesia amplia e inclusiva que genera nuevas formas para recibir a todos los discípulos, quienes se integran por medio de formas no tradicionales.

No obstante la importancia suma que se le da a las celebraciones, ya sean dominicales o en otras oportunidades, la afluencia tanto de la membrecía como de personas interesadas en general a estos encuentros ha disminuido y continúa disminuyendo fuertemente, salvo eventos especiales convocados con fuerte inversión comunicacional.

Esta realidad ha despertado la necesidad de estudiar las razones de esta deserción. Se han realizado muchos, algunos profundos, estudios sobre el particular desde distintos puntos de vista: sociológicos, filosóficos, culturales y teológicos. Se han buscado razones en los cambios sufridos por nuestras sociedades (revoluciones industriales, guerras mundiales, democratización, pluralismo religioso y político, avances de la tecnología, etc.), en las nuevas ideologías y cosmovisiones (secularización, avances de la ciencia, inmanentismo, liberalización moral, distintas expectativas de la vida, etc.), en las migraciones (externas e internas, movilidad por razones laborales), en las nuevas atracciones (televisión, fútbol, otros deportes, turismo, juegos de computación, etc.).

Como consecuencia de estos estudios se ha buscado recuperar a los fieles, enfatizando la necesidad de realizar la así llamada misión interna, creando grupos específicos de mujeres, de niños/as, de jóvenes, de ancianos, de voluntarios, de música, etc., a fin de llegar a ellos con un mensaje más pertinente y acorde a su edad, especialidad, interés y entorno.

También se ha buscado de enfatizar fuertemente en la necesidad de salir de las cuatro paredes del templo (o salón parroquial), e involucrarse en la misión (externa) de la iglesia, en el testimonio al mundo.

Esto demandó la realización de una nueva tanda de estudios. Porque si bien había iglesias con una larga trayectoria de misión externa (África, India, Indonesia, etc.), no es lo mismo llevar el Evangelio a aborígenes en un país africano, que hacer lo propio en una ciudad metropolitana.

No había que desmantelar concepciones animistas, sino defender los elementos de la fe cristiana frente a los embates del ateísmo, preguntas críticas de las ciencias naturales, de las nuevas ideologías políticas y/o económicas.

Los estudios llevaron finalmente a la realización de muchos interesantes experimentos y ricas experiencias. Entre otros se han creado las así llamadas academias y seminarios, en las que se reúnen teólogos a debatir con economistas, con políticos, con científicos, con empresarios, con sindicalistas, etc. a fin de consolidar a estos en su fe o convencerlos de la misma; o, inversamente, de aprender cómo expresar mejor los contenidos del Evangelio en las diferentes jergas y acorde a la idiosincrasia de los profesionales, de los obreros fabriles, o de los productores agropecuarios.

Asimismo se han creado capellanías especiales para estudiantes universitarios, para marineros, para deportistas.

Todos estos esfuerzos, sin embargo, no han dado el resultado esperado. La afluencia a las celebraciones dominicales permaneció estacionaria, en el mejor de los casos, o continuó disminuyendo. La cantidad de grupos específicos, por otro lado, diversificó las oportunidades de asistir a celebraciones en instalaciones universitarias, hospitalarias, escolares, deportivas, etc. con lo cual se logró un efecto contraproducente, esto es el fraccionamiento de la comunidad global. Quizás no disminuía la adhesión a la congregación/iglesia en general, pero sí la asistencia al culto centralizado con lo que se perdía el encuentro intergeneracional, el encuentro interdisciplinario, el encuentro de gentes de las diferentes clases sociales, el encuentro familiar, comunitario.

No me caben dudas que la tarea esencial de la iglesia es la transmisión del Evangelio, de las “Buenas Nuevas” acerca del Reino de Dios y que, inversamente, hay iglesia allí donde estas buenas nuevas, gracias a la incidencia del Espíritu Santo, fructifican en medio de un grupo humano.

