UTOPÍA EN AMÉRICA LATINA HOY: DESAFÍOS PARA LA IGLESIA

| 29 agosto, 2016

Repensar la Iglesia como comunidad utópica, leal al plan de Jesús, es presentar un modelo alternativo para nuestra injusta sociedad.

La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para que sirve la utopía? Para eso: sirve para caminar.
Eduardo Galeano

Si algo podemos decir con respecto a los tiempos que corren en América Latina, es que en los últimos meses la región está atravesando un fuerte proceso de cambio. Grandes crisis socio-políticas en Brasil y Venezuela. Cambios de gobierno en Argentina, Uruguay y Perú. Lo que hace unos 15 años se comprendía como la inscripción de un “giro progresista” en la gobernabilidad latinoamericana, hoy sucumbe con el regreso de las ya conocidas políticas neoliberales, que tanto daño han hecho a nuestro continente.

¿Qué sucedió? ¿Por qué semejante cambio? ¿O tal vez nunca existió tal diferencia? Mucho se podría decir. Pero resumámoslo en dos frases: primero, los sectores de interés que poseen el poder real, nunca dejaron de tenerlo; y segundo, muchos de los logros en la lucha por la justicia y la igualdad no llegaron a ser más que cáscaras sin contenido ni raíz en el mismo pueblo.

¿Cómo hablar, entonces, de utopía en este contexto? Las utopías son lugares imaginarios, lugares imposibles, no-lugares; o sea: pura paradoja. Apelan a mundos tan fantásticos que permean los sueños más profundos, y a la vez parecen irreconocibles por su lejanía. No es una paradoja pesimista que nos arroja al desconcierto. Por el contrario, es la paradoja que imprime la propia existencia en su posibilidad-de-ser algo completamente distinto de lo que es. Por ello, las utopías siempre fueron un gran alimento para las transformaciones sociales.

Es el sueño del reino de Dios. Un reino presente y ausente al mismo tiempo. Tan vivo como las caricias de Jesús, y a su vez tan lejano como una promesa por venir. Está y no está. ¡Pura ironía! Y hete aquí su poder: burlarse de los tiempos, de los poderes, de las lógicas cercenantes, de las naturalizaciones aprendidas. Esa ironía, esa paradoja, es precisamente la que nos mantiene despiertos, atentos al Misterio que nos desafía, interrogándonos desde el más allá sobre el más acá.

Permítanme mencionar solo tres elementos sobre cómo repensar nuevos horizontes utópicos para nuestro continente desde lo dicho. Primero, necesitamos memoria. No dejarnos llevar por las brisas de la comodidad pasajera, sino apoyarnos en una evocación que nos advierta sobre el sufrimiento, la muerte y la injusticia que tantos modelos nefastos trajeron a nuestra región, y que siempre están asomando volver. Segundo, necesitamos una comprensión radical de la democracia. Ella no es sólo un mecanismo de deliberación ni la ponderación de un discurso militante. Democracia, más bien, significa que la pluralidad, la igualdad de posibilidades y el sano conflicto por la búsqueda del bien común estén presentes, no sólo en proyectos ad hoc sino en los propios imaginarios socio-culturales y cotidianos de la sociedad. Tercero, necesitamos nuevas imaginaciones institucionales. Uno de los puntos débiles de los gobiernos salientes en la región fue no fortalecer la articulación con movimientos sociales y de base, para alimentar y afianzar otras prácticas políticas. Se necesitan crear nuevas instancias de acción y reflexión, con el objetivo de achichar las brechas de desigualdad existentes en las formas tradicionales de gobierno.

Las iglesias tienen el desafío misional de aportar a este caminar, siendo testimonios vivos de que estas vivencias son posibles, hoy, invitando a ver la dimensión política de la existencia desde su propio ser-en-comunidad. Ello se refleja en el poder relacional que tiene su constitución comunitaria, en la capacidad de la teología para repensar imaginarios políticos, en la posibilidad empoderante que poseen los modelos de participación en los liderazgos y en la capacidad articuladora para actuar junto a una pluralidad de sujetos y agentes.

En resumen, necesitamos caminar hacia un horizonte utópico que nos invite a desnaturalizar los poderes que se presentan absolutos, y por otro, a despertar la dimensión política presente en nuestras caminatas cotidianas. Pero para evitar errores y no caer en absolutismos egoístas que derriben logros alcanzados, es importante no olvidar un gran principio evangélico: la fe es un camino de seguimiento, o sea, un movimiento constante. No hay lugares únicos de poder, sino paradas transitorias. No hay formas únicas ni discursos acabados, sino una pluralidad de formas de pensar y hacer, proyectadas en el camino hacia el horizonte de los sueños por la justicia.

Publicado originalmente en alemán.
Dossier “Utopía” en el último número de Evangelische Zeitung (www.evangelische-zeitung.de) pp.6-7

 

Panotto

Nicolás Panotto
Bautista. Teólogo y doctorando en ciencias sociales.
Becario del CONICET.
Director del Grupo de Estudios Multidisciplinarios sobre Religión e Incidencia Pública (GEMRIP www.gemrip.org)
Coordinador de Servicios Pedagógicos y Teológicos (SPT – www.serviciospt.org)
Miembro del Comité Directivo Continental de la Fraternidad Teológica Latinoamericana (FTL)

 

 

 

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Categoria: Edición 17 | Lealtades, entrega 9, Sicología, SOCIEDAD

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