LA TROMPETA QUE GUÍA AL PUEBLO

| 10 agosto, 2015

“Y si la trompeta diere sonido incierto, ¿quién se preparará para la batalla?” 1Cor. 14:8

A diferencia de hoy que tenemos todo tipo de medios de comunicaciones (celulares, internet, redes sociales, televisión, radio, etc), en la antigüedad era muy difícil comunicarse a grandes distancias o dirigirse a grande multitudes y poder expresar un mensaje claro y entendible. Es por eso que este noble instrumento “la trompeta” que nosotros usamos para recrear el oído y adornar las canciones, en la antigüedad cumplía una función mucho más importante, a tal punto que era vital para la vida de un campamento; tal es el caso del pueblo de Israel. Dios le ordenó a Moisés construirlas para poder dar mensajes y directivas a Israel[1] y, hasta en ocasiones, Dios las ha usado para advertir y llamar la atención de su propio pueblo[2]. Lo cierto es que era muy importante para transmitir un mensaje.

En el capítulo 14 de 1 Corintios el apóstol Pablo viene argumentando la importancia de tener un mensaje, en primer lugar, que sea para la iglesia, porque diferencia el hablar en lengua que es para edificación propia y a el mensaje profético como para la iglesia[3] y en segundo lugar que sea claro y exacto ya que si diere un mensaje que nadie pudiese entender ¿cómo podrá la congregación seguir las instrucciones o ser edificada?; es justamente en este momento que el apóstol Pablo introduce la ilustración de un ejército siendo mal dirigido por quien tiene la gran tarea de dar el mensaje correcto para que las huestes avancen, retrocedan o ataquen; de tal (de quien dirige con la trompeta) depende que se gane la guerra o se pierda.

El apóstol compara la importante función de dirigir a un ejército a la batalla por medio de los mensajes a través de la trompeta, con aquel que tiene la función de entregar un mensaje a la congregación de la iglesia. Coloca al mensaje que se debe dar como una acción de vida o muerte. En el campo de batalla una mala instrucción implicaría la muerte de muchos, en nuestras congregaciones una mala predicación puede llegar a ser un veneno espiritual, pero por otro lado un buen mensaje nacido del corazón de Dios puede marcar la diferencia para toda una generación, como lo sería una orden dada por la trompeta en el momento justo.

Si bien en este capítulo se habla pura y específicamente del mensaje profético, como predicadores somos los encargados de entregar a la congregación la palabra profética más segura[4] y es necesario hacerlo con responsabilidad, por lo cual podemos tomar por analogía características de lo que debe ser el mensaje profético y aplicarlo a nuestro mensaje reflexionando sobre ello

En el versículo 3 de este capítulo el apóstol habla de tres características básicas o fundamentales que debe tener el mensaje, el cual sobre todo debe ser para el pueblo de Dios y esencialmente claro, ósea entendible.

La primera característica es que debe ser un mensaje de edificación, este cumple esta función cuando está basado en Las Escrituras, solo estas pueden edificar al pueblo de Dios. Vivimos un tiempo dentro de nuestras iglesias que con el afán de tener mensajes que capten la atención y atraigan más feligreses se ha cambiado de un mensaje que edifique a la iglesia a un mensaje que la entretenga. La diferencia negativas quizás no se ven en el momento, porque mientras que la predica que solo entretiene atrae más espectadores, la que edifica quizás sea menos popular y se la catalogue de poco exitosa. Pero en el diario vivir, la primera (la que entretiene) producirá miembros raquíticos y poco estables, mientras que la segunda (la que edifica) producirá hombre y mujeres que perseveren y conozcan la fe. Como mensajeros llamados por Dios debemos tener el cuidado de no ser atrapados por este tipo de corrientes que proponen una predicación light o licuada en el afán de ser más populares y en cambio ser de aquellos que hagan sonar las trompetas de la doctrina para tener una iglesia fuerte. No nos olvidemos que solamente La Palabra tiene los nutrientes necesarios para mantener al cristiano saludable, ella misma declara:

Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”[5]

En segundo lugar debe tener la particularidad de exhortar a la congregación, o sea amonestar, apremiar a alguien para que siga un curso de conducta; en otras palabras confrontarlos, colocarlos frente a la luz de la palabra para que a través de ella haya una transformación. Característica que escasea en los mensajes actuales, en los cuales simplemente se intenta vender un evangelio de prosperidad y baratas bendiciones materiales, dejando de lado temas tales como la vida eterna, el pecado, la santidad, el compromiso, etc. Produciendo así, una generación de creyentes que solo buscan beneficios temporales y simplemente hacen tesoros terrenales, contrariamente a lo que dice la palabra. Sin tener en cuenta que el Señor Jesús nos dejó como ejemplo de predicación un mensaje que tenía como finalidad principal confrontarlos con ellos mismos, con su pecado, con su mala manera de vivir.

Para tener una congregación sana y con cambios, es necesario colocarlos delante de la palabra de Dios para que esta trabaje aun en lo más íntimo del corazón. La Biblia dice que: “… la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.”[6]

En tercer lugar debemos tener un mensaje capaz de traer consuelo, descanso, alivio; la palabra impartida debería producir en el cristiano gozo en vez de pesar, debería ser un bálsamo para su corazón afligido. Por lo contrario encontramos en muchas congregaciones que el mensaje no está centrado en que la palabra produzca un cambio o traiga consuelo al creyente, sino que la misma es utilizada como herramienta para lograr los fines propios del predicador o para sacar algún tipo de ventaja económica del creyente.

Pienso en este momento ¿qué haría el Señor si estuviese delante de nuestros púlpitos?, si fuese El quien fuera el encargado de predicar en nuestro culto principal, creo que su predicación sería un mensaje el cual llenaría y edificaría la vida de cualquier creyente, con instrucciones claras que de seguro lo llevarían a cambiar su manera de vivir y sin duda lo reconfortarían y restaurarían para que pueda seguir peleando la buena batalla de la fe. Sin temor a equivocarme estoy seguro que seguramente daría un sonar claro de trompeta que haría que todo el pueblo de Dios tomara la correcta dirección y se pusiera en pie como un ejército espiritual listo para pelear la batalla que queda por delante.

Pero el Señor Jesús nos ha dejado esta sublime tarea a nosotros sus predicadores, los encargados de hacer tocar un claro sonido de trompeta que guie a su pueblo, a sus redimidos. ¿Seremos capaces de llevarla a cabo? ¿Estaremos a la altura de las circunstancias? Tal responsabilidad no es para ser tomada a la ligera, recordemos que quizás de un sonar de trompeta que nosotros demos dependa la vida de todo un pueblo.

[1] Números 1:1-10 (RVR 1960)
[2] Éxodo 19:16 Nueva Versión Internacional (NVI)
[3] 1 Corintios 14:4 (RVR 1960)
[4] 2 Pedro 1:19 (RVR 1960)
[5] 2 Timoteo 3:16 (RVR 1960)
[6] Hebreos 4:12 (RVR 1960)

 

 

 

Dario

Darío Palavecino
Graduado del Instituto Bíblico Río de la Plata.
Alumno de la Escuela De Ministerio Juvenil IBRP
Estudiante de Abogacía Universidad Nacional de la Matanza (UNAM)
Actualmente colaborador en la Iglesia “Cristo es la Respuesta” en Villa Amelia, Libertad, partido de
Merlo; la misma pertenece al “Movimiento Cristiano y Misionero”

 

 

 

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Categoria: Edición 16 | Nuestro mensaje, entrega 6, Notas de fondo

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