EL TESTIMONIO DE LA IGLESIA LOCAL EN SU CONTEXTO

| 27 abril, 2015

La comunidad testigo del Reino de Dios, del tiempo mesiánico, es una comunidad abierta e integradora, como lo es el Cristo que anunciamos. Para ello no hay recetas, pues en cada lugar y circunstancia deberá elaborar sus respuestas, aprender a hablar el lenguaje que comunique bendición, desde el amor y la fe, en esperanza y oración, en comunión con otros.

“Me serán testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra…” (Hechos 1:8). La misión, tanto en el libro de los Hechos de los Apóstoles como en el Evangelio de Juan, gira en torno de la palabra “testimonio” (1). Es lo que define a la comunidad creyente; es una comunidad convocada para dar testimonio: contar acerca de quien le da salvación y vida, en quien confía y espera, porque ha experimentado que Jesús es confiable, es salvador, trae vida y esperanza. Sabe, como iglesia y en cada miembro que la compone, que su poder y tarea no está en sí misma, en su propia grandeza o éxito. Al contrario, su tarea es saber discernir la presencia del Cristo en medio de los tiempos y circunstancias y señalarlo, anunciar sus hechos. Nos toca mostrar su obra, es decir, ser la comunidad testigo de un Dios que sigue actuando, de un Espíritu que se mueve en este mundo, de un Mesías cuyas promesas no son vanas.

Pero vale la pena aclarar que lo que brindamos es el testimonio de una comunidad. A veces pareciera que los testimonios son sólo individuales, y cuando hablamos de testimonio empezamos con un “yo…”, o “a mí…” o incluso un “Jesús me hizo (dio, curó, etc.)…”, poniendo la primera persona singular en el lugar central. Y si bien los testimonios personales tienen valor, no debemos olvidar que somos parte de un cuerpo llamado a testimoniar: cada testimonio personal tiene sentido como parte de una iglesia testigo. Somos miembros de un cuerpo (1era Corintios 12:12-26) y los miembros sólo tienen vida y son útiles en tanto permanecen unidos al cuerpo, y actúan en conjunto. La congregación local es un lugar de articulación de esos miembros, a su vez formando parte de todo el cuerpo, que es la iglesia en su total dimensión ecuménica, que sirve a todo el pueblo de Dios.

Por eso nuestra vocación de fe incluye el testimonio comunitario. No estamos llamados a ser justicieros solitarios o francotiradores del Evangelio, sino a integrar un pueblo, que como todo pueblo tiene sus diferencias y conflictos, pero también tiene aquello que lo une y lo impulsa. Un pueblo sano es aquél donde sus componentes, respetando sus diferencias, se reconocen mutuamente, y saben que el bien de cada uno depende del bien de todos, un pueblo solidario. Pablo nos recuerda a Abraham como el padre de los creyentes y nos invita a tener la fe de Abraham (Romanos 4). Debemos recordar que en obediencia a esa fe Abraham es enviado a construir un pueblo que sea bendición para todos los pueblos (Génesis 12:3). La Iglesia es llamada, justamente, a ser testigo en medio de su pueblo, a construir pueblo, y a llevar a ese pueblo un mensaje de bendición en todas sus dimensiones. La iglesia no está llamada a ser el centro de una sociedad, sino a poner en el corazón del pueblo el mensaje de fe que nos hace más humanos, más solidarios, que nos nutre en el amor y la esperanza.

El testimonio de la iglesia recoge esa misma vocación abrahámica y la afirma en el ministerio de Jesús Mesías. Así como Jesús enseñaba, curaba, restauraba (Mateo 4:23), así ha de ser nuestro testimonio: “como él es, así somos nosotros en este mundo” (1era Juan 4:17). Pero debe hacerlo con humildad, no con prepotencia, menos aún con condenas y amenazas. Somos enviados en medio de los pueblos (Jerusalén, Judea, Samaria…) para proclamar la presencia redentora del mesías encarnado, crucificado y resucitado.

