SABIDURÍA E ILUSIONES DE LA TEOLOGÍA

| 20 julio, 2015

En mi última nota hablé sobre la fe que recibimos por obra del Espíritu y que luego tenemos que buscar la forma para vivir en esa fe y comunicarla, y que para ello no había otra alternativa que la de poner primero lo que va primero, para decirlo brevemente: poner la experiencia de fe antes que nuestra teología, nuestras ceremonias y nuestra institución. Empecemos por la teología…

La teología, como la filosofía, es una manera de comprender la realidad y de vivir en el mundo, con ilusiones, pero también con sabiduría, y quien diga que el título de esta nota se lo robé a Jean Piaget, le digo… que tiene razón, aunque él habla de la filosofía. Este pensador, en su obra Sabiduría e ilusiones de la filosofía, la define como una toma de posición razonada frente a la totalidad de lo real, construida sobre una experiencia primera y fundante, que trasciende el mundo de los hechos. No es simplemente hablar de lo que no conocemos (cualquiera puede hablar de lo que no conoce, pues basta con inventarlo), sino buscar descubrir detrás de lo inexplicable el sentido de la vida… y vivirla. Gilbert Durand en su obra La imaginación simbólica, siguiendo a Bachelard, se refiere a este pensamiento como una epifanía o revelación de lo que parece imposible conocer, para adquirir una experiencia de vida digna de ser vivida.

Podemos referirnos a esto como “sentimiento de absoluta dependencia” (como lo hace Schleiermacher), aunque prefiero hablar de “sentimiento de criatura”, para no caer en entenderlo como una valoración subjetiva del sujeto; sino que es la sombra de otro sentimiento, como el efecto subjetivo de algo fuera de uno mismo. Así lo refiere William James:

“No entro a examinar cómo han nacido los dioses griegos. Pero todos nuestros ejemplos conducen a la siguiente conclusión: es como si en la conciencia humana palpitase la sensación de algo real, un sentimiento de algo que existe realmente, la representación de algo que existe objetivamente, representación más profunda y válida que cualquiera de las sensaciones aisladas y singulares, por las cuales, según la opinión de la psicología contemporánea, se atestigua la realidad”.

Esto implica, para Otto, el encuentro con una realidad que por desconocida nos produce temor; pero al mismo tiempo nos atrae, porque es anhelo de trascendencia y promesa de eternidad. Señala, así, la característica esencial de la experiencia religiosa: misteriosa, aterradora y fascinante (mysteriumtremendum et fascinans). Lo tremendo es inquietante y tiende a provocar la huida. Lo fascinante es atrayente y tiende a provocar la identificación. Otto se refiere a ello como lo santo, pero en su sentido primigenio, sin los componentes morales y racionales que se le adosaron en su uso posterior. Esto genera un respeto reverente que mueve a una relación de amor, hacia la divinidad, a la cual los griegos se referían como el culto verdadero.

Esta armonía de contraste, por la cual el objeto divino-demoníaco que se presenta como tremendo, se presenta también como seductor y atractivo, es para Otto el hecho más singular y notable de la historia de la religión. Lo numinoso, como objeto misterioso, es inaprensible e incomprensible. En primer lugar, porque su conocimiento tiene límites infranqueables, pero además porque se trata de algo absolutamente heterogéneo que por su género y su esencia es inconmensurable con la capacidad de comprensión.

Tal experiencia nace del asombro ante la maravillosa e inefable trascendencia, expresada en símbolos reveladores, que están más allá del mundo de los hechos, que se expresa con el propio de la narración y de la poesía y no el discurso. Es un conocimiento del cual no se puede de hablar, sino después de haber vivido. Y si no se ha vivido, no hay de qué hablar.

Aquí es donde adquiere fuerza y valor la afirmación de nuestro Señor Jesús, quien pone como ejemplo el niño, ¿qué puede saber el niño de teología?, nada pues no sabe siquiera lo que significa la palabra. Sin embargo, nos dice: “De cierto os digo, que si no volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos” (Mateo 18:3; Marcos 9:37; Lucas 9:48).

Más aun, se alegra que sean los niños los que entienden, lo que los grandes no entienden: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondisteis estas cosas de los sabios y de los entendidos y la revelaste a los niños” (Mateo 11:25; Lucas 10:21). Y repite las palabras del salmista: “De la boca de los niños y de los que maman / perfeccionaste la alabanza” (Salmo 8:2; Mateo 21:16).

Aquí el papel de la teología se limita a intentar procurar comprender y explicar racionalmente el sentido de la experiencia, para hacerla base de nuevas experiencias.

Pero aún más, para Otto, el misterio religioso es auténticamente heterogéneo o totalmente distinto, aquello que no tiene ningún punto de comparación con la realidad conocida. Lo absolutamente heterogéneo no solo escapa a nuestro conocimiento por ser incomprensible, sino por ser paradójico; esto es porque no sólo aparece por encima de toda razón, sino en contra de la razón misma. Nos encontramos así a la entrada de lo que llamamos el lenguaje trascendente. En el umbral de lo trascedente, como lo veremos en otra ocasión en el relato de la experiencia de Job.

 

Emilio Monti PxG

Emilio Monti
Pastor metodista.
Licenciado en Teología.
Profesor de Filosofía y Pedagogía.
Doctorando en Ciencias Humanas y Arte.
Profesor Emérito del Instituto Universitario ISEDET
Ex Decano y Profesor de Teología Práctica del Instituto Universitario ISEDET
Ex Profesor de Ciencias de la Educación en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora Capellán y Vicerrector de la Universidad del Centro Educativo Latinoamericano de Rosario (UCEL).
Trabajó activamente en ayuda a Refugiados (CAREF) y en defensa de los Derechos Humanos (MEDH) y en la acción ecuménica (FAIE)
Integró a nombre de las iglesias evangélicas el Consejo Nacional de Políticas Sociales del Gobierno de la Nación.

 

 

 

 

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Categoria: BIBLIA, Edición 16 | Nuestro mensaje, entrega 3, Teología

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