FIESTA DE PENTECOSTÉS

| 25 mayo, 2015

Pentecostés nos habla de nuevas lenguas, esta nueva forma de hablar comienza con la actitud de la iglesia y de los cristianos.

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban. Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse.

Había en Jerusalén judíos piadosos, venidos de todas las naciones del mundo. Al oírse este ruido, se congregó la multitud y se llenó de asombro, porque cada uno los oía en su propia lengua. Con gran admiración y estupor decían: “¿Acaso estos hombres que hablan no son todos galileos? ¿Cómo es que cada uno de nosotros los oye en su propia lengua?. Partos, medos y elamitas, los que habitamos en la Mesopotamia o en la misma Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia Menor, en Frigia y Panfilia, en Egipto, en la Libia Cirenaica, los peregrinos de Roma, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos los oímos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios”.

Unos a otros se decían con asombro: “¿Qué significa esto?”. Algunos, burlándose, comentaban: “Han tomado demasiado vino”. Entonces, Pedro poniéndose de pie con los Once, levantó la voz y dijo: “Hombres de Judea y todos los que habitan en Jerusalén, presten atención, porque voy a explicarles lo que ha sucedido. Estos hombres no están ebrios, como ustedes suponen, ya que no son más que las nueve de la mañana, sino que se está cumpliendo lo que dijo el profeta Joel: En los últimos días, dice el Señor, derramaré mi Espíritu sobre todos los seres humanos y profetizarán sus hijos y sus hijas; los jóvenes verán visiones y los ancianos tendrán sueños proféticos. Más aún, derramaré mi Espíritu sobre mis servidores y servidoras, y ellos profetizarán. Haré prodigios arriba, en el cielo, y signos abajo, en la tierra; verán sangre, fuego y columnas de humo. El sol se convertirá en tinieblas y la luna en sangre, antes que llegue el Día del Señor, día grande y glorioso. Y todo el que invoque el nombre del Señor se salvará.”

Hechos 2.1-21
Cuando venga el Paráclito que yo les enviaré desde el Padre, el Espíritu de la Verdad que proviene del Padre, él dará testimonio de mí. Y ustedes también dan testimonio, porque están conmigo desde el principio. 

No les dije estas cosas desde el principio, porque yo estaba con ustedes. Ahora me voy al que me envió, y ninguno de ustedes me pregunta: ‘¿adónde vas?’ Pero al decirles esto, ustedes se han entristecido. Sin embargo, les digo la verdad: les conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a ustedes. Pero si me voy, se lo enviaré. Y cuando él venga, probará al mundo dónde está el pecado, dónde está la justicia y cuál es el juicio. El pecado está en no haber creído en mí. La justicia, en que yo me voy al Padre y ustedes ya no me verán. Y el juicio, en que el Príncipe de este mundo ya ha sido condenado. Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no las pueden comprender ahora. Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo. Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes. Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: ‘Recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes’.
San Juan 15:26-27; 16:12-15

En primer lugar. Hay una serie importante de ideas fuerza que surgen de los textos de Pentecostés. Quisiera mencionar sólo algunas de ellas.

Nueva creación. Así como en el misterioso lejano principio el Espíritu cubría el caos original como un ave con sus alas (1), también en este misterioso presente, en medio de tantas dudas e interrogantes que nos embargan, Él cubre el caos con sus alas y finalmente dará a luz el nuevo mundo, lo que hoy todavía, parafraseando a San Pablo, es esperanza contra todo horizonte visible (2).

Igualdad en diversidad, Pentecostés con sus lenguas diversas que unen en igualdad, sin exclusiones y con una misma capacidad para oírnos mutuamente sin prejuicios, nos fortalece en la esperanza de un mundo distinto por el cual debemos luchar.

Alegría, fortaleza, esperanza. El primitivo origen de Pentecostés está en la celebración de las cosechas. Es una fiesta de alegría, de confianza en la bondad y prodigalidad de Dios. La plenitud de la vida que comienza en la Pascua se manifiesta en fuerza y esperanza frente a un mundo que necesita oír la Buena Noticia.

Palabra profética. Cristianos y cristianas que anuncian la Buena Noticia de la gracia de Dios y también denuncian el mal en todas sus formas.

Presencia de Dios, con nosotros y en nosotros. No estamos solos. Dios está, aunque nos digan que está muerto o que nuestra esperanza es una quimera. Aunque no lo sintamos, o no siempre tengamos total consciencia de ello, el Espíritu de Dios está no sólo con nosotros sino en nosotros.