Un grupo humano que puede ser mínimo, apenas de dos o tres personas (Mateo 18:19-20). Tampoco me caben dudas que en esta tarea de transmisión, de tradición, una tarea esencialmente comunicacional, la llegada al otro, la comprensión por parte del otro del contenido que se quiere transmitir, será tanto más fácil cuanto más nos acercamos a los códigos de comprensión de ese otro.

Entonces, para el predicador, es importante conocer esos códigos, conocer el idioma, la jerga que maneja el otro como así las circunstancias, el contexto en que se mueve la vida del otro. Es obvio entonces que el universitario preferirá escuchar la palabra de Dios cuando se la expone un pastor dedicado a la comunidad estudiantil que está imbuido de la jerga y las costumbres, las necesidades y los vicios de ese grupo específico. Difícil se hace para el predicador encontrar el idioma adecuado para transmitir el Evangelio a una comunidad heterogénea aquí y ahora, en la que están presentes representantes de todo el espectro de una sociedad.

No quiero ser simplista, pero no puedo entrar aquí en toda la problemática de la hermenéutica bíblica, pues excedería las dimensiones de este artículo. Con todo, considero que no corresponde exagerar las dificultades de comunicación de la palabra de Dios, tanto en lo que hace a la diversidad de una congregación como a la distancia temporal y por tanto de contexto que nos separa de los tiempos en que han surgido los distintos escritos bíblicos.

Es asombroso descubrir, por ejemplo, al leer ciertos capítulos del Antiguo Testamento, como artilugios demagógicos usados por aspirantes al poder hace más de dos milenios y medio son más o menos los mismos que emplean políticos aún hoy en día. Quiero decir: en lo tocante a la relación con Dios, el ser humano, y sea de la etnia que fuere, en su esencia no ha cambiado demasiado en los últimos milenios.

Por lo tanto la palabra de Dios, tal como está contenida en los escritos bíblicos, es pertinente al ser humano hoy como antaño. Suscribo, por supuesto, el consejo que daba el renombrado teólogo suizo Karl Barth a estudiantes de teología y pastores, en el sentido de que para confeccionar un buen sermón había que hacerlo teniendo en una mano la Biblia y en la otra el periódico del día.

Pero debe quedar claro que, la ausencia de feligresía en las celebraciones de nuestras iglesias protestantes de hoy, no se debe a que la palabra de Dios haya perdido actualidad ante los problemas que aquejan al ser humano. En todo caso, la disminución en el interés por asistir a las celebraciones tiene que ver, ya sea con que los predicadores no se esfuerzan en exponer adecuadamente la palabra de Dios, o con que las personas en su soberbia típicamente humana no desean escuchar dicha palabra y la rechazan.

Pero ¿Es cierto que la iglesia de Cristo hoy solamente es el conjunto de creyentes que se reúne en los cultos para la adoración y la escucha de la palabra de Dios? Los creyentes que por razones laborales, por impedimentos físicos y enfermedades, por dificultades de transporte hasta los lugares de culto, que oran y leen las Escrituras en sus casas, en los hospitales, etc. y no asisten a las celebraciones no forman parte de la iglesia?

¿Los que participan de reuniones de grupos específicos, de estudios bíblicos, pero no asisten a las celebraciones dominicales, tampoco forman parte de la iglesia? ¿Dónde está el límite de la extensión de la iglesia visible?

¿Es la iglesia el conjunto de personas que han sido bautizadas y figuran en los correspondientes registros? ¿Los que figuran en el listado de personas que aportan regularmente una contribución de sostén, un diezmo? Son estas preguntas las que suelen mover los espíritus de autoridades eclesiásticas, como así también de simples creyentes y que son difíciles de responder. Las definiciones que he presentado en la primera parte de este artículo parecen no responder plenamente estas preguntas.

