AYLAN ES UN REPROCHE ANTE TANTA INJUSTICIA

| 7 septiembre, 2015

Aylan Kurdi fue en estos días la imagen dolorosa de la injusticia que reina en el Mundo. Su hermano Galip, aunque no se lo vio en su última imagen, también lo es. Dolencia que penetra hasta producir una herida punzante en cada uno de nosotros.

Al niño ahogado a la orilla del mar, hay que sumarle la muerte y la afrenta que sufren miles de refugiados en estos días, mientras buscan una luz de esperanza procurando llegar a Europa.

¿Qué decir que no se haya dicho o escuchado en estos días?, sintiendo la obligación de solidarizarnos con todos los sufrientes de un planeta que se está encrespando ante tanta miseria.

Miseria económica y humana, reflejo de una sociedad que le da la espalda a Dios y hace caso omiso de sus mandatos y consejos.

Vemos la magnitud de esa actitud avara de la humanidad reflejada en Europa, convulsionada por oleadas de inmigrantes que arriban de una manera desprolija a sus costas y que, con esa realidad, enfrenta un escarnio de provocado por centurias de siembra de dolor en la búsqueda de su satisfacción o beneficio.

Siglos de conquistas, colonizaciones, esclavitud, formación de países con etnias enfrentadas por largos períodos de historia, despojo de recursos de los demás, mantenimiento de sistemas que permiten el enquiste de corrupción en países que siguen siendo útiles a sus conveniencias, guerras llevadas lejos de sus fronteras y un prontuario que se amplía llegando a límites impensados.

Esa Europa, de la cual muchos somos descendientes, en el último siglo expulsó a su propia gente en varias ocasiones, pero ahora se niega a dar el asilo que otrora necesitó. Frente a ello, la realidad golpea fuerte en sus costas y la ponen en una situación en la cual los intereses jaquean a los valores más elementales del sentir humano.

Como si tanto dolor fuera escaso, vemos engrosarse las filas de los desterrados por cristianos de Oriente, perseguidos por la reacción de religiosos fanáticos en sus países, quienes a su vez fueron víctimas de “guerras santas” emprendidas por gobernantes “cristianos” de Occidente.

Oportunamente muchas voces se elevaron, señalando tamaña crueldad. Lamentablemente esto provocó las reacciones lapidarias de quienes, convencidos por arengas políticas adornadas con versos bíblicos; no entendieron las ocultas y mezquinas intensiones a las que prestaban apoyo, ni el contenido profético de la denuncia. Desgraciadamente, no advirtieron el peligro de muerte con el cual ceñían a nuestros hermanos de Oriente. Infaustamente, hoy otra vez se pretende utilizar esta situación como un estandarte para, “en su defensa”, apelar a mayor violencia.

Llegó la hora del arrepentimiento occidental.

Oramos por los sufrientes, pero junto a ello alzamos nuevamente nuestra voz, para que resuene fuerte y nos permita recordar a todos que las personas, en esencia, son imagen y semejanza de Dios. Esa pluralidad que conforma el colectivo humano es un designio divino que hasta el último momento, como revela el Apocalipsis, determinará la presencia de pueblos, naciones, lenguas, tribus. O sea, diversidad.

Lo justo, aquello que es correcto, indica que deben posponerse comodidades y status humanos para enfrentar los flagelos que atacan a los sufrientes. La experiencia en el trabajo, a los pastores, nos hace presuponer que el egoísmo humano triunfará otra vez, despojando aún más, a los que ya han perdido casi todo, incluida su dignidad.

Pero a su vez, nos hace elevar nuestra vista hacia el Cielo para revelar palabra profética que nos inducirá a denunciar el pecado, mientras nos comprometemos a llevar adelante el evangelio en tiempos cuando, todo lo predicho, nos hace pensar que nuestra redención está cerca.

“También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos.
Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita.” 

2da de Timoteo 3.1-5 (RV1960)

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