Necesitamos darnos cuenta de esta presencia del Espíritu y abrir nuestras mentes y corazones a Él y a lo que hace. Como el viento y como el fuego el Espíritu se da a conocer por sus obras. En el Evangelio Jesús dice que él se da a conocer por sus obras. Sus obras son las obras del amor del Padre. Donde está el Espíritu de Dios hay amor, solidaridad, compañerismo, alegría, fervor, entusiasmo, valentía. Hay una relación de igualdad y justicia entre las personas. Donde está el Espíritu de Dios no hay exclusión ni discriminación. Si en cualquier sistema o institución alguien queda marginado, excluido o discriminado, es signo evidente que allí no está el Espíritu de Dios.

El Espíritu de Pentecostés es una nueva lengua (o muchas lenguas) hablada(s) y comprendida(s). Es la capacidad, dada por Dios, de entender el idioma del otro y de hablar el idioma del otro.

El sistema ilegítimo que gobierna nuestro mundo tiene un idioma universal, el del egoísmo, el poder y la soberbia. Las conversaciones dejan de ser diálogo y se transforman en monólogos a través de los cuales cada uno sólo piensa en sí mismo. Es tan común que los poderosos y las jerarquías hablen desde la cátedra que nadie del pueblo les dio. Saben todas las respuestas, pero no han oído las preguntas. Quizás han oído el sonido de las palabras pero no escuchan las necesidades reales de la gente y aún si escucharan las palabras no podrían entenderlas porque la mayoría de ellos nunca ha pisado el barro (3).

En Pentecostés cada uno hablaba su propia lengua y se entendían porque hablaban el lenguaje de Dios. El lenguaje de Pentecostés, es decir la manera de hablar y de vivir del Reino de Dios, es el reconocimiento del otro y la otra como absolutamente iguales en dignidad y derechos, y un total respeto por la diversidad ya que esta última es fuente de riqueza y bendición para la comunidad.

Tenemos mucho que aprender de esto. Pentecostés no es la iglesia obligando a todos a hablar su propio idioma, sino la iglesia puesta en sintonía con el otro, hablando el lenguaje de la gente. Una iglesia que no habla desde la cátedra sino desde la situación del pueblo y por qué no, también desde la sabiduría y el pensar del pueblo. Una iglesia que cada día vuelve a nacer y crecer en el descubrimiento y la aceptación de la diversidad: partos, medos, elamitas, etc.

¡Esta es la Iglesia! Una comunidad que no sólo acepta la diversidad sino que la defiende. Que se juega por el derecho del otro a ser distinto, a hablar distinto, a expresarse en forma distinta.

Casi siempre se identifica a Babel como el anti-tipo es decir lo opuesto a Pentecostés. Sin embargo hay otra posible lectura en la que la historia de Babel se transforma en prototipo de Pentecostés. Un dictador poderoso se había levantado: Nemrod (el primero de los guerreros) (4). Su propósito era gobernar el mundo entero. Nadie tendría permiso de ser independiente, de andar disperso. Todo debía estar bajo su control. Para lograr su propósito levanta una ciudad y se propone edificar una torre cuya cúspide llegue al cielo. Control absoluto. Se impone un solo pensamiento, una sola cultura, una sola lengua.

Pero Dios interviene para quebrar el poder del imperio. Confunde las lenguas, o quizás devuelve a cada uno su propia lengua (¿?). La “confusión” de las lenguas, así vista, es un acto liberador que castiga la soberbia de los poderosos pero libera de la esclavitud al pueblo oprimido.

La iglesia no sólo debe aceptar y comunicarse en la diversidad sino que debe jugarse por el derecho de cada uno y cada una en este sentido. Es nuestro deber oponernos a la violencia del imperio, que pretende ser sagrada (5) y proclamar que el Dios que, en el pasado, descendió en Babel para decir no al proyecto de Nemrod, desciende también en Pentecostés y hoy, para decir definitivamente no al poder imperial de cualquier anticristo, nación o sistema anticristiano que se levante.

Dios nos llama a ser una iglesia que dice no a la exclusión y la marginación, que se niega a aceptar cualquier tipo de discriminación y violencia, y la mayor razón es que esta afecta siempre a los más débiles y vulnerables que no tienen poder humano para defenderse.

Pentecostés nos habla de nuevas lenguas, esta nueva forma de hablar comienza con la actitud de la iglesia y de los cristianos. Comienza con su propio ejemplo de vida, de aceptación, de solidaridad, de comprensión, de hacerse uno con el otro distinto.

