¡EL TEMPLO DEL SEÑOR! ¡EL TEMPLO DEL SEÑOR!

| 1 junio, 2015

A ningún campesino se le ocurre atar el tractor atrás del arado… por la simple razón de que tiene que ir primero lo primero. Va primero el agua que el río, el fuego que la fogata, la acción que las manos. No basta un cauce para tener un río, no basta un leño para tener una fogata, no bastan las manos para llevar adelante un plan de trabajo. Es tan obvio que nadie puede discutirlo… pero no siempre es así. A veces, muchas veces, en las iglesias parece ser al revés. Y ponemos primero lo segundo.

Este es el sentido de la palabra profética: “No se confíen en palabras de mentira, diciendo: ‘Templo del Señor, Templo del Señor, Templo del Señor es este’, porque Dios mismo es el Templo. La grandeza y la gloria de Dios no se pueden representar, porque “Dios no habita en templo hecho de manos”, su trono es el mismo cielo y su gloria ilumina como luz perpetua (Hechos 7.48-50 y 17:24-25). Ustedes piensan que allí estarán a salvo de la ira de Dios, y si no vayan a Silo y vean que quedó del primer Templo construido en la tierra prometida… solo ruinas. Solo si mejoran “sus caminos y sus obras”, si “hacen justicia”, si “no oprimen al extranjero, al huérfano y a la viuda”, si “no derraman sangre inocente”, si “no van tras dioses ajenos”, “moraran en la Tierra Prometida” (Jeremías 7.1-12). Si esto se olvida, se corre el riesgo de ocultar la verdad de la revelación que decimos haber recibido, con nuestros intentos de protegerla. En tiempos de Jesús corría un dicho rabínico que dice: “Hemos levantado murallas tan altas alrededor de Jerusalén para proteger el Templo… que ya nadie puede ver el Templo”.

Primero lo que va primero: el Espíritu de Dios que nos transforma. Las formas que utilizamos para vivir en el Espíritu, formas que son precarias, fragmentarias y provisorias, por más necesarias e importantes que sean van en segundo lugar. Pero muchas veces cambiamos el espíritu por las formas, la experiencia de vida por el conocimiento intelectual. Es importante poder explicar la conversión… pero la explicación no puede ser anterior a la experiencia.

Miguel de Unamuno (un católico a su manera), en un lugar de su diario inédito, insiste en este punto, diciendo de quienes creen que “rara vez se forman idea de su Señor, porque viven en él, y no lo piensan, sino que lo viven. Viven a Dios, que es más que pensarlo, sentirlo o quererlo. Su oración es algo que no se destaca ni se separa de sus demás actos, porque toda su vida es oración”.

Blas Pascal, quien tuvo una profunda experiencia espiritual en la parte final de su vida, dejó una nota (encontrada en 1654, después de su muerte) como conclusión de su búsqueda espiritual, bajo el impacto de este relato. El texto comienza con la palabra Fuego, en clara referencia a la experiencia de la zarza ardiente, y sigue: “¡Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob, no el de los filósofos y los sabios”; agregando “Dios de Jesucristo: solo por los caminos que enseña el evangelio se le puede hallar… se le puede guardar”.

Comentando este texto, Martin Buber (un judío a su manera) escribe: “Subyugado por la fe, ya no sabe qué hacer con el Dios de los filósofos, es decir, con un Dios que ocupa un lugar definido en un sistema de pensamiento. El Dios de Abraham, el Dios en el que Abraham cree, el Dios al que Abraham ama, justamente porque es Dios, no puede ser encerrado en un sistema de pensamiento, puesto que lo trasciende precisamente porque es Dios. Lo que los filósofos llaman Dios no puede ser más que una idea; pero Dios, el Dios de Abraham, no es ninguna idea”.

