SERVIRLE, EN TODO TIEMPO Y LUGAR

| 20 abril, 2015

 A lo largo de la historia, Dios se ha encargado (y se encarga aún) de llamar a hombres y mujeres a ser parte de un proyecto divino.

Tenemos ejemplos en La Biblia como Abraham, Moisés y Séfora, Josué, Débora, Samuel, David, los profetas, los discípulos de Jesús, Pablo, Ananías, Priscila y Aquila, Timoteo, Bernabé, por nombrar algunos. Cuando uno analiza el llamado a cada uno, hay una característica sobresaliente, y es que el llamado que Dios hace es a servirle, es decir, a que transiten en sus vidas los caminos que El va poniendo delante. Esto demanda de aquellos que aceptan el llamado, obediencia a la voluntad de Dios.

Hoy, aquellos que hemos aceptado ese llamado, hemos pasado a formar parte de una institución divina, soñada por el mismo Dios, que se denomina iglesia; la cual está formada por personas que han sido redimidas por la gracia de Dios.

Esta institución tuvo sus comienzos con los primeros pasos de Jesús, quién hacía invitaciones a las personas que rozaban con Él a seguirle (Mateo 9:29; 19:21; Marcos 2:14; 10:21; Lucas 5:27; 9:59; 18:22; Juan 1:43; 21:19; 21:22; Hechos 12:8).

El hecho que Jesús invite a seguirle, da por entendido que hay que servirle. Cuando llamó a sus discípulos, inmediatamente les comisionó tareas para realizar (Mateo 10:1-5). No tenían una actitud pasiva en el ministerio de Cristo; no eran simples oyentes de sus enseñanzas u observadores de milagros; sino que eran parte de su ministerio.

No se puede seguir a Jesucristo y no servirle, el llamado es a servirle. Lo fue a lo largo de la historia y lo seguirá siendo. Seguirle implica imitarle, quienes adoptan esta postura activa, pasan a ser parte de la iglesia, hacen a la iglesia misma.

El cumplir la función de ser iglesia; aquí, hoy; nos lleva a meditar en el contexto que nos rodea y el tiempo que nos toca vivir, para cumplir bien nuestra misión.

Analizando el contexto, vivimos en un sistema donde reina el hedonismo: satisfacción personal, hacer sólo lo que nos gusta, llenarnos de actividades placenteras, relacionarme con quienes me llevo bien, ser servido, exigir atención, exitismo, apariencias, evitar meditar, pensar y todo aquello que requiere disciplina y esfuerzo. Son todas palabras que tienen su origen en el egoísmo; primero yo y lo que me pasa a mí.

La iglesia vive dentro de ese contexto, por lo tanto es muy probable que este pensamiento se introduzca en la misma.

Hay, dentro de nuestras iglesias, muchos que dicen seguir a Jesús, pero no le sirven. Son fieles asistidores de reuniones, buscan a Dios, tal vez diezman y ofrendan, pero son simples espectadores en el proyecto divino: van a ser servidos, a buscar ofertas como quien va al supermercado, sin comprometerse activamente.

Van tras las recompensas del reino, las dádivas, los beneficios, pero no se someten a la voluntad de Dios, no viven en la dimensión de fe que Dios les quiere conducir, no experimentan la vida abundante que Jesús les viene a ofrecer; espiritualmente hay frustración, insatisfacción, Infelicidad (ninguna diferencia con aquellos que no conocen a Dios).

Estas características, nos muestran una iglesia que no está a la altura, tibia, sin influencia, sin poder de Dios. Una iglesia que tenía estas características era la de Laodicea. Esta se encuentra en el libro de Apocalipsis 3:14-22. Sus características eran que se creía llena de Dios, que no tenía necesidad de nada, pero había perdido el rumbo, estaba centrada en sí misma y en sentirse bien, confiada y segura en sus posesiones económicas, pero lejos del proyecto divino. Estaba tibia a los ojos de Dios. Laodicea nos introduce en el hoy, representa a la iglesia de la última hora; Jesús le dice que está a la puerta, que su venida es inminente; nos representa a nosotros hoy.

Sabemos lo que es ser iglesia, sabemos el contexto que nos rodea, y también sabemos el tiempo profético que nos toca vivir.

Es nuestra responsabilidad como iglesia, seguir el ejemplo de Cristo, el cual siempre ponía en segundo lugar sus intereses personales y priorizaba los del padre, que se sometía a su voluntad aunque esta le costara la vida; que antes de ser egoísta, brindaba todo por darle una oportunidad a las personas de transformar sus vidas, de darles propósito; que más allá de conformarse a las modas y la cultura del momento, declaraba la verdad cueste lo que cueste, que vivía en temor de Dios aunque a los ojos de los hombres fuera lo que hoy se le dice “retrogrado”; que sólo hacía lo que el Padre le indicaba (aunque tal vez tendría buenos proyectos, sólo emprendía aquellos que el Padre le decía). Que por sobre todas las cosas tenía comunión con el Padre, oraba más de lo que cualquiera de nosotros tal vez oraría en su vida (siendo Dios), y obraba siendo guiado, no por la carne, sino por el Espíritu Santo de Dios.

Aquellos que sigan el ejemplo de Cristo serán parte del remanente fiel; ese que Cristo viene a buscar; serán los que merezcan que al llegar a la eternidad Dios les diga “buen siervo y fiel, te llego la hora de reposar” (Mateo 25:21). Serán quienes sean llamados a la cena de las bodas del cordero (apocalipsis 19:8-9), quienes marquen la diferencia con Laodicea.

No todos los que están dentro de un templo forman parte de la iglesia del Señor Jesucristo, sólo aquellos que aceptan el llamado a servirle, a someterse a su voluntad, a tomar una postura activa en el reino.

¿Qué es ser iglesia aquí, hoy? aceptar el llamado a servir a Dios en el contexto que Él crea que puedo ser útil, en la hora más difícil de la humanidad.

 

Damián Parignino

Damián Parigino
Graduado del Instituto Bíblico Río de la Plata
Colabora en la Iglesia de la Comunidad de Necochea, Pcia. de Buenos Aires
Da clases de escuela bíblica en el formato del I.E.T.E.

 

 

 

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Categoria: Edición 14 | Ser Iglesia aquí, hoy, entrega 8, Reflexiones

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