¿DÓNDE ESTOY?

| 31 julio, 2016

Un panorama de nuestra sociedad que nos llama a establecer nuestra postura ante las cruciales urgencias, base de nuestras lealtades.

Vivimos hoy en una sociedad en la que existen enormes niveles de miseria.

No me refiero únicamente a la miseria material que significan la falta de trabajo, de recursos, de vivienda y de alimento, miseria que sufren millones y millones de hombres, mujeres y niños.

Me refiero, principalmente, a la miseria humana del resto de nosotros: de políticos y millonarios, de encargados de empresas, medios de comunicación, partidos, sindicatos e iglesias. Miseria del hombre y de la mujer promedios. De vos y de mí. ¡Miseria nuestra!

Sufrimos hoy de una terrible falta de comprensión, empatía, compasión, y, lo que es aún peor, de interés.

Según el Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas, el hambre mata más personas que el SIDA, la tuberculosis y la malaria juntas. Alrededor de 800 millones de personas no tienen alimentos suficientes. Casi la mitad de las muertes en niños menores a 5 años son causadas por nutrición deficiente. Más de 3 millones de niños mueren cada año por hambre y causas relacionadas al hambre. ¡Un niño muere cada 10 segundos por falta de acceso a una nutrición suficiente y saludable!

Y la verdadera tragedia es que esto ocurre al tiempo que existen suficientes recursos en el mundo como para tratar la desnutrición crónica de millones de personas. Según el informe más reciente de Oxfam, «Una economía al servicio del 1%», publicado en enero de este año, para combatir con éxito la pobreza, es ineludible hacer frente a la crisis de desigualdad: los 62 individuos más ricos tienen más riqueza que la mitad de la población mundial, es decir, ¡más que unos 3.600.000.000 de personas! El informe también señala que por primera vez se puede demostrar que ¡el 1% más rico de la población es aún más rica que el restante 99%! Y esa riqueza no se usa para ayudar a los más desvalidos (tan necesitados), sino para manipular el juego político y económico, para seguir acrecentando beneficios, por encima de lo ya acumulado.

Ahora bien, me gustaría postular la siguiente idea: aunque existan inmensas cantidades de dinero en circulación, el mundo es inmensamente pobre, inmensamente mísero. ¿De qué sirve tanta riqueza, de qué sirven los millones y millones si hay hombres, mujeres y niños que mueren de hambre, de falta de agua potable, de falta de los recursos más básicos, de falta de acceso a la salud y la educación? ¿De qué sirve que haya tanto si tantos miles y millones mueren cada año, en última instancia, de pobreza?

¡Cuán horrendo es que, existiendo tanta riqueza (y habiendo tanto potencial), los millones y millones almacenados y guardados valen tan poco, ya que quienes más los necesitan se hallan tan lejos de acceder a ellos!

Cuando se piensa en asuntos económicos, se suele hacer en términos simples: sabemos que mil pesos son mil pesos y que diez pesos son menos que mil Mil son menos que un millón.

Pero… ¿no es claramente evidente que diez pesos que alimentan a un hambriento son inmensamente más valiosos que un millón en la cuenta bancaria del individuo más rico?

¡1.000.000 puede ser menos que 10!

Este panorama se vuelve aún más sombrío si se considera que no sólo en cuanto a la distribución del dinero existe disparidad tan alta como pocas veces en la historia humana, sino también la desigualdad es muy alta en el acceso, explotación y aprovechamiento de los recursos naturales. Se repite un patrón similar en diferentes ámbitos: grandes compañías extrayendo recursos de manera no sustentable con maquinaria avanzada y bajos niveles de empleo, produciendo grandes costes ambientales y sociales, y no existiendo la posibilidad de acceso para grandes cantidades de personas en necesidad.

Esto desenvuelve una mayor y más perniciosa exclusión para millones de seres humanos.

Hay tanta riqueza en este mundo, y aún así hay inmensa pobreza, inmensa miseria.
Frente a todo esto: ¿Dónde se posiciona la Iglesia? ¿Dónde están los cristianos?
¿Dónde está hoy Abraham, que abandonó la ciudad en la que vivía para fundar, lejos de ahí, una sociedad acorde al corazón de Dios?

¿Dónde está hoy Moisés, que, oyendo la voz de Dios, se plantó ante al faraón y le dijo “¡Libera a mi pueblo!”, conduciéndolos en una impresionante travesía para re-fundar la sociedad acorde a la Voluntad de Dios?

¿Dónde están hoy los profetas, Amós, Miqueas, Oseas, para condenar a gritos las injusticias y denunciar a los opresores, reclamando a viva voz el reino de Dios, en el que reinen la justicia y la misericordia?

¿Dónde está hoy Bonhoeffer para decir “no debemos simplemente vendar las heridas de las víctimas de la rueda de la injusticia, sino que debemos atravesar con un palo la rueda misma”, y buscar, tanto con palabras como con acción, pagando aún con su vida, una sociedad más humana, una sociedad más agradable a Dios?

¿Dónde está hoy Hélder Câmara quien sostuvo con firmeza que sin justicia y sin amor, la paz sólo podría llegar a ser una gran ilusión, y quien luchó por aquella sociedad más alineada a los proyectos de Dios?

De algo estoy seguro: la sociedad en la que vivimos no es esa sociedad.

¿Dónde está la Iglesia, luchando por instaurar una sociedad más acorde al corazón de Dios?

¿Dónde estás vos?

 

 

Rumboll

Andrés Rumboll
Cordobés de nacimiento. De tradición anglicana.
Ávido lector, interesado en problemáticas sociales.
Estudiante de Sociología en la Universidad de Buenos Aires.
Casado con Yanina Stricker

 

 

Cordialmente es la expresión de PASTORESxlaGENTE que fiel a sus principios no procura fijar conceptos únicos, sino que busca expresar la diversidad en la pluralidad que caracteriza al movimiento evangélico.

Las notas publicadas en esta edición digital reflejan la opinión particular de los autores.

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Categoria: Edición 17 | Lealtades, entrega 5, PASTORAL, Teología Pastoral

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