La mención de “encarnado, crucificado y resucitado” no es casual. Nos habla de la integridad del testimonio cristiano: el cristiano, como su Señor, debe encarnarse en la realidad que vive: debe conocer su realidad, sus problemas y posibilidades, las angustias, gozos y esperanzas de la comunidad humana de la que forma parte hoy, como Jesús lo hizo en medio de la Galilea del Siglo 1. En ese camino lleva su cruz, que no son sólo los sufrimientos individuales como muchas veces se ha interpretado (¡mirá la cruz que lleva!) sino el compromiso a fondo con el Reino de Dios y su justicia: sufrir con el que sufre, llorar con el que llora, reír con el que ríe, alegrarse con el que se alegra (Romanos 12:15). Es “…compartir todos los tiempos, los de espera, dolor y de alegría…” (2). La cruz en la congregación local no es solo la decoración en el frente del Templo; es la señal de su vocación: mantenerse fiel a su testimonio, asumir su parte en la tarea cotidiana, a veces sencilla y muchas veces dura y arriesgada, de proclamar la verdad y la justicia en un mundo donde los poderosos siembran más muerte que vida.

Pero también nuestro testimonio es el triunfo sobre esas fuerzas crucificadoras. Es el anuncio de un tiempo nuevo, de la esperanza que se hace presente en la desesperación, del gozo que se sostiene frente a toda angustia, lo que un filósofo llamó “el dispositivo mesiánico”(3): esa posibilidad de afirmar que por sobre la muerte eterna reina la vida eterna, de una eternidad que ya ha comenzado con la salida del sepulcro del Cristo resucitado Venció a la tumba a la que lo habían querido destinar los señores de este mundo imperial, los sacerdotes del ritual y la desesperanza. Si la congregación local se encierra a cantar himnos que hablen de esa esperanza, a orar dentro de sus cuatro paredes, a estudiar la Biblia y a predicar hermosos sermones, a sostenerse y consolarse mutuamente, pero no es capaz de llevar afuera esa realidad de fe que la inspira, con esa misma fuerza, no completa su testimonio. La iglesia no se sostiene con solo dos columnas (las de su ministerio interno), sino con las cuatro, las que incluyen su presencia más allá de su círculo pequeño (4). Una iglesia que no se vincula con su entorno local le dará la razón a aquél filósofo que dijo que Dios ha muerto y que las iglesias son su sepulcro (5). Pero nosotros, como nuestro Dios vivo, salimos de nuestros sepulcros porque hemos sido hechos testigos de su amor que resucita, de la promesa de vida abundante.

La iglesia local es una parte de un pueblo (el pueblo de Dios) en medio de una sociedad que muchas veces antepone sus conflictos a su solidaridad. En medio de esta realidad, a veces dura y agresiva, incluso violenta, la iglesia local tiene la misión de ser la expresión del amor solidario que Dios nos muestra en su gracia, lugar de consuelo y sanidad, a ser anunciadora de esperanza allí en donde está asentada. Incluyo en ello las llamadas “pastorales especiales” (de niños, universitaria, popular, obrera, carcelaria, de ancianos, etc.), donde el ámbito local es reemplazado por un espacio de testimonio en un campo particular –testimonio que también debe ser comunitario. Eso sólo lo podrá hacer mediante un compromiso eficaz con la realidad que la circunda, con oídos atentos y ojos abiertos para conocer los problemas y dolores, los clamores que hay a su alrededor, a ser iglesia más allá de sus templos y paredes, a ser iglesia-pueblo, dispuesta también a compartir alegrías y tareas, todo aquello que construya lazos de amor, que afirma la dignidad de las personas, especialmente de los más humildes, débiles y vulnerables, “los huérfanos y las viudas, los pobres y los extranjeros” (Zacarías 7:9-10).

Un testigo debe poder comunicar su testimonio. Un testigo que no puede expresarse, o a quien no se le entiende porque habla una jerga incomprensible, o lo que dice no es pertinente ni relevante, no es un buen testigo. En un juicio el testigo responde a las preguntas. A veces pareciera que los cristianos queremos ser testigos hablando nuestra propia jerga, sin decir algo pertinente frente a la realidad que nos rodea, sin escuchar a las preguntas. Algunos parecieran creer que ser testigo es repetir una y otra vez la misma cantilena, imponer cierto lenguaje o doctrinas (los pasos de la conversión). Otras veces, al contrario, se dicen cosas que complacen al que escucha, que se adaptan fácilmente a la cultura circundante (es el caso de la teología de la prosperidad, o los “shows cristianos” por ejemplo), pero dónde se pierde la dimensión profética. Ni una prédica dogmática ni un acomodamiento al éxito mundano hacen al buen testimonio: este surge cuando asumimos la realidad que nos rodea, cuando reconocemos la pluralidad de situaciones humanas en las que estamos envueltos y las relacionamos con el objeto y sujeto de nuestro testimonio: Jesús, el Reino de Dios y su justicia.