Para Soren Kierkegaard (un evangélico a su manera) a esto se llega por una experiencia personal de Dios, por medio de la fe. Esta experiencia no se presenta como una continuidad lógica de un proceso, sino como una irrupción repentina e inesperada, como un salto de fe, un quiebre o ruptura del sentimiento y de la lógica humana. Bajo esta experiencia hace un elogio de Abraham a quien llama “el caballero de la fe”.

Dice así: “Cada uno es grande a su manera y según la grandeza de lo que amó. Quien se amó fue grande por sí mismo; quien amó a otros, fue grande por su entrega; pero quien amó a Dios fue el más grande de todos. El más grande de todos fue el que esperó lo imposible. El más grande de todos fue el que luchó contra Dios. El más grande de todos fue el que creyó en Dios. Abraham creyó, y creyó para esta vida. Creyó que envejecería en esta tierra, honrado por el pueblo, bendecido en su posteridad, inolvidable en Isaac. Dice la Escritura que Dios puso a prueba a Abraham; que le dijo: ‘Abraham, ¿dónde estás?’ ¿Has oído tú esta pregunta? ¿No has dicho tú a las colinas: ¡Escóndanme!, y a los montes: ¡Aplástenme! O quizá has respondido con voz muy tímida. A la pregunta, Abraham respondió gozoso y confiado: ‘¡Aquí estoy!’. Nadie podría comprenderlo, y la invitación divina, por su naturaleza, le imponía el silencio. ¡Abraham, padre venerable! Cuando bajaste del monte habías ganado todo, y conservado a Isaac. Se te vio gozoso a la mesa con él, en tu casa, como también allá arriba, para la eternidad. Perdona este humilde elogio. Nunca olvidaré que esperaste cien años para recibir, contra toda esperanza, al hijo de tu vejez; ni que tuviste que sacar el cuchillo para conservar a Isaac.”

Aquí está el secreto de la fe, se vive la experiencia sin necesidad de explicación alguna. ¿Quién necesita explicarse el hambre, antes de satisfacerlo? ¿Quién necesita explicarse el amor por otra persona, antes de amarla? Solo basta sentir hambre, sólo basta ser atraído por la otra persona. No solo que basta, sino que es imposible explicación alguna, si no se ha experimentado antes el sentimiento de hambre o de amor. La revelación nos da una comprensión de la realidad construida sobre una experiencia primera y fundante, que trasciende el mundo de los hechos.

Recibimos la fe por obra del Espíritu, luego tenemos que buscar las formas para vivirlo y comunicarlo… no tenemos otra alternativa terrenal; pero primero lo que va primero.

El problema es que suele sobrevenir una “distracción peligrosa” (más bien diría yo una “trampa” de nuestro pensamiento) que nos indica un camino desviado.Que resulta sencillamente de poner primero lo segundo: las formas antes que el Espíritu. Cuando esto sucede las alabanzas se hacen ritos, las guías para la vida se hacen doctrinas, la vida en comunidad se organiza. Nada hay de malo en esto pues son necesarias en este mundo… el peligro es que tras ellas nos acechan el ritualismo, el dogmatismo y la institucionalización… de estas tres cosas hablaremos en otra ocasión.

 

Emilio Monti PxG

Emilio Monti
Pastor metodista.
Licenciado en Teología.
Profesor de Filosofía y Pedagogía.
Doctorando en Ciencias Humanas y Arte.
Profesor Emérito del Instituto Universitario ISEDET
Ex Decano y Profesor de Teología Práctica del Instituto Universitario ISEDET
Ex Profesor de Ciencias de la Educación en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora Capellán y Vicerrector de la Universidad del Centro Educativo Latinoamericano de Rosario (UCEL).
Trabajó activamente en ayuda a Refugiados (CAREF) y en defensa de los Derechos Humanos (MEDH) y en la acción ecuménica (FAIE)
Integró a nombre de las iglesias evangélicas el Consejo Nacional de Políticas Sociales del Gobierno de la Nación

 

 

 

 

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Categoria: BIBLIA, Edición 15 | ¿Me asocio o me aíslo?, entrega 5, Teología

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