El idioma del amor es la capacidad de aprender los nuevos idiomas: el de los/las jóvenes, mujeres, trabajadores, desocupados, de recicladores de basura, ancianos, doloridos, solos, marginados, etc. No desde arriba, condescendientes, sino desde su propia lengua. Desde la aceptación mutua, esto es no sólo aceptar o incluir al otro/otra sino admitir que yo también necesito ser aceptado e incluido por el otro y la otra en su particular mundo.

[Me permito un breve excursus. Algunas veces me preocupa el uso de la palabra “inclusión”. Decimos que “somos una iglesia inclusiva” y me produce cierto temor. Mi preocupación tiene que ver con el lugar en que estamos parados. Si ser “inclusivo” se considera una virtud y el incluir es un ejercicio de “poder” (desde la magnanimidad de incluir al que no pertenece) rechazo la palabra inclusión. Corremos el gran riesgo de transformarnos en “los que incluimos” (posición de poder) y “los que son incluidos” (desde nuestra posición de poder). Prefiero mucho más hablar de aceptación mutua, con el poder puesto en cada una de las partes para incluir al otro o la otra considerándose mutuamente en un mismo plano. La iglesia que anhelo es una iglesia igualitaria, respetuosa de la diversidad y en la que sepamos aceptar al otro/a y reconocer que necesitamos ser aceptados por el otro y la otra – cada uno y cada una desde su particular diversidad.]

Y junto con el hablar estos nuevos idiomas, necesitamos el viento fuerte que nos sacuda, que nos impulse a salir. Necesitamos el poder del entusiasmo, necesitamos apasionarnos con lo que hacemos.

Los hombres y mujeres del Pentecostés no eran burócratas dedicados a eternas planificaciones y a la transmisión de notificaciones elaboradas desde atrás de un escritorio. Los hombres y mujeres del Pentecostés eran apasionados/as, inflamados por el fuego, impulsados por el viento de la renovación y de la vida. Eran testigos de la verdad del crucificado que había resucitado. Eran y nosotros debemos ser junto a ellos, provocadores de incendios, incendios de amor y de esperanza.

Pentecostés es el contagio del fuego de Dios. Como iglesia no sólo debemos abrir las puertas y las ventanas a la irrupción del viento es necesario también dejarnos quemar por el fuego (6), asumir el riesgo, jugarnos a todo o nada.

  1. Génesis 1:2 – El Espíritu de Dios, como un ave, aletea y cubre el “caos original”. No encuentro dificultad para verlo como una imagen femenina de Dios en el primer relato de la creación.
  2. Romanos 4:18
  3. No saben lo que significa no tener agua corriente, cloacas, sistema de salud adecuado, una vivienda digna, posibilidad de acceder a la educación. No saben lo que es esperar meses para un turno en un hospital, no saben lo que es trabajar por un salario de hambre, o cobrar una jubilación o pensión que está muy por debajo del límite de pobreza. No saben lo que es tirar de un carro, en lugar de un caballo, recolectando, de la basura, elementos reciclables para poder venderlos por menos de lo que necesitan para subsistir (¡hay muchas mujeres con sus niños haciendo este trabajo!).
  4. Génesis 10:8-10. Nemrod es un hombre poderoso, fundador del primer imperio, que enfrenta a Dios y su voluntad (véase p.ej. Keil-Delitzsch, Commentary of the Old Testament, Tomo I pág. 165). La expresión hebrea traducida “delante del Señor” no quiere decir “según su voluntad”, sino más bien “frente a” o “enfrentado a”). El núcleo del imperio de Nemrod es Senaar. Génesis 11:2 dice que el lugar elegido para levantar la torre de Babel es justamente Senaar lo que nos permite inferir que la torre está relacionada con el poder imperial de Nemrod. El resto son distintas formas de transmisión del relato y de su relectura.
  5. Pienso en el título de un magnífico libro de Franz Hinkelammert “Asalto al poder mundial y la violencia sagrada del imperio”, DEI, S. José, Costa Rica, 2003.
  6. Aún frente al riesgo de la hoguera literal que, en muchos momentos, fue el camino que les tocó afrontar de los testigos del Reino de Dios.

 

Angel Furlan

Ángel F. Furlan
Pastor de la Iglesia Luterana Unida en Argentina y Uruguay

 

 

 

 

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Categoria: Edición 15 | ¿Me asocio o me aíslo?, entrega 4

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