La iglesia local es, repetimos, parte de un cuerpo que se extiende por todo el mundo, y no puede centrarse en su pequeño lugar, olvidando la totalidad de la que forma parte. Pero tampoco debe hacerse tan universal que olvide el espacio, cultura, vecindad o tarea concreta que tiene por delante. A su vez mirará la historia de la que forma parte, la riqueza de una tradición que le ofrece sus reflexiones y experiencias, que deberá recibir y reformular en vista de la realidad de hoy, del mundo actual en el que da testimonio. Buscará en la comunión eclesial (6), con otras iglesias, los recursos para renovar su testimonio, y ofrecerá su propia experiencia para aportar a la vida de otras congregaciones. A su vez los espacios institucionales son responsables de proveer las posibilidades para el intercambio, la capacitación, recursos diversos para el testimonio local.

La comunidad testigo del Reino de Dios, del tiempo mesiánico, es una comunidad abierta e integradora, como lo es el Cristo que anunciamos. Para ello no hay recetas, pues en cada lugar y circunstancia deberá elaborar sus respuestas, aprender a hablar el lenguaje que comunique bendición, desde el amor y la fe, en esperanza y oración, en comunión con otros. No solo en palabra: gestos y obra son parte del testimonio. Como decía Francisco de Asís: “predica siempre, y cuando sea necesario, también usa palabras”.

  1. Ver el trabajo de D. Bruno “La misión de la iglesia: dinámica y desafío”, donde señala “testimonio” como término bíblico de la misión. Vale aclarar, como veremos, que el testimonio no es solo individual sino también colectivo, como aparece en Hebreos (una gran nube de testigos – 12:1) o en Apocalipsis (los que tienen… el testimonio de Jesús Mesías –12:17, también 20:4). En Juan 21:24 es la comunidad la que ratifica el testimonio del evangelista –nótese el plural (sabemos) de la oración final del versículo.
  2. “Canción “Así como tú, Señor” –Cancionero Abierto, ISEDET, vol 1, # 9.
  3. Antonio Negri, en Job, la fuerza del esclavo. Negri, durante el tiempo de su prisión, en el que solo le dejaban leer la Biblia, aún siendo ateo, encontró en el libro de Job, la fuerza para sobrellevar el aislamiento, las reservas anímicas que lo mantenían vivo, y llamó a esta fuerza “dispositivo mesiánico”. Aún sin reconocer a Jesús como mesías, como lo hacemos nosotros, ve y reconoce que hay una dimensión espiritual en el ser humano que le permite abrirse a lo divino, al futuro, aún en las peores circunstancias. “El Mesías es una liberación que se sitúa al borde de la nada”, afirma (p. 131). Reivindica también la idea de la “resurrección de la carne” frente a la idea griega de la inmortalidad del alma, como un reconocimiento de la materialidad de la vida, y sus necesidades. ¡Ojalá muchos cristianos vivamos con la misma intensidad mesiánica que muestra este “ateo”!
  4. Ver el artículo de Daniel Bruno mencionado antes, cuando habla de la “doble dimensión dinámica de la misión”.
  5. Nietzche, en el “Monólogo del loco”, en La gaya ciencia.
  6. Entiendo por comunión eclesial los vínculos que nos hermanan con creyentes que se congregan en otras iglesias, que participan de otras confesiones cristianas, que va más allá de la conexión institucional, para señalar la “comunión de los santos”, como dice el credo, que es mucho más amplia y rica, y que se extiende a todo el pueblo de Dios. Evito así hablar de “interdenominacional”, que restringe a lo institucional evangélico, o de “ecumenismo”, que ha sido muchas veces mal entendido como “superiglesia”. La comunión eclesial es un don de la multiforme presencia del Espíritu, de la gracia divina que nos permite reconocernos en Su nombre a pesar de diferentes instituciones y énfasis doctrinarios, o tradiciones diversas.

 

Nestor Miguez

Néstor O. Míguez.
Nacido en Rosario (Sante Fe), Argentina.
Pastor de la Iglesia Evangélica Metodista Argentina
Doctorado en Teología y una Diplomatura Superior en Antropología social y política.
Profesor de Biblia (Nuevo Testamento) y Teología Sistemática, en el I. U. ISEDET (Buenos Aires)
Conferencista invitado en diversas Universidades y centros de educación teológica a nivel mundial
Escritor, sus libros y artículos se han traducido y publicado en diversos idiomas.
Presidente de la Federación Argentina de Iglesias Evangélicas

 

 

 

 

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