EL DINERO Y EL CUERPO DE CRISTO

| 8 junio, 2015

“No tengan miedo, mi rebaño pequeño, porque es la buena voluntad del Padre darles el reino. Vendan sus bienes y den a los pobres. Provéanse de bolsas que no se desgasten; acumulen un tesoro inagotable en el cielo, donde no hay ladrón que aceche ni polilla que destruya. Pues donde tengan ustedes su tesoro, allí estará también su corazón.” (Lucas 12:32-34).

Estas palabras de Jesús penetran hasta lo más íntimo del ser humano al señalar que fijamos nuestra vida en lo que más valoramos. Para Jesús, la vida fijada en lo material como algo que da seguridad y genera satisfacción, es mutuamente excluyente con la vida fijada en Dios. Justo antes del pasaje citado más arriba, Jesús ilustró este principio relatando una parábola acerca de la necedad de fijar la vida en la acumulación bienes (Lucas 12:15-21). Según Mateo 6:24 y Lucas 16:13, parece ser que no podemos servir a dos señores, y debemos elegir entre Dios y Mamón (una referencia a la riqueza material). No debemos temer porque se nos ha prometido nada menos que el reino.

¿Qué hacer, entonces, con nuestro dinero? Según la cita del comienzo, se ve que Jesús espera que invirtamos en las vidas de los que nos rodean, especialmente los que tienen sus necesidades básicas insatisfechas, es decir, los “pobres”. En Mateo 25:31-46 Jesús especificó ciertas situaciones: “Tuve hambre; tuve sed; necesité ropa.” Debemos usar nuestros recursos para invertir en las relaciones (ver Lucas 16:9). Así que el dinero debe ser considerado como una herramienta al servicio de la misión de Dios.

Una lectura rápida del libro de los Hechos apoya esto. Los primeros cristianos usaban sus recursos para ayudar a los que estaban en necesidad de manera que cada uno tenía lo suficiente. ¡Imaginen una comunidad con todas las necesidades básicas satisfechas! En un pasaje bien conocido, Pedro le dijo al lisiado en la puerta del templo: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy. En el nombre de Jesucristo de Nazaret, ¡levántate y anda!” (Hechos 3:6). ¿Será exagerado ver el contraste entre el dinero y el poder de Dios?

En Hechos 11:28-30 nos enteramos que los cristianos de Antioquía enviaron ayuda para sus hermanos y hermanas en Judea para enfrentar una gran hambre que se avecinaba. En Hechos 21:23-24, los ancianos de Jerusalén le sugieren a Pablo que pague los gastos de cuatro hombres que habían hecho un voto, lo cual mostraría su respeto por las costumbres judías. Esto parecería ser una aplicación de la enseñanza de Jesús en Lucas 16:9.

Otra referencia al dinero en Hechos es la observación en 19:20 que el valor de los libros de los hechiceros que se quemaron como resultado de las conversiones era de cincuenta mil monedas de plata. Parece que este dato se exhibe como evidencia de una conversión genuina. Quizás hubiese sido más práctico vender los libros y usar los fondos para la obra de Dios. ¿Pero hubiera eso ilustrado la profundidad de las conversiones? En Hechos 24:25 se nos dice que Félix esperaba que Pablo le ofreciera dinero, un soborno, algo que aparentemente no se concretó.

Si incluimos las epístolas de Pablo en nuestra consideración del uso del dinero, descubrimos otro uso para nuestros recursos: la predicación a los que todavía no han oído. En Filipenses Pablo dijo que los cristianos de allí eran los únicos que lo habían apoyado económicamente en su tarea misionera (4:15-16), y él les agradeció la ofrenda que le habían hecho llegar por medio de Epafrodito.

En Romanos 15 escribió de su intención de predicar el evangelio en España donde Cristo no era conocido y su esperanza que los cristianos de Roma lo apoyaran. En ese mismo capítulo encontramos otra vez que se usa el dinero a favor de los pobres. Pablo se refirió a la ofrenda de los cristianos de Macedonia y Acaya “para los hermanos pobres de Jerusalén” (versículo 26, ver también 1 Corintios 16; 2 Corintios 8-9).

Quizás la referencia al dinero más conocida y, con frecuencia, mal citada, se encuentra en 1 Timoteo 6:10, “Porque el amor al dinero es la raíz de toda clase de males. Por codiciarlo, algunos se han desviado de la fe y se han causado muchísimos sinsabores.” En completo acuerdo con lo dicho por Jesús acerca de la incompatibilidad entre Dios y Mamón, Pablo advirtió que la codicia puede desviar a las personas de la fe y causar muchos sinsabores.

Quizás ya sea suficiente. Pero quisiera referirme a un último pasaje que relata un incidente muy curioso en el ministerio de Jesús. En Mateo 17:24-27 leemos de la reacción de Jesús al pedido del impuesto del templo, una contribución voluntaria para el mantenimiento del Templo en Jerusalén. Jesús le preguntó a Pedro: “Los reyes de la tierra, ¿a quiénes cobran tributos e impuestos: a los suyos o a los demás?” (versículo 25). Pedro le dio la respuesta lógica, y Jesús agregó: “Entonces los suyos están exentos” (versículo 26). Al decir “los suyos”, Jesús se estaba refiriendo a los familiares de los reyes. La conclusión es que Jesús, como Hijo de Dios, estaría exento de lo que era fundamentalmente un impuesto religioso. Sin embargo, al usar el plural, uno podría entender que Él estaba incluyendo a todos los que son “suyos” (ver Juan 1:12). Como hijos del Rey, deberíamos estar exentos del cualquier “impuesto religioso” u obligación.

Ya puedo escuchar las objeciones: ¡Qué ingenuo! No es práctico para el mundo moderno en el que vivimos. La obra de Dios exige recursos y los cristianos deben dar para apoyar las estructuras que hemos creado. Y yo sigo escuchando una vocecita que me dice: “el Hijo del hombre no tiene dónde recostar la cabeza” (Lucas 9:58). ¿Será que tenemos que volver a examinar nuestras lealtades?

(Todas las citas bíblicas son de la Nueva Versión Internacional).

 

Stanley Clark

Stanley Clark
Misionero en Uruguay, India y Nepal
Ministerio actual: Red Misiones Mundiales
Iglesia Evangélica Bautista

 

 

 

 

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Categoria: BIBLIA, Edición 15 | ¿Me asocio o me aíslo?, entrega 6, Teología

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