Creemos que la iglesia cristiana hoy y aquí integra a todas las personas que creen en Jesucristo como su Señor, tanto los que se reúnen regularmente en las celebraciones como los que no lo hacen con asiduidad, pero están presentes en sus respectivos grupos de interés, de estudio, de trabajo voluntario, etc..

También considero que pertenecen a ella aquellas personas que dicen “no creer en Dios”, pero igualmente ponen al servicio del Señor su dones y talentos, muchas veces con asombrosa fidelidad, colaborando en diversas tareas sociales y de ayuda al semejante que la iglesia encara en su nombre.

Tampoco considero que hemos de dejar afuera a aquellos que vienen y van, quizás cargados de dudas, indecisos, pero no sabemos lo que el Señor planea hacer con ellos. La iglesia, finalmente, son los creyentes, pero tienen conciencia de ser pecadores aún, a pesar de ser justificados por el Señor.

Más allá de registros y censos no sabemos a ciencia cierta cuantos son. Su número mayor o menor no debe ser causa ni de triunfalismo ni de depresión, pues el Señor está en medio aún de grupetes pequeños.

Ser iglesia de Jesucristo hoy y aquí es como lo fue en todos los tiempos, el conjunto de hermanos y hermanas discípulos/as, que habiendo escuchado las buenas nuevas cumplen en obediencia a su Señor con la misión que él les encomendó, de ir hasta los confines del mundo enseñando a todas las naciones lo que él mandó.

Es decir ser iglesia hoy y aquí es esencialmente dar testimonio de su Señor, como ya lo fue antaño. Nos olvidamos muchas veces de un aspecto más de la misión: el Señor encomendó a sus discípulos asimismo una tarea pastoral de gran responsabilidad: perdonar o retener los pecados en su nombre (Juan 20, 23).

Lo que hoy y aquí marca eventualmente diferencias con el pasado es la metodología con la que, con ayuda del Espíritu Santo, realizaremos ese dar testimonio de las buenas nuevas, esa enseñanza de lo que Jesús nos mandó.

No digo nada nuevo cuando afirmo que para realizar esa tarea no solo deberemos escuchar bien al Señor –o sea esforzarnos en una buena interpretación bíblica acompañada por la oración–, sino también prestar atención al mundo en que vivimos, el contexto en el que viven las personas a las que deseamos impactar con nuestro testimonio.

Deberemos estudiar con cuidado ese mundo con sus corrientes culturales, económicas, políticas, para poder desentrañarlo, desenmascararlo y así poder expresar nuestra voz profética frente a sus calamidades y poder dar una respuesta pastoral adecuada al clamor de las gentes.

 

 

Federico Schäfer

Federico H. Schäfer
Pastor emérito de la Iglesia Evangélica del Río de la Plata (IERP)
Nacido el 28 de junio de1943 en la ciudad de Buenos Aires
Cursó estudios de teología en: Buenos Aires, Argentina; Sao Leopoldo, Brasil y Berlín, Alemania
Ordenado al ministerio pastoral el 5 de abril de 1970 en Rosario
Ejerció su ministerio pastoral en: Entre Ríos, Misiones, Mendoza y Buenos Aires
Secretario Ejecutivo y finalmente Presidente de la IERP hasta fines de 2010
Actualmente miembro de la Junta Directiva de la FAIE

 

 

 

 

 

Cordialmente es la expresión de PASTORESxlaGENTE que, fiel a sus principios, no procura fijar conceptos únicos, sino que busca expresar la diversidad en la pluralidad que caracteriza al movimiento evangélico.

Las notas publicadas en esta edición digital reflejan la opinión particular de los autores.

La dirección de Cordialmente procura que la expresión bíblica “examinadlo todo, y retened lo bueno” sea el objetivo, por lo cual se invita a los distintos escritores a presentar sus fundamentos dejando el juzgamiento del artículo en cada uno de los lectores.

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Categoria: Edición 14 | Ser Iglesia aquí, hoy, entrega 8, Notas de fondo

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